Capitulo 13
El olor a café recién hecho y el crujido de los muelles de una cama vieja me devolvieron a la realidad de golpe.
Abrí los ojos despacio, parpadeando ante la luz intensa de la mañana que se filtraba por las rendijas del balcón del Raval.
Tardé dos segundos en recordar dónde estaba y por qué sentía la piel tan encendida.
Gabriel estaba tumbado a mi lado, bocarriba, con un brazo detrás de la cabeza y los ojos verdes fijos en mí, brillando con una mezcla de ternura y ese descaro canalla que ya era su marca registrada.
Tenía las sábanas blancas cubriéndole apenas las caderas, dejando a la vista ese pecho esculpido que anoche me había servido de refugio.
—Buenos días, jefa —murmuró con una voz tan ronca y profunda que me provocó un escalofrío instantáneo en el vientre—. ¿Qué tal se duerme en mi cama?
—Mucho mejor de lo que esperaba, Salas —respondí, estirando los brazos y regalándole una sonrisa tímida, algo raro en mí—. Aunque tengo que admitir que este colchón tiene más historia que la catedral del Mar.
Gabriel soltó una carcajada, incorporándose sobre los codos.
Me fijé en el dormitorio: era pequeño, con paredes de ladrillo, una estantería abarrotada de guiones cinematográficos y un par de carteles de películas de culto independientes.
No había muebles de diseño ni vajilla de plata, pero desprendía una calidez que jamás había sentido en el ático de Sarrià.
—Oye... —dije, apoyando la barbilla en su pecho desnudo, trazando círculos invisibles sobre su piel caliente—. Dijiste que vivías con tu abuela en Sants. ¿De quién es este piso entonces?
—Es mío, Gabriela —respondió él, acariciándome el pelo con suavidad, con un orgullo genuino en la mirada—.
Vivir con mi abuela es por cuidarla, que ya está mayor y me necesita y ella fue la única que me abrió las puertas de su casa cuando lo necesité.
Pero este rincón lo compré hace un año. Metro a metro.
Con cada céntimo que gané en la serie de televisión que rodé y los anuncios que he hecho.
No me ha ayudado nadie. Es pequeño, está en el Raval y los vecinos hacen ruido, pero es mi santuario. Mi libertad.
Me quedé mirándolo, completamente admirada.
Mientras yo había vivido en una burbuja de oro financiada por los barcos de mi padre, el hombre que tenía delante se había construido su propio mundo con puro talento y esfuerzo.
El deseo de anoche se transformó en un respeto profundo que me encogió el corazón.
Gabriel no era solo un actor guapo con el que desquitarme de mi familia; era el hombre más real y valiente que había conocido en toda mi vida.
—Así que metro a metro... —murmuré, estirándome para morderle suavemente el hombro—. Eres una caja de sorpresas, Salas. Además de actor, propietario independiente. Te estás volviendo peligrosamente ideal para ser un novio de mentira.
—Te lo advertí, jefa. Soy un profesional en todo lo que hago —rio Gabriel, dándome un azote cariñoso en la cadera antes de destaparse por completo, dejándome disfrutar de la vista de su espalda esculpida mientras se ponía unos pantalones cortos—.
Quédate en la cama. Voy a bajar a la cafetería de la esquina a por unos cruasanes de chocolate que te van a hacer olvidar el Paseo de Gracia.
—¿Quieres que yo haga algo mientras? —, pregunté.
Él sacudió la cabeza y terminó de meterse una camiseta limpia por la cabeza antes de volver a mirarme.
—Solo descansa un poco más.
Se inclinó para darme un rápido beso en los labios y salió de la habitación.
En cuanto escuché el click de la puerta principal al cerrarse, me estiré como un gato entre las sábanas que aún olían a él y busqué desesperadamente el móvil en el bolso de viaje.
Tenía el chat de grupo echando humo. Tenía varios mensajes desde la noche anterior y habían pasado de ser tipo cachondeo a preocupación genuina.
