Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 4
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Capítulo 4

Craig bajó de la yegua y estiró los músculos de la espalda y de las piernas observando el paisaje que lo rodeaba. Después revisó a Seabhag y se aseguró de que estaba bien. Acarició el lomo de Ealain y la palmeó con agrado.

—¿Cansada, amiga mía? —suspiró—. Yo estoy molido.

El castillo de los Wilmot se recortaba sobre la loma, orgulloso e indiferente como su dueño.

Haddon Castle no se parecía en nada a Slioscreige , pero tenía su qué.

Le gustaba volver a un sitio y encontrarlo tal y como lo recordaba.

Sus torres, sus estrechas ventanas y aquella pátina oscura que la humedad deja en la piedra tras siglos de lluvias torrenciales y vientos inclementes.

Observó el camino por el que había llegado y tiró de los dos animales con suavidad para dirigirse hacia las cuadras.

—Señor McEntrie —lo saludó uno de los mozos en cuanto lo vio aparecer.

Craig tenía muy buena memoria para los nombres.

—Hola, Tom.

—¡Vaya! —exclamó el joven al fijarse en Seabhag—. Es un caballo magnífico, señor.

—Lo es —respondió orgulloso—. ¿Qué tal todo por aquí?

El muchacho seguía dando vueltas alrededor del purasangre y Craig se planteó decirle que era mejor dejar tranquilo a Seabhag.

—Todo bien, señor —dijo el muchacho—. Tenemos una cuadra para este portento.

Craig lo siguió hasta allí y le quitó los arreos al caballo antes de dejarlo descansar.

—Tiene agua y comida —aclaró el mozo—. Lo cepillaré y…

—No, déjalo solo un rato, ya lo haremos más tarde. ¿Dónde dejo a Ealain?

—En la misma cuadra del año pasado.

Craig atendió a su montura y colgó la silla en uno de los ganchos. Realmente estaba muy cansado.

—¿El señor está en casa?

—Sí. Sabía que llegaría hoy y no ha salido en toda la mañana.

—Tendré que asearme antes de ver a la familia —dijo el escocés para sí.

—Oh, no se preocupe, solo está el señor. Su esposa y sus hijos se han marchado a Londres y estarán fuera toda la semana.

Craig se sacudió el polvo de la chaqueta como si aquella información no le interesara lo más mínimo. Mejor así, se dijo, nada de distracciones ni encuentros indeseados.

—¿El jockey está por aquí?

—No, señor. Llegará pasado mañana —dijo acompañándolo hasta la casa—. El señor Wilmot no ha escatimado en nada. Nos ha dicho que mientras esté aquí, usted manda en todo.

Craig enarcó una ceja.

—En todo lo que tiene que ver con los caballos, claro —se rio el muchacho—. No es que ahora usted mande en su familia.

—Eso espero —sonrió.

Ryan Moseley lo recibió con una reverencia y Craig se alegró de verlo.

—Moseley, ya sabe que no me gustan esas cosas —dijo cuando el mayordomo le cogió la bolsa de equipaje.

—Bienvenido, señor McEntrie. El señor…

—¡Craig! —Edward apareció en el vestíbulo con una enorme sonrisa—. Muchacho, qué ganas tenía de que llegarais. Estoy deseando ver ese caballo.

Se estrecharon la mano y Edward lo abrazó dándole sonoras palmadas en la espalda.

—Mejor esperar a que descanse —dijo Craig cuando se separaron—. Han sido muchos días de viaje.

—Debes de estar muerto —dijo Edward—. ¿Te apetece un whisky? Moseley, que le preparen un baño y avísenos cuando esté listo. ¿Quieres comer algo antes?

—No, gracias. El whisky estará bien. He comido por el camino.

Caminaron hasta uno de los salones de la casa y Edward le sirvió la bebida.

—Estoy lleno de polvo —dijo Craig señalando la tapicería azul de la butaca que tenía delante.

—Oh, no te preocupes por eso. Siéntate y descansa. Tardarán un rato en prepararte el baño, no vas a quedarte de pie. —Vertió el líquido en sendos vasos y le entregó uno—. Has llegado antes de lo que pensaba. Has pernoctado a la intemperie, ¿verdad?

Craig asintió.

—Sé que a los McEntrie os gusta eso, pero yendo solo, ¿no es peligroso?

—Alguna vez tenemos algún susto, pero en general suele ir bien —dijo llevándose el vaso a los labios.

Edward se sentó frente a él y siguió con aquella expresión alegre que denotaba la enorme ilusión que le hacía volver a participar en una carrera.

