Capitulo 15
El despertar fue como si un batallón de castellers de Vilafranca hubiera decidido ensayar su estructura más pesada directamente sobre mi frente.
Me di la vuelta entre las sábanas con un gemido que sonó a lamento prehistórico, parpadeando ante la luz del sol del Raval que se filtraba por el balcón.
Tenía la boca seca, sabor a tequila y la piel todavía extrañamente sensible.
Al estirar el brazo, me topé con el torso desnudo de Gabriel.
Estaba bocarriba, con los ojos cerrados, una sonrisa perezosa en los labios y el pelo castaño completamente alborotado tras la salvaje noche.
—Buenos días, jefa —murmuró sin abrir los ojos, rodeándome la cintura con su brazo musculoso para pegarme a su costado caliente—. Vaya forma de quemar Barcelona. Anoche bailabas como si no tuvieras un mañana.
—Anoche bebí como si no tuviera un hígado, Salas —protesté, escondiendo la cara en el hueco de su cuello, aspirando su olor a limpio y menta que me calmaba el dolor de cabeza—. Creo que los barman del Born le pusieron algo ilegal a mis chupitos. Me tiembla todo el cuerpo.
Gabriel soltó una carcajada ronca que le vibró en el pecho, pero antes de que pudiera responder con una de sus típicas burlas, un tono de llamada estridente cortó el ambiente íntimo del dormitorio. Gabriel resopló, estiró el brazo y cogió el móvil de la mesilla de noche.
—¿Sí? Dime, Montserrat —respondió, incorporándose sobre los codos y dejando a la vista sus abdominales perfectamente definidos—. Sí, ya sé que es martes... ¿Cómo? ¿Hoy? Pero si la sesión de fotos estaba programada para la semana que viene.
Me quedé mirándolo, intentando procesar la información a través de mi neblina alcohólica. Gabriel escuchó atentamente a su agente durante un minuto, frunciendo el ceño y tensando sutilmente la mandíbula.
—Vale, de acuerdo. En dos horas estoy en el Palau Robert.
Sí, llevo lo que acordamos—colgó el teléfono y me miró con una mezcla de disculpa y un brillo de pura picardía en sus ojos verdes—.
Jefa, se han adelantado los planes de la agencia.
Montserrat dice que la marca de moda urbana con la que tengo el contrato quiere hacer hoy mismo una sesión de fotos casual para las redes.
Es en los jardines del Palau Robert. Y me ha pedido explícitamente que te lleve conmigo.
—¿A mí? ¿Para qué? —pregunté, abriendo los ojos de par en par.
—Dice que el cotilleo de la foto de Razzmatazz ha funcionado de miedo.
La marca quiere aprovechar el tirón de "la pareja del verano" para darle realismo a la campaña.
O sea, que te toca trabajar de verdad, Gabriela.
Te vienes conmigo a hacer de novia oficial ante los focos. Levántate, que el probador nos espera.
Parpadeé aún procesando toda la información.
—¿Qué…?
Gabriel se inclinó en la cama para darme un rápido beso en los labios y se levantó completamente.
Mientras Gabriel se metía en la ducha a toda velocidad, yo aproveché para sentarme en el borde de la cama y encender el móvil con los dedos temblorosos. Mis amigas ya estaban activas.
Gabi: Chicas, sigo viva pero mi cabeza va a estallar. ¿Cómo estáis vosotras?
Carlota: Muerta.
Marina: No pienso volver a beber jamás.
Sonreí, frotándome la sien derecha despacio.
Gabi: Hay novedades: la agencia de Gabriel nos ha convocado a una sesión de fotos YA en el Palau Robert. Quieren usar el tirón de lo de Razzmatazz. Voy de acompañante oficial.
Carlota: ¡Brillante! Publicidad orgánica para justificar tu farsa. Tu padre va a necesitar tila doble cuando vea las fotos en Diagonal.
Marina: ¡Qué fuerte! Gabi, aprovecha! Igual hasta te vuelves modelo y no tienes que preocuparte de nada más.
Gabi: ja, ja. Mejor seguiré confiando en la línea de joyería. ¿Qué tal estás?
Marina: Sigo algo nerviosa por lo de Liam, pero posiblemente me estaba dejando llevar por el pánico. Ya he hablado con él con más calma. Luego hablamos con más calma.
Guardé el teléfono sintiendo una mezcla de adrenalina y mareo.
Una hora más tarde, el descapotable azul nos dejaba en la confluencia de Paseo de Gracia con Diagonal.
Los jardines del Palau Robert eran un oasis verde en mitad del bullicio del Ensanche, llenos de palmeras, hiedras y una luz matinal que cortaba la respiración.
Allí nos esperaba ya el equipo de TalentBCN. Montserrat nos saludó con un beso rápido en cada mejilla y nos presentó a la fotógrafa, una chica llamada Chloe que llevaba tres cámaras colgadas del cuello y cara de no tener tiempo ni para respirar.
—A ver, pareja —soltó Chloe, colocándonos directamente bajo la sombra de una gran palmera—.
La marca busca frescura urbana. Nada de posados rígidos.
Quiero complicidad real. Gabriel, abrázala por detrás.
Gabriela, bájate un poco las gafas de sol y mírale de reojo con cara de estar locamente enamorada.
Gabriel no se lo pensó dos veces. Dio un paso al frente y me pegó a su pecho, rodeándome la cintura con sus manos grandes por encima de mi vestido veraniego.
Su respiración, que aún olía a la menta del dentífrico, me acarició la nuca de inmediato.
El contacto físico diurno, frente a los focos y con los paseantes de la Diagonal mirándonos a través de la verja, me provocó un vuelco salvaje.
