Capítulo 12
Anne se contempló en el espejo complacida.
El vestido, de un color azul claro, resaltaba contra el tono oscuro de su pelo, pero los ribetes blancos del escote no ayudaban a destacar su pálida piel.
Ella no habría elegido aquel color para esa noche y, aun así, se sentía relajada con su indumentaria.
Sonrió al recordar la conversación que había mantenido con Craig por la tarde.
—¿Entonces me pongo el azul o el verde?
—Anne, te he dicho que no voy a hacer esto.
—¿Por qué no?
—No entiendo de vestidos.
—Solo tienes que decirme cuál es mejor. Es fácil.
—No, no es fácil. Ahora mismo solo son dos prendas de ropa colgando de tus manos.
—¿Y? —Arrugó el ceño, confusa.
—Que luego tú estarás dentro.
—¿Y?
Craig estaba en un serio aprieto, a juzgar por cómo se frotaba la nuca y trataba de mantener una expresión digna.
—Pues que… que no.
—Craig… por favor —suplicó con voz lastimera.
Él resopló dándose por vencido.
—El azul.
Anne sonrió ampliamente y se acercó el vestido a la cara.
—¿Es por el color? ¿Crees que favorece mi cutis?
El escocés gruñó algo en gaélico y salió de la biblioteca como alma que lleva el diablo. Anne soltó una carcajada y rápidamente se tapó la boca.
—¿De qué se ríe, señorita?
—Ay, Poppy, los hombres son tan divertidos a veces.
—Estoy totalmente de acuerdo.
La doncella siguió recogiendo las cosas que habían usado para acicalarla y Anne no se percató de su pícara expresión.
—Poppy, ¿has sabido algo más de tu padre?
A la doncella se le cayó un bote de polvos y la nube que se levantó la hizo estornudar. Anne se acercó a ella y la cogió de las manos, obligándola a mirarla.
—Poppy, sabes que puedes confiar en mí.
La doncella asintió lentamente.
—No quiero meterla en estos asuntos.
—Mi padre habló contigo, ¿verdad? Te dijo que contaras con él para lo que fuese.
—Sí, señorita. Se ofreció a pagarme un abogado si llego a necesitarlo.
—Craig McEntrie es abogado, ¿lo sabías?
Poppy negó con la cabeza.
—Hablaré con él y le pediré…
—¡No! —exclamó soltándose de sus manos.
—¿No? ¿Por qué?
—Por nada. Es que no quiero molestar. Ya hablé con su padre y él se encargará. Usted no se preocupe por nada. Y ahora baje, que la están esperando.
Anne no se había quedado muy convencida, pero no era momento de insistir cuando estaban a punto de partir hacia la casa de los Timberlake. Se miró en el espejo una última vez y asintió satisfecha.
Craig y Charles irían a caballo y los demás en el carruaje.
Una hora de viaje daba para mucho y Anne agradeció que George no se encerrara en su mutismo habitual y participase en la conversación.
Al menos al principio, cuando hablaron de las dificultades de organización de una boda, de los preparativos pendientes y de todo lo que había cambiado tras el compromiso de George con Eva.
Pero eso no dio para más de unos quince minutos.
Así que pronto volvió a ser el centro de la conversación.
—Estoy muy contento —dijo Edward.
—Papá, no empieces.
—¿Qué pasa? ¿No puedo decir que me alegro de que mi hija salga de casa?
Emma le dio un toquecito apenas perceptible en el hombro.
—¿Qué opinas de Seabhag? —preguntó Edward.
Anne sintió una punzada en el pecho. No esperaba aquella pregunta.
—Craig me dijo que tuvisteis un par de sesiones de entrenamiento los días que Ephraim fue a visitar a su padre.
—¿Está bien? —preguntó Emma.
—Sí. Es un hombre muy mayor y está medio ciego. Ephraim es hijo único y se ocupa de todos los asuntos familiares. Es un buen muchacho.
