Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 10
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Capítulo 10

Anne era siempre la primera en bajar a desayunar, pero eso había cambiado al llegar Craig a Haddon Castle. El escocés se le adelantaba todos los días y nunca coincidían, por eso se sorprendió al verlo en el comedor esa mañana.

—Buenos días —dijo confusa.

—Buenos días —respondió él cortando un trozo de jamón.

—¿Ocurre algo?

—No, ¿por qué?

Ella avanzó hasta el aparador para servirse pan y mantequilla. Craig enarcó una ceja cuando ella llevó el plato a la mesa.

—¿Eso es todo?

Anne revisó su comida al tiempo que se sentaba. Cogió la tetera y se sirvió en la taza antes de responder.

—¿Te parece mal?

—Eso no es desayunar.

Anne revisó el plato del que él comía y frunció el ceño.

—¿Quieres que coma huevos, jamón, carne fría y pan a estas horas?

—No, pero tampoco creo que pan y mantequilla pueda considerarse un desayuno.

—Pues es lo que tomo todos los días. No necesito más.

Colocó una porción de mantequilla en el pan y Craig se quedó hipnotizado por su destreza.

A él siempre le costaba horrores conseguir que se extendiese.

Pero Anne tenía una técnica muy interesante.

La cortaba en pedacitos finos y la iba distribuyendo por toda la superficie del pan.

Después empezaba a untar con suavidad. La observó morder el pan con deleite y entornó los ojos.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Nada.

—¿Por qué desayunas tan tarde?

—Ephraim no vendrá hoy ni mañana.

—¿Y eso?

—Tiene algo que hacer.

—Ah. —Dio otro mordisco y cogió la taza para llevársela a la boca.

—Necesito que lo sustituyas.

El té le salió por la nariz sin que pudiera evitarlo. El escocés no se inmutó y esperó hasta que ella se hubo limpiado y fue capaz de hilar una frase completa.

—No está bien beber tan temprano, Craig.

—Tienes la estatura y el peso adecuados.

—No.

—Tu padre está de acuerdo.

—No.

—Anne.

—No —insistió y lo miró sin un ápice de humor.

—¿Por qué no?

—Porque no monto. Y menos…

—Anne…

—Deja de decir mi nombre.

—¿Cómo quieres que me dirija a ti?

—No te dirijas a mí.

—¿Ahora no puedo hablarte?

—No. —Se levantó para salir del comedor y, aunque lo oyó soltar un «¡ mo chreach!» que no necesitó entender para saber que era una maldición, lo ignoró por completo y se alejó con paso rápido.

Craig la alcanzó en el vestíbulo y le cerró el paso.

—Apártate —ordenó ella.

—Anne, escúchame.

—¿En serio? ¿Precisamente tú quieres que vuelva a subirme a un caballo de carreras? ¿Acaso has olvidado lo que me dijiste? Porque yo puedo recordarte cada una de las palabras y en su justo orden. —Temblaba de rabia.

—Solo serán dos días.

—Ni dos horas —dijo dándose la vuelta para marcharse.

Craig la siguió hasta la biblioteca e ignoró su intento de cerrarle la puerta en las narices.

—Hazlo por tu padre. Tiene una enorme ilusión puesta en esa carrera.

Anne se sentó frente a su escritorio dispuesta a ignorarlo. Craig apoyó las dos manos en la mesa inclinándose hacia ella.

—Ephraim estará dos días fuera, el caballo no puede dejar de entrenar.

—Eso es una estupidez, no le pasará nada por descansar dos días. Y si tanto lo quieres, que lo haga uno de los mozos.

—¿En serio? ¿Has visto cómo montan? Ni por asomo los dejo subirse a Seabhag.

—Pues hazlo tú.

—Soy demasiado grande.

—Pues que Seabhag descanse. No es mi problema.

—Sabes cómo funciona esto. Lo sabes mejor que nadie.

—Yo no sé nada.

—Anne…

Ella fingió prestar atención al documento que tenía delante.

—¡Anne!

