Capítulo 9
Diez días después de su regreso de Londres Anne se encontró atrapada en una discusión que no vio venir.
—¿En serio? —Charles miraba a su madre conteniendo la risa—. ¿Julian Timberlake va a casarse con Imogen Lynott?
—¿Qué es lo que te sorprende? La hija de los Lynott es una jovencita muy agradable —respondió Emma.
Charles esperó a Anne interrogador, pero su hermana lo ignoró por completo.
—Timberlake llevaba enamorado de Anne desde los tres años —dijo.
Su hermana sintió los ojos de todos los comensales clavados en ella, excepto los de Craig, que seguía comiendo como si aquello no le interesara lo más mínimo.
—Charles…
—Es la verdad, mamá. Hace dos años tuve que darle un puñetazo por besarla en la boca.
Anne sintió que se le encendían las mejillas al recordarlo. No había sido exactamente así. Fue ella la que insistió en besarlo. Quería saber lo que se sentía y si era tan maravilloso como su prima Charlotte decía. El pobre Julian se llevó un puñetazo que no merecía.
—No hables así —ordenó Edward molesto—, tu hermana no ha besado a nadie.
—Oh, desde luego que sí, papá —insistió Charles—. Hace dos años. Seguro que Julian no lo ha olvidado.
Edward lo fulminó con la mirada y el joven contuvo la risa.
—¿Vamos a ir todos a la celebración del compromiso? —preguntó después de unos segundos incómodos.
—Por supuesto —asintió su padre.
—Yo no —murmuró Anne.
—Tú, sobre todo —dijo su padre con dureza.
—Papá…
—Ese muchacho no se merecía que lo trataras así. Es un buen chico y estuvo viniendo durante semanas sin que te dignaras atenderlo. Ahora va a casarse con una amiga tuya y…
—Imogen no ha sido nunca mi amiga —dijo Anne en tono quedo.
—Por supuesto que sí —afirmó su padre—. Jugabais de niñas y os he visto hablar en todos los bailes a los que asistías.
—Eso no significa…
—Edward… —medió Emma—. Si Anne no quiere ir…
—Me da igual que no quiera. Lleva más de un año sin ir a ninguna parte. No me gustan los cobardes.
El frío se extendió por toda la estancia y llegó hasta Anne. Se estremeció al comprender que su padre estaba reviviendo lo sucedido y respiró hondo para mantener la calma.
—Lo siento, papá.
—No es eso lo que quiero escuchar. Vendrás con nosotros, Anne.
—No, papá —dijo con calma—. No voy a bailes, ya lo sabes.
—Pues a este, irás. No pienso responder a más preguntas impertinentes sobre ti. Vendrás y dejarás que todos vean que sigues viva y disponible.
Anne levantó la vista del plato y la fijó en su padre.
—Edward… —La voz de Emma tembló.
—Tiene diecinueve años, si quiere encontrar un esposo decente tiene que dejar de esconderse debajo de tus faldas.
—¡Edward! —La fiereza en los ojos de su madre no alivió en nada el corazón de su hija.
—Le he dado tiempo más que suficiente. Ya nadie habla de aquello.
—Anne no se está escondiendo —dijo su madre incrédula.
—Desde luego que sí —afirmó Charles.
Anne se mostró dolida, pero él no se inmutó.
—Todos lo vemos, es imposible que tú no. —Edward tenía los ojos clavados en su esposa, que apretaba el tenedor en la mano.
Emma buscó a sus hijos y acabó en Anne.
—No va a ningún evento que no tenga que ver contigo, mamá —insistió Charles ignorando a su hermana—. No asiste a bailes, no habla con nadie…
—Eso no es cierto. En Londres…
—Londres no es Kenford —insistió Charles—. Y en el único baile al que asistió no la vi bailar ni una sola pieza, mamá. Fue porque la señora Aldridge es una buena amiga tuya y hace mucha propaganda de tus libros.
Emma volvió a mirarla y se le arrugó el ceño.
—Claro que bailó. Yo… —Iba a decir que la había visto, pero lo cierto era que no.
Anne tenía los puños cerrados sobre su regazo y los apretaba con tanta fuerza que sus brazos se veían tensos. Craig, sentado frente a ella, seguía comiendo como si la conversación no fuese con él.
—Déjala en paz, Charles —pidió George.
—Tú piensas lo mismo que yo.
—Charles…
—¿Qué? ¿Vamos a permanecer callados y a dejar que arruine su vida sin hacer nada?
¡Tiene diecinueve años, por Dios! — exclamó soltando la servilleta en la mesa con cierta violencia—.
No pienso quedarme de brazos cruzados viendo cómo se marchita.
¡Miradla! Se divierte menos que cualquiera del servicio.
—¡Charles! —gritó su madre horrorizada.
