Capítulo 8
Anne trabajaba en la biblioteca. Se había quedado con el escritorio que había sido de su padre y él tenía ahora su propio despacho, al igual que Emma.
Haddon Castle tenía habitaciones de sobra para que cada uno tuviese su lugar privado en el que trabajar o, como en el caso de Charles o George, para sus aficiones.
A Anne le gustaba la biblioteca, se sentía cómoda rodeada de libros y la estancia era lo bastante grande como para que pudiera estirar las piernas después de pasar muchas horas sentada.
Por la mañana, con las ventanas abiertas, se podía escuchar la potente voz de Craig cuando gritaba alguna orden a Ephraim.
Sonrió al pensar en el jockey . Lo había conocido la mañana siguiente a su llegada, no porque ella hubiese visitado las cuadras, cosa que no tenía la menor intención de hacer.
Se lo cruzó al regresar a casa después de un paseo.
Era un hombre sorprendente al que aún no había conseguido catalogar.
Era muy delgado y desgarbado, con el pelo rubio y alborotado y la cara llena de pecas.
Sus ojos, de un azul casi transparente, eran vivaces y alegres, igual que su risa.
Era muy gracioso, y cualquier cosa parecía bastarle para estar contento.
Charlaron un momento. Anne se mostró educada y le preguntó por su trabajo sin verdadero interés.
Él le preguntó si montaba, ella respondió que lo justo y finalmente se despidieron con amabilidad y simpatía.
Dejó escapar el aire con un soplido y volvió a prestar atención a la carta que iba a enviarle a Heather, tal y como su madre le había pedido.
Ya había escrito la de su hermano y en ella le planteaba la oferta del señor Reynard.
También incluía una detallada lista de pros y contras de trasladarse a Londres.
Antes de mojar la pluma la sostuvo entre los dientes con la mirada perdida en sus pensamientos.
¿Qué pensaba ella? ¿Era mejor para su hermano regresar?
Cuando Robert se marchó, sir Reginald Ashcroft tenía el beneplácito de la corte, pero ya no era así.
Su majestad la reina Victoria no lo tenía en buen aprecio y había sido relegado de las altas instancias de manera paulatina.
Todavía tenía apoyos en Londres, pero eran escasos y se mantenían en un discreto segundo plano.
Aun así, Robert no solo había enfadado al parlamentario, tenía más enemigos y el hecho de que hubiese sido apartado de la línea de sucesión al título de conde de Kenford lo dejaba más desprotegido.
Desvió la mirada hasta la estantería en la que estaban colocados los libros de su hermano.
Los había leído varias veces empapándose de una verdad que, de no ser por él, le sería ajena.
Su manera de narrar la realidad a la que se enfrentaban los más desfavorecidos no resultaba agradable para los de su clase.
Al igual que hacía el señor Dickens, Robert los obligaba a mirar la fealdad y la podredumbre de una sociedad, muchas veces corrompida, que se sustentaba en la desgracia de muchos para beneficio de unos pocos.
Entre los que ella se incluía. Sus problemas le habían resultado ridículos frente a las cosas de las que su hermano hablaba.
Las workhouses , el trabajo en las minas, las madres solteras, los huérfanos…
Miseria y sufrimiento en la misma ciudad en la que se organizaban bailes, eventos musicales y tertulias literarias.
Dejó la pluma, consciente de que no era buena idea escribir la carta con su ánimo actual.
Sin duda empujaría a Heather a considerar seriamente quedarse en Escocia.
Se levantó y caminó hasta la ventana, estirando los brazos hacia el techo e inclinándose primero hacia un lado y luego hacia el otro.
Después colocó un pie sobre el alféizar y se inclinó hacia delante para estirar la pierna.
Cuando cambió de pie se topó con la mirada curiosa de Craig, que se había detenido con su caballo.
Bajó el pie rápidamente y se arregló la ropa como si nada.
—Buenas tardes, Anne —dijo él con naturalidad.
—Buenas tardes, Craig.
—¿Te apetece salir a montar?
—No, gracias.
El escocés apoyaba las manos en el pomo de la silla y tenía una actitud relajada.
—Ya me has ganado, puedes relajarte.
—¿A qué te he ganado exactamente?
—Te di tres días para conocer a Seabhag y ha pasado una semana.
—Oh, eso.
Craig soltó una risotada y ella respiró hondo. Intentaba no mostrar emoción alguna cuando estaba con él, pero era con quien más le costaba disimular.
—Ephraim se quedó muy impresionado contigo —siguió Craig.
Anne se preguntó por qué no bajaba la voz.
—Me dijo que había visto a un ángel de pelo negro. Y añadió: «Igualita que Seabhag».
—Creía que ese caballo era macho.
—Lo es.
—No es muy halagador, entonces.
Craig se encogió de hombros.
—Así es Ephraim, mete la pata cada dos palabras.
—Tengo que trabajar —dijo señalando detrás de ella.
—¿De verdad ya no montas como antes?
Anne negó y él se puso serio.
