Capitulo 18
El sol de la mañana se filtraba suavemente por el balcón y parpadeé, ubicándome mientras terminaba de despertar y comprender que seguía en el pequeño piso de Gabriel.
Sonreí. De hecho ya no me parecía tan pequeño.
No en ese momento. Me parecía el Palacio de Versalles.
Me desperté con el pecho de Gabriel como almohada, escuchando el latido acompasado de su corazón y sintiendo una paz absoluta.
Ayer, tras la tormenta con mi madre y el estallido en el salón, nos habíamos desnudado el alma tanto como el cuerpo.
Saber que me quería de verdad, me hacía sentir como si estuviera flotando en una burbuja.
Gabriel abrió los ojos despacio, y esos ojos verdes me miraron con una ternura tan profunda que me encogió el estómago. Me apartó un mechón de pelo y me plantó un beso dulce y perezoso en los labios.
—Buenos días, mi amor —murmuró con esa voz de recién levantado que me derretía las neuronas—. Veo que ya tienes mucho mejor aspecto que ayer.
—Buenos días, Salas —sonreí, acurrucándome más contra su costado caliente—. Sigo enfadada, pero tenías razón. La libertad tiene un sabor bastante interesante. Aunque sigo teniendo un vértigo espantoso por lo de mis tarjetas bloqueadas. Ni siquiera sé dónde voy a meter mis cajas de ropa y zapatos.
Sí es que eran legalmente suyos, ya que la mayoría (por no decir todos) habían salido de esas tarjetas ya bloqueadas. ¿Tal vez debía hablar con Carlota sobre eso? Me mordí el labio con fuerza, una vez más frustrada.
Gabriel se incorporó un poco, apoyando la espalda contra el cabecero de la cama.
Me rodeó la cintura con su mano grande y me miró con total seriedad, desprovisto de su habitual chulería.
Comenzaba a gustarme también esa faceta suya; hacía que el miedo se disipara un poco y decidiera que el sacrificio había merecido la pena.
—Quédate aquí, Gabriela —soltó de golpe, con una firmeza que me hizo parpadear—. Tómatelo con calma. No te lances a alquilar el primer piso que encuentres. Este rincón es tuyo el tiempo que te haga falta.
—¿Qué? No, no. No hace falta.
Me miró confuso.
—¿Por qué no?
—Bueno… —me revolví incomoda—. Sé que no ganas mucho en la agencia… —musité intentando hablar con tacto aunque eso nunca había sido mi fuerte—. No puedo quedarme sin más. Tal vez sí te pago un alquiler…
—No —dijo él con firmeza.
Apreté los labios.
—Emtonces no.
—¿Lo estás haciendo por orgullo?
Lo fulminé con la mirada.
—Lo hago porque sé que dos personas gastan el doble que una.
—Entonces no hablemos de alquiler. Compartimos los gastos, nos apañamos con el espacio y... bueno, así tengo a mi jefa vigilada las veinticuatro horas para que no me despida.
Gabriel sonrió y el corazón me dio un vuelco salvaje de pura felicidad.
¿Vivir juntos? ¿Allí? Miré su dormitorio, sus guiones amontonados y su torso desnudo.
En realidad me apetecía muchísimo aunque tenía dudas sobre lo que entraría en el minúsculo armario empotrado de la pared de enfrente. Aún así acepté sin pensarlo dos veces.
—De acuerdo, me quedo —admití, echándole los brazos al cuello y sellando el pacto con un beso húmedo que rápidamente empezó a subir la temperatura de las sábanas—.
Pero te advierto que soy una compañera de piso bastante caprichosa.
No sé usar la lavadora y necesito café recién hecho para ser una persona civilizada.
—Me arriesgaré al peligro, Uría —rio él contra mi boca, pegando su cuerpo al mío bajo las sábanas.
—Pues vete preparándote —le avisé dándole un beso—, porque créeme. Convivir conmigo en un espacio tan estrecho es todo un peligro.
Él se echó a reír y deslizó una mano por mi cadera desnuda, alcanzando mi vientre.
—Creeme, estoy más que dispuesto a arriesgarme.
Su sonrisa se volvió endiablada y también sonreí, inclinándome para atrapar su boca justo en el momento que su móvil empezaba a sonar y vibrar estridentemente sobre la mesa.
—Aggg —gruñó Gabriel, enterrando la cabeza en mi cuello.
—Cogelo —pedí—. Me está volviendo loca.
Gabriel no respondió pero empezó a tantear con una sola mano para alcanzarlo, prácticamente arrancando el cable del cargador.
—Como no sea algo importante voy a empezar a asesinar gente.
Me eché a reír y lo observé mientras se levantaba y contestaba la llamada, una conversación rápida antes de prepararse para ir a la agencia.
—Aprovecha a descansar un poco más y te familiarizas con el piso.
Me dio un beso y salió corriendo a un ensayo de última hora, y yo tras unos minutos de pereza decidí levantarme, dándome cuenta que me encontraba sola en la casa, en pijama, mirando fijamente la cafetera como si fuera un artefacto de la NASA.
