Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 21
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Capítulo 21

Emma entró en el cuarto de su hija y la vio de pie frente al espejo comprobando su aspecto.

—¿Te has vestido sola? —dijo caminando hacia ella—. Hasta que vuelva Poppy, deberías dejar que Lily te ayude.

—Poppy no va a volver, mamá. —Anne se giró y Emma arrugó la nariz.

—Eso lo veremos.

—Mamá, ni se te ocurra ir hasta la posada de su tío.

—No puede irse sin darme una explicación al menos.

—Tiene sus motivos, ya te lo dije. Su padre…

—Ese hombre es odioso.

—Sí, mamá, lo es —dijo cogiendo sus guantes de encima de la mesilla para ponérselos.

—Tendré que contratar otra doncella para ti, entonces. No puedo prescindir de Becca y Lily es muy torpe, pobrecita. Le tengo cariño, pero no sabe la diferencia entre el lino y la muselina.

Anne sonrió divertida, como si a su madre le importase eso.

—No te preocupes, puedo vestirme sola.

—Debería acompañarte —dijo Emma cogiendo la botellita de perfume de su tocador—. Podrías haberle dicho que irías otro día, sabías que hoy tenía invitadas.

—No pasa nada, mamá. Lady Fairfax es una dama encantadora y tiene mucho interés en que la visite desde hace tiempo. Me llevará Kyle y esperará en el coche hasta que la visita termine, no tienes nada de lo que preocuparte.

Su madre le puso un par de gotitas de perfume detrás de la oreja. Lo suficiente para que su dulce aroma la acompañase, pero no tanto como para resultar empalagoso. Volvió a dejar la botellita en su lugar y se giró para observarla en todo su esplendor.

—Estás preciosa, hija. ¿Cuándo te has convertido en esta mujercita tan hermosa? Aún recuerdo cuando no sabías apenas hablar y te sentabas en mi regazo mientras escribía.

Anne se acercó a ella y la abrazó sin remilgos.

—Sigo siendo esa niña. ¿Quieres verlo? Aún puedo sentarme en tu regazo.

—No digas tonterías —dijo Emma apartándola entre risas—. Se te arrugará la falda del vestido.

—No me importa si es para abrazar a mi madre.

Durante unos segundos permanecieron abrazadas sin decir nada.

—¿Estás bien, hija? —preguntó Emma al fin.

—Sí, mamá.

—¿De verdad? Sabes que puedes contarme lo que quieras. Mis hijos son lo más importante para mí, siempre os antepondré a cualquier otra cosa.

—Lo sé, mamá.

Emma la apartó y la miró a los ojos sin soltarla.

—Cualquier cosa, Anne. Por muy difícil que te resulte contármelo, quiero que entiendas que puedes confiar en mí.

Anne asintió sin decir nada.

—¿Estás interesada en Jonathan Fairfax? —preguntó Emma cuando su hija se volvió de nuevo hacia el espejo.

—Es un joven muy atractivo.

—Lo es. Y culto. Y sobrio. Y buena persona, que es lo verdaderamente importante. Pero nunca demostraste inclinación por él.

—Era una niña, mamá, no pensaba en estas cosas.

—¿Entonces ahora sí estás pensando en estas cosas?

Anne se giró hacia ella alegre.

—Sí, mamá.

—¿Vas a casarte?

—Bueno, tendré que esperar a que me lo pidan. Y aspiro a tener más de un candidato. Pero he decidido que voy a abrirme a esa posibilidad, sí.

—¿Qué ha cambiado? —preguntó Emma, intentando que no se escabullera de la conversación—. Algo ha tenido que pasar para que hayas decidido hacer esto. ¿Es por tu hermano?

—¿Por cuál de ellos?

—Ya sabes que hablo de Charles. ¿Temes que enturbie tu reputación si sigue haciendo de las suyas? Tu padre habló con él y le dejó muy claro que le cerrará el grifo si no se comporta como es debido.

—Y él se fue a Londres a ahogar sus penas. Pobres abuelos.

Charles se había montado en su caballo y se había marchado sin equipaje hacía una semana. Pero, al día siguiente, se marchó Poppy y eso entristeció a Anne mucho más que la rabieta de su hermano.

—¿Qué te parece Ephraim, Anne?

Su hija se mostró sorprendida.

—¿Me estás preguntando por el jockey , mamá?

—Tú entiendes de esas cosas. Y tienes un sexto sentido para saber si alguien es digno de confianza.

—Me gusta Ephraim.

—¿Te gusta? —se burló su madre.

—Es un buen chico y muy buen jinete. Creo que papá ha elegido bien esta vez.

—Tu padre me contó lo que hiciste. —Emma dejó caer los hombros—. ¿Por qué no confiaste al menos en mí? Deberías habérmelo contado todo.

