Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 19
26%

Capítulo 19

Anne estaba asomada a la ventana de la biblioteca y Craig la vio desde su montura cuando regresaba del pueblo.

Era media tarde y se planteó entrar como la última vez.

Ella estaba ensimismada y su rostro evidenciaba que sus pensamientos no eran nada halagüeños.

Quizá abordarla de manera salvaje no era buena idea.

No había conseguido hablar a solas con ella desde que discutieron cuando se marchaba para almorzar con Imogen.

Estaba seguro de que algo había ocurrido en ese almuerzo porque apenas la había escuchado hablar desde entonces y tenía un ánimo visiblemente taciturno.

La vio girarse, como si alguien hubiese entrado en la biblioteca, y al momento siguiente ya no estaba a la vista. Siguió hacia las caballerizas y desmontó frente a Dylan.

—No volveré a salir hoy —anunció dándole las riendas de Ealain—. ¿Cuánto lleva la señorita Wilmot sin montar?

—Varios días, señor. Desde que lo ayudó con Seabhag, creo.

Craig se dio la vuelta para marcharse.

—Hoy ha estado deambulando por los alrededores de la casa.

Craig lo miró ceñudo.

—¿Deambulando?

Dylan asintió.

—Caminaba de un lado a otro sin rumbo. Iba y venía. ¿Sabe lo que quiero decir?

—Sé lo que significa deambular, sí.

—Lo hace cuando está nerviosa por algo. Es como si su cuerpo se moviera solo, ¿sabe lo que quiero decir?

Craig puso los ojos en blanco. Dylan usaba esa coletilla de manera automática, pero le reventaba igual.

—¿Algo más que quieras contarme?

—Mmmm. Ah, sí, el padre de Poppy ha vuelto esta tarde.

—Me refería a algo sobre la señorita Wilmot.

—Ah, eso. No, nada más.

Pero Craig no se movió.

—¿Qué quería el padre de Poppy?

El muchacho sonrió, al parecer le encantaban los cotilleos.

—Pues no lo sé, pero su hija ha llorado mucho por lo que le decía y le ha gritado cuando ya se iba. El hombre ha vuelto y se ha puesto a pegarle. Tom y yo íbamos a intervenir, pero el señorito Charles se nos ha adelantado. Si no los separamos, lo mata.

—¿Está Charles en casa?

—No. Después de eso se ha montado en su caballo y se ha largado al galope. En dirección contraria a la de ese hombre. Y menos mal porque si lo hubiera seguido seguro que lo mata.

—¿Tú conoces al padre de Poppy, Dylan?

—Oh, sí. Cualquiera que haya vivido un tiempo en Kenford lo conoce. Es un mal tipo. Si se muriera nadie lo lamentaría. Sobre todo nadie de su familia.

—¿Poppy tiene hermanos?

Dylan negó con la cabeza.

—Solo hermanas. Poppy es la mayor de cinco.

—¿Y su madre?

—No me gusta hablar mal de las mujeres, pero tampoco es buena persona. Siempre defiende a su marido y no le importa lo que haga con sus hijas.

A Craig se le revolvieron las tripas, pero no dijo una palabra al respecto.

—Gracias por la información, Dylan.

—A mandar.

El muchacho se alejó con la yegua y Craig se dirigió hacia la casa.

—Hombre, a ti quería verte yo —dijo Edward, que bajaba las escaleras del vestíbulo—. Vamos a mi despacho y me cuentas cómo te va con Seabhag.

Craig se colocó a su lado.

—Ephraim está entusiasmado —siguió Edward—. He hablado con él hace un rato y está convencido de que ganará la carrera.

—Ephraim es demasiado optimista, me temo. No te hagas ilusiones.

Edward entró en su despacho y le pidió que cerrara la puerta. Entonces se giró y Craig se preparó para la embestida.

—¿Hablamos de mi hija?

Respiró profundamente antes de responder.

—Claro.

—¿Necesitaré una copa?

—Depende. ¿Corro peligro?

—Depende.

—Entonces ponme una a mí también.

