Capitulo 20
Aunque conseguí dejar de llorar, no hablé durante todo el camino de vuelta.
La rabia me escocía; el dolor y la indignación me devoraban como un cáncer.
No podía creer que me hubieran organizado esa encerrona con la esperanza que cediera, posiblemente aún creyendo que volvería y recapacitaria de lo que estaba haciendo, de mi decisión y amar a Gabriel.
Pero sobre todo no podía creer que me hubieran pedido que llevara a Gabriel conmigo para humillarlo en público, para que sí por un casual yo no decidía ceder, él decidiera que yo no valía el esfuerzo, incluso ahora que ellos no me ayudarían y no habría una cartera interminable de donde sacar dinero.
Apreté los labios, resistiendo las ganas de llorar dentro del taxi pero en cuanto cruzamos el umbral del piso y Gabriel cerró la puerta a nuestras espaldas, me derrumbé por completo.
Las lágrimas que había intentado contener en el coche se desbordaron en una oleada de pura rabia y humillación.
Tiré el bolso al suelo y me abracé a su pecho, sollozando con tanta fuerza que me dolían las costillas.
—Lo siento, Gabriel... Dios mío, lo siento muchísimo —gemí, hundiendo la cara en su chaqueta oscura, sintiendo el calor de su cuerpo robusto—.
Siento haberte arrastrado a ese nido de víboras.
Lo de mis padres ha sido una crueldad asquerosa.
Traer a Borja, humillarte con tus ingresos...
No se merecen ni que los miremos a la cara.
Me siento fatal por haberte expuesto a esto.
Gabriel no dijo nada. Simplemente me rodeó con sus brazos grandes y firmes, apretándome contra él con una fuerza protectora brutal que me devolvió el aire.
Sentí el latido rápido de su corazón contra mi mejilla.
Me cogió de la barbilla con delicadeza, obligándome a levantar la mirada para clavar sus ojos verdes en los míos.
No había vergüenza en ellos; había una frialdad afilada y una determinación que me descolocó por completo.
—Oye, mírame, reina —murmuró con esa voz ronca, acariciándome la mejilla con el pulgar para limpiarme las lágrimas—.
No tienes que pedirme disculpas por nada.
Tus padres no me han humillado porque no pueden humillar a alguien a quien no le importan sus listas de estatus.
Me da exactamente igual lo que ponga ese informe de pacotilla.
Lo único que me duele es verte llorar a ti por su culpa.
Me guio con suavidad hacia la cama, quitándome los tacones de aguja con una galantería tierna que me encogió el corazón. Se tumbó a mi lado, abrazándome con fuerza en la penumbra del dormitorio, mientras yo me acurrucaba contra él, intentando buscar refugio.
No sé en qué momento me quedé dormida pero me desperté a mitad de la noche con la boca seca y una sensación de desasosiego que me oprimía el pecho.
Al estirar la mano entre las sábanas, descubrí que el sitio de Gabriel estaba frío.
Me incorporé despacio, frotándome los ojos, y divisé una fina línea de luz dorada que escapaba por la rendija de la puerta del salón.
El piso estaba en absoluto silencio, a excepción de un murmullo bajo, grave y extrañamente formal que provenía del pasillo.
Me deslicé fuera de la cama descalza, caminando de puntillas sobre el suelo de madera para no hacer ruido.
Al acercarme a la puerta, reconocí la voz de Gabriel.
Estaba de espaldas a mí, mirando por el ventanal que daba a los tejados del Raval, con el teléfono pegado a la oreja.
Su tono era parecido al que había usado durante la encerrona con mi padre; hablaba con una frialdad y una madurez que me helaron la sangre.
—Sé perfectamente qué hora es, padre —decía Gabriel en un susurro pero cargado de tensión, como si le costara hablar—.
Y no te llamaría si no fuera un asunto de extrema gravedad.
Estoy listo para asentar la cabeza y asumir el puesto que tanto querías para mí...
Sí, acepto tus condiciones. Pero a cambio necesito que adelantes la firma de esa alianza internacional de la que me hablaste.
Quiero que vayas en persona... No, no te preocupes, yo estaré allí contigo. Tienes mi palabra.
Me quedé congelada en mitad del pasillo, conteniendo la respiración.
¿Se suponía que estaba hablando con su padre?
Sin duda cuando había dicho que su relación con sus padres se había enfriado no mentía.
Lo que escuchaba y el tono no parecía una relación padre e hijo muy amorosa, pero, ¿quién era yo para juzgar cuando mis propios padres eran lo que eran?
¿Pero qué significaba esa conversación? ¿Aceptaba un puesto? ¿De qué?
Me mordí el labio, poniendo la oreja para escuchar mejor. No estaba segura de lo que estaba pasando pero deseaba que fuera lo que fuera no fuera por mi culpa.
—No es un capricho, padre —continuó Gabriel, con una seriedad que me encogió el estómago—. Es lo más importante para mí. Intento ser realista con el futuro. Te veo mañana a primera hora en el hotel. Buenas noches.
