Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 22
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Capítulo 22

Craig enarcó una ceja al llegar a las cuadras y ver a Dylan y a Tom con sendos caballos.

—¿Otra vez visitas? —preguntó disimulando su interés.

—Sí —afirmó Dylan—. Hoy son dos hermanos.

—Los Jones —dijo Tom riendo.

—A este paso Anne va a conocer a todos los jóvenes de la comarca —intervino Ephraim.

—Señorita Wilmot —masculló Craig.

—Me dio permiso para llamarla por su nombre.

—Como si te da permiso para saltar desde la buhardilla —escupió el escocés—. Para ti es la señorita Wilmot.

—Vale, vale… —dijo el jockey conteniendo la risa—. Alguien está de mal humor hoy.

Craig le advirtió con una mirada que no dejaba lugar a dudas y Ephraim apretó los labios para no decir nada más.

—Pues en una semana toda la familia se traslada a Londres para la boda del señorito George —dijo Dylan, que era inmune a las emociones ajenas—. Allí seguro que hay más candidatos esperándola.

—La señorita Anne es muy guapa —dijo Tom.

—Desde luego —dijeron los otros dos al unísono.

Craig tropezó con una banqueta y gruñó algo ininteligible.

—¿Habéis puesto paja limpia en los compartimentos? —preguntó entre dientes.

—Ahora iba a hacerlo —dijo Tom apresurándose a coger la horca.

—Ya, claro —dijo Craig saliendo de las cuadras.

—¿Se marcha? —preguntó Ephraim elevando el tono.

El escocés no respondió y caminó hacia la casa.

Necesitaba darse un baño y relajar los músculos.

Llevaba todo el día de mal humor porque estaba cansado.

Los entrenamientos con Seabhag iban muy bien, pero él también se marchaba a Londres y ya no habría más tiempo de prepararlo.

Por eso estos últimos días había dedicado más horas y esfuerzos.

Por eso y para no tener que ver a todos esos petimetres paseándose por Haddon Castle a todas horas.

—… mejor tomaremos el té en el salón de día —decía Anne cuando entró en el vestíbulo.

—Como guste, señorita Anne.

—Y, por favor, pídale a la señora Alden que no ponga esos pastelitos que tanto me gustan, no podré resistirme y esta semana ya he comido demasiados.

Craig se detuvo al llegar a ella.

—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó Anne mientras el mayordomo se alejaba para cumplir sus instrucciones.

—Nada en absoluto. ¿Yo también puedo tomar el té? Estoy famélico.

Anne lo revisó de arriba abajo.

—Así no, desde luego.

Craig se miró también antes de responder.

—¿No te parece que vaya bien vestido?

—Hueles a caballo y estás sucio.

—Vaya, no te cortas un pelo.

Anne se puso las manos en la cintura.

—Tengo invitados.

—Como todos los días.

—¿Te molesta?

—¿A mí? —Se encogió de hombros—. Siempre que me dejes algún pastelito…

—Muy gracioso.

—Así que hoy son dos —dijo él con sorna—. Y hermanos, además. ¿Quieres que se peleen por ti?

—Pidieron visitarme juntos. Están muy unidos.

—Mmm. ¿Quieren compartirte?

Anne consiguió contener la sonrisa, pero Craig la adivinó en sus ojos.

—Han venido a invitarme al baile que dará su familia la semana que viene en Londres.

—Dirás que sí, claro.

Anne asintió.

—¿A cuántos bailes has ido en las últimas dos semanas? ¿Cinco?

—Tres.

—A mí me han parecido cinco.

—Y de esos tres, tú no asististe a ninguno —siguió ella, ignorándolo—. En Londres no vas a poder librarte.

—¿Tú crees? Yo no apostaría.

—Allí no tienes la excusa de tener que ocuparte de Seabhag. Hoy ha sido tu último entreno, por cierto. ¿Qué tal ha ido?

—Bien —dijo cruzándose de brazos.

