Capítulo 23
Hannah entró en casa de los Wilmot como una exhalación. El pobre Moseley no pudo ni hacer la inclinación de rigor y la vio correr hacia las escaleras mientras pedía perdón por su falta de modales.
Anne se giró hacia la puerta abierta y la vio de pie blandiendo una carta en alto.
—¡Me han aceptado! —gritó antes de lanzarse a los brazos de su prima—. ¡Me marcho a Kaiserswerth dos días después de la boda!
—¡Qué alegría! —Anne saltó con ella sin parar de reír hasta que Hannah se apartó y se dejó caer en la cama bocabajo llorando desconsoladamente—. ¿Por qué lloras, tonta?
La otra siguió con sus sollozos y Anne movió la cabeza sin dejar de sonreír.
—Supongo que es llanto de alegría.
Al ver que Hannah necesitaba un rato para recuperarse, continuó deshaciendo el equipaje. Cuando su prima dejó de llorar, ya había colgado todos sus vestidos. Hannah se sentó en la cama y se limpió la cara sorbiendo por la nariz.
—Ufff, cuánto lo necesitaba —dijo sonriendo—. Llevo años conteniendo estas lágrimas.
—Me alegro mucho por ti —dijo Anne colocando los objetos de tocador—. ¿Has dicho dos días después de la boda?
—Sí. En la última carta que les escribí les pedía que tuvieran eso en cuenta. No quería perderme a George tropezando en el altar.
Anne la miró con inquina y la otra soltó una carcajada.
—Adoro a tu hermano, ya lo sabes, pero es muy torpe y no tiene sentido fingir que no lo sabemos.
—No es torpe. Solo… un poco distraído.
—Eso es mejor que ser un estirado como Aidan. Mi hermano siempre me ha tratado como si yo fuese una mancha en el techo. Está demasiado alta, así que se la ignora fingiendo que no está ahí.
—No digas tonterías. Aidan te quiere mucho.
—Ja. Cuando tenía quince años me dijo que era la persona del mundo a la que menos quería.
—Los hermanos dicen esas cosas.
—Yo nunca he dicho esas cosas y estoy segura de que tú tampoco.
Anne no dijo nada y desvió la mirada para que no leyese en sus ojos. Sería incapaz de decirles a sus hermanos algo desagradable. Los quería muchísimo. A los cuatro.
—Tengo ganas de ver a Frederick.
—¿Y a Charlotte no? —se burló Hannah.
—Charlotte es muy… intensa.
Hannah soltó una carcajada.
—Pero la quiero mucho.
—Ya.
—En serio, Hannah, la quiero. Es solo que somos muy distintas.
—Sí, ella llora por todo y tú no lloras ni en los entierros.
—Tampoco es que haya ido a muchos, por suerte. —Se sentó en la cama junto a su prima—. Me alegro mucho de que lo hayas conseguido. ¿Adam…?
—Ni lo menciones. Y, por supuesto, él no ha tenido nada que ver, me lo dejó muy claro.
Les envié mi última carta y esta vez no hice nada de lo que me habían dicho.
Puse en ella mi corazón, mi pasión por aprender y mi vocación por la medicina.
Les dije que nací para cuidar a los enfermos y lo seguiría haciendo de un modo u otro, pero que preferiría hacerlo lo mejor posible.
—Buena carta.
—Sí, eso creo. Algo excesiva en algunos párrafos y un poquitín desesperada en otros.
—Pues funcionó.
Hannah asintió con la cabeza y se observó las manos ásperas y huesudas con expresión pensativa.
—Sería una buena médico, Anne, lo sé de verdad.
—¿Porque has estado estudiando para ello desde que puedo recordar? —Sonrió con sorna cuando Hannah la miró sorprendida—. Tú ya eres médico. Que no te dejen ejercer no cambia eso. Sabes todo lo que hay que saber gracias a que el doctor Dunham te ha estado enseñando en secreto.
—¿Cómo lo…?
