Capítulo 6
Subieron las escaleras del St Bartholomew’s y se cruzaron con un apuesto médico que bajaba. Hannah iba delante y a Anne le sorprendió que no respondiera a su saludo, así que se inclinó un poco más de lo normal para compensar su falta de modales.
—Buenas tardes —dijo.
—Buenas tardes.
El doctor siguió adelante y Anne corrió para alcanzar a su prima, que no se había detenido.
—¿No lo has visto?
—¿A quién?
—Al… —Señaló hacia atrás y de nuevo tuvo que correr para alcanzarla—. Chica, qué prisa tienes.
—A Adam no le gusta que lo hagan esperar.
Cinco minutos después entraban al despacho del médico.
Adam McEntrie no era bueno disimulando, y su rostro al recibirlas dejaba bastante claro que aquella reunión no le apetecía lo más mínimo.
Hannah, por su parte, se había propuesto ser un dechado de simpatía y dulzura y Anne la observaba como se observa un espécimen raro de planta que hubiese decidido crecer en mitad del brezo.
El despacho en el que las recibió era austero. Él llevaba puesta una levita que había conocido tiempos mejores, a juzgar por la cantidad de manchas que no se habían ido con los múltiples lavados.
—Tengo una cirugía en media hora —advirtió el médico tras el saludo inicial.
—Qué interesante —respondió Hannah tomando asiento en el sofá que él les señaló.
—Espero que toda la familia esté bien.
—La abuela me ha dicho que espera que este sábado sí puedas ir a comer con ellos —dijo Hannah con una dulzura impecable.
Adam se limitó a elevar ligeramente la comisura de sus labios y luego miró a Anne.
—Craig está en Kenford.
Anne no tenía claro si era una pregunta o un simple comentario que no requería intervención por su parte, pero como él seguía expectante, se obligó a responder.
—Nosotros partimos antes de que él llegara.
Y en cinco días lo veré en el desayuno, en las cuadras y tendré que aguantar que me trate como a una cría.
Apartó la idea antes de que se le notara en la cara y prestó atención a la conversación.
—No quiero robarte un tiempo que sé que es precioso —dijo Hannah sin sonar para nada tensa—. Pero esto es muy importante para mí.
—Quieres entrar en la clínica de diaconisas de Kaiserswerth.
—Eso es —dijo ampliando su sonrisa y removiéndose en el asiento para acomodarse—. Llevo años soñando con eso. He trabajado en el hospital de St Thomas’s durante…
—¿Trabajado? —la interrumpió Adam frunciendo el ceño.
—Ssssí.
—Creía que eras voluntaria.
—Nnno.
—Ya veo —dijo él recostándose contra el respaldo.
Anne pensó que parecía muy cansado y las sombras bajo los ojos así lo evidenciaban.
—El doctor Dunham me ayudó a conseguir una plaza en el St Thomas’s y he pasado los últimos tres años trabajando como enfermera y…
—No puedo recomendarte —la cortó impaciente.
—¿Qué?
—Hace un mes que envié a una de nuestras enfermeras allí. No puedo recomendar a nadie más, de momento.
—Te escribí una carta hace varios meses —dijo ella con expresión desolada—. ¿No la recibiste?
—No lo recuerdo.
—He tratado de hablar contigo varias veces y siempre me decían que estabas ocupado.
—Estaba ocupado.
Anne percibía la enorme tensión en su prima. Hannah tenía la espalda y el cuello rígidos y su voz sonaba contenida.
—Esto es muy… importante para mí.
—Lo siento. Quizá el año que viene…
—¿Sabes las horas que trabajo en ese hospital? ¿Sabes lo agotador que es?
—Soy médico —dijo él torciendo una sonrisa.
—Sí, eres médico y te admiro por ello. ¿Conoces a tus enfermeras, Adam? ¿Sabes sus nombres? ¿Conoces sus turnos de trabajo? ¿Sabes si descansan?
—Nada de eso tiene que ver contigo, Hannah.
—¿Tanto te cuesta enviar una carta?
—No se trata de eso.
—¿Ah, no? —dijo poniéndose de pie y obligándolo a él a hacer lo mismo—.
¿Y de qué se trata? No te estoy pidiendo que me alabes ni que digas nada que no piensas, está claro que no respetas mi trabajo.
Ni siquiera te has tomado la molestia de averiguar qué es lo que hago.
Solo te he pedido una mísera carta. Que digas que me permitan entrar. Yo me ganaré mi puesto.
—Me tomo muy en serio mis recomendaciones. No redacto una simple carta para favorecer a una amiga de la familia.
Hannah elevó el mentón. No quería demostrarle lo mucho que la ofendía con sus palabras.
—Cuando te escribí hace cuatro meses te aconsejé que solicitaras informes sobre mí en el hospital. Ni siquiera mencioné al doctor Dunham para que no hubiera ninguna clase de favoritismo.
—No he tenido tiempo.
—Y por lo que veo, tampoco la menor gana.
—Has trabajado en un hospital, sabes lo duro que eso es para un médico.
—Oh, sí, por supuesto. Vosotros sois lo único que importa aquí. Lo que hacemos nosotras podría hacerlo cualquiera.
Adam elevó una ceja sin decir nada.
—¿Qué sabré yo? Tan solo soy una estúpida mujer que para lo único que sirve es para limpiar heridas y cambiar sábanas. Por algo no se me permite ser médico…
—¿Querrías ser médico?