—Anne…
—Discúlpame, en serio tengo mucho que hacer. Disfruta de tu paseo.
Volvió a su escritorio para seguir trabajando. Un minuto después Craig entraba por la ventana.
—¿Qué haces? —preguntó ella sorprendida.
—Averiguar de qué va esto —dijo acercándose.
Ella frunció el ceño sin comprender.
—Solo te veo en las comidas. No hablas apenas, comes como un pajarito y… ¡no sales de casa!
—No sabía que eso fuese asunto tuyo.
—Anne…
—En serio, Craig, déjame en paz —dijo sin contenerse.
El escocés se puso las manos en las caderas y la estudió en silencio durante unos segundos. Anne fingió seguir trabajando, pero finalmente bufó y lo miró resentida.
—No vas a irte.
—No, hasta que hables conmigo.
—¿Qué quieres que te diga?
—¿Qué pasa?
—¿Puedes ser más concreto?
—Contigo. ¿Qué pasa contigo?
—No pasa nada. Estoy tranquila.
—Ya. Y eso me da un miedo de mil demonios.
—¡Craig!
—¿Qué? ¿Ahora te has vuelto una remilgada? Nunca te importó que fuese malhablado.
Ella alzó el mentón y el movimiento agitado de su pecho la delató.
—Tengo trabajo que hacer.
—¿Por qué no montas? ¿Qué tiene que ver lo que pasó con que montes, Anne?
—No me apetece —dijo prestando atención a la carta que leía.
—Anne. Mírame.
Ella suspiró y levantó la vista.
—No me apetece —repitió.
—¿Por qué?
—¿Tengo que darte explicaciones de lo que me apetece y lo que no?
—¿Por qué, Anne?
—Es incómodo.
—¿Montar es incómodo? ¿Desde cuándo…? —Se detuvo y entornó los ojos—. ¿Montas a la mujeriega? ¿Es eso?
Ella asintió.
—¿En serio te estás castigando? Creía que habías madurado, pero veo que sigues siendo la misma cría de siempre.
—Gracias por tu comprensión.
—¿Crees que eso va a funcionarte? Las personas no cambian así.
—Vaya, al parecer cuidar de caballos te ha dado una gran sabiduría.
—No puedes ofenderme, Anne. Da igual lo mucho que lo intentes.
—¿Crees que quiero ofenderte?
—¿Qué esperas conseguir? ¿Cuál es el plan? Si me lo cuentas, quizá pueda entenderlo.
—No hay ningún plan —dijo poniéndose de pie—. Hago lo que se espera de mí.
Craig elevó una ceja.
—¿Lo que se espera de ti? ¿Quién lo espera? ¿Crees que tu madre quiere que te pases el día solucionando sus problemas? ¿Es tu obligación saber la talla del traje de tu hermano?
—Alguien tiene que hacerlo, y yo tengo tiempo.
—Sí, ya lo veo. Tienes todo el tiempo del mundo para esconderte aquí dentro.
—Yo no me escondo.
—Oh, sí te escondes. Te has convertido en una ratita asustada que vive rodeada de libros que le cuentan lo que es vivir.
Anne apretó los labios y cerró los puños.
—¿Te hace enfadar oír la verdad? —Dio un paso hacia ella—. Esto no es madurar.
—Solo tú sabes lo que es madurar, ¿verdad?
Solo tú puedes decidir cuándo soy una persona útil, de provecho o válida.
Solo tú puedes decidir si ya no soy estúpida o infantil.
¿Eres mi dios, acaso? No respondas, no hace falta.
Eres hombre, así que naciste con derecho a juzgarme.
No soy capaz de hacer nada bien, ¿verdad, Craig?
Si quiero montar y hacer las cosas que tú haces, está mal, pero si me quedo sentada y cumplo con mis obligaciones como mujer, también está mal.
¿No será que el problema soy yo? ¿Que soy incapaz de hacer nada bien?
—No llores —susurró él suavizando el tono.
Anne se llevó la mano a la mejilla y luego miró la humedad en sus dedos como si la hubieran traicionado. Gruñó algo ininteligible y rodeó el escritorio para salir de allí, pero Craig la detuvo sujetándola del brazo.
—Siento haberte hablado así, no quería hacerte daño.
Ella apartó la cara tremendamente avergonzada porque la hubiese visto llorar.
—Anne, no tienes que dejar de ser tú. Solo tienes que pensar las cosas antes de hacerlas.
—Gracias, Craig —dijo endureciendo su expresión—. Sería muy útil si pudieses darme un manual de lo que esperas de mí. A poder ser por escrito, para que pueda memorizarlo.
Él la soltó consciente de que se había extralimitado.
—Me gustaría que me consideraras tu amigo.
—Y a mí me gustaría que me dejases en paz —dijo antes de salir.
Se quedó solo en la biblioteca. Sobre el escritorio una carta a medio escribir. Había venido a Kenford a preparar un caballo, nadie le había pedido que entrenase a una niña cuya fragilidad lo amenazaba directamente a él. Caminó a grandes zancadas hasta la ventana y salió por donde había llegado.