Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 16
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Capítulo 16

A la mañana siguiente Anne apareció en las caballerizas cuando Craig revisaba al caballo antes de que Ephraim llegase.

—Tenemos que hablar —dijo y a continuación miró a Dylan de soslayo para que supiera que era mejor hacerlo a solas.

El escocés levantó una ceja y se incorporó sacudiéndose las manos. Caminaron juntos hacia un lugar apartado fuera de la vista del mozo de cuadras.

—Mi padre lo sabe —susurró Anne bajando el tono sin dejar de vigilar a su alrededor.

—Tu padre sabe muchas cosas.

—Lo nuestro.

Craig echó la cabeza atrás confuso.

—¿Lo… nuestro?

—Que me estás ayudando. —Craig seguía con la misma expresión y ella frunció el ceño—. Que eres mi conciencia. Que me dices lo que tengo que hacer. Que…

—Lo pillo, lo pillo.

Anne se puso las manos en la cintura y asintió una vez.

—Tienes que prepararte. Es posible que te grite un poco. No creo que llegue a las manos, pero tú estate preparado por si acaso.

—¿Crees que va a pegarme?

—Es muy temperamental.

—Lo sé.

—Tienes que estar preparado —repitió nerviosa.

Craig no pudo evitar la sonrisa.

—¿Qué quieres que haga exactamente si tu padre quiere pegarme?

—Que lo convenzas, amablemente y sin violencia, de que no estabas haciendo nada malo.

Se señaló a sí mismo.

—¿Yo no estaba haciendo nada malo? Creo recordar que todo esto fue idea tuya.

—Ya, pero yo soy su hija. La única hija que tiene. Cabe la posibilidad de que te considere… responsable. Además está lo de tu edad.

—¿Lo de mi edad?

—¿No estás más cerca de él que de mí?

Craig la estudió con atención y Anne inclinó la cabeza analizándolo también.

—Sabes que eso no es cierto.

—¿No? —Su fingida inocencia era de lo más efectiva—. Yo creía que sí.

—Tu padre me lleva más de treinta años y yo solo te llevo diez.

—¿Diez? ¡Pero eso es muchísimo! Significa que cuando yo era solo un bebé tú ya eras casi tan alto como ahora.

—Muy graciosa.

—No debería tutearte —dijo alejándose de él para regresar a la casa.

—Anne…

—¿Necesita algo, señor McEntrie? Tenga cuidado con las corrientes de aire, dicen que son nefastas a su edad.

Se dio la vuelta y Craig sintió un escalofrío al escuchar su risa.

—Vuelve dentro de una hora —le gritó el escocés—. Necesito que trabajes con Ephraim.

Anne se giró, aún con la risa en los labios, y le hizo un gesto de aceptación.

Al parecer la conversación con su padre había cambiado mucho su humor.

Ni siquiera le había preguntado sobre qué hacer con respecto a su hermano.

Se frotó la nuca consciente de que no le iba a servir de nada retrasar lo que Edward quisiera decirle.

Dejaría que esos dos hiciesen algunas carreras, mientras él se lanzaba a los leones.

Se sacudió las botas antes de entrar en la casa y atravesó el vestíbulo con paso decidido. A esa hora Edward solía estar en su despacho. De repente la puerta del salón de mañana se abrió, Poppy salió corriendo como una exhalación y chocó contra él.

—Poppy, ¿qué ocurre?

La muchacha estaba deshecha en llanto. Craig levantó la vista y miró hacia el interior de la estancia.

—Charles —musitó al verlo inmóvil y con una expresión desencajada.

Poppy echó a correr sin decir nada y Craig entró en el saloncito.

—¿Qué ha pasado, Charles?

—No es… asunto tuyo —respondió apretando los puños.

Craig cerró la puerta despacio y se quedó un momento de espaldas mientras ordenaba sus pensamientos. Charles seguía petrificado, pero su rostro se iba transformando en una máscara de odio. El escocés no tuvo la menor duda de que quería golpearlo.

—¿Poppy? ¿En serio?

—Maldito seas —masculló Charles.

Craig avanzó hasta él.

—Es una criada. Trabaja para tu madre, joder.

—¿Te la has tirado?