—Tengo la mala costumbre de escuchar cuando hablas. Y a veces hablas demasiado.
—El doctor Dunham se metería en serios problemas si se supiese.
—No voy a decir nada, Hannah, ¿por quién me tomas? Sé guardar un secreto. Pero tú ten cuidado en Kaiserswerth, no creo que allí les gusten las mujeres que quieren ejercer la medicina.
Hannah inclinó la cabeza a un lado poniendo toda su atención.
—¿Qué te pasa? —preguntó de pronto.
—¿A mí? Nada.
—Anne…
Hannah la sujetó del brazo cuando hizo ademán de levantarse.
—¿Qué te pasa?
Anne suspiró y cogió el lazo de su vestido para enrollarlo.
—¿Es Craig?
Anne se encogió de hombros.
—Sabía que te alteraría tenerlo tan cerca.
—No es eso.
—Entonces, ¿qué es? Cuéntamelo, Anne, no seas tonta.
—No es el hombre que yo creía que era.
—¿Qué ha hecho?
—No puedo hablarte de ello porque incumbe a otras personas, pero descubrí algo que me ha afectado mucho.
—¿Lo suficiente como para que dejes de pensar en él a todas horas?
Anne lo pensó un momento y enseguida negó con la cabeza y Hannah meditó durante unos segundos antes de hablar.
—No soy ninguna experta en el amor, ya lo sabes. Tengo siete años más que tú y estoy soltera.
—¿Nunca te has enamorado?
—Sí. Hace años estuve a punto de cometer una locura, pero… las cosas no salieron como esperaba.
Anne frunció el ceño.
—Cuéntamelo.
—No —dijo tajante, con un tono tan áspero que Anne lo sintió en la piel.
—¿Por qué?
Hannah se agarró las manos en un gesto muy poco habitual en ella que a Anne no le pasó desapercibido. Estaba claro que lo que fuera que había pasado le dejó una huella muy profunda.
—¿Quién era él? ¿Lo conozco?
Hannah asintió con la cabeza.
—¿Vas a hacer que lo adivine? Sabes que no voy a pensar en otra…
—El doctor Stevens.
Anne buscó en su memoria ese nombre.
—No lo conozco.
—No.
—¿Y de eso hace mucho?
—Ocho años.
—Tú tenías…
—Dieciocho.
—Pero él…
—Sí, tenía treinta.
—Doce años… —musitó Anne—. A Craig le daría un pasmo si lo supiera.
—Pero no va a saberlo, ¿verdad?
Anne sonrió y negó con la cabeza.
—Ya te he dicho que sé guardar secretos.
—Lo sé.
—¿Qué pasó? —insistió Anne con curiosidad—. Con ese doctor Stevens. ¿Por qué no…?
—¿Por qué no estoy casada con él?
Anne asintió y Hannah se apretó las manos un poco más.
—Me di cuenta de que era un buen médico, pero no era una buena persona.
—¿Se portó mal contigo?
Hannah la miró con fijeza, como si tratase de averiguar si su interés era genuino o solo fruto de la curiosidad.
En los ojos de su prima vio el mismo afecto sincero y profundo de siempre.
Cogió aire hasta llenar sus pulmones. Nunca había hablado de eso con nadie y se le antojaba raro que fuese Anne la primera en escucharlo.
—Me forzó —dijo sin más.
Anne la estudió confusa.
—¿Te… forzó? ¿A qué?
El silencio fue tomando cuerpo entre ellas y poco a poco las nubes se disiparon dando paso a todo lo que no se dijo en voz alta. Anne se cubrió la boca con la mano y abrió tanto los ojos que el iris quedó flotando en el centro, como un planeta perdido en un espacio blanco.
—Después de eso supe que nunca podría casarme.
—Pero…
—No. Nadie lo sabe. Y quiero que siga así. Ese monstruo me quitó la inocencia y me hizo comprender que no todos los hombres son tan protectores como mi padre.
Anne contuvo los sollozos con la mano.
