Capítulo 5
Hannah contemplaba a su prima con expresión de hartazgo mientras Anne revisaba las tarjetas que habían llegado esa mañana a la casa de los Wilmot.
—…y estoy harta de que no me dejen aprender. Quiero ayudar, pero esos hombres son estúpidos. No se dan cuenta de lo mucho que podría hacer si me lo permitiesen.
Anne levantó la cabeza de lo que leía, clavó los ojos en ella y decidió que era mejor no decir lo que pensaba. Cogió la pluma para escribir las respuestas a tantas invitaciones.
—Ibas a decir algo. —Hannah se levantó del sofá, se inclinó sobre el escritorio y se sostuvo la cabeza con la mano—. Dilo.
—Deberías ser médico.
—¡Sí! —exclamó Hannah dando saltos—. ¡Sí, sí, sí!
—Pero no puedes —siguió Anne escribiendo un lacónico «gracias por la invitación, pero…».
Hannah se enderezó.
—Y tú deberías poder competir en esas estúpidas carreras.
—¿Estúpidas carreras?
—Ya sabes que esos temas no me interesan.
—No, a ti te interesan más las piernas fracturadas.
—Mmmm. Si tengo que escoger… —Regresó al sofá y se dejó caer como un fardo de ropa usada—. No deberíamos haber nacido en esta época, Anne. No pertenecemos a este mundo.
Su prima apoyó la mano en el respaldo de la silla y se giró hacia ella.
—¿Crees que el futuro será diferente?
—Estoy segura —afirmó Hannah—. Llegará el día en que las mujeres podrán hacer algo más útil que esperar a que un hombre les dé permiso para respirar. No dependerán de un padre, un hermano o un esposo para… todo. No tendrán esposos.
—¿No tendrán esposos? —Su sonrisa se ensanchó—. ¿Y qué pasará con la especie?
—Supongo que habrá unas pocas mujeres que querrán seguir trayendo bebés al mundo, pero serán pocas.
La mayoría serán médicos, ingenieros… ingenieras, eso —afirmó concienzuda—.
No se casarán y tendrán su propia casa y les pagarán lo justo por su trabajo.
No las veinte libras que me pagaron a mí el año pasado.
¿Quién puede vivir con veinte libras al año?
Yo no trabajo por dinero, quiero aprender todo lo que pueda y ayudar en lo posible a los enfermos, pero mis compañeras son mujeres humildes que necesitan el dinero para subsistir.
—¿Veinte libras en un año? —Una arruga se formó en su ceño—. Con eso apenas tienes para un vestido de fiesta, Hannah. No podrías comprar un caballo de silla ni un piano de pared. ¡Los abuelos gastan más en mantequilla o en pan!
—Sí, Anne, lo sé bien. No podría vivir con ese dinero. Por suerte yo no lo necesito, ¿verdad? Por eso todos me miran raro cuando saben que trabajo voluntariamente.
—Pero es indignante.
—Lo es. Mucho. Y no puedo hacer nada para remediarlo porque soy mujer y mi opinión no cuenta.
Anne lo sabía bien, así que cerró la boca y contuvo la fiereza que se le encendía en el pecho. Respiró hondo varias veces hasta recuperar su expresión calmada.
—¿Te importa que durmamos juntas? —preguntó Hannah después de unos minutos en silencio en los que las dos templaron su ánimo.
—No, ¿por qué iba a importarme?
—Matilda dice que ronco.
Anne se giró de nuevo hacia ella.
—No roncas, tonta. He dormido contigo otras veces. Haces unos ruiditos muy monos.
Hannah enarcó una ceja incrédula y Anne emitió unos sonidos que parecían más un ronroneo.
—¿En serio hago eso?
—La última vez que dormí contigo, sí.
—¿Parezco un gato?
Anne asintió y continuó respondiendo tarjetas ante la inquisitiva mirada de su prima.
—He oído que Craig McEntrie va a pasar el verano en Kenford —dijo con tono burlón.
Anne emitió un sonido incomprensible sin dejar de escribir.
—Estarás contenta.
—En absoluto.
—Anne…
—¿Sí, Hannah?
—Es Craig.
—Sí, Hannah.
