Capitulo 19
El restaurante Via Veneto lucía su opulencia habitual de lámparas de cristal y camareros de etiqueta.
Me había puesto un vestido midi de seda azul marino y Gabriel estaba imponente con un traje oscuro que le sentaba como un guante, aunque no llevaba corbata y, en mi opinión, ni la necesitaba.
Caminábamos del brazo y preguntamos por la reserva.
No era la primera vez que entraba al restaurante pero de alguna manera me sentía más nerviosa que nunca.
—Ahí están —le susurré, divisando a mis padres.
Pero en cuanto nos acercamos, la sonrisa se me congeló en los labios.
Sentado junto a mi padre, con un polo gris y una sonrisita de superioridad insoportable, estaba Borja de la Quadra.
Al lado de mi madre, un hombre completamente de traje negro, corbata que debía estar cortándole la respiración y que tenía cara de pocos amigos completaba la estampa.
No era una cena de reconciliación; era una encerrona.
Apreté los dientes con fuerza y busqué la mano de Gabriel sin atreverme a mirarlo a la cara en ese momento.
Sentí como Gabriel me apretaba la mano con fuerza un momento antes de adelantarse, lanzándome una sonrisa tranquila mientras terminaba de acercarse a la mesa donde estaban los cuatro sentados y le tendió la mano a mi padre.
—Buenos días —saludó, dirigiéndose a todos—. Señor.
Su mirada volvió a detenerse únicamente en la expresión de mi padre que se limitó a fruncir los labios y lanzar una mirada despectiva a la mirada alzada de Gabriel.
—Gabriela, siéntate —ordenó mi padre con su voz implacable, ignorando por completo la mano alzada de Gabriel. Mi madre ni siquiera nos miró.
—¿Qué significa esto, papá? ¿Qué hace Borja aquí? —pregunté, sintiendo que la rabia me subía por el cuello.
También me adelanté, situandome al lado de Gabriel y dirigiendo mi mirada a todos los presentes, especialmente a mí madre que terminó llevándose la copa de vino a los labios.
—Significa que se ha acabado toda esta tontería, hija —habló finalmente mi madre, con un tono cargado de desprecio—. Hemos traído al contable de la familia y a Borja para que veas lo que es la realidad.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando?
—El señor... Salas, ¿verdad? —dijo mi madre con su tono más desagradable, echando un rápido vistazo a Gabriel que seguía completamente inmóvil—. Nos ha parecido el momento idóneo para analizar su solvencia. Arturo, enséñale el informe.
Mi padre deslizó unos folios sobre el mantel blanco.
—Hemos contratado una agencia de investigación, Gabriela. Tu… ese…
—Es mi novio, mamá, por mucho que te cueste decirlo.
Mi madre hizo un movimiento con la mano.
—Lo que sea. No tiene contratos con Netflix o alguna productora, ni proyectos internacionales.
Es un actor de pacotilla que trabaja a tiempo parcial poniendo cafés para pagar un piso que ni siquiera sabemos si es suyo.
Sus ingresos anuales no cubren ni el precio de tus zapatos.
Borja, en cambio, acaba de firmar la fusión de los viñedos.
Esto es un hombre real, Gabriela. Lo tuyo es un parásito que se está aprovechando de ti.
Por un momento me quedé completamente en blanco, petrificada, negándome a creer que acabara de tener que escuchar eso con justamente Gabriel a mi lado.
Lo miré de reojo, sintiendo que el mundo se desmoronaba.
Esperaba que saltara, que soltara uno de sus chistes, pero se quedó completamente callado, mirando fijamente el mantel mientras bajaba finalmente la mano y la dejaba caer al costado.
Su silencio me dolió en el alma. Así que después de todo para lo único que habían querido que llevara a Gabriel a aquel lugar, conmigo, era para humillarlo públicamente, para destrozar su orgullo y hacerlo arrastrar en el fango.
¡Y yo le había pedido que viniera conmigo a aquel maldito lugar!
Las lágrimas se agolparon furiosas en mis ojos.
—¡Ya basta! —exclamé, dando un golpe en la mesa y derribando la copa de vino de mi padre, que empapó los folios del informe—. Sois unos monstruos. No tenéis derecho a hacer esto.
—¡Gabriela!
Mi padre se echó bruscamente hacia atrás para impedir que el vino derramado llegara a ensuciarle la ropa.
—Compórtate con un poco de decencia —me incriminó mi madre y miró a su alrededor, seguramente al resto de mesas ocupadas que yo ni presté atención—. Nos estás avergonzando.
Solté una fría carcajada sin emoción que sonó más a un bufido.
—¿Yo os avergüenzo? ¿Va en serio?
—Deja de ser tan infantil, Gabriela.
La voz de Borja me produjo dentera y giré la cabeza rígidamente hacia él, posiblemente descargando sobre él toda mirada húmeda cargada de odio.
—¿Qué has dicho?
Borja suspiró.
—Solo tienes una etapa. Seamos realistas, una vez se acabe eso que crees que sientes por alguien como él, la burbuja explotara en tu cara y querrás regresar corriendo a pedir perdón a tus padres y a mis brazos.
La rabia me invadió como un latigazo y di un paso más hacia la mesa, justo en la dirección donde se encontraba Borja pero Gabriel me detuvo.
Giré ligeramente la cabeza hacia él y lo vi sacudir la cabeza para negar lentamente.
Lo miré durante unos segundos, después volví a mirar hacia donde se encontraba Borja conteniendo mal la bilis que se me atragantaba en la garganta.
—Vámonos, Gabriel.
Le agarré de la mano con fuerza. Gabriel se movió despacio, con los ojos verdes oscurecidos por una mezcla de rabia contenida y algo que no fui capaz de identificar, pero antes de que pudiera apartarlo de la mesa y sacarlo de aquel lugar, se estuvo, haciéndome girar una vez más.
—¿Qué…?
Sus ojos seguían clavados en mi padre.
—Veo que el único interés en conocerme lo ha dado esos informes sobre mi trabajo.
Su voz era tan gélida que congelaba. Lo miré sorprendida. Aquel no era el Gabriel que conocía, siempre alegre, siempre despreocupado.
—¿Hay algo más importante? —fue Borja quién respondió—. El dinero es lo que convierte a un hombre en alguien respetable. Y eso habla claramente de lo que soy yo y de lo que eres tú
—¿Qué hay sobre el tipo de persona que soy?
—insistió Gabriel, aún mirando a mí padre, posiblemente fingiendo que Borja solo era un insecto molesto sentado en la silla de al lado—.
¿Es más importante alguien que querrá, valorará y priorizará a su hija o alguien que solo le importará y valorará el apellido que lleva su esposa, la familia que hay tras ella y el dinero que tiene su familia?
—¿Qué intentas decirme, muchacho?
—Supongo que solo intenta defender que es pobre como una rata —rió Borja.
Su padre bufó y giró la cabeza para no volver a mirarlos.
—Todo aclarado.
Gabriel se dio la vuelta finalmente y me apretó la mano, empujándome hacia la salida.
Salimos del Via Veneto a zancadas, bajo las miradas de los camareros y el resto de clientes que sin duda habrían disfrutado del espectáculo.
Al pisar la acera de la calle Ganduxer, me derrumbé.
Me tapé la cara con las manos, llorando de pura rabia, sintiéndome terriblemente culpable por haber arrastrado al hombre que amaba a semejante humillación.
Gabriel se limitó a abrazarme, estrechándome con fuerza entre sus brazos mientras se las arreglaba para pedir un taxi.