Capítulo 20
Anne observaba a su doncella con el rostro inexpresivo. El pelo oscuro de la muchacha, siempre pulcramente recogido, escapaba ahora de las horquillas por habérselo tocado nerviosa.
—Cuéntame qué está pasando con tu padre. —Lo formuló como una petición, pero la firmeza de su tono no dejaba lugar a dudas.
—Señorita… no se meta en esto. Mi padre es un hombre… difícil.
—Poppy, eres mi doncella. Tu padre se ha presentado aquí y ha montado un escándalo. Mi hermano casi lo mata. Si mis padres hubiesen llegado unos minutos antes las cosas no habrían acabado tan bien. Cuéntame ahora mismo lo que pasa o tendré que tomar medidas y hablar con mi madre.
—No, por favor. —La muchacha cayó de rodillas a sus pies y juntó las manos con expresión suplicante—. No le diga nada a la señora. Oh, Dios mío, lo último que querría es molestar a la condesa. Me iré inmediatamente, señorita Anne. No quiero causarles ningún problema.
Anne sintió que se le retorcía el corazón.
Estaba siendo más dura de lo que su instinto le pedía y sabía por qué.
Comportarse de un modo tan mezquino por estar celosa le provocó repugnancia.
Cogió las manos de la doncella y la obligó a levantarse, después la llevó hasta uno de los sofás y se sentó con ella sin soltarla.
—Cuéntamelo, Poppy. Tú y yo somos amigas. ¿Acaso no te he tratado como tal?
—Sí, señorita, ha sido usted muy buena conmigo desde que llegué y me encanta ser su doncella —dijo la joven con los ojos anegados en lágrimas—. De verdad que ya no sé qué hacer. Estoy tan cansada…
Anne no lo dudó ni un instante, la abrazó con cariño y la sostuvo mientras los sollozos la estremecían en sus brazos.
Durante un buen rato en la biblioteca solo se escucharon los angustiosos gemidos de Poppy y las palabras dulces de consuelo que Anne iba diciendo al tiempo que le acariciaba el pelo o le daba palmaditas en la espalda.
—Lo siento… —dijo Poppy cuando pudo apartarse secándose las mejillas con un pañuelo que sacó de su bolsillo.
—¿Estás mejor? ¿Quieres un poco de brandy? Puedo avisar para…
—No, por favor —pidió asustada, aferrándose a sus manos sin soltar el pañuelo—. No avise al señor Moseley, me regañaría si supiese que estoy aquí… así.
—Tienes razón —afirmó Anne sonriendo con simpatía—. Ese hombre parece haberse instruido en palacio, a juzgar por lo estricto que es.
Poppy se sonó la nariz y se estiró la falda del vestido. Anne vio que se mordía el labio y que sus manos seguían temblando.
—Sé lo que hay entre tú y el señor McEntrie —dijo sin pensarlo mucho.
La doncella levantó la mirada y sus mejillas subieron de tono rápidamente.
—¿Qué? ¿Cómo…?
—No importa cómo, la cuestión es que lo sé. ¿Tú…? ¿Él… te obligó a algo?
—Ay, Dios mío. —Se cubrió la boca para ahogar un sollozo.
—No llores más, Poppy, por favor. Puedes confiar en mí, si ocurrió algo que no quisieras, puedes contármelo.
—No, señorita. ¡Dios santo! El señor… Él es bueno. No…
Su rostro mortificado hizo que Anne se removiese incómoda en su asiento.
—El señor McEntrie jamás haría algo así. Él es… fue… muy bueno conmigo. Yo fui… Quería… ¡Oh, no puedo hablar de esto con usted! —exclamó poniéndose de pie.
Anne la cogió de las manos y la obligó a sentarse de nuevo.
—¿Por qué no quieres hablar conmigo?
—Porque usted… no sabe nada de… Esto es muy inadecuado, señorita Anne.
—Es cierto que no tengo experiencia, pero no soy tonta. Sé que ocurren cosas entre un hombre y una mujer que se aman.
Poppy asintió, pero el temor en sus ojos no desapareció.
—Ay, señorita, no me haga hablar de esto con usted.
—Está bien, no hace falta que entres en detalles —dijo Anne tratando de ignorar el dolor que sentía en el pecho—. No mencionaremos a Craig. Pero dime qué está pasando con tu padre. ¿Por qué se ha puesto así contigo? ¡Se te ha puesto el ojo morado!
La joven doncella bajó la cabeza avergonzada.
—Quiere dinero, señorita. Siempre es lo mismo. Me quita el dinero, se lo gasta con sus amigotes y luego vuelve a por más.
—¿Y tu madre no puede hacer nada?
