Capítulo 1
Craig bajó las escaleras y una sonrisa se dibujó en su rostro al ver a su madre esperándolo en el vestíbulo.
—¿Qué haces levantada tan temprano, mamá?
—Despedir a mi hijo, al que no voy a ver hasta después del verano —dijo abriendo los brazos para envolverlo con ellos.
Craig la rodeó con los suyos y la levantó del suelo haciéndola reír. Cuando la dejó de nuevo sobre las baldosas, Augusta le cogió el rostro entre las manos con ternura.
—Ni que fuera la primera vez que me voy —dijo él.
—Ya lo sé, pero para mí siempre es igual de triste, ya lo sabes.
Él mantuvo las manos en su cintura, mientras ella le colocaba la ropa que no estaba desordenada. Le acariciaba las mejillas y el pelo y volvía a apoyar las manos en su pecho con aquella devoción con la que solo las madres saben cuidar.
—¿No te meterás en líos como la otra vez?
—Yo no me metí en ningún lío, mamá.
—No es eso lo que dice tu padre. Todavía le hierve la sangre cuando piensa en lo cerca que estuvimos de que cerraran las pistas a nuestros caballos.
—Eso son cosas que se dicen, mamá, pero todo el mundo sabía que yo no había tenido nada que ver. Y nuestro caballo, tampoco. Además, Anne reconoció que había sido solo cosa suya.
—Ya.
Craig trató de mostrar una expresión de lo más relajada.
—De verdad, mamá, no tienes nada de lo que preocuparte. Seabhag está inscrito en la Harroway Plate. Si alguien hubiese querido castigarnos por lo de Doncaster, ya lo habríamos sabido.
—Aprecio mucho a los Wilmot, de verdad. Emma es una buena amiga y su hija siempre me ha parecido adorable, pero esa chiquilla es un torbellino y sabe muy bien cómo meterse en líos.
Craig dejó escapar una sonrisa.
—¿Qué? —preguntó su madre sin borrar el temor de su cara.
—Me parece adorable que pienses que Anne puede meterme en líos a mí.
—No he dicho eso, pero lo que pasó no la afectó solo a ella y estarás allí solo…
—¿Quieres venir conmigo? —preguntó juguetón—. Sería muy agradable que me acompañaras. Aunque no sé si sería capaz de cabalgar tan despacio. No creo que Ealain lo soportase.
—No seas malo, que te conozco. Te recuerdo que te parí yo y no fue fácil.
La envolvió con sus brazos besándola en el pelo.
—No tengas miedo, mamá. Anne estará ocupada con la temporada social y seguro que se pasa el día de baile en baile. Su padre no volvería a intentarlo si temiera que algo parecido pudiese pasar.
—Mmmm. Tienes razón. Edward habrá resuelto el problema. Pensé en escribir a Emma, pero…
—Mamá…
—No lo hice. Sabía que pondrías esta cara.
—Deja de preocuparte por mí.
—¿Y por quién quieres que me preocupe? Eres mi hijo y eso no va a cambiar mientras viva.
Volvió a abrazarla y se meció con ella.
—Constance está embarazada. Ve a visitarla y quédate con ella una temporada.
—Jason se pondría muy contento —dijo Augusta torciendo el gesto.
—Jason te adora, lo que pasa es que lo intimidas.
—¿Yo lo intimido? No digas tonterías.
—Anda, ve a desayunar —dijo empujándola con suavidad.
—Quiero despedirte.
—De eso nada. Tengo que preparar a los caballos. Tú ve al comedor y disfruta del desayuno. Los abuelos estarán todavía ahí.
—¿Has visto a papá?
Craig asintió. Él también le había dado un buen repaso.
—Te echará mucho de menos. Le gusta tenerte por aquí para vuestras cosas.
—Papá no me necesita para eso. Sabe de leyes mucho más que yo.
La besó en la frente y después la empujó un poco más decididamente hacia el pasillo.
—Ve, mamá.
—Está bien —cedió ella—. Ten cuidado.
—No te preocupes por mí, mamá.
Ella sonrió ante lo absurdo de su petición y se alejó sin protestar.
Alasdair soltó la pata de Seabhag y le dio unas palmadas en el lomo.
—Está en plena forma —sentenció.
—Mira, como tú —se burló Anthony.
—Muy gracioso —dijo su primo, burlón—. ¿Lo has estado ensayando frente al espejo?
Moss saltó a su alrededor y el caballo relinchó advirtiéndole de que lo estaba molestando. Alasdair se agachó y cogió la cara del perro con cariño.
—Para, Moss. Sabes que a Seabhag lo pone nervioso.
El perro ladró y después se alejó corriendo en busca de alguien que quisiera jugar.
—Moss no tolera la frustración —dijo Alasdair con las manos en la cintura.
Craig llegó hasta ellos tirando de las riendas de Ealain, ya listo para partir.
—¿Lo tienes todo? —preguntó Anthony y su primo enarcó una ceja como si eso no requiriese respuesta.
—¿Este antes hacía preguntas tan estúpidas o solo le pasa desde que es padre? —inquirió dirigiéndose a Alasdair.
