Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 2
4%

Capítulo 2

—¿Lo tienes todo listo, Anne? Nos vamos en una hora.

—Sí, mamá —dijo levantando la vista del libro que leía—. No te preocupes tanto. Solo vamos a estar una semana en Londres.

Su madre se giró para salir del salón, pero recordó algo y volvió sobre sus pasos.

—¿Te acordaste de…?

—Sí, mamá. —Pasó la página—. Tenemos cita con tu editor el martes.

—¿Y George?

—Su sastre ya está al tanto de los arreglos que habrá que hacerle al traje. Pero sería bueno que hablases con mi hermano para que deje de demostrar tanto amor por los dulces o cuando llegue el día de la boda los arreglos no habrán servido de nada.

—Son los nervios, ya sabes que así calma la ansiedad —dijo Emma saliendo del salón.

Anne siguió leyendo con total tranquilidad.

Ese año se celebraría la boda de George en Londres y todo el mundo estaba nervioso con el tema.

Menos ella. Lejos de agobiarla, la urgencia y las preocupaciones calmaban su ánimo.

Necesitaba estar siempre ocupada. Levantó una mano y se sintió satisfecha al verla firme.

—Anne, ¿has visto…?

Bajó la mano en cuanto escuchó la voz de Charles y lo recibió con una sonrisa.

—¿… mis guantes nuevos?

—Te los dejaste sobre la consola del descansillo.

Su hermano se inclinó para besarle el pelo.

—Hueles siempre tan bien, hermanita. No sé qué haría sin ti.

—Gracias, Charles. Será mejor que estés listo o a mamá le dará un ataque.

—Solo me faltan los guantes —dijo, y se sentó en una butaca—. ¿Para qué tengo que ir yo a Londres? El sastre tiene mis medidas. No he cambiado ni un ápice desde hace dos años. El único que tendría que ir es George, y no va a servir de nada. De aquí al día de la boda, su contorno variará seguro.

Anne cerró el libro y observó a su hermano con simpatía.

—¿No será que temes que mamá encuentre el modo de casarte a ti?

—No bromees con eso, hermanita. ¿No te gustaría volver a ser la de antes? Cuando estaban todos pendientes de ti no se fijaban en lo que yo hacía.

Anne ignoró conscientemente la referencia y siguió sonriéndole con la misma dulzura.

—Tienes veintisiete años, Charles, quizá deberías pensar en casarte, ¿no crees?

—No, hermanita. El matrimonio no es para mí. Me voy a ir a África, a cazar elefantes.

—No digas tonterías. ¿Qué te han hecho a ti los elefantes? Además, eres incapaz de matar una mosca y es bastante más pequeña.

—Cierto, a ti no puedo engañarte. Pero también es cierto que no me gusta esta vida.

Quiero ver mundo y ya he esperado suficiente.

Frederick se ocupa de los asuntos de papá, será conde de Kenford y le ha dado un nieto al que le ha puesto su nombre.

Con eso nos ha salvado a todos los demás, es el hijo que cualquier padre querría tener.

—Extendió los brazos en cruz—. Tengo total libertad para hacer lo que quiera.

—¿Estás resentido?

—¿Resentido? —Soltó una carcajada—. Odiaría estar en el lugar de Frederick. Tengo pesadillas con eso a veces, ¿sabes?

Anne rio con él y movió la cabeza.

—Eres de lo que no hay, Charles.

Su hermano entornó los ojos y su expresión se ensombreció.

—Ven conmigo —dijo de pronto.

Anne frunció el ceño.

—¿A cazar elefantes?

—A ver mundo. —Se inclinó hacia delante—. Ven conmigo, Anne. En serio. Lo pasaremos muy bien juntos, siempre nos hemos entendido. No te quedes aquí, por favor.

—Mamá me necesita.

—Eres su hija, no su secretaria.

—Ya sabes cómo es. No puede ocuparse de esas cosas.

—Anne…

—¿Qué, Charles? —dijo sujetándose la mano que había empezado a temblar.

—A mí no puedes engañarme.

Ella desvió la vista y cogió aire para llevarlo bien hondo. Después volvió a mirarlo directa y sin ambages.

—Me gusta ayudar a mamá. Y me gusta mi vida tal y como es.

—Mentirosa.

—No te miento. Estoy tranquila y feliz. Todos lo estamos.

—Yo no.

—¿Tú no estás feliz? —preguntó con preocupación—. Acabas de decirme…

—No estoy feliz por ti. Me gustaba mi hermanita tal y como era.

—¿Seguro? No hace mucho que me tirabas del pelo y me decías que era la peor hermana del mundo.

—Eso era porque siempre te comías mis emparedados preferidos. ¿Quién le hace eso a su hermano cuando lleva más de seis horas sin probar bocado?

—Te recuerdo que yo tampoco había comido y soy ocho años menor que tú.

—Por eso no te maté. Podría decirse que fue tu pequeño tamaño el que te salvó la vida.