—Mi madre siempre se pone de su parte. No ve más allá de lo que siente por ese hombre. Siempre ha sido así, desde que era niña. Está ciega. Da igual lo que él haga, siempre está de su lado.
—Si hubiese visto cómo te pegaba, no habría…
La expresión de Poppy la hizo enmudecer.
—Lo ha visto muchas veces, señorita. Y a mis hermanas.
Lo único bueno que ha hecho mi madre por mí fue enviarme a vivir con mis tíos después de una de sus palizas.
Creo que esa vez temió de verdad por mi vida y decidió que era mejor sacarme de esa casa.
Pero no lo hizo porque se preocupase por mí, lo hizo para protegerlo a él, para que no lo llevasen preso por matar a su hija.
Anne se tapó la boca para ahogar un grito de horror.
—Mi tío es el hermano de mi padre y me contó que fue así desde que lo conoció. Que mi madre no ve nada ni a nadie aparte de él.
—Pero eres su hija… ¿Y tus hermanas?
—Son más tranquilas que yo y nunca discuten con él.
Yo no soportaba que pegase a mi madre. No soportaba que se gastase todo nuestro dinero y no podía estarme callada.
Tampoco es que consiguiera mucho por protestar, aparte de recibir golpes y amenazas constantes.
Pero es que no podía callarme, señorita, no podía. Era tan injusto…
Anne asintió. Ahora la que tenía las mejillas mojadas era ella.
—¿Por qué no me lo contaste antes?
—Esto no tiene nada que ver con usted. Aquí estoy tan bien…
Lo último que esperaba es que él apareciese en esta casa.
No sé cómo se enteró de que estaba aquí.
He tenido mucho cuidado de no ir, no ya a mi pueblo, ni siquiera a los sitios que sé que él frecuenta en los alrededores.
Pero alguien debió de verme y le fue con el cuento.
Sé que mi tío no le ha dicho nada porque no se hablan y porque jamás me delataría.
Él ha sido bueno conmigo y mi tía también.
—Trabajaste con ellos en la posada —dijo pensativa—. Y allí… ¿qué hacías, Poppy?
—Pues lo que se hace en una posada. Servía comidas, limpiaba, hacía camas…
—¿Y las deshacías también? —Anne la miraba con fijeza y el dolor punzante en su pecho no se amortiguaba.
Poppy frunció el ceño al principio confusa, pero enseguida comprendió hacia dónde iba la conversación.
—¡Oh, no! Señorita, nunca fui una ramera, si es lo que está pensando.
—No te juzgo, Poppy, comprendo que…
—De verdad que no —la interrumpió antes de que siguiera—. Nunca he hecho eso por dinero. Jamás.
Así que Craig le había mentido. Aunque para ser justos él había dicho que creyó que lo era, no que lo fuese. Se sacudió esos pensamientos y volvió a centrar su atención en la doncella.
—¿Cómo puedo ayudarte? Si te doy dinero para tu padre, él volverá a por más.
—No voy a darle dinero. Nunca acabaría. Seguiría chantajeándome y al final en una de sus borracheras se le escaparía algo.
—Negó repetidamente—. Tengo que irme de aquí.
Volveré a la posada de mis tíos. Allí no se atreverá a molestarme.
Mi tío es mucho más fuerte que él y ya le ha dado más de una paliza. No se acercará por allí.
—Has dicho que se le escaparía algo. ¿Qué tiene contra ti, Poppy?
—No es contra mí, es… por otra persona.
—¿Quién? No conoces a nadie en Kenford fuera de mi familia… —Se detuvo asustada—. ¿Es contra nosotros? ¿Te ha amenazado por nosotros?
—No se preocupe, no dejaré que haga nada…
—¿Que no me preocupe? Si ese hombre sabe algo de mi familia y te está amenazando con ello, entonces sí es asunto mío. Ahora entiendo por qué mi hermano le ha dado esa paliza que casi lo mata. ¿Qué es, Poppy? ¿Es contra mi padre? ¿Mi madre?
—No, señorita. —Los sollozos volvieron a sacudirla—. Por favor, no me pregunte. No tiene que saberlo.
—Claro que tengo que saberlo. Lo de Craig no es asunto mío y no tengo derecho a preguntarte por ello, pero esto… esto sí, Poppy. Y no dejaré…
La joven se puso de pie rápidamente.
—Me iré inmediatamente —dijo con los ojos desquiciados—. No esperaré a mañana. Haré mi equipaje y me iré.
—¿Adónde irás?
—Ya se lo he dicho, a la posada de mis tíos.
—Pero ¿cómo?
—Podría pedirle a Dylan o a Tom que me llevaran, si a usted le parece bien. Es lo mejor, señorita. Para todos.
—Pero… no quiero que te vayas.