Craig se acomodó en una butaca y esperó hasta que Edward le entregó el vaso y se sentó también.

—Me pidió que la ayudara a decidir.

—Ya. —Bebió un sorbo.

—Sé que suena fatal.

—¿Que una jovencita impulsiva le pida a un hombre que no es de su familia que tome las decisiones por ella? No sé por qué crees que suena fatal.

—Edward, no me he aprovechado de ello. Ni siquiera para burlarme.

—¿No se te ocurrió venir a comentármelo?

—Sí, claro que se me ocurrió, pero consideré que eso sería una traición a su confianza.

—Tienes diez años más que ella, Craig.

—Lo sé. Y quizá eso influyó un poco en que me pidiera ayuda.

—Mi hija lleva años diciendo que está enamorada de ti.

—Eso es una niñería.

—Estamos hablando de Anne. ¿No pensaste que podía ser una trampa?

Craig frunció el ceño.

—¿Trampa?

—Ay, muchacho, no conoces a mi hija.

—No veo cómo…

—¿Gracias a eso no pasó más tiempo contigo? ¡Pero si incluso te hizo asistir a esa fiesta de compromiso que a ti ni te va ni te viene!

La arruga del ceño de Craig se hizo más profunda.

—Te juro que no hubo el menor acercamiento romántico entre nosotros.

—Lo sé. Te conozco, si le pusieras una mano encima a mi hija vendrías a contármelo inmediatamente. —Bebió un sorbo de su vaso—. Y te quedarías sin mano.

Craig no pudo evitar sonreír, a pesar de que Edward permanecía serio.

—Quiero a esa niña con toda mi alma —dijo su padre mirando el líquido que se movía en su vaso—. No sé si es porque se parece a su madre o porque tiene el don de tocarme el corazón, pero la quiero a rabiar, Craig.

—Lo sé.

—¿Sabías lo de la carrera del año pasado? ¿Que lo hizo para protegerme?

—Lo sospechaba.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—No pude confirmar que Mike fuese a venderte. Pero, por cómo sucedieron las cosas, intuí que fue algo… espontáneo. De haberlo planeado, no la habrían pillado.

Edward bebió otro trago.

—La traté muy mal —dijo con pesar—. Fui cruel con ella, Craig.

—Anne sabe lo mucho que la quieres.

—Se autocastigó encerrándose aquí. Sabes cómo era, le encantaban los bailes y las fiestas…

—Supongo que también necesitaba aislarse por ella misma. Reflexionar sobre lo que hizo.

—Fue para ayudarme.

—Pero eso no quita que te puso en peligro. A todos. La manera correcta de actuar habría sido comunicarnos sus sospechas.

—No habría participado en la carrera.

—Que hubiera sido mejor que ser descalificados por incumplir las reglas.

Edward asintió, consciente de que tenía razón.

—Que lo hiciera por un buen motivo no quita que se equivocase, Edward. Y es mejor que lo haya aprendido con este tema que no con otro.

—¿Qué insinúas?

—Tu hija es muy impulsiva.

—Era muy impulsiva. Ha cambiado.

—En el fondo sigue siendo la misma Anne.

Edward soltó el aire con un soplido.

—Es igualita que su madre.

—Espero que lo que pasó le haya dado la experiencia suficiente como para que sus siguientes impulsos sean controlables.

—¿Como lo de pedirte que decidieras por ella?

—Nunca me habría dejado manejarla de verdad. Necesitaba fingir que podía descargar la responsabilidad en otro, y yo estaba allí.

—¿Por qué no se lo pidió a sus hermanos? George está desbordado por la boda, pero Charles…

—Charles tiene sus propios problemas —susurró Craig y luego bebió desviando la mirada.

Edward entornó los ojos sin quitarle la vista de encima.

—¿Tú sabes qué pasó en el baile?

—Sí, pero no me preguntes.

Edward apretó la mandíbula.

—¿Es grave? —preguntó.

—Depende de por dónde se mire.

—¿Anne no tiene nada que ver?

—Aparte de ser testigo, no.

