Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 7
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Capítulo 7

Craig entró en la cuadra como todas las mañanas. Llevaba días en Haddon Castle y había trastocado las rutinas de todos, sobre todo las del servicio, que ahora debía preparar el desayuno dos horas antes y adelantar la cena a las seis para poder acostarse temprano.

—Todo está bien, señor —dijo Tom al verlo revisar los excrementos del animal.

—¿Has revisado las patas?

—Como todas las mañanas —afirmó el muchacho sonriente.

Craig le levantó la mano izquierda al animal y pasó los dedos por tendones y huesos.

Continuó con el resto y no dejó sin revisar ni las orejas.

Después lo ensilló, ajustó la cincha y lo sacó para llevarlo a la pista.

Caminó con él y, sin soltar la cuerda, lo dejó caminar en círculo a su alrededor con calma, calentando los músculos y disfrutando del movimiento.

—¿Tenías ganas de salir, eh, Seabhag? Ya, muchacho, eso de estar encerrado no es para ti.

El animal inició un trote más activo y Craig estudió la tensión de sus músculos, el ritmo de sus patas y también si se distraía o se agitaba.

Entonces apoyó el pie en el estribo y se montó sin detenerlo.

Tom y Dylan lo observaban subidos al cercado y Tom silbó admirado.

Craig los ignoró iniciando un medio galope suave, sostenido.

—Bien, chico —dijo moviéndose con el caballo sin esfuerzo.

—¿Lo va a hacer sudar? —gritó Dylan.

Craig lo ignoró y continuó hacia la pista larga, la que usaba para los tramos más rápidos. Al alejarse, obligó a los dos muchachos a volver al trabajo. Una hora más tarde, Ephraim se subió a Seabhag y Craig montó a su yegua sin dejar de darle instrucciones al jockey sobre lo que tenía que hacer.

—No lo dejes sobrepasarme. Debe escucharte. Quiero ver si eres capaz de contenerlo, Ephraim.

—Solo llevo cuatro días con él, necesita tiempo para cogerme cariño —dijo el jinete acariciándole el cuello—. ¿Verdad, amigo mío?

—No necesita cogerte cariño, lo que hace falta es que hagas bien tu trabajo. Yo iré a tu lado y cuando aminore o me detenga, ya sabes qué hacer.

—Vale, vale, señor entendido. Yo también sé algo de caballos y funciona mejor cuando te coge cariño. Tu yegua te adora.

Craig enarcó una ceja y tensó los labios.

—¿Estás sonriendo? —dijo Ephraim—. ¡El escocés está sonriendo, Seabhag! ¿De quién fue la idea de ponerle ese nombre? ¿Es porque tiene ese color azulado?

Craig asintió.

—Es realmente bonito —dijo el jinete pasándole la mano por el lomo—. Nunca había visto un caballo de este color.

El escocés tenía una expresión irónica.

—Te gusta mucho toquetearlo. A Seabhag no le hace mucha gracia eso. Te recomiendo que te controles si no quieres que te tire cuando menos te lo esperes.

—¿Tú harías eso, Seabhag? ¿Verdad que no? Somos compañeros y tenemos que demostrarle a este escocés sabelotodo que no tiene ni idea.

—Anda, dejemos de perder el tiempo.

—¿Perder el tiempo? Estamos confraternizando —dijo Ephraim siguiéndolo hacia la pista—. ¿Los escoceses no tienen amigos?

Edward escuchaba las explicaciones de Craig durante el almuerzo con gran interés. No lo interrumpió ni una sola vez hasta que hubo terminado.

—Hay que reconocer que sabes de caballos —dijo satisfecho.

—Menos mal —se burló Craig.

—Ya llevas unos días trabajando con Ephraim, ¿qué opinas?

—Es un buen jinete. Aunque debería hablar menos y escuchar más.

—Ya —reconoció Edward—. No se calla.

—No me molesta que sea tan hablador, pero a veces está tan deseoso de hablar que no presta atención a lo que le digo. Y, sobre todo, a lo que le dice el caballo.

—¿Qué tal son sus tiempos?

Craig apretó los labios y no respondió de inmediato.

—Mejorarán —afirmó rotundo.

A Edward se le iluminó la cara al escuchar las ruedas del carruaje.

—Ya están aquí —sonrió poniéndose de pie con evidente entusiasmo.

Craig lo vio salir del comedor, dejó los cubiertos sobre el plato, bebió un trago de agua y se limpió la boca antes de seguirlo.

—No estoy de acuerdo contigo. Las lecturas públicas han de ser pausadas —dijo Anne bajando del coche detrás de su madre—. La gente quiere entender lo que se dice.

—Soporífero —insistió Charles—. Hubo quien dio una cabezada.

—Eres insoportable.

—Y tú muy aburrida.

Edward abrazaba a su esposa sin disimulo y la estrechaba contra su cuerpo como si llevara meses sin verla.

—Papá, que solo hemos estado fuera una semana —dijo Charles con voz de cansancio.

Anne se fijó entonces en Craig, que esperaba a un lado de la entrada.

Llevaba meses preparando aquel momento. Fue enumerando mentalmente cada gesto: Voz serena.

Espalda recta. Muéstrate como una amiga de la familia.

No la ayudó en nada que él estuviera como siempre, aunque había algo distinto en el modo en que la miró.

—Craig… —lo saludó con una ligera reverencia.

—Anne. Señora Wilmot. —Inclinó la cabeza cuando Emma se libró del abrazo de su esposo.

—Hola, Craig —saludó Charles pasando junto a él para entrar en la casa y desaparecer sin más.

—Está un poco de mal humor —musitó Emma para que su hijo no la oyera.