Terminé poniéndole el agua por encima del filtro, el café desbordándose por los lados, y cuando la puse al fuego, aquello empezó a pitar y a soltar un humo negro con olor a neumático quemado.
—¡Maldita sea! —exclamé, apagando el fuego de un zarpazo y saltando hacia atrás con el móvil en la mano.
Desesperada, abrí el chat con las chicas para buscar ayuda. Sin duda alguna de ellas sí sabría cómo usar uno de esos aparatos, ¿no?.
Gabi: S.O.S. Casi provoco un incendio con una cafetera de metal. Oficialmente soy una inútil. ¿Alguien sabe cómo funcionan estas cosas?
Carlota: Pásate a la vida real. Se llama café instantáneo, guapa.
Me quedé mirando la pantalla, alucinada.
Marina: Ese es muy fácil de usar. Calientas leche o agua, abres el bote, le echas al agua o leche el polvito mágico a tu gusto, revuelves con una cucharadita y listo. Fácil, ¿verdad?
Gabi: Podéis iros a la mierda, chicas.
El chat se llenó de emoticonos de risas y burlas.
Gabi: Aunque tengo un… ¡NOTICIÓN! Gabriel me ha pedido que me quede a vivir con él en su piso mientras busco algo. Estoy en una nube, chicas. Es como vivir en un sueño.
Marina: ¡¡AAAAAH!! ¡Qué fuerte! Me muero. Gabi, olvídate de la cafetera. Pídele a tu dios griego que te haga el café por las mañanas. Qué envidia. ¿Hablasteis de lo que sientes?
Gabi: Sí.
Y esta vez fue ella quien llenó el chat de corazones.
Carlota: A ver, Cenicienta, pon los pies en la tierra. Me alegro por el idilio y todo eso. Sobre todo de que seas feliz pero jurídicamente tienes que resolver tu situación.
Gabi apretó el teléfono y se sentó en una de las sillas de la cocina y pulsó el icono de mensaje de voz.
—¿No dijiste que estaba todo solucionado por esa parte?
Carlota tardó unos segundos en empezar a grabar otro audio.
—A ver, sí. Se supone que debería ser solvente.
Tienes buenas ventas pero no sé de dónde salen unos gastos que tenemos que revisar juntas.
Tienes varias deudas y unos créditos abiertos a tu nombre que ni siquiera sé qué necesidad tenías de ellos.
Siendo realistas, los beneficios mensuales después de descontar todo no te dan ni para pagar el alquiler de una plaza de parking.
Vivir con él está bien temporalmente, pero necesitas capital sí realmente quieres depender de ti misma.
Gabi: Ya lo sé... Sé que he estado haciendo locuras porque tenía el respaldo de mis padres. Además echo de menos desayunar con ellos y me he dado cuenta de que sin su dinero mi marca no es nada. Me siento pequeña y súper torpe.
Carlota: Quedamos y lo revisamos todo juntas. Habrá alguna solución de alguna manera.
Marina: Por cierto, chicas, os mando las fotos de mis últimos bocetos y yo también tengo noticias. Ayer terminé cenando con Liam.
Carlota: ¿Con Liam? ¿Planeas seguir viéndolo?
Marina:¡Os lo juro! Liam es un trozo de pan. Cenamos anoche y es súper tierno. Las dos estabais ciegas con él.
Carlota: Marina, sigues en fase de negación, pero hoy no tengo energía para desarmar a tu novio. Hablaré contigo después. Por cierto, Gabi, concéntrate: tu madre me ha llamado al despacho hace diez minutos. Estaba súper alterada.
El corazón me dio un vuelco salvaje. Miré la pantalla, conteniendo el aliento.
Gabi: ¿Mi madre? ¿Qué quiere?
Carlota: Quiere que vayas a una cena familiar mañana por la noche en el restaurante Via Veneto. Dice que tu padre ha recapacitado, que quiere hablar contigo civilizadamente y que... lleves a Gabriel. Dice que quiere conocerlo mejor.
Gabi: ¿Qué quiere qué?
Carlota: Tú decides lo que haces.
Dejé el móvil sobre la encimera llena de café derramado, parpadeando.
¿Mi padre pidiendo disculpas? ¿Una cena de reconciliación en uno de los restaurantes más caros y formales de Barcelona?
Sonaba demasiado bonito para ser verdad, pero mi necesidad de recuperar a mi familia y el deseo de que aceptaran al hombre que amaba era demasiado importante como para no aprovechar esa oportunidad.
Busqué algo, cualquier cosa para limpiar el estropicio de la encimera y me decidí por un trapo que encontré bajo el fregadero, sin preocuparme si servía para eso o no y antes de pensar en otra cosa lo pasé por toda la encimera, arrastrando el café derramado por toda la superficie hasta dejarlo escurrir en el interior del fregadero y tiré el trapo directamente a la basura, satisfecha con el resultado y decidí bajar a desayunar al bar de abajo, decidida a preocuparme por el tema de ahorrar después de ese desayuno.