Gabi: Chicas. Sigo viva.
Carlota: ¿Qué has estado haciendo? Tenías el móvil muerto.
Gabi: Cuando llegué a casa mi padre estaba allí. Me echó de la casa.
Marina: ¿Qué demonios? ¿Por qué no nos lo dijiste ayer?
Carlota: ¿Dónde has pasado la noche?
Dudé un segundo.
Gabi: En casa de Gabriel.
Marina: ¿De Gabriel? Pillina. ¿Y qué tal la noche?
Sonreí y me enrollé más entre las sábanas de la cama.
Gabi: Oficialmente he cruzado el rubicón. Y la línea del contrato. Y todo lo que se podía cruzar.
Marina: ¡¡SABÍA YO!! ¡A ver, detalles! ¿Y dónde estás ahora?
Gabi: Estoy en el Raval. Sigo en el piso de Gabriel.
Carlota: A ver, que mi mente lo procese. ¿El actor te ha rescatado de las garras de tu padre y has terminado pasando la noche en su casita? Exijo confirmación de si el rendimiento estuvo a la altura del presupuesto.
Marina: ¡Ualaaa! Me los imagino en plan película romántica. Gabi, confiesa: ¿se portó como un novio devoto o como el dios griego que sospechábamos en la playa? Contesta ya que me muero.
Gabi: ¡Callaos! Ha sido... increíble, ¿vale?
Es el tío más real del mundo. Pero tenemos problemas serios.
Mi padre me congela las tarjetas hoy mismo y me echa de Sarrià.
Necesito tu conocimiento legal, Carlota.
Quiero seguir con mi línea de joyería por mi cuenta y necesito saber qué dinero es legalmente mío para alquilar algo.
El tono de broma de las chicas cambió al instante en la pantalla. Marina mandó tres emoticonos de corazones y Carlota se puso en modo profesional.
Carlota: Cuenta con ello. Esta tarde revisamos los estatutos de la marca. Si registramos la firma a tu nombre, ese capital está blindado. Te voy a ayudar a buscar un piso mono por Gracia o Poblenou para que mandes a tu padre a paseo definitivamente. Eres libre, Gabi. Nosotras te cubrimos.
Marina: Y puedes quedarte con nosotras todo el tiempo que necesites mientras encuentras algo. No te preocupes.
Gabi: Gracias, chicas. No sé qué haría sin vosotras.
Carlota: Ahora tienes a Gabriel.
Marina: Eso de que se llamen igual debía ser cosa del destino.
Carlota: jajaja.
Gabi:Muy graciosas.
Bloqueé la pantalla justo cuando escuchaba las llaves de Gabriel en la cerradura.
Dejé el móvil en la mesilla con una sonrisa, pero en cuanto mis pies descalzos tocaron el suelo frío del Raval, una punzada de realidad me encogió el estómago.
Estaba a punto de empezar desde cero, y el vértigo era real.
Gabriel entró cargado con una bolsa de papel de la que salía un olor celestial a mantequilla y café recién molido.
Desayunamos sentados en el borde de la cama, compartiendo el cruasán de chocolate y riéndonos de las anécdotas de sus castings más desastrosos.
Estar con él era fácil, casi natural, pero en cuanto se metió en la ducha para irse a un ensayo, mi teléfono volvió a vibrar con una videollamada entrante de Marina y Carlota.
Giré la pantalla para que no se viera el fondo de la habitación y acepté la llamada. Las caras de mis amigas aparecieron de inmediato; estaban juntas en el despacho de Carlota.
—Gabi, hemos estado revisando los números de la sociedad de joyería —empezó Carlota, directa como siempre, pero con una suavidad inusual en su voz—. Tienes capital suficiente para independizarte. Mañana mismo podemos firmar el papeleo. Vas a poder volar sola.
—Eso es genial, de verdad —dije, intentando forzar una sonrisa, pero sintiendo un nudo opresivo en la garganta.
