Un, dos, tres, ¡amor!… digo ¡Acción! Capitulo 16
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Capitulo 16

Salimos del set de fotografía de los jardines del Palau Robert flotando en una nube de pura euforia.

Chloe estaba entusiasmada con el resultado del reportaje y Montserrat no paraba de repetir que las redes sociales iban a arder en cuanto se publicara la campaña urbana.

Caminábamos hacia el descapotable azul entrelazando los dedos, riéndonos en voz baja del sofocón del probador y de cómo habíamos tenido que disimular el sudor y la respiración alterada frente a los focos.

Tampoco tenía claro que la expresión de Chloe al vernos volver del probador no fuera porque imaginaba lo que había pasado dentro.

O directamente nos había escuchado.

—Jefa, admito que como ayudante de vestuario no tienes precio —se burló Gabriel, dándome un sutil tirón de la mano para pegarme a su costado mientras cruzábamos la acera de la Diagonal—.

Me has dejado el cuerpo tan listo que creo que podría rodar tres películas de acción seguidas sin necesidad de dobles.

—Cállate, que todavía me da vergüenza mirar a la estilista a la cara —le respondí, sintiendo un calor delicioso en las mejillas—.

Bueno, ¿y ahora qué hacemos? Son las dos de la tarde, hace un día espectacular y oficialmente no tengo ninguna cena familiar a la que asistir.

¿Qué te parece si vamos a comer unos arroces a la Barceloneta o nos perdemos por las terrazas del Gótico?

Invito yo... bueno, con el poco dinero en efectivo que me queda en el bolso.

Gabriel me miró con una sonrisa ancha y tierna que me derritió por dentro.

Abrió la boca para responder, pero justo en ese instante el teléfono de su pantalón empezó a vibrar con insistencia.

Se detuvo junto a la puerta del conductor y sacó el móvil.

Al mirar la pantalla, su expresión se suavizó por completo, transformándose en una mueca de genuina preocupación.

—Es mi abuela —dijo, deslizando el dedo por la pantalla—. Un segundo, reina. ¿Sí, iaia? Dime... ¿Qué ha pasado? A ver, calma, no te muevas. Sí, voy para allá ahora mismo. No te preocupes.

Gabriel colgó el teléfono exhalando un suspiro hondo, frotándose la nuca con evidente nerviosismo. La mandíbula se le había vuelto a tensar.

—Tengo que irme, Gabriela —soltó, mirándome con un brillo de disculpa en los ojos verdes—. Mi abuela se ha mareado en la cocina. Dice que no es nada, pero está sola en este momento y no me fío un pelo. Prefiero ir a asegurarme.

Sentí un vuelco en el corazón. Lejos de asustarme, la idea de verle en su faceta más humana y familiar me emocionó. Sentí que era el momento de demostrarle que lo nuestro ya no era solo sexo casual o un contrato de farsa.

—Te acompaño —le dije de inmediato, poniéndole una mano en el brazo con total confianza y una sonrisa sincera—. Vamos juntos en el coche. Así la conozco, le echamos una mano con lo que necesite y vemos si hace falta llamar a un médico. No me importa pasar la tarde con ella, de verdad.

Gabriel se quedó rígido bajo mi contacto. Miró mi mano en su brazo y luego clavó sus ojos verdes en los míos. La calidez de hacía un momento se había evaporado, sustituida por una barrera invisible pero sólida que me congeló la sonrisa en el acto.

—No —soltó de golpe, con una firmeza seca que me golpeó como una bofetada—. No, Gabriela. Prefiero ir solo.

El silencio que siguió a su negativa se estiró como un chicle incómodo en mitad de la Diagonal.

Supongo que mi cara debió de ser un poema de desconcierto, porque Gabriel reaccionó de inmediato.

Dio un paso hacia mí, me cogió suavemente por los hombros e intentó suavizar el golpe con esa voz ronca que solía usar para desarmarme.

—A ver, reina, no me mires así —pidió, buscando mis ojos—.