Edward centró de nuevo la atención en su hija y esperó a que respondiera.
—Es un gran caballo —dijo al fin.
A su padre se le iluminó el rostro.
—¿Mejor que Blue?
Ella cogió aire al escuchar ese nombre. Odiaba que lo llamasen así.
—Son distintos. Podero… Blue era más… fuerte, quizá. Más explosivo en su carrera. Seabhag es más elegante, pero le gusta mucho correr.
—Si compitieran uno contra el otro, ¿cómo crees que sería la carrera, hija?
—¿Por qué le preguntas estas cosas, Edward? —lo regañó su esposa.
—Anne sabe de caballos.
—Y eso nos trajo muchos problemas, por si lo has olvidado —musitó Emma.
Edward miró a su esposa y luego a su hija. Apretó los labios y desvió la vista hacia la ventanilla. Anne suspiró y centró su atención también en el paisaje.
Una hora después de iniciar el viaje, el carruaje pasó junto a la casa del guarda y siguió por una avenida de tilos y castaños de Indias hasta la explanada de grava frente a la casa de los Timberlake.
El sol todavía no se había puesto del todo cuando Anne bajó del carruaje y el bullicio a su alrededor le proporcionó cierto alivio.
Cocheros y lacayos atendían a los invitados al baile mientras los mozos se encargaban de llevar los caballos a las cuadras.
Anne había estado antes en casa de los Timberlake y la mansión georgiana de ladrillo rojo no despertaba en ella mucho interés.
—¿Qué tal el viaje? —preguntó Craig en tono quedo mientras observaba la fachada de siete vanos.
—Soportable.
—Los receptáculos pequeños y cerrados no dejan escapatoria.
—Mi padre me ha pedido opinión sobre Seabhag —musitó con los ojos fijos en las ventanas de guillotina.
Caminaron todos hacia la entrada. Anne se sujetaba el vestido, atenta a dónde ponía el pie y Craig se mantuvo lo bastante cerca para evitar un traspié.
Emma y Edward iban delante y Charles y George discutían en voz baja detrás de ellos.
Anne aguzó el oído, tratando de escuchar lo que sus hermanos decían, pero no lo consiguió.
—Charles está de mal humor —musitó Craig inclinándose levemente hacia ella.
Anne giró la cabeza y observó a sus hermanos con preocupación, antes de entrar al vestíbulo.
—Señores Wilmot —los recibió la anfitriona acompañada de su hijo y de su futura nuera—. Bienvenidos. Gracias por aceptar la invitación.
—Estamos encantados con la buena noticia —dijo Emma con agrado.
Anne hizo una leve reverencia sintiendo los ojos de Julian clavados en ella.
Imogen, en cambio, la ignoró por completo.
Llevaba un precioso vestido rosa pálido con unas flores bordadas en el bajo.
El cabello rubio le enmarcaba unos rasgos que parecían pintados a pincel.
Sus ojos eran de un azul tan pálido que, cuando no sonreía, recordaban a la escarcha que se acumulaba sobre el alféizar de la ventana. Era una auténtica belleza.
Cuando entró a la sala doble con Craig y sus hermanos, se distrajo observando los dibujos que habían trazado con tiza en el suelo para el baile.
Los Timberlake no se habían privado de nada.
Las enormes arañas de techo tenían velas de cera de abeja recién estrenadas y los apliques habían sido cargados de aceite para que aguantasen toda la noche.
El ambiente estaba cargado. Las velas, las flores del invernadero que habían distribuido por toda la sala, los perfumes…
—Hace mucho calor aquí —dijo Anne para sí.
Craig suspiró impaciente y eso que le quedaban unas cuantas horas de cortesías por delante.
—Voy a saludar al corneta —dijo Charles y sin esperar respuesta se dirigió hacia la pequeña orquesta situada en un extremo de la sala.