La voz de Craig retumbó en la biblioteca y la hizo dar un respingo.

—Esto no es un juego, joder.

—¿Cómo te atreves a hablarme así? Que seas mayor que yo no te da derecho a tratarme como si fuera una niña.

—Lo que me da derecho a tratarte como una niña es que te comportas como si lo fueras.

Anne apretó los labios furiosa. Intentaba contenerse para no decir algo de lo que tuviese que avergonzarse.

—Necesito tu ayuda y vas a ayudarme —dijo él tajante.

—No puedes obligarme.

—No me pongas a prueba.

En sus ojos había una determinación que no dejaba lugar a dudas.

—Ve a ponerte unos pantalones —ordenó él—. Te espero en las cuadras.

Lo vio dirigirse a la puerta, pero antes de salir se detuvo.

—Si tengo que venir a buscarte, te juro que haré que te avergüences de ello.

Salió de allí cerrando de un portazo. Anne respiraba agitada y el corazón le latía desbocado.

Sentía una impotencia y una rabia tan feroces que se habría puesto a gritar de no estar paralizada.

Las imágenes del día de la carrera se sucedían ante sus ojos como si estuviese viéndolo todo desde las gradas.

La perfecta carrera que hizo, su llegada a meta, las felicitaciones...

Se llevó una mano al cuello y un gemido agónico escapó entre sus labios.

Se puso de pie y salió de la biblioteca, pero no se dirigió a su cuarto para cambiarse, en lugar de eso, atravesó el vestíbulo y salió por la puerta principal antes de echar a correr hacia el sendero.

Necesitaba alejarse de allí cuanto antes.

No importaba adónde fuese, solo tenía que marcharse.

Cuando Craig la encontró, Anne había subido hasta una colina y contemplaba el paisaje sentada en una piedra.

El escocés desmontó de Ealain y la dejó pastando antes de acercarse a ella.

El cielo amenazaba lluvia y corría una suave brisa que jugueteaba con su pelo suelto.

Se le había deshecho el recogido por la carrera.

—¿Creías que no te encontraría? —preguntó él.

Ella no respondió y siguió con la mirada en el horizonte.

—Vamos, tenemos trabajo que hacer —insistió.

Anne giró la cabeza despacio y posó sus claros ojos en él.

—Nunca volveré a montar. Y no puedes obligarme a ello.

Craig ladeó la cabeza, pero no dijo lo que pensaba.

—¿Tampoco volverás a asistir a un baile? ¿No volverás a salir de casa? ¿Qué vas a hacer con tu vida, Anne? ¿Te vas a convertir en una sombra para no cometer errores?

—Sí, eso es exactamente lo que pretendo.

—Vas a destrozar a tu madre. Y a tu padre. Incluso a tus hermanos. Todos te quieren, Anne.

Ella elevó el mentón con gesto orgulloso.

—Yo también les quiero. Por eso hago esto.

—No. Haces esto porque en el fondo sigues siendo una niña pequeña. Estás herida y quieres castigarnos a todos.

Se puso de pie furiosa.

—Tú no me conoces.

—Sí te conozco. Te conozco desde que eras más pequeña que mi brazo.

—Eres odioso —dijo alejándose de él.

—Esto es lo único que sabes hacer. Huir. Es lo que hiciste el día de la carrera y es lo que haces siempre que las cosas se tuercen.

Anne regresó hasta él y le golpeó el pecho con los puños demostrando lo furiosa que estaba.

—¿Por qué tienes que hacerme esto? ¿Por qué has vuelto?

Él dejó que lo golpeara sin inmutarse, hasta que se detuvo agotada. Entonces la sostuvo por los brazos.

—¿Qué queréis de mí? —sollozó—. Si soy yo misma, me equivoco y si trato de complacer a todo el mundo, también. Decidme lo que debo hacer y lo haré.

Craig la acogió en sus brazos y la acunó mientras lloraba y permanecieron abrazados hasta que se calmó. Cuando lo hizo fue incapaz de mirarlo. Estaba muerta de vergüenza.

