Capítulo 3
Augustus Reynard miraba a Emma Wilmot con fijeza. Tenía los codos apoyados en el escritorio y tamborileaba los dedos entre sí con actitud pensativa. Emma miró a su hija, sentada a su lado con el ceño fruncido.
—Mi hermano vive en Escocia y su editorial es…
—Argyle & Sons, lo sé —la cortó el editor—. Pero convendrán conmigo en que no puede compararse a Reynard, Whitcombe & Co. Aquí, el señor Robert Wilmot tendrá una proyección mayor y beneficios más sustanciosos, puedo asegurarlo sin la menor duda.
—Cuando mi hijo tuvo problemas con el señor Harrington, hablé con usted —dijo Emma molesta.
—Y yo hablé con mi socio, el señor Whitcombe, pero no llegamos a un acuerdo.
—¿Qué ha cambiado?
—El señor Whitcombe ya no está con nosotros. Ahora mi socio es su hijo, y él tiene una visión más moderna del asunto.
Emma había empezado con el padre de Reynard y aquellos nombres nuevos aún le sonaban a mudanza.
—¿Convencerá a su hijo de que somos una buena opción, señora Wilmot? —pidió Augustus Reynard—. De verdad que me gustaría mucho ser su editor.
Anne entornó levemente los ojos.
—¿Esto tiene algo que ver con la reina?
El hombre inclinó la cabeza levemente.
—Su hija es una jovencita muy avispada, señora Wilmot.
Emma suspiró. Cuando su majestad la reina hizo público que leería todo lo que escribiese Robert Wilmot, las ventas de su hijo subieron considerablemente.
Por un lado se alegró, por supuesto, pero por otro estaba segura de que eso le traería problemas.
Y enemigos. No se esperaba aquel giro de los acontecimientos.
—Esto es algo que solo puede decidir él —dijo respondiendo a su petición inicial—. Se lo diré y le pediré que hable con usted. A partir de ahí…
—No le pido más —dijo el editor removiendo papeles sobre su escritorio—. Entréguenle esta carta de mi parte.
Anne cogió el papel y lo leyó sin el menor disimulo. Después asintió al editor y lo dobló para que cupiese en su bolsito.
—Y ahora —dijo el editor con una sonrisa satisfecha—, hablemos de su próximo libro.
Emma le devolvió la carta a su hija después de leerla y durante unos minutos permanecieron en silencio dentro del coche que las llevaba de vuelta a casa. Anne la miró interrogadora y su madre se encogió de hombros.
—Es una buena idea.
—Mamá.
—¿Qué? Robert podría volver a Londres. Quizá hasta se plantearían vivir con nosotros en Kenford.
—Están muy bien con los McEntrie. Heather…
—No, no lo están. Robert no acaba de integrarse. Lo suyo no son los caballos y Lanerburgh es muy diferente a Kenford. Heather me escribió hace dos meses y no parecía muy feliz. Esa muchacha haría cualquier cosa por él, igual que él lo hizo por ella.
—No se marchó por Heather, mamá —negó Anne.
—No solo por ella, pero te aseguro que ella pesó muchísimo en su decisión.
Anne se mordió el labio consciente de que no podía negarlo.
Su hermano pidió ser apartado de la sucesión al condado de Kenford porque no quería meter a su esposa en una jaula.
Contener a Heather para que no hiciese y dijese lo que quisiera no estaba en la naturaleza de Robert.
Al quedar liberado de las obligaciones del título la salvó de una vida rígida y estricta cargada de protocolos y normas que la habrían asfixiado.
—También se libró él mismo —dijo en voz alta al hilo de sus pensamientos—. De haber llegado a conde no habría podido seguir escribiendo como lo hacía.
—Tu hermano fue vizconde muchos años y eso no lo disuadió de escribir lo que quiso. Robert se habría enfrentado a quien fuese, Anne, pero jamás pondría a Heather en la situación de hacer lo mismo. Ama con locura a esa muchacha.
—Le enviaré la carta y que él decida —dijo su hija.
—Envíasela a Heather. Ella tiene que saberlo.
El coche se detuvo frente a la casa de los Wharton.
—Nos quedaremos a almorzar, Kyle —dijo Emma cuando el cochero la ayudó a bajar—. Vuelva sobre las tres.
—Mejor a las cuatro —apuntó Anne.