No es por ti, de verdad. Mi abuela es una señora muy mayor, muy tradicional, y si aparezco en su casa del brazo de una chica, le da un síncope allí mismo.

Además, el piso es minúsculo, no hay aire acondicionado y se va a poner nerviosa.

Déjame que vaya yo solo, la tranquilice y compruebe que está bien.

Te prometo que te llamo en cuanto termine.

—No, si no pasa nada, de verdad. Faltaría más —respondí, forzando una sonrisa helada y retirándome un paso para librarme de su agarre.

Activé mi mejor escudo de orgullo Uría, ese que usaba para que nadie notara cuando me hacían daño—.

Tu abuela es lo primero. Yo tengo mil cosas que hacer de todas formas.

Coge el coche y vete. Ya me busco la vida.

Gabriel me miró con una mueca de duda, como si supiera perfectamente que estaba mintiendo, pero el tiempo apretaba. Me dio un beso rápido en la frente, se subió al descapotable y arrancó el motor, perdiéndose en el tráfico.

Me quedé de pie en la acera, sintiendo una punzada extraña en el centro del pecho. El probador del Palau Robert todavía me quemaba en la piel, pero el rechazo de Gabriel me había devuelto a la realidad de un plumazo.

Con el orgullo un poco tocado, decidí coger un taxi e irme directa al Poblenou. Necesitaba mi búnker. Necesitaba el taller de Marina.

Cuando empujé la gran puerta metálica del local, el olor a serrín, pintura y aguarrás me recibió al instante.

Marina estaba sentada sobre una mesa de trabajo, con las piernas colgando y una sonrisa radiante que contrastaba por completo con el ataque de pánico de la noche anterior.

Carlota también estaba allí, apoyada en una estantería de hierro con los brazos cruzados y una expresión de escepticismo absoluto que se divisaba a kilómetros.

—¡Gabi! ¡Qué bien que vengas! —exclamó Marina, bajándose de un salto y viniendo a abrazarme—. Tienes que ayudarme a convencer a la abogada. ¡Que ya está todo solucionado! Lo de Liam era un malentendido gigante con unos inversores de Berlín, nada peligroso. ¡Ya no hay amenazas!

Carlota soltó un bufido desde su rincón, ajustándose las gafas con un gesto que derribaría a cualquier testigo en un tribunal. Su cara era el vivo retrato de la incredulidad absoluta.

—Marina, por el amor de Dios, no me vendas motos que no caben en este taller —espetó Carlota, dando un paso al frente—.

Anoche tenía una fotografía de carné arrugada en su mesa, tipos trajeados gritando en alemán sobre plazos que se acaban y amenazas de que pagarías las consecuencias.

¿Y ahora me dices que todo era un "malentendido con inversores"?

Eso no se lo traga ni un estudiante de primero de derecho.

Quiero conocer a ese Liam hoy mismo. Exijo que me dejes hablar con él.

—¡Que no, Carlota! —protestó Marina, cruzándose de brazos y poniéndose a la defensiva, con las mejillas encendidas—.

Liam me ha pedido espacio. Está muy agobiado solucionando los flecos de los contratos con Alemania y me ha prohibido que le monte un número.

Me ha jurado por lo más sagrado que estoy a salvo y yo le creo.

No necesita que mi amiga la abogada penalista vaya a hacerle un tercer grado como si fuera un delincuente. Dejad el tema, por favor.

Me dejé caer en una vieja silla de director que había junto a una cómoda a medio decapar.

Escuchar la discusión de mis amigas me hizo sentir una punzada de envidia.

Al menos Marina tenía claro lo que sentía por su escultor atormentado y Liam parecía estar moviendo cielo y tierra para protegerla, aunque fuera de una forma extraña.

Yo, en cambio, venía con el corazón hecho pedazos tras quedarme plantada en mitad de la Diagonal.

—Dejala, Carlota —intervine con un hilo de voz que hizo que las dos se giraran a mirarme de golpe, rompiendo su disputa en el acto.

