Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Prólogo
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Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6)

Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6)

Por Jana Westwood

© inepub.com

Prólogo

Observo a mis padres como si estuviese viéndolos a través de una ventana.

Mi padre no deja de gritar y mi madre intenta calmarlo, pero no lo consigue.

Y yo… yo… solo puedo esperar. Esperar a que su decepcionada mirada vuelva a caer sobre mí haciéndome sentir como un montón de estiércol.

La misma mirada que me ha dedicado Frederick antes de marcharse.

Tengo que aprender a no escuchar detrás de las puertas.

—Esto es demasiado, es demasiado, Emma. No podemos pasarlo por alto. Ha sobrepasado todos los límites. Te lo dije, te dije que pasaría y no me hiciste caso.

—Cálmate, Edward.

—¿Que me calme? Dios santo, no eres consciente de lo que ha pasado, ¿verdad? Díselo tú, Craig, quizá a ti te escuche.

—¿Tan malo es? —pregunta mi madre.

—Bastante malo, sí —afirma Craig.

Cuando mamá pone sus ojos en mí se me cae el alma a los pies. Me tiemblan las manos y tengo que agarrármelas. De verdad que debo de haberme vuelto loca para hacer lo que he hecho. ¿Cómo se me pudo ocurrir que no me pillarían?

—Ese caballo llevaba inscrito un año para esta carrera —se lamenta mi padre—. ¡Un año! Los McEntrie han estado entrenándolo todo este tiempo… ¡Has arruinado la carrera del pobre Mike! No volverá a correr en ninguna pista decente.

Cuando se detiene frente a mí y veo la desilusión en unos ojos que siempre me habían mirado con amor, siento que se me rompe algo dentro del pecho.

—Has sembrado la duda sobre mi honorabilidad.

—Tú no sabías nada —digo con voz temblorosa.

—¿Y quién va a creerse eso?

—Papá…

—No, Anne, esta vez no se arreglará con unas lágrimas y un simple «perdona, papá». Esta vez no sé qué hacer contigo. Y eso no me había ocurrido nunca.

Me cubro la boca con la mano para ahogar un sollozo. No puedo llorar, no merezco ese desahogo. Mi padre está temblando cuando sale del salón y estoy segura de que se va para no decirme algo que me hará un daño irreparable.

—Vete a tu cuarto, Anne —ordena mi madre con expresión severa—. Hablaremos cuando me tranquilice.

Mis ojos se cruzan con los de Craig McEntrie. Está claro lo que piensa sobre mí y tiene razón. En el fondo, que él haya contemplado mi peor cara y haya sido testigo de mi desmoronamiento social es el peor castigo que podía recibir.

Subo a mi dormitorio, cierro la puerta y me quedo con la espalda apoyada en ella. Me deslizo hasta quedar sentada en el suelo. Las horas pasan y no me muevo de allí. Llaman para que baje a cenar y, cuando digo que no tengo hambre, nadie insiste.

Al levantarme del suelo me cuesta moverme.

Demasiadas horas en la misma posición. Salgo de la habitación como una rata cobarde muerta de hambre.

Ya hace horas que todos duermen, pero mi estómago no perdona.

Entro en la cocina y me preparo un plato con las sobras.

Ni siquiera uso cubiertos. Me llevo la comida a la boca como una mendiga.

¿Por qué no estoy llorando? No he soltado ni una lágrima.

Cuando pienso en la carrera todavía se me acelera el corazón y me quedo sin aire.

Ha sido lo más emocionante que he hecho nunca, aunque me costara hasta los calzones.

No me importa que nadie lo sepa nunca porque han borrado la participación de Poderoso en la carrera, yo sí lo sé y no voy a olvidarlo jamás.

—Parece que el hambre ha conseguido sacarte de tu madriguera.

Craig no parece sorprendido de encontrarme en la cocina.

—¿Qué hora es? —pregunto después de tratar de ver el reloj de pared sin éxito.

—Las cinco de la mañana.

Me doy cuenta de que la señora Richmond no tardará en bajar y me levanto de la silla de un salto. Tengo que recogerlo todo antes de que…

—¿Huyes?

—No tengo ganas de discutir, Craig —digo sin mirarlo—. Soy estúpida, me he comportado muy mal, he decepcionado a todo el mundo y voy a vivir relegada de la sociedad inglesa el resto de mi vida.

—Buen resumen —dice él, apoyando el trasero en la mesa.

Me doy cuenta de que tiene algo que decir y, después de respirar hondo y limpiarme las manos, me armo de valor para escucharlo.

—Adelante.

—¿Adelante?

—Di lo que tengas que decir. Supongo que te irás hoy mismo y no querría que te marcharas con el veneno dentro.

Craig se cruza de brazos y me estudia con esa expresión inocente que tanto me gustaba y que ahora me irrita.

—¿De verdad eres consciente de lo que has provocado?

Asiento con la cabeza sin atreverme a responder y él frunce el ceño.

—¿Cuánto tiempo crees que tardarán en olvidarse de todo esto?

—Un par de meses. Quizá incluso medio año. Es horrible, lo sé. No pensé…

—¿Dos meses? —Suelta una carcajada y se ríe en mi cara, lo que hace que me muerda la mejilla por dentro.

