Un, dos, tres, ¡amor!… digo ¡Acción! Capitulo 17
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Capitulo 17

El suelo de mi piso en Sarrià estaba cubierto de cajas de cartón vacías y precinto adhesivo.

Ver las estanterías desnudas y las paredes sin mis cuadros me provocaba un vacío extraño en el estómago, pero estaba decidida a cerrar esta etapa de mi vida.

Había quedado con Marina y Carlota más tarde para empezar la mudanza real, pero aquello seguía siendo un trago amargo.

No solo abandonaba aquel lugar definitivamente, sino que aunque intentaba idea alguna manera de no romper completamente con mis padres, mi familia, no veía una salida a aquella situación si no era cediendo como siempre y haciendo lo que ellos querían.

El timbre sonó. Al abrir, me encontré de frente con mi madre.

Victoria Uría vestía un traje de chaqueta beige impecable, las gafas de sol sobre la cabeza y esa expresión de decepción que tan bien sabía imponer.

Pasó al recibidor sin pedir permiso, taconeando con fuerza sobre el parqué y arrugando la nariz al ver las cajas.

—Vaya, Gabriela. Veo que te has tomado este capricho de una manera terriblemente literal —soltó, cruzándose de brazos—.

He venido a intentar poner un poco de cordura en tu cabeza antes de que cometas el mayor error de tu vida.

Tu padre está furioso, pero yo sé que en el fondo todo esto es una rabieta de niña consentida.

Es hora de dejarte de tonterías, pedir disculpas y volver al Paseo de Gracia.

Borja de la Quadra está dispuesto a olvidar este desliz si recapacitas.

—Y dale con Borja.

—¡Es un hombre que te conviene!

La miré incrédula.

—Mamá, no me gusta Borja. Nunca me ha gustado. Cuando he quedado con él es porque me habéis obligado.

—No seas ridícula, Gabriela. ¿Qué no te gusta de él?

—¡Nada!

—Tiene dinero, una familia conocida y tú padre y su padre se conocen desde niños.

—Pero no me gusta.

Mi madre sacudió la cabeza con un chasquido de la lengua.

—Solo es una rabieta.

—No es una rabieta, mamá —respondí, manteniendo la voz firme mientras me apoyaba en la puerta—.

Es mi vida. Estoy vaciando el piso porque prefiero pagar mi propio alquiler a seguir viviendo bajo vuestras amenazas y vuestras imposiciones.

No voy a pedir disculpas por no querer casarme con un hombre al que no soporto.

—¡Eres una inmadura y una desagradecida! —exclamó mi madre, elevando el tono por primera vez, perdiendo su habitual compostura—. Te lo hemos dado todo. Educación, estatus, una vida con la que cualquiera soñaría. ¿Y lo tiras todo a la basura por un... por un camarero?

—¡No es un camarero! —exploté, furiosa, notando como los ojos se me llenaban de lágrimas por la rabia. Si, un hábito completamente deplorable pero no es como si pudiera hacer nada sobre eso.

—¡No es alguien de tu nivel!

Bufé, indignada, también para apartar las lágrimas que ya asomaban de mis ojos.

—¿Y quién según tú sí es alguien de mi nivel?

—Borja es…

—¡Borja! ¡Por supuesto!

—Sí, Borja. Y de verdad que no entiendo cómo puedes hacerle este desplante a tu familia por un hombre como ese Gabriel. Un tipo que no tiene dónde caerse muerto y que solo busca aprovecharse de tu apellido. ¡Es un don nadie, Gabriela!

Las palabras de mi madre me dieron directo en el centro del pecho, despertando el dolor y la frustración que llevaba contenida desde el rechazo del día anterior en la Diagonal.

Toda mi rabia y mi orgullo explotaron en mitad del salón vacío, permitiendo que las lágrimas se desbordaran por mis mejillas.

—¡Pues ese don nadie tiene más dignidad, más valentía y más verdad en un solo dedo que todo vuestro club de polo junto!

—le grité, sintiendo cómo las lágrimas de rabia me quemaban los ojos—.

Y no lo hago solo por llevaros la contraria, mamá.

¡Lo hago porque estoy jodidamente enamorada de él!

¡Le quiero a él! Con sus vaqueros rotos, su piso del Raval y todo su desastre.

Aunque a él le cueste dejarme entrar en su vida, prefiero arriesgarme a sufrir por alguien real que vivir muerta en vida al lado de Borja.

¡Así que por una vez en tu vida, déjame en paz, mamá!

Mi madre se quedó completamente alucinada, boquiabierta, mirándome como si acabara de confesar un crimen de estado. Aproveché su parálisis para coger mi bolso de mano, darle la espalda de golpe y salir disparada hacia el ascensor, con el corazón destrozado y el alma en un puño.

El portazo del ascensor resonó en todo el edificio..

