Capítulo 18
Anne observaba a Imogen con disimulo. El almuerzo estaba resultando un tanto incómodo, como era de esperar.
Los padres de Imogen no estaban en casa, cosa que Anne agradecía.
Le resultaría aún más desagradable si tuviera que confraternizar con los Lynott sabiendo lo que había hecho su hija con su hermano a pocas semanas de la boda.
—Perkins —dijo Imogen dirigiéndose al mayordomo—. Puede retirarse, ya nos apañamos solas.
—Como desee, señorita.
Esperó hasta que el mayordomo abandonó el comedor y cerró la puerta tras él. Entonces soltó el aire de golpe como si hubiese estado conteniendo el aliento, soltó el cubierto en el plato y miró a Anne con una expresión que distaba bastante de la dulzura con la que la había recibido.
—¿Qué quieres? —preguntó a bocajarro.
—¿Cómo dices? —Anne cogió la servilleta y se limpió la comisura de los labios.
—¿Cuánto me va a costar tu silencio?
Anne se sonrojó, aunque, si hubiera podido analizar la situación, la que debería estar roja como un tomate no era ella, precisamente.
—Nos viste a tu hermano y a mí e imagino que querrás algo para mantener la boca cerrada.
Anne no daba crédito. No podía entender el contenido de sus palabras ni tampoco las formas.
—Me caso dentro de tres semanas, no dejaré que me lo estropees.
—¿Vas a casarte?
—Por supuesto que voy a casarme.
Cogió la copa de vino y la llevó hasta sus labios sin apartar la vista de la asombrada cara de Anne. Volvió a dejarla sobre el mantel y carraspeó antes de hablar.
—Mira, Anne, no me importa que me juzgues ni lo que pienses de mí. Sé que Julian te idolatra y si quieres retozar con él cuando estemos casados, haré como si no lo viera.
—¡Qué! —exclamó la otra horrorizada.
Imogen soltó una carcajada.
—Mujer, es un hombre muy atractivo, tampoco es para que te pongas así.
Anne no habría podido hilar una frase aunque se lo hubiera propuesto.
—Él te desea, he visto cómo te mira. Mientras se case conmigo, no me importa que te diviertas un poco con él. Eso sí, no te quedes embarazada.
El estómago de Anne se estaba moviendo peligrosamente y cogió la copa de agua para beber, como si eso pudiera calmarlo.
—Yo, por mi parte, pienso seguir… tratando a tu hermano con la misma… cortesía.
Anne se tapó la boca y se sujetó el estómago. Imogen perdió toda jocosidad.
—No irás a…
—Gracias, Perkins —dijo Imogen cuando el mayordomo les anunció que el comedor ya estaba limpio.
—Lo siento mucho —se disculpó Anne—. No entiendo qué me ha sentado mal.
—No se preocupe, señorita. La cocinera le está preparando una infusión. Enseguida se la traerán.
—Muchas gracias.
Cuando volvieron a quedarse solas, Anne miró a Imogen con mucha más entereza.
—No quiero que vuelvas a hablarme del modo en que lo has hecho —dijo tajante—. No me gustan esos juegos y no soy como mi hermano.
—Oh, vaya.
—Opino que no deberías casarte, es una canallada. Y si quisiera decirle algo a Julian, lo haría, no hay nada que puedas darme que me haga callar.
Imogen la miraba desde su asiento con una expresión que se iba endureciendo por momentos.
—No quieras ser mi enemiga, Anne. Como enemiga puedo ser terrible y no tengo ni un ápice de compasión.
Anne lo sabía bien. Por eso nunca habían sido amigas, era una persona cruel y vengativa y la había visto ensañarse con cualquiera que la hubiese molestado lo más mínimo.
De cerca, la perfección de Imogen tenía algo de disciplina militar.
Ni un rizo insubordinado, ni un gesto no calculado.
Anne reconoció el oficio con un ligero escalofrío.
Ella había tratado de vivir un año entero con ese corsé invisible y sabía lo mucho que costaba respirar ahí dentro.