—Así lo haré —dijo el hombre haciendo una ligera reverencia antes de volver a subir al pescante.
—¿A las cuatro? —Emma caminó con su hija hacia la entrada.
—Te conozco, mamá, te harás la remolona a la hora de irte. Te encanta estar con los abuelos y siempre hacemos esperar a Kyle más de una hora.
A Emma le emocionó que su hija la conociese tan bien.
—Buenos días, Carlton.
—Buenos días, señora Wilmot. Señorita Wilmot.
—¿Cómo está la señorita Pierce, Carlton? —preguntó Emma deteniéndose en mitad del vestíbulo.
—Mucho mejor. Gracias por preguntar, señora.
—¿Y el abuelo? ¿Cómo lleva lo de usar bastón?
—Bien, señorita. Lo ocurrido terminó de convencerlo.
Anne se sintió aliviada. Su abuelo se había negado en rotundo a usar bastón insistiendo en que podía caminar perfectamente sin él, a pesar de que todos veían que eso no era cierto.
Tropezó y cayó sobre la pobre señorita Pierce, el ama de llaves, que a sus cincuenta y cinco años acabó con el tobillo fracturado y un moratón en la frente por la caída.
No hacía falta que nadie se lo dijera para saber que eso a su abuelo debió de provocarle un gran disgusto.
—Están en el saloncito de mañana —añadió Carlton.
—¿Nos traerían algo refrescante, Carlton? —pidió Emma mientras seguía a su hija—. Una limonada estaría bien.
—Por supuesto.
Anne entró corriendo en el saloncito y no se detuvo hasta abrazar a su abuela, que sentada en su sillón preferido sostenía un libro en las manos. Meredith se rio por el efusivo saludo de su nieta y le devolvió el gesto con el mismo cariño.
—Siempre me dejáis para el último.
Se apresuró a abrazar a su abuelo, que la envolvió con sus brazos y le dio palmaditas en la espalda con tierna satisfacción.
—¿Cuándo habéis llegado? —preguntó mirando a su hija sin soltar a Anne.
—Ayer por la tarde —respondió acercándose a besarlo después de besar a su madre.
Anne arrastró una silla para sentarse al lado de su abuelo y Emma ocupó la butaca junto a su madre.
—Solo nos quedaremos una semana. —Emma se giró hacia la puerta cuando Carlton y una doncella entraron con un refrigerio—. Yo me encargo, Lisa.
—Carlton, ponga dos servicios más en la mesa —anunció Meredith.
—Sí, Carlton, nos quedaremos a almorzar —dijo Emma sirviendo la limonada en los vasos.
—¿Solo para ustedes dos?
—Papá no ha venido —respondió Anne mientras su madre le entregaba un vaso a su abuelo—. Y mi hermano George está en casa de los padres de su futura esposa.
—¿George también ha venido? —Meredith cogió el vaso que su hija le ofrecía y despidió a Carlton y a Lisa con un gesto amable.
Los criados salieron del salón y cerraron la puerta suavemente.
—Tenemos que ir al sastre para que vuelva a tomarle medidas —explicó Anne.
Su abuela no dijo nada.
—Ese muchacho no hace nada de ejercicio —dijo Frederick con desaprobación.
—Le gusta mirar las estrellas, querido.
—Ojalá le gustase también montar a caballo.
Anne sonrió a su abuelo con cariño.
—¿Y Charles? —preguntó Meredith a su hija.
—Ya sabes cómo es, abuela —respondió Anne—. Estará con sus amigotes. No desaprovecha la oportunidad de beber, jugar y apostar cuando venimos a Londres. Por no hablar de sus líos de faldas…
—¡Anne! —exclamó su madre—. Si alguien te oyera pensaría que tu hermano es un crápula.
—Mi hermano es un crápula, mamá.
—¡Anne! —se rio Emma sin poder contenerse.
Su hija se rio también y su abuelo movió la cabeza como si no diera crédito.
—Ya que estáis aquí toda la semana acudiréis al baile de los Aldridge el jueves, claro —dijo Meredith antes de dar un trago a su bebida.
Madre e hija se miraron ceñudas.
—No pensábamos asistir a ningún baile —dijo Emma—. ¿Hemos traído vestido para eso, hija?
Anne asintió.
—Siempre incluyo un vestido de fiesta por si acaso, mamá.