Cuando Gabriel regresó por la tarde, me encontró sentada en el sofá con las cuentas de mi marca de joyería desplegadas en el portátil.
Mi cara debía de ser un poema de frustración.
Él dejó su mochila en el suelo, se sentó a mi lado y me rodeó los hombros, besándome la sien con esa ternura que me desarmaba.
—¿Sigue la jefa intentando cuadrar el presupuesto? —bromeó, acariciándome el brazo.
—Gabriel, es un desastre —admití, cerrando la pantalla de golpe y ocultando la cara en su cuello—.
Siendo realistas, con lo que gano por mi cuenta no podría pagar ni la mitad de este piso.
Me siento una inútil total. Y para colmo...
mi madre ha llamado a Carlota. No a mí , sino a Carlota, ¿te lo puedes creer?
Él sonrió con calma.
—¿Y para qué la ha llamado? Igual era un asunto legal…
Bufé.
—Nada de eso. Dice que mi padre ha recapacitado. Quieren que vayamos los dos a cenar mañana al Via Veneto. Dice que quieren pedir disculpas y conocerte de verdad.
Gabriel se quedó rígido. Sus ojos verdes se entornaron, fijos en la pared, y sentí cómo su respiración se volvía más pausada.
Se pasó una mano por la nuca, sopesando las cosas con una gravedad que me extrañó.
Supongo que en ese momento, la cruda realidad de nuestro futuro juntos le golpeó con fuerza.
Ser un actor independiente en Barcelona daba para pagar un piso pequeño en el Raval, pero para mantener una vida de dos, para la idea realista de formar una familia a largo plazo...
el sueño se le quedaba grande. No tenía el éxito masivo para asegurar ese futuro.
Ni siquiera yo veía como poder pagar un piso más grande como para considerar un futuro…
Claro que sabía que acabamos de comenzar pero ya estábamos viniendo juntos (las circunstancias eran irrelevantes), así que me estaba permitiendo soñar un poco en grande…
o autodestruirme desde el comienzo. Daba igual.
Fuera como fuera, a Gabriel no parecía entisiasmarle la idea de enfrentarse a mis padres estando en una relación real.
Se giró hacia mí, clavando su mirada verde en la mía con una intensidad extraña, casi como si estuviera dudando. Prácticamente me ericé, en guardia.
—Gabriela... déjame hacerte una pregunta —murmuró, tomándome de las manos—.
Imagina que yo no fuera actor con… lo que ves —se señaló y yo revisé su camiseta negra y sus pantalones vaqueros antes de volver a su rostro, sin comprender—.
Imagina que en realidad tuviera dinero. Que trabajara en una empresa normal, cuadriculada, de esas que le gustan a tu padre, ganando una fortuna y todo eso.
¿Seguiría siendo igual de interesante para ti?
¿O me verías como a uno de esos estirados que tanto odias?
Lo miré alucinada. No estoy segura de si esa era la palabra que mejor describía lo que sentía en ese momento.
Me eché a reír, malinterpretando por completo su tono serio.
Por un momento por mi mente había pensado algo terrible pero después de todo solo estaba acomplejado por mi pasado rico.
Tal vez, creyendo que no podría soportar la tensión de mi nueva realidad me estaba poniendo a prueba pero de alguna manera me pareció de lo más tierno.
Que alguien como él, tan seguro de sí mismo siempre, tuviera dudas de lo que estábamos iniciando, me hacía sentir un poquito mejor.
—¿Por qué me preguntas eso? ¿Te ha tocado la lotería de Navidad y no me lo has dicho, Salas?
—le pinché, dándole un suave golpecito en el pecho—.
A ver, tonto. Me da igual si eres pobre o si mañana te da por vestir de traje.
Saldríamos adelante igual, aunque yo tuviera que buscar un puesto de camarera para pagar las facturas. Me gustas tú. El Gabriel real.
Gabriel esbozó una pequeña sonrisa, un tanto misteriosa, y me acarició la mejilla con el pulgar.
—En realidad, Gabriela... mi familia es asquerosamente rica. Mii padre maneja empresas internacionales y…
Solté una carcajada, interrumpiéndole y volví a darle un golpecito en el pecho cuando me miró confuso.
—¡Sí, claro! Y mi abuela es la reina de Inglaterra, no te fastidia. Venga, volvamos a la realidad —suspiré—. Sé que te pido mucho pero de verdad que te agradecería que vinieras conmigo al Via Veneto. Por favoooor…
Le puse ojitos, al menos lo intenté pero empecé a reír.
—¡Estaba hablando en serio!
—Yo también… —me apreté a él y Gabriel no intentó apartarme, estrechándome con fuerza entre sus brazos—. Te necesito.
Gabriel se rió conmigo, besándome en la cabeza con un suspiro.
—Haremos lo que tú quieras, por supuesto.
—¿En serio? ¿No te importa?
Él sonrió, agarrándome la mano y se la llevó a los labios.
—Por supuesto que no me importa.