—Craig McEntrie.
Anne comprendió que su prima no pararía, así que suspiró, dejó la pluma en su lugar, se giró y apoyó las manos en el regazo.
—Eso era una niñería y me gustaría que dejaras de recordármelo.
—¿Qué pasó?
—Ya sabes lo que pasó. Hice algo imperdonable, puse a mi familia y a los McEntrie en una situación muy comprometida y disgusté a mi padre muchísimo.
—¿Qué pasó con Craig?
Anne frunció el ceño.
—¿Con él en concreto? Nada.
—Vamos, Anne. Llevabas coladita por él desde que eras una cría. Jurabas y perjurabas que te casarías con él.
—Tú lo has dicho, era una cría. Ya no lo soy.
—Desde luego. Ahora pareces una anciana muy bien conservada —se burló Hannah, tumbándose de nuevo.
Anne centró toda su atención en ella.
—¿Qué tramas, Hannah?
—¿Yo? —Levantó la cabeza—. ¿Por qué lo dices?
—Ayer me dijo la abuela que vas a hablar con Adam McEntrie esta tarde.
—Sí.
—¿Para qué?
—Quiero pedirle un favor.
—¿Qué favor?
—¿Te interesa? —preguntó divertida.
Anne enarcó una ceja, pero no respondió. Hannah suspiró y, dándose por vencida, se sentó.
—Voy a pedirle ayuda. Ya sabes lo mucho que quiero ir a Kaiserswerth.
—Tu madre no…
—Mi madre aceptará cuando lo tenga todo organizado. Y para eso necesito un aval.
—¿Adam McEntrie? Sé que es médico, pero… ¿tiene contactos en Prusia?
—Estuvo un año en la institución del pastor Theodor Fliedner. Aquí no hay nada parecido y quiero ir, Anne. Lo quiero desde que escuché hablar de ello por primera vez.
—Lo sé —asintió su prima—. Pero es una institución religiosa. ¿No te pedirán alguna clase de voto? ¿Vas a hacerte monja, Hannah?
—No son monjas, son diaconisas. Pero lo haría si fuese necesario —aseguró recostándose en el respaldo—. No me importaría en absoluto. No pienso casarme nunca. Un marido me impediría seguir haciendo lo que me gusta para cuidar de sus hijos.
—También serían hijos tuyos —dijo Anne torciendo una sonrisa.
—Hijos que no deseo.
—Eso ha sonado fatal.
—Es la verdad, Anne. No quiero ser madre y no voy a querer nunca. Además, no viviré mucho.
—¡Hannah!
—Es la verdad, prima. Cuidar enfermos conlleva un riesgo.
—Mira que eres bruta. Si hablas así tu madre no te dejará marchar jamás.
—Por eso a ella no le digo estas cosas. Aunque es muy lista y lo sabe. Mira, Anne, voy a ir a Kaiserswerth con la ayuda de Adam McEntrie y no hay nada que pueda impedírmelo.
—Estás loca. —Anne volvió a centrarse en las tarjetas—. Solo vamos a estar una semana. ¿Cómo pretenden que asistamos a todos estos eventos?
—Podríais dividiros. Tu madre a unos y tú a otros. Yo te acompañaré a algunos. ¿Vamos a visitar a la señorita Ashton?
—Te encanta ir a verla —dijo Anne moviendo la cabeza—. Eres malvada.
—¿Por qué dices eso? Es una mujer de lo más interesante.
—Pero tú lo único que quieres es que te cuente cosas de nuestros padres. Y ella es tan inocente que siempre cae en tus trampas.
—Es que es muy divertido saber cómo eran, ¿no te lo parece? Imaginarme a mi padre persiguiendo a mi madre me parece tan adorable.
—Pues en mi caso no fue muy edificante —dijo Anne, aunque su sonrisa no coincidía con sus palabras.
—Tu madre fue increíble. Ponerle a una novela tan escandalosa el nombre de tu padre como autor fue…
¿Te das cuenta de lo divertidos que eran ellos?
Ahora somos mucho menos interesantes. Aidan se casó con su mejor amiga, ¿qué épica hay en eso?
Y Matilda casada con Walter, al que conoció de niña en el orfanato.