—¿Qué? —Craig se puso en guardia.

Charles torció una sonrisa.

—Sé que te la has tirado, pero te pregunto si has vuelto a hacerlo en esta casa.

—Por supuesto que no.

—Pero te la follaste en la posada.

—¿De qué va esto?

—Va de que ahora mismo estoy pensando en diez maneras distintas de matarte —gruñó Charles, inclinándose hacia él.

Craig era bastante más alto y su acercamiento lo obligó a bajar la cabeza.

—Entonces no trabajaba para tus padres.

—No. Solo era la sobrina del posadero y tú un McEntrie.

—Creí que… —Enmudeció.

—¿Qué creíste?

Craig dejó salir el aire con un bufido y se frotó la nuca.

—Creí que cobraba por acostarse con los clientes.

Charles lo agarró de las solapas y lo zarandeó.

—¿Creíste que era una puta?

—Charles, para. Dime qué está pasando.

El otro siguió apretando la tela de su chaqueta con los puños y aquellos ojos desquiciados. Craig se cansó y se libró de él de un manotazo. Luego se arregló la ropa sin dejar de observarlo.

—¿Qué coño te pasa?

—Nada que a ti te incumba —escupió Charles—. Pero escúchame bien, si vuelves a ponerle un dedo encima a Poppy, te juro que te mato.

Ninguno de los dos se había percatado de que la puerta se había abierto hasta que escucharon el grito ahogado. Cuando Craig se giró vio a Anne horrorizada.

—Anne, no…

—¿Le has pegado a mi doncella? —Corrió hacia ellos y se colocó frente a Craig—. Dime que no le has hecho daño a Poppy.

—¿Qué? ¿Por quién me tomas?

Anne se mostró confundida.

—Charles ha dicho que no vuelvas a tocar a… —Sus ojos se abrieron al tiempo que los de Craig se cerraban con cansancio—. ¿La has…? ¿Has… a Poppy?

—No puedo con más —dijo Charles saliendo de allí.

—Eso, lárgate como haces siempre —susurró Craig con desprecio.

—¿Qué le has hecho?

—No le he hecho nada.

—Craig, no me hagas ir a hablar con ella.

El escocés se preguntó qué narices hacía él en Inglaterra. Debería estar en Slioscreige , trabajando como un cabrón y sin problemas.

—Habla con quien quieras. No soy tu hermano. No soy nada tuyo y no tengo por qué responder a tus preguntas.

Ella lo miró dolida. Todo el humor que habían compartido esa mañana se esfumó como por ensalmo.

—Poppy es mi doncella —dijo con los ojos húmedos.

Craig apretó los dientes.

—Iba a hablar con tu padre y Poppy ha salido de este salón llorando. Estaba con tu hermano, no conmigo.

Anne dio un paso atrás.

—¿Lloraba por ti?

—No sé por qué lloraba, pero te aseguro que no era por mí.

—Craig…

—No me lo preguntes —dijo él con voz ronca—. Anne, no me lo preguntes.

Las lágrimas de Anne estaban a punto de desbordarse.

—¿Tú has…? ¿Le has…?

—Maldita sea, ¿por qué nunca me escuchas?

Ella se tapó la cara con las manos y un sollozo se le escapó entre los dedos. A Craig se le quebró algo en el pecho.

—Anne… Fue hace tiempo. Ella no trabajaba aquí.

Trató de apartarle las manos de la cara, pero ella se libró de su agarre y corrió hacia la puerta. Le cortó el paso y la agarró de las muñecas con suavidad, pero con firmeza.

—Mírame.

Ella giró la cara tratando de retrasar lo inevitable.

—Mírame, Anne. —Cuando lo hizo, el escocés sintió que se le retorcían las entrañas—. Yo creí que ella era… Fue en una posada… No la conocía.

Sentía cada palabra como una soga apretada alrededor de su cuello. Anne seguía llorando y su expresión desolada no dejaba lugar a dudas. Nada de lo que oía la calmaba en absoluto. La soltó despacio.

—Soy un hombre —dijo endureciendo su expresión—. Y no tengo compromiso con nadie. No tengo por qué disculparme contigo.

