Capítulo 14
El baile de celebración en casa de los Timberlake dejó el ambiente enrarecido. Los días posteriores, Charles y Anne se trataron con una frialdad excesivamente correcta que no pasó desapercibida para nadie. Y Emma no iba a aguantar mucho tiempo sin intervenir.
—¿Qué es lo que pasa con vosotros dos? —preguntó durante la cena una semana más tarde.
George se sirvió más puré. Craig se centró en el estofado y Edward rellenó su copa y bebió un sorbo fingiendo no estar allí.
—¿Voy a tener que esperar mucho? —insistió Emma a sus dos hijos.
—No ocurre nada, mamá —dijo Charles.
—Nada en absoluto —añadió Anne.
—Si aprietas más los dientes, te los romperás, Anne —dijo Emma burlona—. No estarías muy favorecida.
De nuevo solo se oyó el roce de los cubiertos contra los platos.
—¿Tengo que hablar con cada uno por separado como cuando erais niños? —Emma soltó la servilleta en la mesa, dispuesta a ponerse de pie.
—Mamá, por favor —pidió Charles muy serio—. No te metas.
—¿Que no me meta? —Ahora sí que aquello no tenía marcha atrás—. ¿Has dicho que no me meta?
—Es mejor para todos —añadió Anne.
Edward observó a sus hijos ceñudo.
—¿Mejor? ¿Qué has hecho, Anne?
—Yo no he hecho nada —dijo perpleja.
—¿Seguro? —preguntó Edward a su hijo—. ¿Qué ha pasado, Charles? Si tu hermana ha contravenido alguna norma no…
—¿Es que no me has oído, papá? —espetó Anne poniéndose de pie—. ¡Yo no he hecho nada!
—¿Fue algo que pasó en el baile? —Emma los seguía interrogando a ambos—. Estas cosas acaban por saberse, mejor que lo contéis vosotros.
Anne tenía los puños cerrados y esperaba que Charles dijese algo, pero su hermano comía como si no fuera con él. La acusadora mirada de su padre seguía clavada en ella y la impotencia le subió por el pecho, amenazando con hacerla explotar.
—Anne, di lo que sea —insistió Edward—. Prefiero saberlo por ti antes que enterarme de mala manera. Ya tuve bastante con…
Su hija salió del comedor dando un portazo. Emma le hizo un gesto a su esposo para que no dijese algo de lo que luego tuviese que arrepentirse.
—Charles —pidió su madre—. Di algo, no vamos a castigarla.
Charles dejó el tenedor en el plato y se levantó despacio.
—Hablaré con ella —dijo y, al girarse para salir, cruzó la mirada con Craig, con una frialdad capaz de cortar cualquier explicación.
Encontró a su hermana deambulando por el invernadero y, cuando lo vio, Charles temió por su integridad física.
—Eres un cobarde, una rata, un…
—Anne, para.
—Has dejado que creyeran que fui yo la que actuó mal. No me lo puedo creer. Después de lo del año pasado. ¡Tú sabes cómo me sentí!
—Anne, escúchame.
—Estoy haciendo bien las cosas —dijo sin estarse quieta—, me estoy comportando bien, no es justo, no es justo, no es justo…
La sujetó por los brazos obligándola a mirarlo.
—Anne. Para.
Obedeció dolida. Charles la soltó despacio.
—Déjame que te lo cuente.
—¿Qué vas a contarme? ¡En el baile de compromiso, Charles! No puedes ser tan mezquino.
—No sé qué me pasó. Había bebido mucho y estaba… angustiado. Ella me buscó. Me busca desde hace meses, Anne. Soy un hombre…
—¿Eso qué significa? —dijo ella empujándolo—. ¿Acaso los hombres sois animales? ¿Acaso no puedes contenerte?
Charles se apartó el pelo de la cara y tiró de él con saña.
—No lo sé. Perdí la cabeza. No tengo otra explicación.
—¿Qué pasará cuando se casen y Julian se dé cuenta de que…?
—No van a casarse —dijo él con los ojos muy abiertos—. ¿Cómo va a casarse con él después de eso? Sería una canallada.
—Una canallada fue ultrajarla, Charles.
—¡No la ultrajé! ¿Por quién me tomas? ¿Tan bajo crees que he caído? Te he dicho que ella me buscó. Lleva meses haciéndose la encontradiza conmigo. Me arrinconó en casa de los Cavendish y siempre le había dicho que no.
—Y no se te ocurre un sitio mejor para rendirte que en casa de la familia de su futuro esposo.
—Ya te he dicho que no van a casarse.
—¿La amas?
—¿Qué? ¡No, por Dios! —Tiró del puño de la camisa con rabia.
—¿Por qué hiciste eso si no la amas? —No daba crédito.
Su hermano torció la sonrisa.
—Anne, para un hombre no es necesario.
Ella arrugó el ceño, pero no preguntó.
—Tienes que decírselo a mamá y a papá.
—No puedo.
—¿Por qué no?
—Les rompería el corazón.
—¿Y prefieres dejar que se lo rompa yo?
—No vas a decirles nada. El compromiso se anulará y todo esto quedará en el olvido.
—¡Creen que yo he hecho algo malo!
—No deberías haberme tratado con tanta indiferencia delante de ellos.