—Ay, muchacho, no sabes las ganas que tenía de volver a verte. Después de lo que pasó el año pasado, te juro que no creí que volviera a presentarme jamás a una carrera. Pero… —Se dio una palmada en el muslo—. Las cosas han cambiado mucho por aquí, ya lo verás. No tienes nada de lo que preocuparte.

—No estoy preocupado —dijo Craig sin expresión.

—Ya… —Edward se rascó la nuca—. Para ti también fue un disgusto, no lo niegues. Tu familia debió de enfadarse muchísimo conmigo.

—En absoluto. Mi familia te aprecia, ya lo sabes. Todos te mandan abrazos y me han pedido que te diga que deberías hacernos una visita pronto.

Edward pareció librarse de un gran peso.

—Esta vez todo va a ir muy bien. En dos días tendrás aquí a Ephraim Vale. Es un buen chico.

—Sí, he oído hablar de él.

—No es nada arrogante ni pretencioso, pero monta realmente bien. No parece un jockey . Siempre está sonriendo y es muy gracioso.

Craig no dijo nada, pero su rostro dejaba claro que aquellas no eran las cualidades que esperaba de un jinete.

—Te gustará, ya lo verás —afirmó Edward rotundo—. Después de lo que pasó con Mike…

—Estoy deseando empezar a trabajar con él.

—Y por Anne no tienes que preocuparte. Ha cambiado mucho. Ahora se ocupa de las cosas de su madre. Es su… secretaria, podríamos decir. No le interesan nada las carreras y solo monta para desplazarse.

Una arruga apareció en el entrecejo de Craig.

—Ella también sufrió mucho después de aquello. Durante meses todo el mundo le hizo el vacío. Cuando enviaban invitaciones siempre dejaban caer de un modo u otro que ella no estaba incluida. Se ha pasado meses sin salir de casa.

La mandíbula del escocés se marcó levemente.

—¿Y ahora?

—Ahora ya la invitan a todas partes, pero no va a ningún lado si no es para acompañar a su madre.

Craig no podía imaginarla no siendo el centro de todos los bailes de la zona. Su padre exageraba, seguro que estando en Londres asistía a innumerables eventos sociales. Lo único que le chocaba era eso de «solo monta para desplazarse».

—¿Cuándo podrá empezar a entrenar Seabhag con Ephraim? —preguntó su anfitrión.

—En cuanto llegue. El caballo estará como nuevo tras un día de descanso. No lo he exprimido en el viaje, por eso hemos tardado más.

La puerta del salón se abrió y Moseley anunció que el baño estaba listo. Craig se levantó enseguida.

—Nos vemos para la cena —lo despidió Edward con simpatía.

Gimió de gusto al meterse en el agua caliente y apoyó la cabeza en el borde de la tina, con los brazos extendidos hacia delante.

—¡Dios! —exclamó cerrando los ojos.

Estaba más cansado de lo que imaginaba y el alivio en sus músculos fue casi indecente.

Durante unos minutos permaneció inmóvil disfrutando del momento.

Luego cogió la pastilla de jabón y comenzó a lavarse con entusiasmo.

Cuando salió del agua estaba como nuevo, aunque no le iría mal dormir diez horas seguidas en una cama.

Envolvió una toalla alrededor de sus caderas y se frotó el pelo con otra mientras caminaba hasta la ventana. El sol bajaba hacia el horizonte y pronto se haría de noche. Alguien llamó a la puerta.

—Adelante.

—Señor McEntrie… —Poppy mostró una sonrisa pícara al verlo casi desnudo, aunque no era la primera vez—. Le traigo un poco de té y unas pastas.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó sorprendido.

—Trabajo aquí —dijo ella dejando la bandeja en una mesita.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace unos meses. Los señores Wilmot pagan mejor que mi tío.

Craig cogió uno de los pastelitos y se lo zampó entero. La joven se acercó con expresión tímida y a él le pareció que le temblaban las manos cuando las colocó en su abdomen desnudo.

—¿Has dejado la posada de tu tío?

Ella se mordió el labio como si aquello formara parte del juego.

—¿Te ha molestado no verme allí?

Craig elevó una ceja y la miró con más atención. Poppy tenía los ojos hinchados y su sonrisa era lo más falso que había visto en mucho tiempo. La muchacha deslizó los dedos hacia abajo provocándole un escalofrío y él le agarró la mano para que se detuviera.

—Soy un invitado de esta familia, no me follaré a su criada.

—No se enterarán.

—¿Tienes algún problema en los oídos? Cuando te conocí en la posada, me pareciste una chica bastante lista.