—Debo hacerlo. Si quiero protegerlos, debo irme cuanto antes.
—Poppy… —Trató de retenerla, pero la joven retrocedía hacia la puerta—. No quiero que te vayas. Tienes que contármelo todo y entre las dos…
La doncella negó con la cabeza cuando ya tenía la mano en el pomo.
—No puede ayudarme, pero yo sí puedo evitarles un enorme disgusto. Dígale a su madre que nunca había conocido a una mujer como ella. Y que… gracias por todo.
Salió de la biblioteca y Anne se dejó caer en el sofá completamente agotada.
La tensión acumulada se le apretó en la garganta, dificultándole la respiración.
Demasiadas emociones. ¿Era por Craig? ¿Mantenían una relación secreta y Poppy creía que eso podía disgustar a su familia?
Estaban bajo el mismo techo y los dos habían reconocido que mantenían un contacto muy estrecho.
Profundamente estrecho. Se sonrojó al imaginar al escocés en la cama con ella.
Desde que su madre le habló de ello y supo lo que sucedía entre un hombre y una mujer tras la puerta del dormitorio había pensado en ello muchas veces.
Era inevitable. Cada vez que sabía que alguien iba a casarse su mente se hacía un millón de preguntas.
¿Cómo sucedía exactamente? ¿Cuál era el procedimiento?
Su madre le había explicado que entre un hombre y su mujer había juegos que no estaban destinados a la procreación, pero no había entrado en detalles.
¿Era eso lo que había pasado entre Craig y Poppy?
¿O habían llegado hasta el final? Sacudió la cabeza.
Poppy y Craig no estaban casados y ella había insistido en que no se dedicaba a «eso».
Entonces ¿qué había pasado exactamente entre ellos?
No podía preguntarlo sin más, se moriría de la vergüenza.
Su madre le había hablado del placer que la unión total les concedía a ambos y de que ese placer iba mucho más allá de la cópula.
Sus mejillas se encendieron al decir esa palabra en su cabeza.
Había tantas cosas que querría preguntar, pero cuando su madre le insistió para que lo hiciera, no pudo emitir el menor sonido.
Mientras su madre hablaba, Anne fue consciente de cada segundo, como si ella fuese un reloj de pared y el segundero golpease directamente en su cabeza.
Escuchó, visualizó y, sobre todo, calló.
Pero después de eso las preguntas se fueron agolpando en su mente y no dejaron de brotar, como si de una fuente subterránea se tratase.
¿Qué significaba que ambos obtenían placer?
¿Qué clase de placer? ¿Era como un sabor delicioso que se esparcía por tu boca?
¿Como tumbarte en la cama cuando estás muy cansada?
¿Como ese momento justo antes de quedarte dormida?
¿Como lo que sientes cuando ganas una carrera y tu corazón parece a punto de estallar de felicidad?
¿Eso era lo que sintió su hermano con Imogen?
¿Lo que había sentido Poppy cuando Craig le hizo…
lo que fuera que le hiciese? ¿La hizo suya?
Suya. Qué palabra tan estremecedora. ¿Qué significaba exactamente pertenecer por completo a alguien?
¿Lo sabría ella alguna vez? No, no podía ser, ellos no…
El corazón se le hacía pedazos, pero no se permitiría llorar.
Se había acabado lo de llorar por Craig McEntrie.
Él no tenía interés en ella y no era porque la considerase demasiado joven.
Poppy tenía su edad, así que eso era una excusa.
Simplemente no le gustaba. Se lo había dejado más que claro un montón de veces y sin escatimar palabras.
Ella era todo lo que él detestaba y prefería a cualquiera antes que a ella.
Contra eso no había nada que hacer. Había tratado de ser otra persona para agradar a todos.
Para agradarle a él. Y con eso había vuelto a demostrar que solo era una niña, tonta y estúpida, suplicando atención.
Los adultos no hacen eso. Los adultos aceptan las cosas como son, se responsabilizan de sus actos y construyen su vida de acuerdo con eso.
Poppy tenía su edad, pero era mucho más madura que ella.
Se encontraba a gusto en Haddon Castle, le encantaba trabajar allí, pero iba a marcharse porque era lo que tenía que hacer.
No alimentaba un sueño que no iba a cumplirse.
Su doncella le había dado una lección que no sabía que necesitaba, pero que llevaba tiempo intuyendo.
Era hora de pensar en su futuro y aceptar que en él no había ningún escocés para ella.
Respiró hondo y se levantó para ir hasta su escritorio. Sobre la mesa, la invitación al baile de los Fairfax. Jonathan Fairfax había cumplido ya los veinticinco años y seguía soltero. Cogió la pluma y la mojó en la tinta.