—No pretendo ser tu enemiga, pero tampoco te tengo miedo. —Su rostro también se endureció—. Si Julian quiere casarse contigo conociéndote, allá él. No me incumbe, pero te pido que dejes en paz a mi familia.
—Yo no le he hecho nada a tu familia. —Se llevó un dedo a los labios con picardía—. Al único que le he hecho cosas es a tu hermanito.
Anne sintió un escalofrío de repugnancia.
—Deja en paz a Charles, ¿así se entiende mejor? No dejaré que le destroces la vida por diversión.
—Creo que tu hermano no estaría de acuerdo con eso, a juzgar por lo mucho que lo disfrutó.
Anne se puso de pie de golpe.
—No seguiré escuchándote decir estas cosas, Imogen.
Su anfitriona le señaló el sofá.
—Siéntate, por favor, Anne.
—Me mar…
—¡Que te sientes, estúpida!
Anne abrió los ojos asombrada.
—¿Cómo te atreves?
—Hace tiempo hablé con un amigo tuyo —dijo Imogen—.
Mike, se llama, era vuestro jockey , ¿verdad?
No fue difícil dar con él. Los hombres resentidos hablan demasiado cuando alguien les paga unas cuantas copas.
Tengo entendido que corrió varias carreras con el caballo de tu padre, antes de que tú le destrozaras la vida.
—Yo no…
—Pues Mike me contó que había amañado varias de esas carreras para tu padre. Al parecer, ganó una buena suma de dinero… por perder.
—Eso no es…
—Tranquila, cuando le pregunté más a fondo me confesó que había sido idea suya y que tu padre no tenía ni idea de nada.
Pero ¿te imaginas lo que pasaría si contase lo contrario?
¿Cómo podría tu padre demostrar que él no estaba al tanto?
¿Que no se benefició de esas apuestas? Se le cerrarían muchas puertas y su imagen honorable se vería un poco… digamos que enturbiada, ¿no crees?
Anne se sentó cuando le fallaron las rodillas e Imogen sonrió satisfecha.
—En una situación… digamos que personal, Mike me dio a entender que estaría dispuesto a decir lo que yo quisiera.
¿No te parece enternecedora la manera en la que los pobres se dejan comprar?
Les das un poco de cariño, unas migajas de pan y te tratan como si los hubieses invitado a tu mesa. Qué ingenuidad tan inexplicable.
—Imogen…
—Tranquila, no pienso hacer daño a tu padre… si no me obligas, claro.
Un intenso dolor de cabeza le nació en la nuca.
—¿Qué quieres que haga?
—Oh, es muy fácil. Mantente al margen y ten la boquita cerrada. Puedo ser muy mala si me lo propongo, estoy segura de que podría encontrar cosas sobre ti que te harían la vida más difícil. Quizá ya lo tengo.
Anne levantó la cabeza y clavó sus ojos en ella. Había tal desprecio que Imogen sintió un amago de vergüenza, pero enseguida lo ocultó con una risa floja.
—¿Tenemos un trato?
—¿Vas a casarte con Julian a pesar de haberte entregado a Charles?
—Oh, por supuesto. ¿Qué tiene eso que ver?
La virginidad es una trampa, Anne, para impedirnos usar nuestro mayor poder como moneda de cambio.
—Lo dijo con tanta naturalidad que a Anne se le congelaron los huesos—.
Es muy sencillo conseguir cualquier cosa que quieras de un hombre, pero para ello hay que sacrificar ese pequeño detalle.
—¿Qué quieres de mi hermano?
—Charles me gusta —dijo con una sonrisa franca—. Me divierte mucho. No quiero nada de él aparte de que sigamos viéndonos siempre que yo quiera.
—Si sigues persiguiéndolo, acabarás por hacerle daño.
Imogen suspiró como si estuviese perdiendo la paciencia.
—Tú solo mantente al margen, Anne. No quiero perjudicarte, pero lo haré si me atacas, quiero que esto te quede muy claro.
Anne asintió muy seria.
—¿Puedo irme ya?
Imogen se encogió de hombros y se puso de pie.
—Gracias por haber aceptado mi invitación. Espero que nos veamos pronto.
Anne no tardó ni un segundo en salir de allí como alma que lleva el diablo.