Capítulo 11
—Un golpecito es sí, dos es no.
Craig tenía los brazos cruzados, con la mano derecha sobre el brazo izquierdo imitándola a ella. Anne usaba el dedo índice para hacer lo que decía. Y él lo repetía como un niño al que su maestra le da una nueva lección.
—Para decirme cosas en público que no me puedas decir claramente, puedes usar metáforas. Intenta que sean claras para mí, pero no evidentes para todo el mundo —dijo paseándose delante de él.
Se habían escondido en la biblioteca y Anne parecía tener un arsenal de indicaciones, lo que hizo que Craig se preguntara si era algo que llevaba días planeando.
—¿No puedes preguntarme directamente y yo te digo qué hacer?
—La mayoría de las veces, seguro que sí, pero imagina que estamos en un baile…
—Yo no voy a bailes —dijo él con expresión tajante.
—¿Entonces yo tampoco?
—Tú sí. Tú irás a bailes.
—Entonces tendrás que ir tú también.
—No.
—Craig, si vas a ser mi mentor, tienes que acompañarme. ¿Cómo vas a guiarme si no?
—Es fácil. Cuando vayas a bailes, baila. Y habla con la gente. Y no bebas mucho. Y no hagas cosas indebidas.
—Ocurrirán imprevistos.
—Actúa bien.
—Eso no sirve —dijo dejando caer las manos con impotencia—. En Doncaster creía que estaba actuando bien. Tienes que guiarme.
Las fosas nasales de Craig se dilataron y cogió aire como si se le hubiese agotado hacía rato.
—No me gustan los bailes.
—Solo tienes que estar allí. No hace falta que bailes. Te tomas una copa. O dos. O las que quieras. —Anne se dejó caer en una butaca como si estuviera agotada—. Si tú no vas, yo tampoco. Solo iré a sitios en los que tú estés para que puedas decirme cómo actuar.
—Esto es una bobada.
—Ya lo hemos hablado, Craig. Es lo más inteligente.
Está claro que no sé gobernar mi vida, no hago más que tomar malas decisiones.
No confío en mi criterio y tengo un miedo visceral a cometer un error.
Me paralizo ante cualquier decisión. Creí que encerrarme en casa me ayudaría, pero al parecer todos están preocupados por mí, que es justo lo que quería evitar.
Craig se sentó también y ladeó la cabeza para observarla.
—Lo dices en serio.
—¿El qué?
—Lo de que habías decidido encerrarte.
Anne asintió.
—¿Cuándo lo decidiste?
Ella desvió la mirada. Era evidente que se sentía incómoda hablando de ello.
—Aquella… noche.
Craig sabía perfectamente a lo que se refería. La noche en la que él le dijo cosas muy duras.
—¿Esto es por mí? ¿Por lo que yo te dije?
—No. Es por mí. Por lo que hice. Cuando era más joven, mis locuras les hacían gracia. Hasta que dejaron de ser graciosas.
—Cometiste un error.
—No, Craig, no fue un error, fue una hecatombe.
Para ellos arruiné la carrera de un hombre, avergoncé a mi padre de un modo atroz, me puse en evidencia.
Os perjudiqué a vosotros… —Sus ojos se llenaron de lágrimas—.
Y lo peor es que sigo sintiendo lo mismo que sentí entonces.
No puedo entender qué hice mal y en la misma situación volvería a hacerlo.
Si no me encierro entre estas paredes y me ocupo solo de los asuntos de mi madre, volveré a cometer los mismos errores, porque para mí no lo son.
—No llores —dijo Craig incómodo—. Odio que llores.
Anne sacó un pañuelo de su manga y se limpió las lágrimas obedientemente.
—¿Ves? Esto es lo que necesito. Tienes que decirme qué hacer y yo lo haré.
Sus ojos brillaban acuosos y Craig sintió una ternura instintiva. Bufó dejando que todo el aire saliese de sus pulmones mientras trataba de pensar con claridad.
—¿No sería mejor que le pidieses a tu madre…?
—Mi madre se moriría si supiera que me siento así. Si supiera que necesito que me guíen en todo momento, pensaría que es culpa suya, que ha hecho algo mal. Y no lo es. No voy a ser tan injusta con ella. Tienes que ser tú. Eres el único al que no le importo.
—Eso no es cierto, claro que me importas.
—Sabes a lo que me refiero. Mis padres y mis hermanos me quieren. Sufrirían por mí. Y no estoy segura de que pudieran guiarme bien. No hay más que ver a Charles. Y no digamos a George…
—¿Y crees que yo sí puedo?
—No me cabe la menor duda. Eres honrado, leal, inteligente, decidido, firme, moderado, frío…
—Vale, vale —la frenó levantando la mano y fingiendo que el último calificativo no le molestaba un poco.
—Sé que cada decisión que tomas está sustentada por un buen entramado de hipótesis.
