Un, dos, tres, ¡amor!… digo ¡Acción! Capitulo 14
67%

Capitulo 14

El local del Born era justo lo que Carlota necesitaba para celebrar sus veintiocho años: un reservado oscuro con paredes de piedra del siglo catorce, sofás de cuero capitoné, luces de neón rojas y un barman que preparaba unos cócteles que entraban como agua pero golpeaban como un camión de carga.

Para cuando llegamos, el ambiente ya estaba caldeado, la música retumbaba en las paredes y yo llevaba encima dos copas de champán que me habían borrado de un plumazo el sofocón de la mañana.

Me había puesto un minivestido negro de satén con la espalda completamente al aire.

Gabriel, que caminaba a mi lado sosteniéndome por la cintura, vestía unos pantalones oscuros y una camisa negra de seda que llevaba con los tres primeros botones desabrochados.

Cada vez que nos movíamos por el local, su cuerpo rozaba el mío, recordándome con una electricidad sutil que esa noche las reglas del contrato se habían quedado flotando en el puerto.

Aunque mejor mirado ya la noche anterior habíamos sobrepasado esas reglas. Y me había encantado.

—Vaya, la exheredera ha venido a quemar el Born —se burló Carlota, acercándose a nosotros con una copa de gin-tonic en la mano y dándome un abrazo—.

Estás espectacular, Gabi. Y tú, Salas, gracias por traerla sana, salva y con esa percha.

Estás invitado a barra libre toda la noche por los servicios prestados.

—Un placer, letrada. Felicidades —respondió Gabriel con su sonrisa más traviesa, chocando su vaso con el de ella—. Ya sabes que por la jefa hago las horas extras que hagan falta, incluso si implican aguantar la música comercial de este sitio.

Marina apareció por detrás, vestida con un mono ajustado de color verde esmeralda, pero su sonrisa habitual de fiesta parecía un poco forzada.

Tenía los ojos fijos en la pantalla de su móvil, tecleando con una insistencia nerviosa que me llamó la atención de inmediato.

Me acerqué a ella, aprovechando que Gabriel se había girado para pedir una ronda de chupitos en la barra del reservado.

—Marina... ¿qué pasa? —le susurré al oído, poniéndole una mano en el hombro—. Tienes cara de estar esperando un mensaje de la Interpol. ¿Es por Liam?

Marina soltó un suspiro tembloroso, guardando el teléfono en el bolso con dedos torpes. Me miró con los ojos empañados por una mezcla de alcohol y miedo real.

—Gabi... ha vuelto a pasar —confesó en un murmullo que apenas escuché por encima de la música—.

Esta tarde, antes de venir, pasé por el taller a recoger unos pendientes.

La puerta de Liam estaba entornada. Había un hombre dentro con él.

Un tipo trajeado, con acento extranjero, que le estaba gritando en alemán.

Escuché perfectamente que le decía que "el plazo en Barcelona se había terminado" y que si no entregaba lo que faltaba antes del fin de semana, la chica de la foto pagaría las consecuencias.

—¿Qué chica? —preguntó Carlota, que se había pegado a nosotras al notar la tensión.

—Eso es lo peor, chicas —Marina tragó saliva, temblando—. Cuando el tipo salió del taller, entré corriendo a ver a Liam. Estaba blanco, con la mirada perdida. Sobre su mesa de trabajo había una fotografía de carné arrugada. Me acerqué a mirarla... y la chica de la foto soy yo.

El frío me recorrió la espalda de golpe, anulando por completo el efecto del champán. Carlota y yo nos miramos, horrorizadas por lo que Marina acababa de soltar. La música del Born seguía retumbando a nuestro alrededor, pero en nuestro rincón del reservado el aire se había vuelto irrespirable.

—A ver, Marina, ¿me estás diciendo que ese maldito loco tiene una foto tuya en su mesa y que un tipo peligroso te está usando como amenaza?

—Carlota activó su modo protector implacable, agarrando a Marina de las manos—.