Marina se acercó más a la cámara, entornando los ojos con preocupación sincera.
—Gabi, cariño... deja los números a un lado un segundo.
¿Cómo estás tú? Sabemos que estás cabreada con tu padre, pero...
siempre has sido muy niña de papá y mamá.
Te pasas el día quejándote de sus normas, pero los adoras.
Esto de que te congelen las cuentas y te echen de casa va a ser jodidamente duro para ti.
Alejarse de la familia de esta manera duele muchísimo.
Las palabras de Marina me dieron directo en el centro del pecho.
Toda la fachada de heredera rebelde y autosuficiente que había mantenido en las últimas horas se desmoronó por completo.
La realidad me cayó encima como una losa de hormigón.
Era verdad. A pesar de sus manías aristocráticas y estúpidas, de Borja de la Quadra y de sus exigencias, eran mis padres.
Eran los que me habían cuidado siempre, los que desayunaban conmigo los domingos en Paseo de Gracia.
Pensar que ahora me miraban con desprecio y que me habían desterrado hizo que se me llenaran los ojos de lágrimas.
Una lágrima gorda y caliente resbaló por mi mejilla, seguida de otra. Me tapé la boca con una mano, sintiéndome de repente completamente desolada, pequeña y asustada en medio de ese piso del Raval que no era el mío.
—Ay, Gabi... no llores, por favor —pidió Marina, con los ojos empañados también a través de la pantalla—. Te prometo que todo se va a arreglar. Nos tienes a nosotras.
—Bueno, ¡basta de dramas que me vais a hacer correr el rímel a mí también!
—intervino Carlota con falsa severidad, dándole un golpe cariñoso a la mesa de su despacho—.
Gabi, mírame. Eres una Uría, pero de las que tienen agallas.
Vas a salir de esta reforzada, y tus padres acabarán bajando la cabeza cuando vean el imperio que montas por tu cuenta.
Pero hoy no es el día de enterrarse en vida.
Me limpié las lágrimas de las mejillas con el dorso de la mano, soltando un suspiro tembloroso mientras intentaba recuperar el aire.
—¿Y qué sugieres que haga? —pregunté con un hilo de voz.
—Te recuerdo que hoy es mi cumpleaños —dijo Carlota, enarcando una ceja con una sonrisa de lo más perversa—.
Y he organizado una fiesta de las que hacen época en un reservado del Born.
No pienso dejar que el dictador de tu padre me amargue la noche, y mucho menos a ti.
Te quiero ver allí vestida de infarto. Marina y yo pasamos a buscarte al Raval a las ocho.
—¿Y Gabriel? —Marina asomó la cabeza por la pantalla, guiñando un ojo—. Supongo que el guardaespaldas de alquiler tiene un pase vip para la celebración, ¿no? Nos vendrá de miedo para que marque territorio si aparece algún clon de Borja por el local.
Me reí por lo bajo, sintiendo cómo el nudo del pecho se aflojaba un poco gracias a la insistencia de mis aliadas. Miré hacia la puerta del baño, de donde aún llegaba el sonido del agua y los canturreos desenfadados de Gabriel.
—Sí, vendrá con nosotras —admití, sintiendo que el corazón me daba un vuelco mucho más dulce—. Le diré que tiene horas extras esta noche.
—¡Perfecto! Nos vemos luego, Gabi. Te queremos —se despidieron las dos antes de colgar la llamada.
Me quedé mirando la pantalla apagada del móvil, respirando hondo.
El futuro daba miedo y la distancia con mis padres me dolía en el alma, pero al levantarme de la cama y ver a Gabriel salir del baño con una toalla en la cintura y esa sonrisa traviesa suya lista para comerse el mundo, supe que en esa pequeña fortaleza del Raval no iba a estar sola.
La noche en el Born prometía ser salvaje, y yo estaba dispuesta a quemar Barcelona entera con tal de olvidar mis penas.