Bajé a la calle con las lágrimas quemándome las mejillas y la respiración tan entrecortada que el aire parecía rasparme los pulmones.

Me subí al primer taxi libre que bajaba por la calle Mayor y me desplomé en el asiento trasero, ocultando los ojos detrás de mis gafas de sol gigantes para que el conductor no viera el desastre emocional en el que me había convertido.

Justo en ese momento, el móvil empezó a vibrar en mi mano. La pantalla se iluminó con la foto de Gabriel. El corazón me dio un vuelco violento, pero la oleada de amor fue aplastada de inmediato por el recuerdo frío de su rechazo y la humillación que acababa de sufrir con mi madre.

Deslicé el dedo con desgana y me puse el teléfono en la oreja.

—¿Sí? —solté, con un tono gélido, distante, que ni yo misma reconocí.

—Hola, jefa —la voz de Gabriel sonó profunda, pero arrastraba una vibración extraña, menos burlona de lo habitual, casi prudente—.

He estado llamándote toda la mañana. Mi abuela ya está bien, fue solo un susto por el calor.

Quería saber dónde estás. Montserrat me ha dicho que el reportaje del Palau Robert ya está listo y... bueno, quería verte.

—Estoy en un taxi —respondí, clavando la mirada en el asfalto de la Vía Augusta—. Voy hacia tu piso en el Raval. He dejado allí un par de mudas, mi ordenador y el neceser de la noche del cumpleaños. Voy a recoger mis cosas.

Hubo un silencio denso al otro lado de la línea. Escuché cómo Gabriel exhalaba un suspiro hondo.

—Vale, perfecto —dijo, intentando sonar relajado—. Yo acabo de llegar al apartamento. Ven, recogemos eso y aprovechamos para hablar un rato tranquilamente. Creo que nos lo debemos después de cómo nos despedimos ayer.

—No hay mucho de qué hablar, Gabriel —le solté, apretando los dientes para que no se me quebrara la voz—.

Pero ya que me das la oportunidad, te lo adelanto: se ha terminado.

Ya no te quiero como mi novio de alquiler.

He vaciado mi piso de Sarrià, mis padres me han congelado las cuentas y la farsa ya no tiene ningún sentido.

Así que me gustaría saber... ¿qué piensas tú exactamente de lo que ha pasado entre nosotros?

¿Qué ha sido todo esto para ti cuando no había cámaras delante?

O incluso con ellas delante.

El silencio que siguió a mi pregunta fue absoluto. El taxi enfiló las calles que bajaban hacia el Raval y yo me quedé conteniendo el aliento, con el alma en un puño, esperando una respuesta que podía terminar de destruirme o salvarme la vida por completo.

—Gabi, decías que estabas en un taxi, ¿verdad?

—Sí.

—Hablemos cuando llegues.

Apreté el teléfono con fuerza en la mano antes de apartarlo de la oreja y cortando la llamada sin despedirme.

¿Así que quería hablarlo en persona? Oh, bueno, a la mierda con todo.

Cuando el taxi se detuvo frente al portal del Raval, tardé varios segundos en reaccionar.

Pagué al conductor con los últimos billetes sueltos que me quedaban y bajé arrastrando los pies.

Subí las escaleras de piedra con el bolso de viaje vacío colgando del hombro y una sensación de desamparo que me calaba hasta los huesos.

Al introducir la llave en la cerradura, la puerta se abrió desde dentro.

Gabriel me esperaba de pie en mitad del salón. Llevaba unos vaqueros desgastados y una camiseta gris que le marcaba el pecho, pero su habitual media sonrisa descarada había desaparecido por completo. Tenía los ojos verdes fijos en mí, cargados de una seriedad y una preocupación que me descolocaron.

—Hola, Gabriela —dijo, dando un paso al frente con la intención de coger mi bolso, pero me aparté sutilmente, esquivando su contacto físico. Su mandíbula se tensó ante mi rechazo.

—Hola —respondí con frialdad, cruzando el salón directo al dormitorio—. Solo vengo a por el ordenador y el neceser. No te quitaré mucho tiempo.

Gabriel me siguió hasta el umbral de la habitación, cruzándose de brazos y apoyándose en el marco de madera. La tensión en el piso era tan espesa que casi se podía cortar.

—A ver, jefa... corta ya ese rollo—soltó con su voz ronca, dando un paso hacia el interior del cuarto—. ¿Qué cojones está pasando?

—¿A qué te refieres?

—¿A qué venía lo del taxi?

Recogí mis cosas con un nudo en el estómago, sin volver a girarme hacia él.

—¿Qué pasa con lo del taxi? Solo te hice una pregunta. Cómo comprenderás es una tontería que siga pagandote por un servicio que ya no necesito —solté un medio bufido—. ¿O es que pensabas que aún rechazada por mis padres podría seguir pagándote?

