Un, dos, tres, ¡amor!… digo ¡Acción! Capitulo 12
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Capitulo 12

El vaso de whisky de mi padre tintineó levemente cuando lo apoyó sobre la mesa de cristal.

El silencio que siguió a su interrupción era tan espeso que casi tapaba el sonido de nuestras respiraciones agitadas.

Yo seguía pegada a la espalda de Gabriel, con el corazón en la garganta y los labios todavía encendidos por el beso que acabábamos de interrumpir.

—Papá... ¿qué haces aquí? —atiné a decir, saliendo de detrás de Gabriel y recomponiendo mi vestido de playa con manos temblorosas—. Esto es una propiedad privada. No tienes derecho a entrar en mi casa así.

—Técnicamente, Gabriela, esta propiedad es de una de mis empresas filiales —respondió mi padre, levantándose despacio, con esa parsimonia implacable que utilizaba en las juntas de accionistas—.

Así que tengo todo el derecho del mundo a comprobar en qué se gastan los recursos de la familia.

Y lo que veo es a mi hija, la heredera de los Uría, a punto de revolcarse en el recibidor con un...

espécimen que ni siquiera tiene la decencia de abrocharse la camisa para entrar en una casa respetable.

Gabriel dio un paso al frente, entornando los ojos verdes. La timidez o el respeto que pudiera haberle tenido a mi padre en el club de tenis habían desaparecido por completo. Se cruzó de brazos, tensando los bíceps bronceados.

—Señor Uría, modere el tono —soltó Gabriel, con una voz profunda, gélida y rasgada que me provocó un escalofrío—.

Puede hablar con su hija todo lo que quiera, pero no le voy a tolerar que le falte al respeto.

Ni a ella, ni a mí. Eres su padre. Aunque no estéis de acuerdo en algo las cosas se hablan, se discuten y todo lo que quiera pero siempre sin cruzar esa línea.

Y a mí ni siquiera me conoce. Un mínimo de respeto es algo que merezco, ¿no le parece?

Pensaba que de eso trataba la etiqueta de un caballero de la alta sociedad.

Mi padre enarcó una ceja, visiblemente sorprendido por la audacia de Gabriel, pero no tardó en recuperar su sonrisa de tiburón corporativo. Caminó hacia nosotros, deteniéndose a escasos centímetros de Gabriel. El choque de miradas era puro magnetismo destructivo.

—¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer, muchacho? ¿Darme un discurso motivacional de tu escuela de teatro?

—se burló mi padre, con un desprecio absoluto—.

Gabriela, el juego se ha terminado. Mañana a primera hora se cancelan tus tarjetas de crédito de forma definitiva.

He hablado con el administrador: tienes cuarenta y ocho horas para desalojar este piso.

Si tantas ganas tienes de vivir una aventura y revolcarte con…

con este muchacho del sector del espectáculo, adelante.

Empieza desde abajo. A ver cuánto os dura la pasión cuando tengáis que elegir entre pagar el abono de metro o comprar un cartón de leche.

La amenaza cayó como una losa de hormigón en mitad del recibidor. Miré a mi padre, sintiendo cómo las lágrimas de rabia contenida me quemaban los ojos, pero me negué a agachar la cabeza delante de él.

—¡No puedes hacerme esto!

—¿No puedo?

—¡Es mi vida!

—¡Y esto es mi dinero!

Lo miré furiosa y di un paso hacia delante. Podía notar las lágrimas traicioneras agolpándose en mis ojos. ¡No podía creerme que realmente fueran a hacerme eso! Pero no llegué a dar ese paso. Gabriel me detuvo, volviendo a ponerme detrás de él.

—No te preocupes por las cuarenta y ocho horas, señor Uría —soltó Gabriel. Su voz, extrañamente calmada, cortó el ambiente como una cuchilla—. Nos vamos ahora mismo. No nos hace falta tanto tiempo para salir de un sitio donde el aire es tan irrespirable.

Mi padre frunció el ceño. No se esperaba esa reacción. Gabriel se giró hacia mí, me cogió de la mano con una firmeza que me devolvió toda la seguridad perdida y me miró directamente a los ojos.

—Gabi, ve al vestidor. Coge una mochila, mete lo básico para pasar la noche y un par de días y salgamos de aquí —me dijo en un susurro tierno pero inquebrantable.

Asentí con la cabeza, muda por el impacto.

Caminé a zancadas hacia mi habitación, ignorando los bufidos de indignación de mi padre que resonaban en el salón.

Metí de mala manera en un bolso de viaje un par de mudas, unos vaqueros, mi portátil y el neceser.

Cuando regresé al recibidor, Gabriel me arrebató el bolso de las manos para cargarlo él y me abrió la puerta del piso.

—Estás cometiendo el mayor error de tu vida, Gabriela —sentenció mi padre desde el umbral del salón, con el vaso de whisky temblándole en la mano—. Si cruzas esa puerta, te olvidas de tu apellido.

—Prefiero olvidarme de mi apellido que de mi dignidad, papá —le espeté, dándole la espalda de golpe.

Salimos al pasillo y el ascensor nos bajó a toda velocidad hacia la calle.

El aire fresco de la noche de Sarrià nos golpeó la cara.

Gabriel metió mi bolso en el asiento trasero del descapotable, me abrió la puerta del copiloto y arrancó el motor con un rugido furioso que pareció una declaración de guerra contra todo mi mundo.