—No te quejes, ahora al menos responde cuando le preguntas. —Se apretó la muñeca derecha y movió la mano—. Seis, siete horas diarias de marcha efectiva, Craig, no más. Máximo treinta millas diarias, aunque mejor veinticinco.
—Menos mal que me lo has dicho —se burló Craig—. No he podido dormir pensando en cuál sería la forma idónea de llevar a un caballo hasta Kenford.
—¿Seguro que no has podido dormir por eso? —preguntó Anthony—. Me da a mí que volver a encontrarte con la diablilla de los Wilmot es lo que más te pesa. Seguro que te tiene alguna encerrona preparada para cuando llegues.
Craig apretó apenas la mandíbula antes de sonreír. Una encerrona sería terreno conocido. Pero tenía demasiado fresca la conversación que habían mantenido antes de despedirse y no estaba seguro de lo que se iba a encontrar.
—Mantén a este portento alejado de ella —dijo Alasdair acariciando el lomo del animal.
—Hoy estás de lo más acertado con tus consejos, primo.
—Pues tengo más. Revisa el calor en las patas cuando pares al final del día. Si tienes que cambiar las herraduras no te esperes a llegar a Kenford, sus herreros son pésimos. Te vas a aburrir llevándolo con reata y viajando solo. Por cierto, ¿por qué coño vas solo?
—Todos tenéis cosas importantes que hacer —dijo Craig montando a Ealain—. ¿No quieres decirme lo que debo darle de comer? O, mejor aún, ¿quieres explicarme que no debe beber agua muy fría si está sudando?
—Eso ha tenido que doler —dijo Anthony burlándose de Alasdair, que fingía indiferencia—. No se lo tengas en cuenta, Craig, llevaba mucho tiempo sin trabajar y quiere que se note que ha vuelto.
—Imbéciles —escupió el veterinario apartándose para dejar espacio al caballo.
—¿Dormirás a la intemperie? —preguntó Anthony.
Craig asintió. No quería perder de vista a Seabhag.
—Siento no acompañarte esta vez —dijo Alasdair con pesar—. No quiero dejar a Victoria.
—Lo sé —sonrió su primo—. Cuando regrese, el embarazo estará muy avanzado.
—¿Te quedarás todo el verano?
—Si no pasa nada, sí.
Anthony soltó una carcajada y Craig lo miró amenazador.
—¿Qué? No he dicho nada.
—Puedo oír tus pensamientos —masculló.
—Asegúrate de quién es el jinete justo antes de la carrera. —Anthony lo seguía por el sendero—. No te confíes.
Su primo no se giró para responderle. En lugar de eso, levantó el dedo medio de la mano izquierda.
—¿De verdad no había nadie para acompañarlo? —se lamentó Alasdair viéndolo alejarse.
—No es la primera vez que viaja solo. Le irá bien este tiempo para estar consigo mismo antes de pasar esa larga temporada en Kenford.
Alasdair suspiró.
—Lo que has dicho de Anne era broma, ¿verdad? Quiero decir, no nos meterá en problemas otra vez. Edward…
Anthony se colocó de frente a su primo, expectante y con las manos en la cintura.
—Déjate de temas que no son cosa nuestra. Ayer vi a Fergus.
Alasdair endureció su expresión.
—Ya.
—Está ganando un dineral con Tórradh. Tu caballo ha montado a todas las yeguas de los alrededores, Alasdair. Se ha corrido la voz y viene gente de muy lejos…
—Estoy en ello —dijo Alasdair apartándose el pelo de la frente.
—Hay quince potros suyos.
—Que sí, joder. —Había atendido a alguno de esos potrillos.
—Lo está exprimiendo —siguió Anthony—. Tórradh no es joven, no aguantará mucho a este ritmo.
—¿Tienes cuatro mil libras disponibles? —preguntó con rabia contenida.
—Sabes que no. De ser así, yo mismo habría ido a por él. Pero ¿cuatro mil? Él pagó tres mil hace poco más de un año.
Alasdair enarcó una ceja por respuesta.
—Será cabrón. —Anthony apretó los labios.
—Dice que ha subido su estatus gracias a las cubriciones que está haciendo.
—Es un grandísimo semental.
—Lo es.
—Joder, no me puedo creer que jugara con ese imbécil de niño. —Anthony negaba con la cabeza.
—Lo solucionaré.
—El abuelo te ha dicho un millón de veces que te da el dinero.
Alasdair observó a su primo con orgullo.
—No voy a cogérselo.
—¿Por qué no?
—Porque los McEntrie no tienen por qué pagar las deudas de los Reid. Es cosa mía.
—Tú eres un McEntrie, imbécil.
—Pero yo no voy a quedarme con esas propiedades. Son de Zinnia.
—¿Y por qué no coges el dinero de su madre?
—¿Quieres que le quite lo único que le dejó para pagar mi caballo?
—Para recuperarlo. Tu caballo salvó sus propiedades.
—Encontraré otro modo, solo necesito tiempo.
—Ya, pues el pobre Tórradh va a quedarse seco si sigue obligándolo a montar a tantas yeguas.
Alasdair resopló y se alejó de él.
—¿Adónde vas?
No respondió. Tan solo necesitaba alejarse de él.