Escuché el click de la pantalla al apagarse y vi cómo Gabriel exhalaba un suspiro hondo, apoyando las manos en la barandilla del balcón.
Regresé corriendo a la cama a toda velocidad, metiéndome bajo las sábanas justo antes de que él volviera a entrar en el dormitorio.
Me acurruqué fingiendo estar profundamente dormida, pero por dentro el corazón me iba a mil por hora.
Pensé que Gabriel estaba teniendo una disputa terrible con su familia por mi culpa, que el asalto en el Via Veneto le había obligado a mendigar ayuda de los suyos y decidí, por puro amor y orgullo, que no le preguntaría nada para no hacerle sentir más humillado pero al final no conseguí volver a conciliar el sueño hasta casi el amanecer.
Gabriel ya estaba vestido cuando abrí los ojos; se estaba abrochando una camisa blanca y unos pantalones oscuros de corte sastre que le daban un aire insultantemente elegante.
Se sentó en el borde de la cama, me acarició la mejilla con el pulgar y me plantó un beso suave en los labios.
Sus ojos verdes transmitían una calma profunda, casi gélida.
—Tengo que salir a hacer unos recados importantes, reina —murmuró—. No me esperes para comer. Quédate aquí tranquila y descansa. Te prometo que cuando vuelva, hablaremos con tranquilidad un poco de todo.
—Está bien, Salas —respondí, forzando mi mejor sonrisa y tragándome el nudo que me apretaba la garganta.
No quise decirle nada de la conversación que había escuchado a escondidas. Le vi marcharse, cerrando la puerta con suavidad, y me quedé sola con el zumbido de las calles que se filtraba a través de la ventana.
Para distraerme, llamé a Marina y a Carlota. Necesitaba mis búnkeres de cordura.
—Gabi, por favor, dime que el actor no ha salido huyendo después de la cena familiar de ayer —soltó Carlota en cuanto descolgó, con su habitual tono de directa sin filtros.
—Al revés —admití, abrazándome a las rodillas en la cama—. Se portó como un rey. Me consoló toda la noche.
—¿Consolar? ¿Por qué? ¿Discutiste con tus padres?
—Peor —solté, molesta al recordar lo sucedido—. Fue una encerrona. Incluso estaba Borja.
—¿Borja?
Les conté brevemente todo lo ocurrido.
—¡No me lo puedo creer!
—Seguro que son artimañas de Borja que les ha lavado el cerebro.
—Me da igual, no deberían haberme pedido que llevara a Gabriel.
—De eso se trataba —dijo Carlota con un suspiro—.
Que Gabriel viera la diferencia que hay entre los dos.
Seamos realistas, Gabi. Por mucho que pretendamos tu vida cambiará mucho si decides seguir ese camino.
Ahora es todo muy bonito pero la realidad es que ni tú tienes dinero y él tampoco.
Vives en su piso y los gastos serán comunes pero nada de lujos.
Nada de comer y cenar todos los días fuera o pensar en contratar a nadie…
Puse los ojos en blanco.
—No necesito nada de eso.
—No sabes cocinar.
—Aprenderé.
—Y te hartaras de cocinar, limpiar y todas esas cosas que hasta ahora no has tenido la necesidad de hacer.
—¿Me estás intentando animar o no?
—Estoy siendo realista.
—Carlota… —musitó Marina intimidada.
—¿Qué? Somos amigas, mi deber es celebrar las fiestas, estar ahí cuando se me necesita y ser sincera cuando debo. Soy la primera en animar su relación pero eso no significa que siendo realistas las cosas van a ser difíciles.
—Sé que serán difíciles pero aún así pienso intentarlo. No digo que todo será perfecto ni que no habrá problemas pero lo resolveremos poco a poco y decidiremos las cosas llegado el momento.
—De acuerdo —aceptó Carlota—. Esa es la actitud.
Me mordí el labio.
—Pero en realidad está raro, chicas.
—¿Quién? —se interesó Marina—. ¿Borja?
—Ese sigue siendo igual de imbécil que siempre —gruñí—. ¡Me refiero a Gabriel!
—Ah…
—Esta mañana se ha ido vestido de traje, superformal, y anoche le escuché hablar por teléfono de forma muy críptica sobre asentar la cabeza y cosas muy raras con su padre. Creo que la humillación en el Via Veneto le ha hecho buscar ayuda en su familia y me siento terriblemente culpable.
—A ver, Gabi, no saques conclusiones —me frenó Carlota—. Si el chico tiene un plan, déjale actuar. Nosotras nos centramos en lo tuyo: ya tengo los contratos listos para desvincular tu marca de joyería de las cuentas de tus padres y salvarla de las deudas. Lo conseguiremos.
—Y yo ya tengo vistas un par de cajas de mudanza en el taller para cuando quieras que vayamos a por el resto de tus cosas —añadió Marina con entusiasmo—. ¡Estás a un paso de tu nueva vida!
Colgué la llamada sintiendo un sutil alivio.
Tenía a las mejores amigas del mundo y, por primera vez, un plan propio.