—Gabi... ¿qué cara es esa? —Marina se acercó a mí, agachándose para quedar a mi altura—. Pensábamos que vendrías flotando después de la sesión de fotos del Palau Robert. ¿Ha ido mal?

—La sesión de fotos ha sido espectacular —admití, mirando mis manos desnudas—. De hecho... hemos terminado en el probador y ha sido lo más salvaje, ardiente e increíble de toda mi vida. Pero después de eso... todo se ha ido al traste.

Las dos se sentaron a mi lado en el acto, olvidando por completo al escultor alemán. Me abracé a las rodillas, sintiendo cómo los ojos se me empañaban de nuevo de pura impotencia.

—Le ha llamado su abuela porque se sentía mal —les conté, tragando saliva con dificultad—.

Yo me he emocionado. Pensaba que después de lo que estamos viviendo, de dormir juntos, de defenderme de mi padre...

había una confianza real, que había sentimientos reales.

Le he dicho con toda mi buena intención que le acompañaba, que quería ayudar.

Y me ha soltado un "no" como una catedral.

Seco. Frío. Ha levantado un muro gigante entre su vida real y yo.

Y chicas... me ha dolido tanto que me he dado cuenta de la peor verdad de todo este verano: estoy completamente enamorada de Gabriel.

Pero tengo un miedo espantoso de que para él yo solo sea un maldito contrato muy bien pagado y una distracción divertida en su cama.

Creo que él no siente absolutamente nada real por mí.

Marina me rodeó los hombros con el brazo, apretándome con fuerza contra ella, mientras Carlota se sentaba a mi lado con una expresión inusualmente tierna en el rostro.

—A ver, Gabi, mírame —me pidió Carlota, cogiéndome de las manos—. Estás asustada y es normal. Has mandado a paseo tu vida por un tío y ahora sientes que estás en la cuerda floja.

—No fue por un tío —le recordé con suavidad y ella puso los ojos en blanco, haciendo un movimiento indiferente con la mano.

—Eso es irrelevante —aseguró—. La cuestión es que un tío estaba metido por medio.

Pero analiza los hechos: nadie actúa de manera ficticia como él en Razzmatazz, ni te rescata de tu padre plantándole cara de esa manera si solo piensa en un cheque a fin de mes.

Si ha puesto ese muro con su abuela, puede ser por mil razones que no tienen nada que ver con que no te quiera.

Orgullo, vergüenza de su barrio, miedo a mezclar las cosas... Dale un voto de confianza.

—Carlota tiene razón, Gabi —añadió Marina, limpiándome una lágrima rebelde con el pulgar—.

El amor da un vértigo espantoso, y más cuando empieza con un contrato de por medio.

Pero no te adelantes a los acontecimientos.

Deja que vuelva, habla con él y pon las cartas sobre la mesa. No saques conclusiones antes de tiempo.

Respiré hondo, intentando que el aire me llenara los pulmones y me templara el estómago. Mis amigas tenían razón, como siempre. Estaba saboteándome a mí misma por puro miedo al rechazo.

—Está bien —dije, esbozando una sonrisa más sincera—. Voy a intentar no volverme loca antes de que me llame. Gracias, chicas. No sé qué haría sin vuestro apoyo.

—¡De nada! Pero ahora, ¡arriba esos ánimos!

—exclamó Marina, dándome una palmadita en la pierna—.

Que mañana es el desahucio oficial de tu piso de Sarrià y hoy tenemos que empezar a empaquetar tus cosas.

Además, Carlota ha encontrado un par de pisos monísimos en alquiler por el Born que tenemos que ir a ver.

Tu nueva vida independiente empieza ya, Uría.

Y nosotras vamos a estar en primera fila.

Me levanté de la silla sintiendo que el peso del pecho se aligeraba notablemente. Tenía el corazón confundido y el futuro en el aire, pero con ellas a mi lado, la aventura de volver a empezar ya no parecía tan aterradora.