—También ayudó que yo corriese como una lagartija y no pudieses atraparme.

—Probablemente.

Charles no había dejado de estudiar su rostro ni un segundo.

Había cambiado mucho, no solo en su comportamiento, también físicamente.

Hasta su pelo negro parecía haberse rendido, cada onda en su sitio, como si no recordase que su dueña era aficionada a dejarlo escapar de las horquillas.

Los mismos ojos claros de siempre, grandes, almendrados.

No conseguía recordar la última vez que los había visto reírse.

Era la misma pero distinta. Resultaba difícil de explicar, pero si la observaba con atención podía percibir pequeños detalles que sumados construían una persona que no debería llamarse Anne Wilmot.

El modo en que cogía la taza de té, con tal delicadeza que parecía sustentarse en el aire.

La manera en que ataba los lazos. Antes siempre le quedaban ligeramente torcidos, ahora tenían una simetría tan perfecta que le resultaba inquietante.

Pero lo que le producía escalofríos era el modo en el que se sentaba a la mesa.

Espalda recta, hombros relajados, servilleta en el regazo, la mirada baja y solo hablaba si se le preguntaba.

O si la conversación decaía. Era como si su existencia se hubiese reducido a servir a los demás.

A su familia, porque tampoco veía a otras personas.

No iba a bailes, atendía a las necesidades de su madre escritora y cuidaba de George y de él como si no pudiesen ni encontrar sus propios guantes.

Se ruborizó al pensar en lo inútil que se sentía.

Una semana en Londres no bastaría para cambiar todo eso.

Dio un manotazo en el reposabrazos y se puso de pie.

—¿No deberías quedarte? —preguntó observándola con fijeza.

—¿Qué?

—Con los abuelos. Seguro que se alegrarían de que pasaras el verano con ellos.

—¿Estás intentando librarte de mí? Hay muchas cosas que preparar para la boda de George. No voy a dejar a mamá sola con eso.

—Para la boda aún falta. Y más motivos para quedarte en Londres, es allí donde se va a celebrar.

—Pero es aquí donde está nuestro hermano —se burló.

—Sigo pensando que Londres te sentaría bien —dijo ofreciéndole el brazo—. Siempre te han gustado los bailes.

—En Kenford también hay bailes. —Dejó el libro sobre la mesilla y se agarró de su brazo.

—Me refiero a bailes a los que asistas.

El viaje le resultó mucho más agradable de lo que había esperado.

Se pasó la mayor parte del tiempo observando por la ventanilla y disfrutando del cambiante paisaje.

Sus únicas salidas durante aquellos meses habían sido por los alrededores de Kenford.

Montaba a diario y ya no le dolía la espalda como al principio por hacerlo a la mujeriega.

Había tenido sus complicaciones, pero finalmente sus músculos se desarrollaron lo necesario para que dejase de resultarle doloroso.

Aun así, no aguantaba largas excursiones ni cabalgar rápido como antes, así que montar había dejado de ser su actividad favorita.

No le importaba, porque su padre estaba feliz y eso lo compensaba todo.

Durante esos meses se había ido borrando aquella expresión decepcionada del rostro de Edward, las ojeras desaparecieron y volvió a sonreír.

El momento más destacado de esa evolución fue el día que anunció en la comida que había comprado otro purasangre a los McEntrie y que lo habían inscrito en una carrera.

Clavó los ojos en ella y la estudió con suma atención, pero Anne tan solo sonrió y siguió comiendo como si nada.

Charles y George preguntaron. Incluso Frederick, al que las carreras no le entusiasmaban, se interesó por el tema.

Las únicas que permanecieron ajenas al alboroto fueron su madre y ella.

Porque no era un tema de mujeres. Con el caballo vendría un entrenador.

Nadie pronunció su nombre en la mesa y ella no lo preguntó. No le hizo falta.

—¿Escribiste a la señora Callaway, Anne? —preguntó Emma llamando su atención.

—Sí, mamá. Organizará el evento en sus jardines y te pedirán que leas un fragmento de tu última novela, como siempre.

—¿Por qué les gusta tanto oírte leer tus propios libros, mamá? Si ellas ya lo han leído, ¿qué más les da? —preguntó George con expresión perpleja.

Anne enarcó una ceja.

—Deberías haber ido a caballo como Charles.

—No me gusta montar —dijo George—. Luego apesto y a Eva no le gusta.

—Sabes que puedes lavarte y cambiarte de ropa antes de ver a tu futura esposa, ¿verdad, hermano?

—¿Y a ti qué más te da cómo viaje yo? Este coche es enorme solo para mamá y para ti. No me gusta montar, ¿y qué?

—Te iría bien —dijo sin pensar, y al instante se arrepintió.

George se puso rojo.

—Gracias por meterte con mi físico.

—No quería decir eso, George —trató de apaciguarlo—. Me preocupa tu salud. Y el traje. Si te quedaras en Londres con los abuelos podrías ir al sastre a probarte a menudo, pero ya no vas a volver hasta la semana de la boda y no sé si habrá tiempo para hacer arreglos.