—¿Ha conseguido los tiempos que…? —Se mordió el labio inquieta—. Perdón, no es asunto mío.

—Sí, lo ha conseguido esta mañana. Y los ha superado.

La satisfacción le cruzó el rostro, pero enseguida recuperó la compostura.

—Me alegro por… mi padre. Y por ti, claro.

—Claro.

—Bueno, será mejor que regrese al salón. —Se dio la vuelta para marcharse.

—Te lo estás tomando muy en serio, ¿verdad?

Anne se detuvo y se giró despacio hacia él.

—¿Perdona?

—Lo de encontrar marido. Has decidido que sea cuanto antes.

Anne frunció el ceño.

—No he decidido nada.

—Pero lo estás buscando.

—¿Y si así fuera? A ti te da igual.

Craig sintió un dolor en el costado como si alguien le hubiese clavado las uñas.

—No te precipites.

Ella sonrió traviesa.

—¿Quieres supervisarme? Ya hemos dejado eso atrás.

—Las prisas no son buenas consejeras. Deberías dejar que las cosas sucedan sin más.

—Tengo diecinueve años, ya soy lo bastante adulta como para casarme.

—Eso no significa que tengas que hacerlo corriendo.

—Solo estoy conociendo a jóvenes de mi edad —dijo burlona—. ¿No lo apruebas?

—Por supuesto.

—Tú deberías hacer lo mismo.

—No me interesan los jóvenes de tu edad.

—Muy gracioso. —Se había acercado a él y colocó el dedo índice en su pecho—. A ti te interesan más las doncellas.

Craig le atrapó la mano y la retuvo contra su pecho, pero su expresión se había endurecido.

—No deberías bromear con esas cosas.

—¿Y quién está bromeando? —Tiró de la mano, pero no consiguió recuperarla.

—Si estás haciendo todo esto para castigarme, deberías pensarlo mejor.

Ella volvió a tirar con más rabia.

—Suéltame.

—¿Fairfax sabe que estás viendo a otros «candidatos»? —preguntó muy serio—. No creo que le gustase la idea, por lo que pude ver la semana pasada, se considera bastante único.

—Jonathan Fairfax es un hombre muy especial. Con clase, caballeroso, amable…

Una chispa de algo que Anne no pudo leer brilló en los ojos del escocés.

—Así que especial, ¿eh?

Anne dejó de luchar por soltarse y en lugar de eso se acercó a él.

—Tan especial como para que no me canse de su compañía. Tan especial como para que me guste el modo en que se interesa por todo aquello que me importa. Tan especial como para estar el primero de mi lista.

—Vaya. —La soltó despacio—. ¿Y él lo sabe?

Anne elevó el mentón y dio un paso atrás negando con expresión divertida.

—Todavía no.

—Podríais celebrar una boda doble, George y tú —dijo como si le pareciese gracioso.

Ella mantuvo la sonrisa, aunque en sus ojos ya no había rastro de diversión.

—Pues ahora que lo dices…

—Será mejor que vaya a asearme —respondió él con una calma insolente.

—Sí, será lo mejor. Apestas. —Se dio la vuelta y se alejó de él a toda prisa.

Craig subió las escaleras con aparente tranquilidad, recorrió el pasillo hasta su cuarto, entró en el dormitorio y cerró la puerta despacio. Después se quedó de pie con los puños y los labios apretados.

—Oh… —George entró en el salón y se sorprendió de ver a su hermana acompañada de los hermanos Jones.

La señora Richmond, el ama de llaves, cosía sentada en una butaca algo apartada para darles cierta intimidad.

—¿Necesita algo? —preguntó la mujer en cuanto entró.

—Estaba… buscando a mi madre.

—Ha salido —dijo Anne acercándose a su hermano—. Papá y ella tomaban el té con los Everdeen, ¿recuerdas?

—Ah, sí. Papá iba a aconsejarles sobre un caballo.

Anne asintió.

—¿Puedo ayudarte yo?

George miró a los dos hermanos, que sonreían con cara de bobos.