—¿Para qué quieres saberlo? ¿Para no ayudarme? —ironizó y después se giró hacia su prima—. Vámonos, Anne, aquí ya hemos terminado. Disculpe las molestias, doctor McEntrie. No le robamos más tiempo.
—Hannah, hablaré con el doctor Dunham y el próximo año…
Lo miró con tal frialdad que Anne sintió un escalofrío.
—No se moleste, gracias. Vuelva a sus importantes ocupaciones y olvídese de las tonterías de esta estúpida mujer, amiga de su familia. —Se dirigió a la puerta y salió sin esperar a su prima.
—Lo siento —dijo ella—. Esto significaba mucho para Hannah.
Adam asintió y se despidieron.
—Espérame —la llamó Anne saliendo del hospital—. ¡Hannah!
La otra se giró furiosa.
—¿Qué se ha creído? Menudo estúpido, engreído y arrogante. ¿Tú has visto cómo me ha tratado?
—Está cansado.
—¿Y eso es excusa para comportarse como un desgraciado?
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Me ha tratado como si esto fuera un juego para mí. Llevo mucho tiempo trabajando para que ahora venga él y me hable de ese modo.
—Es un cirujano muy prestigioso.
—¿Y eso le da derecho a menospreciarme? ¿Acaso no he sido educada y considerada?
—Sí, pero…
—¡Anne, por favor!
Se dio la vuelta para dirigirse al carruaje que las esperaba y Anne la siguió resignada.
—Ha sido horrible, abuela, horrible. —Hannah lloraba abrazada a Meredith, que la consolaba con palabras dulces mientras hacía gestos a Anne por encima de su hombro.
—Adam es un poco arisco, seguro que recapacitará.
—¿Arisco? —Hannah se incorporó con la cara bañada en lágrimas—. ¡Es odioso! Un presuntuoso, eso es lo que es. Mírame, soy médico…
—Hannah…
—Lo odio, abuela. Lo odio muchísimo. Él tiene la suerte de hacer lo que le gusta y solo porque no es mujer.
—Bueno, yo diría que no es solo por eso.
—Ya, ya, ha estudiado mucho y ha estado trabajando en muchos hospitales, pero yo también lo haría si me dejaran, ¿verdad? ¡Pero no me dejan!
—Encontraremos el modo… Hablaré con él.
Hannah se envaró con expresión horrorizada.
—Ni se te ocurra. No quiero que hables con él. Si hablas con él te juro que…
—Hannah, cálmate —pidió Anne.
—No hables con él, abuela. No quiero volver a oír su nombre.
No quiero ni saber que existe. Desde hoy me olvidaré de que hay un McEntrie en ese hospital.
Los únicos miembros de esa familia que me interesan son los que no se llaman Adam.
—Se puso de pie y se limpió las lágrimas—.
Voy a escribir otra vez a la escuela de diaconisas y volveré a enviarles las cartas de recomendación que me han escrito todos los médicos de…
—Eso ya lo has hecho —la cortó Anne levantándose también—. Quizá lo que quieren no es eso.
Hannah la miraba interrogadora.
—Quizá deberías pedir cartas de recomendación a enfermeras, Hannah.
—Pero son los médicos los que…
—Si esas cartas no han bastado, quizá necesites enviar otras distintas. Pídeles a tus superioras que te escriban esas cartas hablando del trabajo que realizas como enfermera. Quizá eso despierte su curiosidad.
—Tienes razón —dijo Hannah—. Quizá con eso… Voy a hacerlo ahora mismo.
Anne y Meredith la vieron salir y cuando la puerta se cerró, Anne se dejó caer en el sofá como si el cuerpo le pesara una tonelada. Se cubrió la cara con el antebrazo y resopló.
—¿Ha sido muy horrible? —preguntó su abuela sonriendo.
—Ay, abuela, ni te imaginas. Adam ha sido muy arisco con ella. Antipático. Y Hannah… Ha habido un momento en que pensé que iba a abofetearlo.
—Esa niña…
Anne se incorporó ceñuda.
—¿Y él? No tenía por qué ser tan condescendiente.
—Tiene mucha experiencia. Y responsabilidades.
—Y es hombre.
—Anne, ¿tú también?
—Es que es la verdad, abuela. Hasta tú has antepuesto su valor al de Hannah.
—Eso no es lo que he hecho.
—Sí, abuela, lo has hecho. Y no es justo. Hannah tiene razón. Lleva años trabajando mucho y no porque lo necesite, precisamente. Si quisiera podría vivir sin complicaciones. Pero eligió trabajar muy duro. Merece el mismo respeto que Adam McEntrie.
Su abuela lo pensó un momento. Había visto lo agotada que Hannah llegaba muchos días.
—Tienes razón —reconoció—. He hecho justo lo que dices. Y no está bien. Que Adam sea cirujano no quita que Hannah merezca respeto y consideración.
—Además, Adam no podría hacerlo todo solo. Los médicos necesitan ayuda, no deberían despreciarla.
—Cierto, cierto —cedió su abuela.
—El Adam que yo recordaba era mucho más amable. —Volvió a recostarse con cansancio.
—Supongo que en su profesión ve cosas terribles. Tendría un corazón de acero si no le afectaran, ¿no crees?
—Tienes razón. Hannah tampoco es la jovencita divertida, parlanchina y amable que era.
—No sé cómo nadie quiere dedicarse a profesiones tan duras, pero doy gracias por ello.
—Desde luego.
—¿Entonces ya no vais a ir a ver a la señorita Ashton? —preguntó Meredith.
Anne puso los ojos en blanco. Se le había olvidado.