—Y lo soy —dijo soltándolo. Se meció sobre los pies.

—Entonces entenderás que no quiero hacer nada indebido.

—¿Por qué es indebido? Yo quiero y ella también —dijo señalando la evidente erección que empujaba la toalla—. Deja que la salude como se merece.

Craig frunció el ceño al darse cuenta de que no había juego en su voz, sino amargura.

—Poppy, no voy a hacer eso, no está bien.

—Me gusta hacerlo y sabes que no te pediré nada más que placer. No he olvidado cómo fue contigo.

—¿Has llorado?

—¿Qué? No.

—Tienes los ojos hinchados.

—Eso es por el polvo. He estado limpiando y siempre se me ponen así.

Craig la estudiaba con atención.

—Imagina que estás haciendo una obra de caridad —dijo ella.

Se acercó a él y tiró de la toalla. Craig enroscó uno de sus oscuros rizos en un dedo y su mirada se enturbió al comprobar lo mucho que se parecían a los de…

—Jo… der —gruñó cuando notó su mano envolviéndolo y se percató de que estaba de rodillas frente a él—. ¡Poppy, joder, para!

La apartó con suavidad y la puso de pie con firmeza.

—Me cago en la puta, Poppy, ¡estás llorando!

—No —gimió ella.

—¿No? —Cogió la toalla y volvió a colocársela rápidamente—. Díselo a tus ojos.

—Te deseo.

—No es cierto. ¿Qué coño pasa?

—No pasa nada. Solo quiero… que me quieran.

—No, Poppy, esto no es querer, joder. En la posada de tu tío ya fue muy raro cuando no quisiste coger mi dinero. —Se apartó el pelo con evidente incomodidad—. Pero esto es demasiado. No puedes comportarte así, nos meterás en problemas a los dos.

—Si temes que me quede embarazada, sé muy bien lo que hago. Y yo no le haría eso a ningún hombre.

—¿Qué ocurre? Está claro que hay algo que no me cuentas. ¿No te importa perder este trabajo?

—Si tengo que perderlo, al menos que sea porque haya hecho algo —musitó.

—¿Prefieres la posada?

—No. —Su rostro mostraba un profundo desencanto.

—¿Entonces?

Ella no respondió y se dio la vuelta para salir del cuarto.

El escocés soltó el aire de un soplido y luego se dejó caer en la cama cuan largo era.

Con las manos por encima de la cabeza y la vista clavada en el techo, esperó a que sus latidos se calmasen y la maldita polla volviese a su estado natural.

Los McEntrie nunca jamás se acostaban con sus criadas.

Jamás. Lo consideraban un abuso de autoridad imperdonable.

Pero Poppy parecía realmente desesperada y se le daba fatal rechazar a quien le pedía ayuda.

Cuando se calmó, el cansancio lo aplastó contra el colchón. Cerró los ojos y se quedó dormido.

—Parece que has descansado —dijo Edward cuando bajó a cenar dos horas más tarde.

—Sí, el baño me ha dejado completamente relajado, y me he quedado frito. —Colocó la servilleta sobre el muslo.

—Ya veo. —El anfitrión miró entonces al mayordomo—. Siga, Moseley.

—Como le decía, la señorita Funnell está preocupada por Poppy.

Craig aguzó el oído sin levantar la vista del plato.

—Supe que su padre la abordó hace una semana en el pueblo para pedirle dinero —dijo Edward—. ¿Ha pasado algo más?

—Sí, señor. Ese hombre estuvo aquí ayer.

—¿Aquí? ¿En mi casa?

—Sí, señor. La señorita Funnell tuvo que pedirle ayuda a Ben para poder echarlo.

Edward cambió su expresión por una mucho más seria.

—¿Se atrevió a intimidar a mis empleados?

—Sí, señor.

—Entonces ahora sí es asunto mío. Dígale a la señorita Poppy que venga a verme a mi despacho después de cenar. Veremos qué se puede hacer.

—Ella está dispuesta a marcharse, no quiere perjudicar a su familia.

—Espero que eso no sea necesario. No adelantemos acontecimientos. —Suspiró volviéndose hacia el recién llegado—. Lo siento, Craig, estos temas no son nada agradables.

—No te preocupes, Edward.

El escocés centró su atención en la comida mientras sus pensamientos viajaban hasta lo ocurrido en su cuarto.

La desesperación que había notado en Poppy tenía ahora una connotación distinta.

Nunca en su vida se había alegrado tanto de no haberles dado gusto a sus deseos.

Estaba seguro de que, ahora que sabía aquello, se habría sentido sucio si hubiera cedido.