—El jueves tenemos el evento de la señora Callaway, ¿no?
—Sí, pero es por la mañana —dijo Anne—. ¿Vendréis, abuelos?
—Por supuesto —dijo Frederick con expresión de orgullo—. Nunca nos perdemos a Emma leyendo uno de sus capítulos.
—Y pensar que cuando te enteraste de que tu hija publicaba casi te da un ataque —se burló su esposa.
—Eso no es cierto. Me alegré mucho al saberlo.
Emma se rio con su madre y Frederick puso cara de ofendido.
—Mañana llega tu hermana Elinor con Hannah. Vienen solo ellas dos y estoy segura de que han elegido esta semana porque estáis vosotras —dijo Meredith—. Henry se queda en Shaftbury.
—Quedé con Elinor en que se alojarían con nosotras.
—Lo sé —dijo su madre—, y me habría disgustado mucho si no fuese porque me aseguré de que, después de que os marchéis, pasarían una semana aquí con nosotros. Me encanta tener a mis niñas en casa.
—Tus niñas ya son mayorcitas, mamá —se rio Emma.
—Para mí siempre seréis mis pequeñas —dijo Meredith con una emoción que no se molestó en ocultar.
—¿Y tú, abuelo? —lo provocó Anne—. ¿No te alegras de tener aquí a «tus niñas»?
—Siempre que no empecéis con la cantinela de que debemos trasladar nuestro dormitorio a esta planta, me alegraré de veros, sí —dijo Frederick malhumorado.
—Papá, nos preocupamos por tu bienestar —dijo Emma—. ¿Qué sentido tiene que subáis tantas escaleras para ir a vuestro cuarto?
Anne posó la mano sobre el antebrazo de su abuelo con complicidad.
—¿Por qué no ha venido tu padre? —le preguntó Frederick haciendo oídos sordos a su hija.
—Está esperando la llegada de Craig McEntrie —explicó Emma al ver que Anne no respondía—. Trae un caballo.
—¿Otro? —Meredith frunció el ceño—. Pero ¿cuántos caballos les ha comprado ya? Al final va a ser el mejor de sus clientes.
—El purasangre que compró el año pasado para Doncaster fue retirado tras el escándalo y los McEntrie se lo llevaron de vuelta a Slioscreige —siguió Emma fingiendo normalidad—. Así que le han dado un caballo por el otro.
Anne fijó la vista en su limonada. La palabra «escándalo» pasó por encima de la mesa sin que nadie la mirase a ella, y no supo si agradecerlo o echarse a llorar.
—¿Y para qué quiere otro caballo? Tenéis las mejores cuadras del condado.
—Lo han inscrito en la Harroway Plate, papá.
Frederick no disimuló su sorpresa.
—¡Al final va a hacerlo! Me pidió mi opinión hace unos meses. No sabía si era mejor el meeting de Goodwood o el de York. Yo prefiero el de Goodwood —dijo satisfecho.
—Pues ya ves que te hizo caso —dijo su hija.
—Ni se te ocurra pensar en hacer ese viaje —advirtió Meredith sin quitarle la vista de encima a su marido.
—¿Por qué no? ¿Es que acaso ya estoy muerto y no me he enterado?
—Eres viejo, Frederick. Los dos lo somos.
—Tú no eres vieja.
—Me duelen los huesos y no voy a pasarme dos días en un carruaje para ver correr a un caballo. No, de ninguna manera. Si quieres ir, irás solo.
—Está bien, mujer. No pienso separarme de ti ni un segundo.
Meredith aceptó vencida y se giró hacia su hija.
—¿Esa carrera no es en julio?
—Sí, el día veintiséis —afirmó Emma—. Por eso nos quedaremos en Londres y desde aquí viajaremos a Sussex.
El veintiséis de julio. Anne guardó la fecha donde guardaba las cosas importantes que dolían. Si aquel caballo ganaba, quizá su padre podría volver a oír la palabra Doncaster sin que le cambiara la cara. Y quizá ella también.
—Son cerca de sesenta millas —dijo Meredith—. Tendréis que hacer noche en Liphook.
—Cierto —sonrió su abuelo—. Contando a Craig, que es como de la familia, seréis cinco. Necesitaréis dos coches. Escribiré a la Royal Anchor para que os reserven cuatro habitaciones. En esa época estará muy concurrida.
—Yo me encargo, abuelo.