—Robert y Heather tuvieron una historia bonita —dijo Anne mordiendo la punta de la pluma—. Y Clementine… ¿qué me dices de ella?
—Pero se fue a Escocia, no pudimos disfrutarlo. Definitivamente somos mucho más sosos que nuestros padres.
Anne se encogió de hombros y firmó la última tarjeta. Se puso de pie y se acercó a su prima poniéndose las manos en la cintura.
—Eres increíble, Hannah. Aseguras que no quieres casarte ni tener hijos, pero te mueres de ganas de que los demás vivan aventuras para poder verlo todo.
—¿Los demás? ¿Qué me dices de ti? Yo esperaba algo de diversión con ese McEntrie este verano.
—Hannah… —Anne apretó la pluma hasta notar la hendidura en el dedo.
—Craig McEntrie solo hay uno en el mundo. Ese hombre es impresionante. Y no me refiero solo a su porte, que verlo sobre un caballo acelera el corazón de cualquiera…
—¡Hannah!
Su prima se rio bajito fingiendo vergüenza.
—Pero es que cuando lo escuchas hablar con esa voz profunda y esa seguridad que emana de él…
—No voy a seguir escuchándote. —Cogió las tarjetas y se dirigió hacia la puerta—. Tengo muchas cosas que hacer.
Hannah se puso de pie y la siguió.
—¿Qué cosas?
—Entregarle a Isaac estas tarjetas para que las haga llegar a sus respectivos destinatarios.
—¿Y después?
Se giró hacia ella.
—Acompañarte a visitar a Adam McEntrie.
—¿Qué?
—No dejaré que hagas esto sola. Alguien tiene que asegurarse de que haces lo correcto.
—¿Tú vas a asegurarte de que yo haga lo correcto? —se burló Hannah—. Esto va a ser muy divertido.
Anne negó con la cabeza, dándola por imposible, y Hannah la siguió.
—Soy siete años mayor que tú —le recordó.
—Pero la edad no te ha dado raciocinio —replicó Anne sin detenerse.
—En eso tienes razón. —Hannah se rio a carcajadas.
La risa de su prima provocó en Anne una punzada de envidia tan absurda como dolorosa. Estaba a punto de responder cuando la voz de su madre atravesó el pasillo.
—¡No puedes comportarte así, Charles! ¿Qué es lo que no entiendes?
La voz de Emma llegó hasta ellas cuando subían las escaleras hacia la primera planta. Anne se giró hacia su prima con el ceño fruncido.
—Parece que tía Emma está enfadada —dijo Hannah.
Las dos jóvenes avanzaron hacia el salón de mañana, de donde provenían las airadas voces.
—Cálmate, mamá —pidió Charles.
—¿Qué me calme? Esa muchacha…
—¿Qué ocurre? —Anne se detuvo al ver a su madre con la cara sofocada.
—No ocurre nada, Anne —dijo Charles rápidamente.
—Mejor que no lo sepas —añadió Emma.
—Deberíais haberlo pensado antes de hablar a gritos. Se os oye desde el vestíbulo.
Emma se puso las manos en la cintura y resopló como hacía siempre que le costaba contenerse.
—¿Qué has hecho, Charles? —preguntó su hermana.
Él suspiró empezando a perder la paciencia.
—Soy un hombre adulto, no tengo que dar explicaciones, pero ya que tienes tanto interés te diré que la señora Gilder ha venido a hablar con mamá de un asunto completamente privado.
—¿Privado? —Su madre no disimulaba su enfado—. ¿Privado, dices, cuando te pilló infraganti con esa muchacha en su propia casa?
Anne abrió mucho los ojos y Hannah ahogó una exclamación tapándose la boca.
—¿Qué muchacha, Charles? ¿Qué muchacha, mamá?
—¡Una criada! —Emma se llevó la mano a la frente—. Llevamos aquí dos días. ¡Dos días! ¿Es que no tienes la menor decencia, hijo? ¿Qué he hecho mal contigo para que te comportes así?
—No he cometido ningún delito ni he hecho nada que ella no quisiera.
Emma avanzó hasta él y le propinó una bofetada.
—¡Tiene diecinueve años y es una criada!