Durante unos segundos tengo que verlo reír y mis mejillas se ponen cada vez más rojas.

—¿Cuánto crees tú? —pregunto con un hilo de temor.

Craig deja de reírse.

—No lo sé, Anne, pero me temo que mucho más que eso.

Me sujeto las manos para evitar que las vea temblar. ¿Un año no será suficiente? ¿Cómo voy a permanecer escondida un año entero?

—Todo dependerá de que ocurra algo lo bastante interesante para borrar lo que has hecho.

Trago saliva para no gritarle. Porque me enfurece su absoluta tranquilidad al exponer un hecho que me parece profundamente hipócrita.

—Mike no era de fiar —digo con fuego en los ojos—. Poderoso no habría ganado si yo no…

—Blue.

Aprieto los dientes y cierro los puños.

—Blue —muerdo la palabra— ha ganado gracias a mí.

—No, Anne. Blue ha sido descalificado gracias a ti.

Blue no va a poder correr nunca más en una carrera.

Blue se vuelve conmigo a Slioscreige porque tu padre no quiere ni verlo.

Tu padre, ese hombre que compró el caballo con una ilusión enorme por verlo correr en Doncaster.

El que te ha consentido, permitiéndote ser la persona que has sido todos estos años, a pesar de saber que un día tus acciones le costarían algo importante a tu familia.

Ahí están las palabras de mi hermano en boca del hombre al que amo. Los ojos se me llenan de lágrimas y yo solo puedo pensar en sacarle los suyos.

—Esto es lo que traté de decirte —continúa.

Al parecer no ha acabado conmigo. Tiene las manos agarradas al borde de la mesa, a ambos lados de sus caderas, como si ni siquiera esperara convencerme.

—¿A qué te refieres? —En cuanto hago la pregunta quiero abofetearme.

—Te gusta saltarte las normas porque están ahí. Porque te divierte ver qué cara ponen los demás cuando las pisoteas.

—Ya te pedí perdón.

—Lo sé. Pero no hablo de mí.

—Yo creo que sí. Creo que te guardabas este discurso para soltármelo cuando más daño pudiera hacerme.

—No. —Se cruza de brazos y me observa con la cabeza ligeramente inclinada—. Aunque no lo creas, Anne, no eres el centro del mundo. Al menos, no para mí.

—Eso ya lo tenía claro.

Se levanta y viene hacia mí sin disimular ya su enfado.

—Espero que esta lección te sirva para madurar. Es muy cansado tener que arreglar lo que estropean los niños.

—Por suerte para ti, no tendrás que aguantarme mucho tiempo.

—Y bendigo a Dios por ello.

Lo veo salir de la cocina y aprieto los labios para no decirle todo lo que quiero, pero en cuanto me quedo sola siento un vacío en el pecho y apenas puedo respirar.

¿A quién quiero engañar? Tiene razón en todo lo que me ha dicho y la angustia me ahoga.

Todos la tienen. Mi hermano Frederick también, aunque sus palabras se me claven en el corazón como una estaca rugosa y podrida.

Me dejo caer en la silla sin fuerzas, ya no me importa que la señora Richmond me encuentre aquí.

En ese momento exacto tomo una decisión.

Me pongo de pie y salgo de la cocina. Atravieso el corredor, llego al vestíbulo y subo las escaleras con paso decidido y el corazón latiéndome desbocado en el pecho.

Sigo caminando hasta el dormitorio de mis padres y cuando pongo la mano en el pomo me detengo.

Me viene a la mente aquella vez, cuando tenía diez años, en que entré sin llamar por última vez y las mejillas se me tiñen de rojo.

Respiro hondo y toco en la puerta, primero suave, después con más fuerza.

—¿Sí?

—¿Puedo pasar, mamá?

—Adelante, hija. —Mi madre está sentada en la cama y su voz denota preocupación—. ¿Ocurre algo?

—No, mamá, no ocurre nada, pero quería deciros algo cuanto antes.

—¿No puedes esperar a que nos levantemos? ¿Qué hora es?

Mi padre se sienta también, aparta las mantas y baja los pies al suelo para ponerse las zapatillas, dándome la espalda.

—Tenéis toda la razón al enfadaros conmigo. Mi comportamiento ha sido imperdonable.

Mi padre se gira hacia mí, mientras mamá se me acerca ceñuda.

—Se acabó montar a horcajadas, se acabó poneros en evidencia.

A partir de ahora voy a ser la hija que cualquier padre querría tener.

Me comportaré como se espera de mí y no volveré a avergonzaros a ninguno de los dos.

Os prometo que antes de la temporada social todo el mundo habrá olvidado mi comportamiento y podréis caminar por Londres con la cabeza alta.

—Hija…

—No, mamá. Sé lo que he hecho y no voy a ignorarlo.

Mi padre se pone de pie y viene hasta mí aún con esa expresión incrédula en el rostro. Sonrío consciente de que voy a tener que esforzarme para que vuelva a creer en mí.

—Lo siento, papá. De verdad que siento haberte decepcionado.

Sin esperar su respuesta salgo de la habitación y cierro la puerta. Mi corazón ralentiza sus latidos y vuelvo a respirar con normalidad. Lo único que tengo que hacer es dejar de ser yo.