Fui a la cocina, me preparé un café —esta vez sin quemar la cafetera y orgullosa después de las palabras de Carlota, apuntando mentalmente que debía decírselo a mi amiga y anotarme un punto— y me dispuse a pasar la tarde intentando diseñar nuevos bocetos para mi colección.
Eso siempre me había gustado. No solo había sido una idea de negocio, sino una manera de conectar y relajarme. Mis amigas hacían yoga. Yo diseñaba.
No estoy segura de cuántas horas pasaron.
Eran casi las ocho de la tarde cuando el cielo al otro lado de la ventana empezó a teñirse de tonos rosados.
Llevaba horas concentrada en mis bocetos de joyería, intentando mantener la mente alejada del móvil y de la misteriosa ausencia de Gabriel.
El nudo de culpabilidad en mi estómago seguía ahí, pero el dibujo de un nuevo collar de plata me había servido de anestesia temporal.
Me desesperecé despacio, estirando los brazos por encima de la cabeza y solo miré hacia el teléfono, relegado a una esquina de la mesa de la cocina cuando empezó con su vibración estridente.
Miré la pantalla y el pulso se me paró en seco. Victoria Uría. Mi madre.
Por un momento pensé en no responder. Aparté la mirada de la pantalla y volví a clavarla en los folios pero una vez se terminó la llama no tardó en volver a sonar con la misma vibración estridente y con mala cara, alargué la mano y lo cogí.
Deslicé el dedo por la pantalla con una mezcla de cansancio y rabia, preparándome para otra ronda de insultos o exigencias de que recapacitara y empezará a organizar la boda con Borja. ¡Pues que constara que no pensaba ceder! ¡Ni un poco!
—¿Sí, mamá? —solté con una marcadisima nota de fastidio—. Si vienes a recordarme la solvencia de Gabriel, lo rápido que correré de vuelta y lo maravilloso que es Borja… te ahorro el tiempo, ya...
—¡Gabriela! ¡Gabriela, por el amor de Dios, escúchame!
—el grito de mi madre al otro lado de la línea fue tan agudo y desesperado que me obligó a apartar el auricular de la oreja.
Estaba completamente histérica, sin rastro de su habitual frialdad—.
¡Tienes que venir ahora mismo al hotel! ¡Es un desastre absoluto, tu padre está a punto de desmayarse en mitad del reservado!
—¿De qué estás hablando? ¿Qué hotel? —pregunté, poniéndome en pie de un salto, contagiada por el pánico real de su voz.
—¡Al hotel donde se iba a firmar la alianza de los astilleros!
—exclamó mi madre, hiperventilando—. El todopoderoso empresario internacional, el hombre con el que tu padre lleva meses suplicando una reunión para salvar las empresas navieras...
¡ha venido en persona! Tu padre estaba atacado de los nervios por la firma...
¡y resulta que el magnate ha venido acompañado de su hijo! ¡De su único heredero!
—¿Y a mí qué me importa el hijo de ese magnate, mamá? —gruñí, perdiendo la paciencia—. Tengo mis propios problemas. Te recuerdo que me habías lanzado a la lista negra y…
—¿Por qué no nos lo habías dicho desde el principio? —me interrumpió mi madre, obligándome a cerrar la boca.
—¿De qué estás hablando? ¿Cómo iba a saber yo quién es el hijo de quién? ¡Yo no conozco a nadie de esa empresa!
¿De qué hablaba ahora? ¿Ahora también era mi culpa si un contrato no se formalizaba como mi padre quería? ¡Esto ya era de locos!
—¡No te hagas la tonta, Gabriela! ¿Sabes lo mal que lo está pasando tu padre después de lo mal que trató al muchacho?
Me llevé una mano a la sien y empecé a masajearla lentamente.
—Mamá —dije despacio con el límite de la paciencia rozando peligrosamente—.
No tengo ni idea de lo que estás hablando pero por lo visto a papá debe gustarle despreciar a más de un tipo de persona.
Que lo hubiera pensado antes y no vengáis ahora culpándome a mí de las cosas.
Ahora sí no te importa tengo que seguir trabajando.
Ya sabes, las cosas normales que hacen las personas para sobrevivir.
—¡Que es él, Gabriela! ¡Es ese muchacho tuyo! ¡El actor! ¡Tu Gabriel es el heredero de la fortuna de los Salas y del título de los condes de Sants! —gritó mi madre, completamente histérica a través del teléfono—. ¡Ven ya, Gabriela, que tu padre no puede ni respirar!
La pantalla del móvil se quedó en negro en mi mano cuando mi madre colgó sin respirar. Me quedé petrificada en mitad de la cocina, con la boca abierta, el corazón dándome vuelcos salvajes y las palabras de Gabriel de la tarde anterior resonando en mi cabeza: «Mi familia es asquerosamente rica...».
—No, espera…
Apreté el teléfono con fuerza, como si necesitara algo sólido donde apoyarme para no caerme.
¿No había mentido? ¿Entonces no había sido un intento por hacerse el chulo preocupado por la actitud de mis padres?
Solté el móvil y apoyé las manos en la superficie de la mesa.
Los condes de Sants…
—Hay que joderse…