Esto ya no es una tontería. Esto es una coacción en toda regla.

Mañana mismo ponemos una denuncia. No vas a volver a pisar ese taller.

—No puedo denunciar, Carlota —lloriqueó Marina, limpiándose una lágrima traicionera—. Liam me suplicó que no llamara a la policía. Dijo que si los Mossos se metían por medio, esos tipos actuarían más rápido. Dijo que me va a proteger, pero tengo un miedo espantoso.

Antes de que la conversación nos hundiera en un ataque de pánico colectivo, Gabriel regresó de la barra sosteniendo una bandeja con cuatro chupitos de tequila y rodajas de lima. Captó la tensión en el acto; su mirada verde se afiló, escaneando nuestros rostros serios.

—Oigan, ¿qué pasa aquí? —preguntó, apoyando la bandeja en la mesa baja y dando un paso hacia mí—. Tenéis cara de estar planeando un atraco. ¿Va todo bien, Marina?

—Sí, sí, cosas de chicas, Salas —disimuló Carlota, dándole un trago largo a su copa y forzando una sonrisa—. Demasiadas hormonas y dramas financieros en una sola mesa. Nada que un buen trago no cure. Venga, ¡arriba esos vasos, que es mi cumpleaños!

Chocamos los vasos y el tequila nos bajó quemando por la garganta.

Gabriel no pareció muy convencido con la respuesta de Carlota, pero decidió no presionar.

Dejó su vaso vacío, se giró hacia mí y me rodeó la cintura con su mano grande, atrayéndome hacia su cuerpo con una firmeza que me hizo soltar un suspiro ahogado.

—Jefa, estás demasiado metida en tu cabeza esta noche —me susurró al oído, rozando mi piel con sus labios carnosos—. Has venido aquí a olvidar tus penas, ¿te acuerdas? Olvídate de los contratos, de los padres y de los problemas por unas horas. Ven a bailar conmigo.

Me miró con esos ojos verdes cargados de una promesa tan física que sentí un vuelco salvaje en el vientre.

Miré a Marina, que me hizo un gesto con la cabeza animándome a irme, intentando quitarle hierro a su propio problema.

Carlota me hizo los mismos gestos, haciéndome entender que ella hablaría con Marina.

Asentí con la cabeza y agarré a Gabriel por las solapas de su camisa negra de seda y dejé que me arrastrara directamente hacia el centro de la pista de baile, dispuesta a perder el control por completo.

La pista de baile del Born era un hervidero de luces rojas y sombras parpadeantes.

La música cambió de golpe, cayendo en un ritmo de R dio un paso al frente y me pegó por completo a su cuerpo, rodeándome la cintura con ambas manos de una manera tan firme que sentí la dureza de sus muslos contra los míos.

—Estás increíblemente sexy con este vestido negro, Gabriela —susurró con una voz ronca que me vibró directo en el pecho, mientras empezaba a mover sus caderas al compás de la música.

Le di la espalda de forma fluida, pegando mis glúteos a su pelvis y arqueando ligeramente la columna.

Al tener la espalda totalmente al aire, el contacto directo de sus manos grandes y cálidas contra mi piel desnuda me provocó un escalofrío brutal.

Sentía la tela de seda de su camisa rozando mis hombros a cada movimiento.

Gabriel soltó un gruñido ahogado contra mi nuca y bajó sus dedos lentos por mis costados, apretándome con posesión absoluta mientras nos movíamos muy pegados, ajenos por completo al resto de la discoteca.

Desde el reservado, Marina y Carlota nos miraban fijamente sobre sus copas.

Marina me guiñó un ojo con una sonrisa pícara, olvidando por un segundo su problema o puede que más tranquia después de que Carlota hubiera encontrado una solución, y Carlota levantó su vaso haciendo un brindis silencioso de puro pitorreo.

El alcohol de los chupitos y el champán me corría por las venas, nublándome el juicio y encendiéndome un deseo asfixiante que ya no quería ni podía frenar.