Sé que si me dices que algo está mal será porque antes has evaluado la situación y has decidido teniendo en cuenta todos los factores.
Tienes una mente prodigiosa, Craig. No sé si es por tu edad, porque eres escocés o porque naciste así, no tengo la menor idea, pero lo que sí sé es que si tú decides por mí, todo irá bien.
Las arrugas de su ceño se acentuaron a medida que ella hablaba, y su mente se debatía entre la incomodidad y el rechazo ante una imagen suya tan poco acertada. De repente empezó a picarle todo. Se puso de pie.
—Ve a ponerte unos pantalones —ordenó y se dio la vuelta para salir de allí—. Te espero en la pista con Seabhag.
Anne no dijo una palabra. Solo obedeció.
La vio llegar desde lejos y, cuando la tuvo más cerca, estuvo tentado de esconderse detrás del purasangre para no verla con esos pantaloncitos tan ajustados.
Se preguntó si sonaría muy raro que le pidiese que se sacase la camisola de dentro de los pantalones con la esperanza de que le llegase hasta las rodillas.
En lugar de hablar, se limitó a ponerle las manos delante para que lo usara de estribo y la izó sin esfuerzo.
El rostro de Anne se iluminó al instante y el escocés sintió una punzada en el pecho al reconocer aquella alegría.
Montó a Ealain y ella lo siguió al paso hacia la loma de creta que se abría detrás de las cuadras.
—¿Cómo te sientes? —preguntó inclinando la cabeza para mirarla.
—Muy… bien —dijo casi con un suspiro de gusto.
—Relaja los hombros —le indicó—. Y no aprietes tanto los muslos. De momento, deja que Seabhag se acostumbre a ti.
Ella hizo todo lo que él le decía.
—Es agradable —dijo él.
—¿El qué?
—Que obedezcas sin protestar.
—Sí, para mí también lo es.
—Al trote —ordenó Craig, que necesitaba acción después de oír eso—. Hasta el roble. No permitas que me adelante. Tu misión es que te obedezca.
Anne mantuvo al caballo a su altura.
—Inclínate un poco más sobre él —siguió dirigiéndola Craig.
Observó cómo ella se plegaba sobre el animal.
Las horquillas de su recogido volaron y el viento soltó su larga melena, que flotó tras ella.
Una sonrisa brillante apareció en su rostro y Craig se quedó sin aliento.
Le hizo un gesto para que lo rebasara y aminoró el paso para dejarla ir.
Muchos considerarían una temeridad que le permitiese montar a Seabhag, pero habrían cambiado de opinión al verla.
Era una jinete excepcional, mucho mejor que Mike, aunque no superior a Ephraim.
—¿Qué tal lo he hecho? —preguntó Anne cuando Craig llegó hasta ella.
—Bastante bien —dijo un poco tenso.
—No estás contento.
Anne frunció el ceño y lo miró con tanta atención que Craig sintió un cosquilleo allí donde ella puso el foco.
—¿Qué?
—Dime qué es lo que he hecho mal para que pueda solucionarlo.
—No has hecho nada mal. Es solo que… parecías muy feliz.
Unas arruguitas aparecieron en la frente de Anne.
—¿Y eso te molesta?
—¿Por qué no montas si te hace tan feliz?
—No me hacía feliz.
Ahora era él quien estaba confuso. Anne se mordió el labio pensativa. Trataba de explicárselo, pero le resultaba difícil encontrar las palabras.
—Me has dicho lo que debía hacer.
—Sí… ¿y?
—Eso.
Craig abrió la boca para decir algo, pero volvió a cerrarla.
—Sé que es extraño. Que va a sonar raro. —¿Por qué no podía dejar de sonreír?—. Ha sido… liberador. No tener que pensar, no tener que decidir… Me ha permitido disfrutar. En serio, no pongas esa cara.
—Si tu madre te oyera, se desmayaría.
—Mi madre siempre sabe qué hacer y siempre toma buenas decisiones.
—Anne, todos nos equivocamos.
—Ah, sí. Dime una equivocación tuya.
—Una vez metí a Tórradh en la cuadra de…
—Craig —lo interrumpió poniendo los ojos en blanco—, no me tomas en serio.
—Claro que te tomo en serio —dijo él rascándose la nuca—. Todo lo en serio que puedo tomarte.
—No importa que no lo entiendas, lo único importante es que sigamos con esto. —Soltó un larguísimo suspiro—. ¿Qué hago ahora?
—Deja de sonreír así. —Aquella sensación iba a perforarle el estómago.
Anne se deshizo de su sonrisa inmediatamente, aunque sus ojos siguieron brillando deslumbrantes. Craig deseó estar en Lanerburgh rodeado de excremento de caballo.
—Sígueme —dijo con voz autoritaria—. Y haz lo que yo haga.
Anne asintió con entusiasmo y se colocó donde él le señalaba.
—Sí, señor.