—No estoy hablando de eso, Gabriela. ¿Y te importaría girarte y mirarme para hablar?

Me di la vuelta de golpe, con el ordenador ya entre los brazos, clavando mis ojos en los suyos. El dolor por su rechazo y la humillación de la bronca con mi madre se mezclaron, haciéndome sentir furiosa.

—Lo que pasa, Gabriel, es que se ha terminado el teatro —le espeté, con la voz temblando por el esfuerzo de no echarme a llorar—.

Mi madre acaba de ir a mi piso a llamarme inmadura y desagradecida.

Mi padre me ha desheredado por completo.

Ya no soy la heredera rica de los Uría, ya no tengo dinero para pagar tus facturas ni tu contrato, así que la farsa de la agencia se hunde hoy mismo.

Ya no te quiero como mi novio de alquiler.

Gabriel dio otro paso al frente, acortando la distancia peligrosamente. Sus ojos verdes se oscurecieron por completo.

—¿Y de verdad te crees que a mí me importa una mierda el dinero de tus tarjetas o el contrato de Montserrat? —murmuró, con un tono áspero en la voz.

—¡Pues no lo sé, Gabriel! ¡Dímelo tú! —exploté, dando un paso hacia él, desafiando su imponente figura—.

Ayer en el Palau Robert tuvimos puro fuego en el probador, pero en cuanto te llamó tu abuela levantaste un muro gigante entre tu vida real y yo.

Me echaste a patadas de tu mundo. Así que exijo saber la verdad.

¿Qué ha sido todo esto para ti cuando no había cámaras delante?

¿Soy solo un maldito papel muy bien pagado en tu guión o hay algo real aquí dentro?

Gabriel se quedó mudo un segundo, con el pecho subiendo y bajando de forma acelerada bajo la camiseta gris.

La chulería y las frases ingeniosas de actor se le evaporaron de golpe.

Su expresión se volvió seria, taciturna y contuve la respiración temiendo lo peor.

Pero Gabriel dio un paso largo y me acorraló contra la cómoda de madera, atrapando mis muñecas con sus manos grandes para obligarme a soltar el ordenador sobre el mueble.

—¿Que qué ha sido todo esto para mí? —soltó con una voz que era puro fuego áspero, rozando mi cara con su respiración agitada—.

Eres la tía más cabezota, caprichosa e insoportable que he conocido en mi puta vida, Gabriela.

Pero me tienes completamente jodido. No levanté un muro ayer porque no te quisiera.

Lo hice porque tenía un miedo espantoso de que vieras mi realidad, de que vieras la verdad de lo que soy, de que entendieras que solo soy una fachada.

¡No quería que te cansaras de mí cuando se acabara el contrato!

A la mierda la agencia, Montserrat y el puto contrato.

¡Y sobre todo nuestras familias! No quiero ser tu novio de alquiler porque quiero ser tu novio de verdad.

Estoy enamorado de ti hasta las trancas, jefa.

Las palabras me golpearon con fuerza. Me quedé sin aire, parpadeando, sintiendo cómo el nudo de dolor de toda la mañana se disolvía instantáneamente en una oleada de alivio y deseo salvaje.

—Gabriel... —atiné a susurrar, pero él no me dejó terminar.

Su boca se estrelló contra la mía con una ferocidad y una urgencia brutales, cargadas de toda la frustración de ese momento.

Fue un beso abrasador, húmedo y desesperado que me vació los pulmones.

Le respondí con la misma violencia, liberando mis muñecas para enredar mis manos en su pelo, tirando de él hacia mí mientras abría los labios para dejarme devorar.

Gabriel soltó un gruñido ronco y bajó sus manos grandes a mis caderas, levantándome del suelo sin ningún esfuerzo.

Nos caímos juntos sobre la cama en una maraña de ropa arrugada y jadeos asfixiantes.

Gabriel se deshizo de su camiseta en un movimiento violento, dejando al descubierto su torso musculoso y caliente que chocó contra el mío, enviándome una descarga eléctrica brutal por toda la espina dorsal.

Sus manos recorrieron cada rincón de mi piel con una posesión absoluta y real, desabrochando mis vaqueros y desizándome la ropa con una urgencia animal que amenazaba con hacer saltar los muelles del colchón por los aires.

Nos entregamos al placer con una voracidad salvaje.

Gabriel no intentó ser amable. Tampoco quería que lo fuera.

Sentí como hundía su miembro duro y caliente dentro de mi centro y dejé que un grito se escapara de mi garganta, apretando los brazos alrededor de su pecho mientras intentaba que las fuertes embestidas no terminaran por arrastrarme fuera de la cama, saboreando el placer que recorría todo mi cuerpo en ese momento hasta alcanzar el orgasmo y sentir como Gabriel se corría dentro de mí.