—No se lo cuentes a mis padres —suplicó casi sin voz.

—Por supuesto que no.

Ella se apartó y se limpió las lágrimas.

—De verdad que no sé qué hacer. Me siento vacía. No tengo ganas de levantarme de la cama, pero lo hago porque mi madre me necesita.

—Es bueno que nos necesiten.

—He perdido la alegría.

—No la has perdido —negó él—, solo la has escondido en un lugar muy recóndito y le has puesto un montón de obligaciones encima para que no asome la cabeza.

Ella lo miró entonces y su cálida sonrisa la reconfortó tanto como su abrazo.

—¿Qué hago, Craig? De verdad que no sé cómo actuar. No sé lo que está bien. Es como si mi cabeza no funcionara correctamente. No puedo fiarme de mi instinto. Hacerle caso estuvo a punto de hundir a mi familia y a la tuya.

—Un poco exagerado, pero entiendo el concepto.

—No te burles de mí. Ya sé que me consideras estúpida, pero me haces sentir muy mal cuando me tratas así.

—No te considero estúpida. Inmadura, sí, pero eres muy inteligente.

Lo miró con fijeza durante unos segundos y Craig casi pudo escuchar los engranajes de su mente girando.

—Supongo que ser viejo sí marca una diferencia —musitó.

El escocés no supo si echarse a reír o enfadarse.

—Quizá tú puedas ayudarme —siguió ella.

—¿En qué estás pensando?

—Podrías decirme cómo debo actuar en cada momento.

—¿Qué?

—Sí. Ayudarme a tomar mis decisiones. Ser… mi consejero, eso. Piénsalo, tú eres mucho mayor que yo, tienes diez años de experiencia extra y, además, eres hombre, con lo que eso conlleva.

Craig se frotó la nuca.

—Vas a estar aquí una temporada. Más de dos meses. Mi hermano se casará antes de eso y seguro que voy a tener que tomar muchas decisiones. Tú podrías decirme qué hacer en cada situación. Por ejemplo, ¿debo ir al baile de los Timberlake?

—Sí.

Anne sonrió.

—¿Ves? Te ha resultado sencillo responder.

—Pero no puedo decirte qué hacer.

—Sí puedes. Y yo te obedeceré en todo. Piense lo que piense, haré lo que me digas.

—Eso no puede ser, Anne.

—Claro que puede ser. Tú nunca te equivocas. Si hago lo que me digas sin cuestionarte, acertaré seguro. Jamás te aprovecharás de mí. No lo hiciste mientras estuve enamorada de ti.

—No estabas enamorada de mí.

—Lo que tú digas. Si tú lo dices, seguro que es cierto. —Sonrió ampliamente.

—Anne, no hagas eso.

—¿El qué? —preguntó confusa—. Siempre que me des indicaciones debes ser muy claro y contundente. No debe haber lugar a la duda, porque si lo hay seguro que escojo la opción errónea. ¿A qué te refieres con que «no haga eso»?

—No puedes ponerte en mis manos.

—Claro que puedo.

—No.

—¿Por qué?

—No quiero esa responsabilidad.

Ella dejó caer las manos a ambos lados del cuerpo con absoluta desolación.

—¿No la quieres?

—Es muy peligroso.

—¿Por qué?

—Porque podría equivocarme.

—¿Más que yo?

—Tienes derecho a cometer errores. Todos los hemos cometido.

—Está bien —aceptó ella—. Lo comprendo, no quieres amarme y tampoco quieres ayudarme.

—No hables así. —La vio encogerse delante de él.

—Volvamos a casa. —Caminó hacia el sendero.

—Yo te llevo.

—Me gusta caminar. —No se detuvo y él gruñó algo en voz baja.

Craig se subió a Ealain, guio a la yegua hasta ella y la agarró de la cintura para sentarla delante de él. Anne no se resistió y tampoco protestó, su cabeza baja y sus hombros caídos dejaban claro lo abrumada que se sentía. Avanzaron en silencio un buen trecho, hasta que el escocés se rindió.

—¿Cómo funcionaría exactamente?