—¿Ahora es culpa mía? —No salía de su asombro.
—No digo eso, pero ¿a qué ha venido esto, Anne? No es cosa tuya con quién me acuesto. Ya soy mayorcito y tú no sabes nada de la vida.
—Sé lo que está bien y lo que no. Al parecer, mejor que tú, que eres mi hermano mayor.
—Tu hermano mayor es Robert. Y luego tienes al futuro conde.
—¿Estás celoso de Frederick?
—No digas estupideces.
Por el modo en que rehuyó su mirada, Anne no tuvo dudas. Se colocó delante de él.
—¿Acaso querrías ser conde? Me dijiste que querías viajar. ¿Era mentira?
—No, no era mentira. Y no, no quiero ser conde.
—¿Entonces? ¿Qué pasa, Charles?
—No pasa nada.
Se dio la vuelta y salió del invernadero. Anne se quedó petrificada. Fuera lo que fuera aquello, no era una tontería.
—¿Va a contárselo a tus padres? —preguntó Craig, entrando antes de que se cerrase la puerta.
—¿Qué haces aquí?
—Tu madre me ha pedido que viniera a buscarte.
—¿A ti?
—George ha salido del salón en cuanto os habéis marchado.
—Y tú eres su tercer hijo, al parecer —musitó entre dientes.
Craig inclinó levemente la cabeza.
—Deberías hablar con tus padres, Anne.
—¿Sobre qué?
—Ya sabes sobre qué. Soy el único que sabe lo que pasó en el baile. Aparte de vosotros, claro.
—Ah, eso.
—¿No hablabais de eso?
—Sí. No… Realmente no sé de qué hablábamos —dijo sentándose en una silla.
Craig se apoyó en el borde de una mesa y se cruzó de brazos.
—¿Quieres que se lo cuente yo a tus padres?
—¡No! —dijo asustada—. No les digas nada. Se llevarían un disgusto.
—¿Vas a dejar que piensen que hiciste algo indebido? No te lo recomiendo. Lo que imaginan nuestros padres suele ser peor que la realidad. Pueden ser muy creativos.
—Tendré que arriesgarme —dijo en tono quedo.
—¿Por qué?
Anne ordenó sus pensamientos antes de responder.
—¿En qué les ayudaría saber que, además de su hija, su hijo también se mete en problemas?
—Por mi experiencia como miembro de una familia muy numerosa, te advierto que eso no suele salir bien.
—¿A qué te refieres con «eso»?
—A tratar de evitarles a nuestros padres la verdad. Nunca sale bien. Además es injusto para ti. No has hecho nada malo.
—Podré soportarlo.
—¿Y si te ordeno que se lo cuentes?
Lo miró asustada.
—No puedes hacer eso.
—Tú me diste esa potestad. ¿Ha terminado mi cometido? Deberías decírmelo si es así.
—No, no ha terminado tu cometido. Pero solo en lo que atañe a mi persona.
—Esto tiene que ver contigo. Tu padre está haciendo cábalas sobre qué locura habrás hecho en el baile de los Timberlake para que tu hermano esté enfadado.
—Mi hermano no está… ¡Oh! —Se puso de pie con un gesto de impotencia—. Es igual.
—Se supone que debo darte buenos consejos. Ayudarte a actuar con coherencia.
—Sí, pero esto afecta a otras personas.
—No existe una decisión que solo te afecte a ti, Anne.
Seguía con los brazos cruzados en actitud relajada. Con el flequillo cayéndole sobre un ojo, inclinó la cabeza para verla bien.
—Ve y cuéntales lo que pasó.
—No —dijo retorciéndose las manos.
Craig se apartó de la mesa y caminó hasta detenerse frente a ella.
—Tienes que obedecerme.
—No.
Él levantó las manos en señal de rendición.
—Entonces nuestro pacto está roto.
—¡No! Esto no funciona así. Tú debes decirme qué hacer conmigo. Qué decisiones tomar cuando tengo dudas. No puedes obligarme a delatar a mi hermano.
—No estoy haciendo eso. Lo que estoy haciendo es usar mi cabeza y pensar con lógica, que es lo que me pediste. Tu padre ha empezado a confiar en ti y vas a dejar que esa confianza vuelva a romperse.
—Encontraré el modo…
—¿Cómo?
—Hablaré con él.
Craig lo pensó un momento y después se apartó haciéndole un gesto hacia la puerta.
—¿Ahora? —preguntó Anne temblando.
—Ahora. Lo encontrarás en su despacho.
—Eso es malo —susurró—. Solo va a su despacho después de cenar cuando está… enfadado.
—Está muy enfadado.
—Craig…
—¿Qué, Anne?
—¿No puedo esperar a mañana? Se calmará y quizá…
—Ahora, Anne.
Ella resopló y dio un golpe en el suelo con el pie, pero después respiró hondo un par de veces y caminó decidida hacia la puerta.
—Mi muerte caerá sobre tu conciencia.
—Deberías dedicarte a la actuación —se burló él.
Cuando se quedó solo, movió la cabeza y una sonrisa le curvó la boca antes de que pudiera evitarlo. Anne había protestado, había alzado la barbilla y lo había desafiado. Y aun así había obedecido. Aquel juego empezaba a divertirle y no estaba muy seguro de que eso fuese algo bueno.