Anne se fijó en que había un piano, un arpa, un par de violines y un joven de la edad de su hermano que sostenía una corneta y al que Charles saludaba con manifiesta simpatía.
—¿Quién es? —preguntó dirigiéndose a George.
—No lo sé. Alguno de los amigotes con los que juega, seguramente.
A Anne no se le escapó el tono crítico de su hermano.
—¿De qué discutíais?
—Estamos en un baile, Anne. No vamos a hablar de nuestro hermano aquí. Voy a comer algo. —Se alejó de ella y se perdió entre la multitud.
Anne se giró hacia Craig, que hizo un levísimo encogimiento de hombros. Algo pasaba con Charles y agradeció que sus padres estuviesen distraídos charlando con sus amigos en el lado opuesto de la sala.
—Señorita Wilmot, qué feliz coincidencia —dijo un joven de cabello oscuro y unos ojos vivaces que se esforzaban por mirarla con sobriedad—. ¿Querría unirse a la siguiente cuadrilla?
—Oh. Señor Tucker, le presento a Craig McEntrie, un amigo de mi familia.
—Encantado, señor —dijo el joven inclinándose con respeto.
Craig correspondió al saludo y, cuando miró a Anne, la encontró expectante. Al principio se sintió confuso, pero entonces recordó su pacto y se dio un golpecito con el dedo en la solapa de su chaqueta con disimulo. Anne inclinó la cabeza y acompañó al muchacho hasta la pista de baile.
Después de la primera cuadrilla bailó un vals, un galop, otro vals, otra cuadrilla…
Craig golpeaba con su dedo y ella bailaba.
Cuando ya empezaban a dolerle los pies y las conversaciones con sus compañeros de baile se hicieron insoportables, regresó hasta el lugar en el que Craig la había esperado pacientemente, pero en esa ocasión no lo halló.
Se dirigió al comedor, cogió un platito y se sirvió algunos dulces.
Mientras disfrutaba de los pastelitos siguió buscándolo por la casa.
¿Dónde se había metido? Ese no era el trato que habían hecho, él debía estar siempre cerca y disponible.
La inquietud le apretó por debajo del esternón.
Se dirigió al invernadero interior y en cuanto entró, el ambiente fresco le alivió las mejillas.
Caminó entre las plantas disfrutando de los dulces con una sonrisa culpable, ya que no había cenado.
Oyó un ruido extraño que llamó su atención.
Frunció el ceño. ¿Los Timberlake tenían animales allí?
Era un sonido húmedo, algo parecido a… ¿Eso eran gemidos?
Sin hacer ruido, caminó hacia el lugar del que provenían.
Dejó el platito sobre una mesa y cogió una pequeña pala de jardinero, dispuesta a defenderse en caso de toparse con una amenaza con pelo y cuatro patas.
Avanzó sigilosa. Los sonidos eran cada vez más fuertes y parecían agónicos, como si hubiese alguien allí a quien le costase muchísimo respirar.
La escena con la que se encontró al doblar una esquina la dejó paralizada.
Su hermano tenía los pantalones bajados y podía verle el trasero con total claridad.
Con él había una mujer, tumbada sobre una mesa de trabajo, de la que solo distinguía las piernas enroscadas a la cintura de Charles.
El color de su vestido era un rosa pálido y tenía unas flores bordadas en la parte baja, muy parecidas a las que había visto al llegar, cuando habían saludado a la señora Timberlake, a Julian y a…
Se cubrió la boca para ahogar un grito y Charles se giró hacia ella sobresaltado.
—¡Anne! —masculló horrorizado.
Su hermana soltó la pala, se giró y echó a correr. Salió de la casa temblando como una hoja y siguió corriendo por el jardín alejándose de allí. Su hermano estaba… ¿qué estaba haciendo? ¡Y con la prometida de Julian!
—Dios mío —musitó, se agarró al tronco de un árbol y vomitó los pastelitos.