—Estábamos almorzando. ¿Queréis comer algo? —preguntó Edward cogiéndola de los hombros para entrar también.

Anne se volvió hacia el cochero.

—Ese baúl es de mi madre, Kyle, y el mío es el que lleva la cinta. Sí, ese. Lo demás es de mi hermano. Lleva más equipaje que nosotras dos —musitó esto último con cansancio.

—Señorita Anne —la saludó Isaac, uno de los lacayos, al llegar junto a ella.

—Isaac. Finley —saludó a los dos lacayos que esperaban sus indicaciones—. Encárguese del equipaje de mi madre y de mi hermano primero —dijo cogiendo su bolsa de tapiz y la caja de palosanto forrada de terciopelo con sus útiles de aseo.

Unas manos grandes le quitaron los dos objetos sin remilgos y ella miró a Craig ceñuda.

—No es necesario, gracias.

El escocés tenía una expresión escrutadora, pero no dijo nada. Le hizo un gesto para que pasara delante. Anne atravesó el vestíbulo girándose levemente para comprobar que la seguía, pero al llegar a las escaleras se volvió y extendió los dos brazos esperando recuperar sus pertenencias.

—Gracias, desde aquí yo me encargo.

Craig no se detuvo y subió los peldaños dejándola atrás.

Anne subió tras él apretando los labios y se sorprendió al ver que continuaba subiendo hasta la segunda planta.

¿Sabía dónde estaba su dormitorio? No recordaba habérselo contado nunca.

Craig se detuvo frente a una puerta y esperó a que ella la abriese, cosa que hizo sin borrar de su rostro el desconcierto que sentía.

El escocés entró en el cuarto y dejó las cosas sobre la cama.

Al girarse, Anne creyó adivinar una sonrisa escondida tras aquella expresión seria.

—¿Has tenido buen viaje? —preguntó él.

—Sí, gracias. —Estaba tan sorprendida de verlo en su dormitorio que apenas podía pensar con claridad.

Craig esperó las preguntas de rigor sobre el caballo, el entrenamiento y lo que habían hecho esa semana, pero Anne permaneció en silencio.

Un año no lo había cambiado. La misma envergadura imposible de disimular en una habitación como aquella.

El mismo pelo de un rojo oscuro, apenas un dedo más largo de lo que sería conveniente, y aquellos ojos grises que a ella le habían parecido siempre un reflejo del cielo de Escocia poco antes de la tormenta.

—Estarás cansada —dijo más para sí mismo que para ella.

—En absoluto —mintió—. Ha sido un viaje corto.

—¿Muchos bailes?

—Uno.

—Vaya, no has aprovechado el tiempo.

Ella le dedicó un levantamiento de ceja como respuesta.

—Habrás visitado a tus tíos.

Anne asintió con la cabeza.

—Me ha dicho tu padre que ayudas a tu madre.

—Así es.

—¿Y es interesante?

—Muchísimo.

—¿Tendrás tiempo de echarle un vistazo a Seabhag? —preguntó provocador.

—Lo veré en algún momento, eso seguro. Papá no dejará de alabarlo hasta que toda la familia lo haya visto.

—Es un gran caballo.

—Estoy segura.

Craig arrugó levemente el ceño y se cruzó de brazos.

—¿Conoces al jinete?

—No.

—Se llama Eph…

—Craig, estás en mi cuarto —lo cortó.

Él recorrió la habitación con la mirada y eso la hizo ruborizar.

—Muy bonito —dijo burlón.

—No puedes estar en mi cuarto —insistió ella.

—¿No?

—No.

—¿Por?

—Porque es mi cuarto.

—Ah. Eres muy posesiva, ¿no?

—No te hagas el tonto. Un hombre no debe entrar en el dormitorio de una dama.

La sonrisa en los labios del McEntrie creció ostensiblemente.

—¿Ahora soy «un hombre»? Creía que éramos amigos.

—No somos amigos. Somos conocidos. Nuestros padres son amigos.

—¿Nosotros no? —Fingió desagrado y bajó los brazos.

Anne lo empujó hacia la puerta, cansada de aquel juego. Craig se rio sorprendido por su fuerza.

—¿No vas a bajar a almorzar? Estábamos aún en el primer plato.

—No tengo hambre —dijo ella agarrando la puerta para cerrarla, pero Craig puso la palma de la mano sobre la madera impidiéndoselo.

—Estás muy flaca, no deberías saltarte comidas.

—Gracias. ¿Algo más que necesite saber?

—Te doy una semana. No, espera, tres días.

Ella apretó los labios.

—Cuando veas al caballo te vas a enamorar —dijo, bajando un poco la voz.

Anne intentó de nuevo cerrar la puerta, pero Craig interpuso el pie y la puerta apenas se movió.

—No me creo esa patraña —insistió Craig.

Ella frunció el ceño sin comprender.

—Lo de que ahora eres secretaria y ya no te interesan los caballos.

—Pues es la verdad.

—Anne…

Ella dejó escapar el aire en un suspiro lento y clavó los ojos en él con una frialdad que le borró la sonrisa.

—Te cito: «Eres una niña malcriada, incapaz de ver el desastre que causas con tus acciones. Madura de una maldita vez y deja de complicarnos la vida con tus estúpidas ensoñaciones».

Craig soltó la puerta sorprendido.

—Estaba enfadado.

—Sí, y tenías razón. Como todos. Gracias.

Cerró de un portazo y Craig se encontró con la puerta en las narices. Había olvidado las palabras exactas y ella se las devolvió intactas, como un cuchillo bien guardado en su funda. Bajó las escaleras con la sensación de que la apuesta acababa de subir y él no sabía las reglas del juego.