—Estás… ocupada.

Anne regresó hasta sus invitados y le tendió la mano al mayor, que se puso de pie al instante para cogérsela con delicadeza.

—He pasado una tarde muy agradable —dijo con simpatía y pasó al otro hermano con el mismo gesto—. Pero seguro que tendrán muchas cosas que hacer. Ya los he retenido bastante.

—Oh, no se preocupe —dijo el mayor visiblemente disgustado.

—Señora Richmond, haga el favor de acompañar a estos caballeros mientras yo atiendo a mi hermano.

Los Jones se despidieron con cortesía y el ama de llaves salió con ellos.

—¿Qué pasa, George?

Su hermano se frotó la barbilla, valorando sus opciones antes de hablar.

—Me he dado cuenta de que no puedo casarme —dijo al fin.

Anne abrió mucho los ojos.

—¿Qué?

—No puedo casarme, Anne. Lo he estado pensando mucho. Anoche no pegué ojo.

—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

—No ha pasado nada, pero no puedo casarme.

—George, vamos a hablar tranquilamente —dijo llevándolo hasta el sofá que hasta hacía un momento ocupaban los hermanos Jones—. Cuéntame qué te pasa.

—No puedo vivir en Londres.

—Los dos decidisteis que era lo mejor.

—No, lo decidió el padre de Eva. Yo ni siquiera pensé en ello, lo dijeron durante una comida y ya me conoces…

—Ay, George, te tengo dicho que prestes atención.

—La cuestión es que anoche me di cuenta de que nos vamos a Londres en una semana y que yo… ya no voy a volver.

Su hermana sintió una enorme ternura por él.

—¿Qué pasa con mi invernadero? ¿Con mis telescopios? El cielo de Londres es espantoso.

—Eva sabe lo importante que es para ti. Además, St John’s Wood no es la City, George. Allí el cielo no está tan…

—Anne, no puedo irme. No puedo.

—La gran villa de los Eyres es enorme. Seguro que ya han pensado en…

—No puede ser. Imposible. Hay que anular la boda. Tengo que hablar con Eva. Tenemos que cambiar los planes. Vivir aquí. Sí, eso es lo mejor. Ella vendrá a vivir aquí conmigo.

—George…

—No voy a ceder, Anne.

—George…

—Mamá lo solucionará, podemos arreglar mi dormitorio para que sea un dormitorio conyugal y…

—¡George, para! —exclamó con firmeza al tiempo que se daba una palmada en la pierna—.

No puedes hacer eso. Eva lo ha preparado todo.

Te han construido un observatorio en el jardín, un edificio todo de cristal igual que el que te hizo mamá, para que puedas usarlo en las noches de invierno.

Y para el verano han acondicionado una terraza.

Eva te ha comprado varios telescopios para que no haya que moverlos.

¡Y yo no tenía que decirte nada! —exclamó lastimera—.

Eres tonto, por tu culpa acabo de estropear la sorpresa más bonita y romántica del mundo.

George la estudiaba como si hubiese perdido la capacidad de comprender el lenguaje.

—¿Qué?

—Eres tonto, tonto, tonto. ¿Acaso no sabes lo mucho que te quiere Eva? ¿Por qué crees que no quiso que fueses a su casa cuando estuvimos en Londres? ¿En serio te creíste lo de que estaban haciendo limpieza general? ¡No hay una casa más limpia en todo Londres que la de los Eyres, George!

—¿Puedes repetírmelo otra vez? ¿Qué has dicho de una terraza?

—Oh, George. Tú olvídalo todo y quédate tranquilo. Y cuando Eva te lo muestre finge sorpresa —gimió—. Hazlo por mí, hermanito.

El rostro de su hermano se fue iluminando a medida que crecía su sonrisa. Anne pensó que tenía un aspecto adorable y bobalicón y no pudo resistirse a abrazarlo. George la rodeó también con sus brazos, todavía confuso, y ella le repitió sin cansarse lo tonto que era.