—Estás temblando, jefa —me susurró al oído con esa voz ronca, mientras Chloe empezaba a disparar las cámaras con un rítmico click-click-click—. Sonríe, que la farsa de hoy cotiza al alza.
—Cállate, Salas —murmuré entre dientes, forzando mi mejor sonrisa para el objetivo mientras sentía que la temperatura entre nosotros volvía a rozar el punto de ebullición.
Nunca antes había posado para una sesión de fotos profesional pero era más cansado de lo que realmente parecía.
Había que poner la expresión exacta que te pedían, la postura sin que resultara rígida y poco natural.
Gabriel estaba acostumbrado a todo eso pero a mí me costaba actuar natural y mucho más con su cuerpo continuamente provocando al mío, aunque también era porque estaba con él que podía con todo eso.
—¡Perfecto! Así, seguid así. Ahora caminaos de la mano hacia la fuente. Gabriel, bromea con ella. Gabriela, échate a reír —ordenaba Chloe sin parar de disparar desde distintos ángulos.
Cumplimos las órdenes al pie de la letra.
Gabriel me susurraba barbaridades al oído sobre lo que me quería hacer en cuanto estuviéramos a solas, consiguiendo que mis carcajadas sonaran completamente reales ante la cámara.
Nos abrazamos junto a los rosales, caminamos entrelazando los dedos por los senderos de gravilla y nos regalamos miradas cargadas de complicidad y deseo que empezaba a resultar insoportable.
Para los ojos del equipo y de los curiosos que se asomaban a la verja del Palau Robert, éramos la viva imagen del amor de verano. Una pareja idílica, fresca y perfecta.
Y realmente hasta yo comenzaba a creermelo.
—¡Espectacular! Hemos terminado la primera tanda en exteriores —anunció Chloe, bajando por fin la cámara principal—. Gabriel, necesitas cambiar de vestuario para los planos de plano corto. Id a los probadores que nos han habilitado en la carpa del fondo.
Nos dirigimos a toda velocidad hacia la zona de vestuario.
El probador era un habitáculo improvisado, estrecho, cerrado con una pesada cortina de lona negra y apenas iluminado por un foco halógeno que generaba un calor asfixiante.
En cuanto entramos los dos para dejar las perchas, Gabriel tiró de la cortina sellando nuestro espacio con un golpe seco.
El ruido exterior de Paseo de Gracia se desvaneció por completo.
Me di la vuelta dispuesta a coger aire, pero no tuve tiempo.
Gabriel se deshizo de la primera camisa en un movimiento violento y me acorraló contra el gran espejo del probador.
Sus manos grandes y calientes se hundieron en mis caderas con una fuerza brutal, pegando mi cuerpo al suyo desnudo y musculoso, que brillaba por el calor y el sudor de la mañana.
—No te imaginas lo que me ha costado contenerme ahí fuera con todo el mundo mirando, jefa —susurró con una voz ronca, rota por la excitación, mientras sus ojos verdes se clavaban en mi boca con un hambre insaciable.
—A mí tampoco me ha resultado fácil, Salas —admití en un jadeo, enredando mis manos en sus hombros perfectos.
Su boca se estrelló contra la mía con una ferocidad salvaje que me borró la cordura. Fue un beso abrasador, cargado de la adrenalina de los focos y de un deseo animal.
Gabriel no tenía intenciones de perder el tiempo; sus manos grandes y calientes bajaron con firmeza por mis glúteos, tirando de la falda fluida de mi vestido hacia arriba hasta arrugarla por completo en mi cintura.
Me elevó del suelo con un solo impulso de sus brazos musculosos, y yo, completamente cegada por el deseo y la urgencia, enganché mis piernas alrededor de sus caderas, clavando la espalda contra el cristal del espejo, que se empañó al instante con el calor de nuestros cuerpos.
—Gabriel... Dios, nos van a escuchar fuera —gemí directamente contra sus labios, aunque mis manos se adelantaban solas, desesperadas por desabrocharle el cinturón de los pantalones vaqueros.
—Que escuchen lo que quieran, Gabriela —susurró con una voz ronca, rota por la excitación, mientras su boca devoraba mi cuello, dejándome la piel de gallina y el vientre encendido por una pulsación ardiente.
Se deshizo de la lencería fina que me quedaba en dos movimientos rápidos y certeros.
El contacto directo de nuestras pieles desnudas, en esa penumbra asfixiante bajo el foco del Palau Robert, nos hizo soltar un jadeo ahogado al mismo tiempo.
Gabriel me sujetó con más fuerza contra el espejo, hundiéndose en mí con una ferocidad salvaje que me vació los pulmones de golpe.
Le respondí con la misma desesperación, mordiéndole el hombro para no soltar un grito que alertara a todo el equipo de fotografía que esperaba a escasos metros tras la cortina de lona.
Cada embestida suya, firme y profunda, retumbaba en mis costillas, sumergiéndome en una marea de placer salvaje que borró cualquier rastro de duda.
Nos movimos a un ritmo frenético que amenazaba con hacer saltar las paredes del probador por los aires.
Cuando el clímax nos golpeó juntos en una oleada abrasadora, nos quedamos temblando, abrazados con fuerza y jadeando en la penumbra, conscientes de que habíamos cruzado la línea definitiva a plena luz del día.
Apenas dos minutos después, la voz de Chloe resonó desde el set exterior:
—¡Gabriel! ¿Ya has terminado? ¡Que perdemos la luz de la mañana!
Gabriel se separó despacio, saliendo de mi interior, me dio un tierno beso en la comisura de los labios y me guiñó un ojo mientras se abrochaba rápidamente los pantalones, dejándome apoyada contra el espejo, temblorosa, encendida y completamente jodida de amor por mi propio empleado.