—En Londres no se ve el cielo como en Kenford. Además, estaré perfectamente dentro de ese traje. —Seguía con el rostro de un rojo encendido.

—Claro que sí. —Ella se calló el hecho de que hubiese tenido que pedir a Mary que le arreglase todos los chalecos y las chaquetas tres veces ese año. Por no hablar de que habían tenido que hacerle pantalones nuevos la misma cantidad de veces.

—Los hombres fornidos resultamos de lo más atractivos —siguió él molesto—. Deberías preocuparte de esa cara chupada que tienes y no de mi cuerpo.

—¡George! —exclamó su madre incrédula—. Tu hermana es preciosa.

—Sí, claro, por eso tiene una fila de pretendientes esperándola en la puerta.

—Eso no significa nada —siguió su madre—. No es propio de ti hablar así de ella, George.

Era cierto, quería mucho a su hermana y se odió por haber dicho eso, pero es que le daba mucha rabia que ella evidenciase lo débil que era.

Anne lo sabía bien y se inclinó hacia delante para cogerle la mano que tenía crispada sobre el muslo.

—Estarás guapísimo en tu boda, te lo prometo, hermanito.

Él pareció arrepentido.

—Eres perfecta. Ese es el problema, eres demasiado perfecta para ellos.

Anne se levantó y se sentó a su lado.

—Te prometo que montaré cada día hasta mi boda —susurró él—. No tendrán que retocarme el traje.

—Los dulces de la señora Alden son irresistibles.

—A ti no te gusta el dulce.

—¡Claro que me gusta! ¿Por qué dices eso?

—En serio, Anne, estás muy flaca.

—No estoy flaca. Es la ropa.

—Yo estoy como un tonel.

—No digas tonterías. Solo necesitas hacer un poco de ejercicio. Te pasas el día con tus números y las noches estudiando el cielo. Eres muy sabio, hermanito.

George le pasó el brazo por los hombros para atraerla hacia sí.

—¿Qué llevas ahí? —preguntó ella, refiriéndose a la bolsa que le clavaba en los riñones.

—Ya lo sabes.

—¿Los dibujos del Gran Cometa que te mandó Piazzi Smyth?

—Entre otras cosas, sí.

Anne se recostó en su hombro y apartó la bolsa alejándola de su espalda.

Sabía la enorme frustración que había supuesto para su hermano no poder ver más que una franja larga y pálida del cometa.

Sin núcleo brillante. Sin nada de lo que luego Smyth le reveló en sus dibujos.

Ella se habría muerto de la impotencia, pero George se había encogido de hombros y había dicho con total tranquilidad «no he podido verlo en todo su esplendor, pero hemos coincidido en el tiempo y eso me vale».

Había estado con él hasta que el sueño la venció y se quedó dormida acurrucada en un sillón, mientras George contemplaba el cielo con su telescopio.

Su madre había transformado el antiguo orangery en un flamante invernadero con paredes y techo de cristal para que él lo usara como observatorio.

Emma tenía sus plantas y George un espacio en el que observar las estrellas sin morirse de frío.

Cuando despertó a la mañana siguiente, no recordaba quién la había llevado hasta su habitación y la había arropado, pero sabía que había sido él.

—¿Cuántos años tenía yo cuando pasó el Cometa Halley, George?

—Once.

—Después de eso te compré tu segundo telescopio —dijo su madre contenta de ver a sus hijos así.

George siempre había tenido debilidad por Anne.

Por Robert sentía una admiración cercana a la idolatría.

Con Frederick mantenía una cordialidad fría.

Y con Charles… Bueno, Charles era su amigo, con el que se sentía más cómodo.

Pero Anne era su debilidad. No podía verla llorar.

De pequeño se le humedecían los ojos si la veía llorar en su cunita.

Y en eso no había cambiado. Emma estaba convencida de que, después de Eva, Anne era la persona que más quería en el mundo.

—¿Sabías que los anillos de Saturno desaparecen? —dijo George como si le contase un cuento, mientras le acariciaba el pelo con delicadeza—. Una noche están ahí y, a la siguiente, Saturno parece solo una pequeña bola amarilla.

Ella se apartó para mirarlo, porque sabía que la historia que quería contarle no era esa.

—Pero no desaparecen, claro —siguió él, con aquella expresión soñadora que lo caracterizaba—. Solo cambia nuestra posición. Siguen ahí aunque no sepamos verlos.

Anne lo escudriñó con atención. Sabía que quería decirle algo, pero no entendía el mensaje.

Se fijó en su madre para ver si ella lo había entendido y, aunque Emma no dijo nada, parecía que sí.

Pensó en preguntar, pero conocía bien a su hermano, solo decía lo que quería decir y no había pregunta que cambiase eso.

Volvió a apoyarse en su hombro y se perdió en sus pensamientos.