—¿Te ofende que sea una criada? ¿Te parecería mejor si fuese la hija de la señora Gilder? Porque te aseguro que no me costaría nada conse…
Otra bofetada y Anne se interpuso entre ellos.
—Mamá…
Emma se cubrió la boca para ahogar un sollozo. Nunca en su vida había pegado a ninguno de sus hijos, pero aquello le había nublado la razón. Charles se llevó la mano a la mejilla, profundamente dolido por lo que ella acababa de hacer.
—Lo… siento —dijo Emma, y salió del salón sin decir nada más.
Anne se giró entonces hacia su hermano.
—¿Cómo has podido hacer algo tan ruin, Charles?
—Ella… me buscó.
—Charles…
—¿Qué? —espetó enfadado—. ¿Qué? ¡No la forcé!
—¡Charles! —exclamó su hermana horrorizada—. Por supuesto que no, eso sería despreciable.
—¿Entonces? No le hago daño a nadie. Me gustan las mujeres y a ellas les gusto yo.
—Pero eso es indecente. Y ella es una criada.
—¿Tú también con eso? ¿Por qué las despreciáis? Son mujeres igual que vosotras, solo que no han tenido tanta suerte al nacer.
—¡Ay, Charles! —exclamó Hannah dejándose caer en un sillón.
—¿De qué hablas? —preguntó Anne con los ojos echando chispas—. ¡No lo decimos por eso!
—¿Entonces por qué?
—¡Porque es inmoral! ¿Y si teme que la echen si no te complace? ¿Y si cree que no puede negarse a un caballero, Charles? ¿No has pensado en ello?
—Por supuesto que no. Ya te he dicho que ella me buscó, no fui yo. Había quedado con Leo y la enviaron para avisarme de que tendría que esperarlo aún media hora. Cerró la puerta y me mostró…
—¡No quiero escucharlo!
—¿Entonces para qué te metes? No sabes nada de la vida, Anne.
Nada de nada. Hay un mundo ahí fuera —dijo señalando hacia la ventana—.
Un mundo de experiencias maravillosas que no deberías obviar, pero prefieres encerrarte en casa.
Responder cartas que no te han escrito a ti y hacer lo que sea que haces tantas horas inclinada sobre ese maldito escritorio.
¡Tienes diecinueve años y tus ojeras son más oscuras que las de mamá!
Anne se echó hacia atrás como si la hubiese abofeteado. Se llevó la mano a la mejilla instintivamente.
—Eso es porque leo mucho —musitó.
—Sí, lees mucho. Y sales poco. Y ya nunca te ríes. Eso no es vivir, hermanita —dijo suavizando el tono—. Vivir es que te pillen besando a una criada y tengas que justificarte ante tu hermana pequeña, que jamás ha besado a nadie.
—Claro que sí. —Anne elevó el mentón, desafiante.
—¿Julian Timberlake? Eso no cuenta como beso.
—Pues le diste un puñetazo.
Se giró al escuchar la risita de Hannah desde el sillón. Le lanzó una mirada envenenada.
—Ni que tú lo hubieras hecho más que yo —masculló.
—Dos veces —afirmó Hannah.
—Mentirosa.
—Lo que tú digas —siguió burlona—. Besé a Michael Heaney a los quince años. Y a Cameron Sassoon a los dieciocho. Al menos puedo decir que he besado a alguien.
Anne tenía los ojos tan abiertos como la boca.
—Lo siento —dijo Charles con una voz que sonaba a derrota—. Tengo que aprender a decir que no.
Anne perdió la fuerza de su enfado al ver a su hermano con expresión mortificada.
—Mamá nunca me había abofeteado —musitó con pena—. Creo que la he decepcionado de verdad.
Su hermana lo abrazó con afecto y él recostó la barbilla en su hombro.
—No la obligué a nada —siguió Charles en el mismo tono—. Juro por Dios que jamás he obligado a ninguna mujer a hacer algo que no quisiera.
—Lo sé, hermano. Pero tendrás que hablar con mamá. Y, sobre todo, deja a las criadas en paz.
Charles asintió sin apartarse.
—¿En esta casa no se almuerza? —preguntó Hannah con expresión aburrida.