—Sabes por qué lo digo, mamá. Está demacrada, trabaja demasiado y apenas duerme. Quiere ocuparse de todo. ¡De todo, mamá! De la casa, de tus asuntos, de la boda de George…
Su madre la observó con preocupación.
—Te dije que no te preocuparas por la casa, Anne. La señora…
La joven se puso de pie apartando la silla de golpe.
—Permiso para retirarme —pidió con voz temblorosa.
Edward vio en su rostro que estaba a punto de echarse a llorar.
—Puedes irte, hija.
Craig levantó los ojos del plato y los clavó en su espalda. No probó otro bocado.
Esa noche George estaba con el ojo pegado a su telescopio cuando Anne salió al jardín detrás del invernadero y se sentó en una de las sillas.
La noche era templada y el cielo estaba completamente despejado.
George siempre sacaba dos sillas cuando salía a contemplar las estrellas y Anne sabía que era por si ella acudía.
—¿Qué tal Saturno? —preguntó sosteniendo dos copitas de jerez.
George no dijo nada, como era su costumbre.
Nunca respondía a una pregunta si no tenía algo interesante que decir.
A veces ni siquiera se planteaba una respuesta, tan solo dejaba que las palabras se evaporasen en el espacio.
Después de unos minutos le hizo un gesto con la mano sin apartarse del objetivo y Anne se levantó para ir hasta él.
Su hermano se apartó, cogió una de las copas y dejó que ella ocupase su lugar.
—Ahí lo tienes, con su precioso anillo —murmuró con ternura y luego bebió un sorbo.
Se sentaron en las sillas y disfrutaron de su bebida en silencio, mientras contemplaban el cielo sin luna.
—¿Estás muy disgustada? —preguntó George al fin.
—No.
—Siempre has mentido fatal, Anne.
—Eso no es cierto —dijo sin dejar de sonreír—. Fui yo la que te escondió el micrómetro.
George abrió mucho los ojos y apretó los labios enfadado. Su hermana se encogió de hombros.
—Sí sé mentir.
—Vale, está claro que sabes.
Anne bebió contemplando el cielo.
—¿Te importa que Imogen se case? —preguntó George.
—En absoluto. Si es lo que quiere, me alegro por ella.
—¿Tú no quieres casarte?
Anne negó con la cabeza.
—Yo quiero que encuentres a alguien.
—Pero eso es porque estás enamorado.
George sonrió por primera vez desde que había llegado.
—Cierto —afirmó pensando en Eva.
—¿Cómo es? —Estaba realmente interesada—. Amar y que te correspondan.
George tardó tanto en contestar que pensó que no iba a hacerlo.
—Me gusta —dijo sin más.
Anne arrugó el ceño incrédula.
—¿Y ya está? ¿No vas a darme detalles?
George suspiró.
—La mayoría de la gente cree que las estrellas están solas, pero muchas son dobles, estrellas que giran alrededor de un punto. Nunca se tocan, pero tampoco se alejan. Hay una fuerza que las atrae, pero también hay otra que las repele y así mantienen un baile eterno.
—¿Es una especie de acertijo? ¿Como aquellos que me ponías de niña? ¿Tengo que adivinar la respuesta? ¿Hay una respuesta?
George esbozó una ligera sonrisa, tan ligera que solo alguien que lo conociera muy bien sería capaz de verla. Estaba segura de que solo Eva y ella misma serían capaces.
—El amor es la única fuerza capaz de mantener dos estrellas unidas sin hacerlas colisionar.
—¿En serio? —se rio Anne a carcajadas—. ¿Eso es lo que me vas a contar sobre el amor?
Su hermano se encogió de hombros y después apuró el contenido de su copa.
—No sé lo que es, Anne. De verdad que no lo sé.
Me resulta del todo incomprensible que Eva me ame.
No soy un hombre fuerte y seguro de mí mismo.
Puedo estar en silencio durante horas sin percatarme de lo que me rodea.
No tengo ninguno de los atributos que se supone que os gustan a las mujeres. Y ella es… absolutamente perfecta.
Anne sintió un nudo en la garganta y bebió otro trago pequeño para ayudar a deshacerlo.
—Me alegro mucho por ti, hermano —dijo sincera.
—Yo también me alegraré cuando tú encuentres el modo de chocar contra otra estrella sin explotar.
—Conociéndome, me acercaré a una que pueda convertirme en polvo.
George miró instintivamente hacia la ventana del dormitorio de Craig, que estaba abierta. Anne siguió su mirada. No había luz y supuso que el escocés estaría durmiendo, como todos los demás.
—¿Qué estás haciendo, Anne? —preguntó George volviendo a centrar su atención en ella.
—No estoy haciendo nada, George.
Él no apartó la vista hasta que ella dejó escapar el aire atascado en sus pulmones.
—Solo quiero dormir tranquila —musitó.