—Se lo habrías dicho a papá y era lo que quería evitar. Cometí un error, lo sé, provoqué exactamente lo que pretendía evitar. No volverá a pasar.

—¿De verdad? ¿Si pudieras volver atrás me lo contarías?

—No sé si te lo contaría a ti. Probablemente se lo explicaría a Craig, él sabría qué hacer.

Su madre entornó los ojos prestándole toda su atención.

—Confías mucho en él.

—En su criterio, sí.

—¿Ha pasado algo entre vosotros?

—¿Algo como qué?

—No sé… ¿Te ha dicho algo que te haya incomodado? He visto que estáis un poco distantes. Sobre todo tú. Has pasado de beber los vientos por él a tratarlo como a un invitado.

—Es un invitado —dijo fingiendo arreglarse el pelo frente al espejo.

—Craig no es un invitado, es un miembro de la familia.

—De la nuestra no.

—Anne, sabes lo que quiero decir. Los McEntrie…

—Ya, ya, lo sé, no hace falta que me sueltes la retahíla y menciones a la tía Elizabeth y a la tía Enid, lo sé.

—No quieres hablar de esto.

—No, no quiero, mamá. —Se puso el sombrero—. Y ahora, deja que me vaya de una vez. Voy a llegar tarde si seguimos hablando.

—Está bien. Ve. Yo también tengo que arreglarme un poco para recibir a mis visitas.

—No te dejes manipular —dijo Anne antes de salir por la puerta—. Te pidan lo que te pidan, no vas a escribirlo.

Su madre sonrió asintiendo, pero en cuanto su hija desapareció se le borró la sonrisa.

Anne bajó las escaleras con paso rápido sabiendo que Kyle ya la esperaba en la entrada. Antes de llegar a la puerta esta se abrió y Craig entró en la casa con paso decidido. La revisó de arriba abajo y luego centró la mirada en sus ojos.

—¿Vas a salir?

—No, me he vestido para quedarme en casa. Y ese coche que has visto en la puerta está para decorar la entrada.

El escocés esbozó una mueca burlona.

—¿Y puedo saber adónde vas o tienes preparada otra respuesta ingeniosa? Por cierto, ¿esa te la has preparado en cuanto me has visto o has improvisado?

—Voy a tomar el té con lady Fairfax —dijo ignorando su jocosa ironía.

Craig frunció ligeramente el entrecejo, pero no dijo nada y le abrió la puerta.

—Que disfrutes de tu tarde. Y de tu té —dijo con sarcasmo.

—Gracias. —Pasó a su lado.

Él salió tras ella y la vio subir al coche aceptando la mano del cochero.

—¿No vas a desearme lo mismo? —preguntó Craig cerrando la portezuela.

Anne le mostró su sonrisa más luminosa.

—Disfruta de tu té, Craig McEntrie. —El cochero se puso en marcha y el escocés no contuvo sus carcajadas.

—Jonathan era alguien imprescindible para su padre. No sabía qué hacer sin sus buenos consejos y su paciencia.

Desde que se habían sentado y le había servido el té, lady Fairfax no había dejado de hablar de su hijo.

Eran tantas las virtudes del muchacho que Anne se preguntó cómo podría fijarse en ella siquiera.

Jonathan permanecía en silencio, sentado en una butaca y con aspecto de estar aburriéndose mortalmente.

Evidentemente estaba equivocada al pensar que el interés de la madre era compartido por su hijo.

—Tiene un jardín precioso —dijo Anne tratando de desviar el tema.

—Oh, es el más bonito del condado, sin duda alguna, y lo he diseñado yo misma. No podría competir con el de Haddon Castle, pero tampoco me avergonzaría si los comparasen.

—Nuestro jardín es obra de nuestros jardineros, no tiene el mismo mérito.

—Jonathan, lleva a la señorita a dar un paseo por el jardín.

—Oh, no es…

—Insisto —la cortó la buena mujer, y a Anne le pareció oír un suspiro de resignación, pero al mirar a Jonathan lo vio impasible.

—Estaré encantado de mostrárselo —dijo él poniéndose de pie.

—Yo os veré desde la ventana —aclaró su madre, y Anne caminó hacia la puerta.

Llevaban un par de minutos caminando en silencio cuando Jonathan decidió por fin que era momento de hablar.

—¿Qué le gusta hacer, señorita Wilmot? Aparte de participar en carreras de caballos, claro.

A Anne le dio un vuelco el corazón, pero enseguida se relajó al ver que sonreía.

—Supongo que si digo que aprendí la lección no me creerá.

—Por supuesto que la creo. Conozco a su padre y no la dejaría salir de casa si no fuese así.

—Me gusta organizar cosas —dijo relajada.