—Estaba enamorada de él. Creía que era un ser extraordinario. Ver todo lo que sabía de medicina, escucharlo hablar de sus pacientes…
—¿Te hizo… daño? Quiero decir…
Hannah suspiró.
—De verdad que no quiero hablar de esto contigo, Anne. Eres demasiado joven…
—Quiero saberlo. Quiero que me lo cuentes. Llevas muchos años sola con esto dentro.
No podía imaginar que hombres respetables les hicieran eso a mujeres decentes. Pero ahora empezaba a darse cuenta de que había muchas cosas que no sabía.
Los ojos de Hannah se anegaron de lágrimas. Se limpió la primera, que se escurrió por la comisura de su ojo, y trató de sonreír, pero no le salió muy bien.
—Fue muy cruel, Anne. No solo por el daño físico, sobre todo por el daño emocional.
De repente ya no era el hombre amable, educado y comprensivo que yo había conocido.
Era rudo, obsceno y violento. Sus palabras eran sucias y mezquinas, me trató como si yo fuera un trozo de carne incapaz de sentir o pensar.
Se burló de mi deseo de ser médico mientras él…
— La voz se le rompió—. Creo que eso fue lo que más me dolió.
Las cosas que dijo sobre mí. Cuando dejé de resistirme, dejó de hacerme daño y solo… me usó.
Anne puso una mano sobre las suyas y las apretó con cariño.
—¿Por qué no se lo contaste a todo el mundo?
—Papá lo habría matado. —Se limpió las mejillas—. Mamá lo habría matado.
—Hasta yo quiero matarlo —masculló Anne y las dos sonrieron entre lágrimas.
—Lo que más miedo me daba era que me hubiese dejado embarazada.
Pasé unos días aterrada hasta que supe que no había sido así.
Entonces decidí que lo olvidaría. No iba a dejar que destruyese mi vida ni la persona que soy.
No puedo negar que me afectó y que algo sí cambió en mí.
De ser una persona confiada pasé a ser alguien que analiza siempre dónde están las posibles salidas en cuanto entro en una habitación.
No soporto que ningún hombre me toque y nunca me quedo a solas con ninguno, ya sea conocido o desconocido.
Exceptuando a mi padre y al abuelo. Por suerte, las normas de educación básica no lo permiten, así que por ese lado me resulta bastante fácil.
—Sin embargo, con él…
—Sí, en esa época me tomaba las normas un poco a la ligera. Si hubiese tenido cuidado, no habría podido hacerme lo que me hizo.
—No fue culpa tuya —dijo Anne con rabia.
—No, no lo fue. Creía que iba a darme un libro de enfermedades infecciosas. No imaginaba que la peor enfermedad la tenía él.
—¿Lo has vuelto a ver?
—Trabaja en el St Bartholomew’s.
—¿Qué? —Anne volvió a mostrar una sorpresa mayúscula.
—¿Recuerdas al hombre que nos saludó cuando fuimos a ver a Adam?
—¡No!
La sonrisa en el rostro del médico que las había saludado al subir las escaleras regresó a su memoria y se le retorcieron las tripas.
Hannah no había respondido al saludo y Anne se sintió obligada a ser más efusiva por ello.
Cuando le preguntó si no lo había visto, Hannah respondió con un lacónico: «¿A quién? ».
—Por eso no lo saludaste.
—Nunca lo miro si me lo cruzo en alguna parte. Para mí está muerto.
Anne trató de visualizarlo. Ojos claros, pelo castaño y liso. Labios finos, mentón afilado, nariz respingona… Parecía un hombre afable.
—¿Está… casado?
Hannah se encogió de hombros.
—Los muertos no se casan.
Su prima comprendió y asintió con firmeza.
—Por favor, Anne, jamás se lo cuentes a nadie. Traicionarías mi confianza de un modo insoportable.
—Te doy mi palabra —respondió con la mano en el corazón—. Jamás se lo contaré a nadie.
Hannah sonrió aliviada y sus manos agarrotadas se soltaron al fin.