—¿Hay una mujer implicada?

—Edward…

—Eso es que sí. Maldito Charles… ¿Me ayudarías a hacerle una intervención McEntrie?

—Solo somos dos, Edward, no funciona así.

—Podemos pedirle a George que nos ayude. No es suficiente, ¿verdad? Además, probablemente se pondría de parte de su hermano. ¿Se pueden incluir mujeres? A Anne y a su madre no les temblaría la mano.

—No creo que sea buena idea meter a Emma en esto.

—Si estuviésemos en Londres sí que podríamos hacerle una intervención, maldita sea.

Craig bebió un sorbo conteniendo la sonrisa.

Edward había presenciado algunas intervenciones McEntrie y nunca disimuló lo mucho que le gustaban.

Sospechaba que era por participar en algo colectivo, algo que unía a los hombres de la familia, les daba autoridad y una falsa sensación de tener todo bajo control.

Incluso cuando uno de ellos se descontrolaba.

—Seguro que fue con una doncella, no sé qué le pasa a ese muchacho con las criadas —dijo Edward sacándolo de sus pensamientos—. Y lo peor es que lo veo capaz de enamorarse de una de ellas si sigue tentando a la suerte. Y eso sí que no. Antes prefiero que se vaya a África a cazar leones.

Miró a Craig, que seguía bebiendo en silencio.

—¿No dices nada?

—No tengo nada que decir sobre los leones.

—¿Y sobre las criadas?

—Ellas hacen su trabajo y yo me meto en mis cosas.

—Ya. Con eso me estás confirmando que era una criada. ¡En casa de los Timberlake! Ese muchacho disfruta poniéndome en evidencia. ¿Te imaginas que los hubiese visto la pobre Imogen? ¡En su fiesta de compromiso! No sé qué voy a hacer con él, de verdad que no…

Craig trató de mantener una expresión imperturbable, pero Edward no se lo estaba poniendo nada fácil.

—Entonces, lo de mi hija y tú…

—No hay nada entre tu hija y yo.

—Ya me entiendes. ¿Ya no le dices lo que tiene que hacer?

—No.

—¿Seguro?

—Seguro.

—Bien. —Edward arrugó la frente—. ¿Qué cosas le dijiste que hiciera exactamente?

Craig lo pensó un momento.

—Pues… que fuese al baile de los Timberlake, que montara, que no mandara una carta que ella no quería enviar, que aceptase tomar el té con la señorita Bradley… Todas eran cosas que ella quería hacer, pero que necesitaba fingir que decidía otro.

—Chico listo.

—Conozco a Anne desde que era una niña. En el fondo lo sigue siendo.

—¿Por eso no te gusta?

Aquella pregunta lo sorprendió y no tuvo tiempo de fingir indiferencia.

—No es que no me guste…

—¿Te gusta? —El tono fue un poco más agresivo.

—¡No! Lo que quiero decir es que… Anne es una joven hermosa y dulce. Es amable, comprensiva y muy divertida. Pero…

—No te gusta.

—Me da… miedo —dijo al fin con total sinceridad—. Siempre me lo ha dado, desde que era una cría y se presentaba ante mí con aquellos enormes ojos que parecían verme por dentro.

—Cuando te decía que un día se casaría contigo —se burló Edward.

—Lo decía con tanta seguridad que me hizo preguntarme si era capaz de ver el futuro.

Pero no hacía falta, porque ella es así.

Afirma las cosas como si no hubiera margen de error.

Y por eso hace cosas impulsivas y peligrosas que pondrán al hombre que se enamore de ella en situaciones muy complicadas.

—Y tú no quieres ser ese hombre.

—¡Es una niña! ¡Tu niña!

—El tiempo pasa para todos. Ya tiene diecinueve años. No tardará en recibir proposiciones, Craig.

El escocés se preguntó si estaba tratando de decirle algo.

—Y ahora, cuéntame cómo te va con Seabhag —dijo Edward, al tiempo que dejaba el vaso en la mesita, dando la otra conversación por terminada.