Giré la cabeza hacia atrás, clavando mis ojos en los suyos.

Gabriel se inclinó de inmediato, rozando mis labios con los suyos en un beso rápido pero exasperantemente húmedo que me supo a poco.

Tenía la respiración totalmente agitada y sus ojos verdes estaban oscuros, fijos en mí con un hambre que amenazaba con hacernos saltar por los aires allí mismo, en mitad de la pista de baile.

El alcohol y la música pesada terminaron por nublarme la vista por completo.

Para cuando salimos del Born, la noche era un borrón de luces y risas lejanas, y yo apenas podía mantenerme en pie sobre mis tacones de aguja.

Gabriel me cargaba prácticamente en vilo, con su brazo robusto rodeándome firmemente por la cintura mientras subíamos los escalones de piedra de su portal en el Raval.

Yo me reía de cualquier tontería, borracha de tequila, de champán y, sobre todo, de unas ganas salvajes de devorarlo que ya no cabían en mi pecho.

En cuanto la puerta del piso se cerró tras nosotros con un golpe seco, la poca cordura que me quedaba se desintegró.

—Gabriel... ya no puedo más —gemí, dándome la vuelta y tirando de las solapas de su camisa de seda negra con desesperación.

Él no respondió con palabras. Soltó un gruñido ronco, me agarró de las caderas con sus manos grandes y calientes y me estampó de espaldas contra la pared del recibidor.

Su boca se estrelló contra la mía en un beso feroz, húmedo y desesperado, que sabía a alcohol y a una urgencia contenida que nos quemaba las entrañas.

Le abrí los labios al instante, enredando mi lengua con la suya en un choque salvaje, mientras mis manos subían por su cuello para aferrarme a su pelo rebelde.

Gabriel bajó una de sus manos por mi muslo descalzo, arrugando la tela de satén de mi minivestido negro, y tiró de ella hacia arriba con fuerza.

Me levantó del suelo sin ningún esfuerzo, obligándome a enganchar mis piernas alrededor de su cintura.

Soportando todo mi peso con sus brazos musculosos, caminó a ciegas por la penumbra del pasillo directo al dormitorio, sin romper el beso ni un solo segundo.

Nos caímos juntos sobre la cama en una maraña de extremidades y jadeos asfixiantes.

Gabriel se deshizo de su camisa en un movimiento violento, enviando los botones a volar por el suelo, y el contacto directo de mi pecho contra su torso desnudo y sudoroso me provocó una descarga eléctrica brutal que me hizo arquear la espalda.

Sus manos recorrieron cada centímetro de mi piel con una posesión absoluta, bajando la cremallera de mi vestido para dejarme completamente expuesta ante sus ojos verdes, que brillaban con un hambre insaciable bajo la luz de la luna.

Cada roce de sus labios calientes bajando por mi cuello, cada caricia firme de sus dedos hundiéndose en mis caderas, en mi vientre o mis pechos me dejaba sin aliento, sumergiéndome en una marea de sensaciones ardientes y jadeos compartidos que retumbaban en las paredes del pequeño piso.

—Jodee, Gabi… —su voz sonó tan baja y tan ronca que me estremecí—. Eres preciosa.

Me mordí los labios con fuerza. Mi clítoris palpitaba con fuerza bajo la fricción despiadada de sus dedos.

Ni siquiera me di cuenta en qué momento se puso un condón, pero sentí como la presión de su pene apretaba contra la humedad de mi abertura, succionandolo con avidez con un fuerte gemido mientras me aferraba con fuerza a las sábanas de la cama, arrastrando la espalda por la cama una y otra vez con cada una de sus embestidas hasta que todo se volvió rojo, alcanzando el orgasmo.

Nos devoramos mutuamente hasta el amanecer, perdiendo por completo la noción del tiempo y posiblemente repitiéndolo varias veces antes de quedar finalmente dormida.