—Mmmm. Eso es algo muy útil. Yo soy un desastre, nunca encuentro las cosas y pierdo muchísimo tiempo buscándolas.

—Mi hermano Charles es igual. ¿Y a usted qué le gusta hacer, señor Fairfax?

—Esto —dijo él con una sonrisa tan seductora que a Anne se le encendieron las mejillas—. Hablar con usted mientras paseamos por este precioso jardín.

—¿Usted monta, señor Fairfax?

Él inclinó levemente la cabeza como si quisiera valorar lo que su pregunta no decía.

—Yo también querría participar en una carrera. ¿Me explicaría cómo fue? Me resultaría de lo más satisfactorio conocer sus sensaciones de primera mano.

Anne no pudo disimular su desconcierto y eso que lo intentó con ganas. Nunca nadie le había preguntado qué sintió aquel día.

—¿De verdad le interesa? ¿O está tirándome de la lengua para luego decirme lo impropio que fue?

Él se detuvo y Anne lo imitó. La contempló durante unos segundos con fijeza y algo que ella no supo leer, pero que le encendió de nuevo las mejillas.

—Me interesa todo de usted, señorita Wilmot. Estuve allí y la vi ganar esa carrera. Quiero saber qué sintió porque eso me mostrará más de usted que cualquier cosa que me cuente.

Una vocecilla en su cabeza le dijo a Anne que era demasiado pronto para aquellas afirmaciones.

Que apenas habían charlado y que solo llevaban unos pocos minutos juntos.

Esa misma vocecilla le dijo también que Jonathan Fairfax era de esa clase de hombre, el que les dice a las mujeres lo que quieren oír para que ellas caigan rendidas a sus pies.

Siguió observándolo y juzgó lo que veía como si estuviese valorando una adquisición.

Era un caballo pensado para la monta diaria.

Capaz de sostenerla en trayectos cortos, llevarla allí donde quisiera ir y paciente cuando necesitase descansar.

No estaba segura de si Jonathan Fairfax era paciente o solo lo simulaba.

En realidad no tenía la menor idea de cómo era ese hombre realmente.

De buena planta, eso era innegable. Alto sin exagerar, el pelo castaño claro peinado con un esmero que delataba ayuda de cámara.

Ojos azules de mirada franca y una sonrisa que sabía exactamente hasta dónde elevar la comisura de los labios para ser perfecta.

Guapo, sí, pero como un retrato de salón.

—¿Me dará una oportunidad? Sé que mi madre la ha atosigado con sus esfuerzos por pintarme como el mejor hijo del mundo. Eso haría huir a cualquiera. —Amplió su sonrisa—. Deje que yo le muestre quién soy de verdad para que pueda decidir si soy digno de conquistar su corazón.

—¿No es un poco pronto? Es la primera vez que…

—Estoy seguro de que sabe que llevo más de un año deseando esta oportunidad. Sé que es una mujer perspicaz y ese detalle no le habrá pasado desapercibido. No me aparte, déjeme conocerla y quizá descubra que yo también puedo llamar su atención.

Anne valoraba mucho la sinceridad, y que fuese tan directo jugaba a su favor.

Evaluó la situación durante unos segundos y volvió a caminar.

Cuando empezó a hablar sintió por primera vez la alegría del momento, dejó que los recuerdos de lo que experimentó a lomos de Poderoso afloraran sin culpa y narró con entusiasmo cada una de las sensaciones que tenía grabadas a fuego en su mente.

Jonathan Fairfax no solo no la criticó, sino que le hizo preguntas concretas que demostraban lo atento que estaba a su narración y se rio a carcajadas con sus ocurrencias.

Cuando acabó, supo que ya no podía verlo del mismo modo.

—Reconozco que me ha dado envidia y eso es un poco mezquino —dijo él ofreciéndole sentarse en el banco situado frente a los rosales.

—Me he arrepentido muchísimo de haberlo hecho. Causé muchos problemas a mi familia y a los McEntrie.

—Fue muy atrevida, no lo negaré. Lo cierto es que entiendo el enfado de sus padres, pero todos hemos cometido errores alguna vez que nos han servido para aprender cuál es el camino correcto.

Aquel comentario la desilusionó un poco. Por un momento había creído que…

—No me malinterprete —se apresuró él como si pudiera leerle el pensamiento—. No la estoy criticando por ello.

—Sería lo lógico —dijo empezando a darse cuenta de que Jonathan Fairfax tenía el don de leer a las personas.

—Me encantaría salir a montar algún día —propuso divertido—. ¿Me dará la oportunidad de demostrarle lo buen jinete que soy?

Anne enarcó una ceja y las comisuras de sus labios se elevaron muy despacio. Después de unos segundos asintió.