Ella hipó aún un poco más mientras trataba de limpiarse la humedad de la cara. Pero las malditas lágrimas no dejaban de caer. Pasaron unos cuantos segundos antes de que pudiera hablar.

—Poppy no es mayor que yo —dijo de pronto y su voz sonó extrañamente serena—. No te importó su edad para… lo que sea que hicieras con ella.

Craig cerró los ojos un instante mientras una maldición tronaba en su cabeza. Anne se frotó los suyos haciendo que se enrojecieran aún más, sorbió un par de veces y respiró para calmarse. Elevó el mentón intentando recuperar la dignidad que sentía completamente perdida.

—Tienes razón, no eres nada mío. —Su voz se rompió. Carraspeó—. Te pido por favor que no incomodes a mis padres. Son muy estrictos con estas cosas.

—Yo jamás haría nada para incomodarlos. Por Dios, Anne. ¿Es que no has oído nada de lo que he dicho? Ella trabajaba en la posada de su tío, yo pensé que cobraba por…

Ella levantó la palma de la mano para pedirle que parara y él masculló algo entre dientes.

—No me debes explicaciones y tampoco las quiero. ¿Puedes… dejarme salir?

—No. No hemos terminado de hablar. Los Wilmot tenéis la fea costumbre de dejar a los demás con la palabra en la boca.

Ella apretó los labios enfadada.

—¿Nos estás llamando cobardes?

—Tu hermano lo es, sin duda. Él es el que tendría que estar dándote explicaciones y ya ves cómo estamos.

—Él no ha hecho nada con Poppy.

—No estaría yo tan seguro.

—Sé que Charles ha hecho cosas imperdonables, pero jamás quebrantaría esa norma.

Craig se cruzó de brazos y Anne se sintió aún más pequeña.

—Di lo que tengas que decir para que me dejes marchar.

El escocés bajó los brazos.

—Poppy se me ofreció, creí que era un servicio más.

—Eso ya lo has dicho.

—Pero parece que no lo hayas escuchado.

—¿Eso es lo que haces? ¿Te aprovechas de mujeres que no significan nada para ti?

—Yo no me aproveché de ella.

Ella se estremeció.

—¿Cómo puedes hacerme esto a mí?

—Anne… —trató de suavizar su voz—. Entre tú y yo no hay nada.

—Lo sé. No te gusto y soy demasiado joven. ¿Y Poppy te gusta?

—Anne…

—Lo de que sea joven no te importó con ella, así que está claro que te gusta.

Craig soltó el aire de un bufido, no sabía cómo salir de esa situación. Maldito Charles.

—Que alguien te guste no significa que quieras tener una relación con esa persona.

Anne frunció el ceño.

—¿Estás diciéndome que te gusto, pero no quieres tener una relación conmigo?

—Estoy diciéndote que eso no importa. Eres muy joven, eres la hija de Edward Wilmot y tienes una facilidad pasmosa para meterte en líos.

No me gustan los líos, Anne. No me gusta esto que está pasando ahora mismo.

Yo no tendría que estar dando explicaciones de lo que hago ni con quién.

Soy un hombre libre que no le debe nada a nadie.

Puedo hacer lo que me venga en gana, pero aquí estoy, justificándome con una cría que me pidió que remplazase a su raciocinio porque no confiaba en su criterio.

Con una cría que me declaró su amor cuando tenía catorce años y ningún filtro.

Con una cría que estuvo a punto de arruinar la reputación de su padre, la de mi familia y que acabó con el futuro de un jockey al que convenció de que la dejase montar en una carrera de prestigio.

A Anne aquellas palabras le dolieron como una puñalada y temió no poder soportarlo.

—Apártate —dijo entre dientes—. O te apartas o te juro que me pongo a gritar.

Craig comprendió que lo decía en serio. Dio un paso al lado y se rindió al fin. Anne agarró el pomo.

—Tranquilo. Esta cría no volverá a molestarte nunca. Yo, con mi poco raciocinio, te doy mi palabra. Ephraim quería verte, por eso he…

Resopló impaciente y salió sin terminar la frase. Craig se pasó la mano por la cara intentando recomponer la expresión que se le había quedado petrificada. ¿Por qué narices se sentía como una rata?