Cogimos la Diagonal a toda velocidad, dejando atrás el pijerío de la zona alta.

Yo iba en silencio, con los brazos cruzados y temblando ligeramente, procesando que acababa de ser desheredada y expulsada de mi propia casa en menos de diez minutos.

Gabriel estiró su mano derecha sobre la consola central, atrapó la mía y entrelazó sus dedos con los míos, apretando con fuerza.

—Tranquila, reina —murmuró, lanzándome una mirada verde cargada de dulzura—. Te tengo. Esta noche nos escondemos en mi terreno, en el Raval. Ahí tu padre no tiene poder para tocarte un solo pelo.

El descapotable se adentró en las entrañas del Raval, donde las calles se estrechaban tanto que los balcones de piedra casi parecían tocarse entre sí.

El ambiente era radicalmente distinto al silencio sepulcral de Sarrià; olía a especias, a tabaco, a cerveza barata y a esa multiculturalidad vibrante que hace latir el centro histórico de Barcelona.

Gabriel aparcó el coche en un garaje vigilado y me guió a pie por un laberinto de callejones empedrados hasta detenerse frente a un local sin cartel en la puerta, del que escapaba una luz roja mortecina y un ritmo de jazz underground sumamente sugerente.

—¿Qué…?

—Necesitas desconectar un poco.

—Sí, pero esto…

Miré la puerta del local.

—Bienvenida al búnker —me susurró al oído, empujando la puerta de madera desgastada.

El bar estaba lleno de sofás de terciopelo raído, paredes de ladrillo cubiertas de grafitis artísticos y un humo denso que flotaba bajo los techos altos.

Nadie vestía de traje. Nadie hablaba de acciones.

Gabriel me llevó directamente a una mesa del rincón más oscuro, junto a un balcón interior de madera, y pidió dos chupitos de tequila y dos cervezas artesanales al camarero, un tipo con los brazos tatuados que le saludó con un choque de puños cómplice.

—Tómate esto, reina —dijo Gabriel, empujando el vaso de tequila hacia mí—. Te va a ayudar a bajar la adrenalina del asalto de tu padre.

Me tomé el chupito de un trago largo, sintiendo cómo el fuego del alcohol me raspaba la garganta y me encendía un calor instantáneo en el estómago. Gabriel me imitó, sin dejar de mirarme con esos ojos verdes que en la penumbra roja del local parecían brillar con una luz salvaje.

—He mandado a la mierda toda mi vida en diez minutos, Gabriel —admití, apoyando los codos en la mesa y mirándolo fijamente, sintiendo cómo el alcohol empezaba a diluir el miedo y a transformarlo en una audacia peligrosa—.

No tengo tarjetas. No tengo piso en cuarenta y ocho horas. Oficialmente soy una indigente.

—Oficialmente eres libre, Gabriela —corrigió él, inclinándose sobre la mesa y atrapando mi barbilla con la yema de sus dedos largos—. Tu padre no puede comprar tu sumisión. Y mientras estés conmigo, te aseguro que no te va a faltar de nada. Ahora olvídate del mundo exterior. Mírame a mí.

La cercanía de su boca, el olor a menta de su aliento mezclado con el tequila y el roce de sus dedos en mi piel me provocaron un vuelco salvaje entre mis piernas.

La frustración sexual acumulada en el mar del Bogatell y la rabia de la bronca familiar se fusionaron en una necesidad física asfixiante.

Quería salir de ese bar, quería que me arrancara el vestido de lino y quería que me follase hasta que pudiera olvidarlo todo.

Aún así solo sonreí con amargura.

—Gabriel, gracias pero ni siquiera sé si podré pagarte y realmente ese contrato no sé si ya merece la pena. Yo…

Los dedos de Gabriel se apoyaron en mis labios, enmudeciendome y me perdí en la intensidad de su mirada.

—Solo a mí —insistió.

Sentí una fuerte sacudida.

—Quiero irme —dije, apartando su mano—. Quiero que nos vayamos.

—Ebtonces vámonos.

Dejamos los vasos vacíos sobre la mesa de madera y salimos del bar casi corriendo.

Gabriel me llevaba de la mano, arrastrándome por un portal antiguo con escaleras de piedra desgastada que olían a humedad.

Subimos los escalones de tres en tres en una penumbra apenas iluminada por bombillas amarillas.

En cuanto metió la llave en la cerradura de su pequeño piso y empujó la puerta, la contención saltó por los aires en un milisegundo.

No hubo tiempo para encender las luces. Gabriel tiró mi bolso de viaje al suelo con un golpe seco, cerró la puerta a sus espaldas con una patada y me estampó de espaldas contra la pared de la entrada.

—No sabes las ganas que tengo de hacer esto desde que nos bajamos del coche —susurró con una voz ronca, áspera, que me vibró directo en el vientre.

Su boca se estrelló contra la mía con una ferocidad salvaje que me vació los pulmones.

Fue un beso abrasador, cargado de la adrenalina acumulada de la bronca con mi padre y de la excitación retenida en el mar del Bogatell.

Le respondí con la misma desesperación, enredando mis manos en su pelo rebelde y tirando de él hacia mí para estrecharlo aún más fuerte.

Gabriel soltó un gruñido contra mis labios y bajó sus manos grandes a mis caderas, levantándome del suelo sin ningún esfuerzo.

Enganché mis piernas alrededor de su cintura, pegando mi cuerpo al suyo en una entrega total.

Caminó a ciegas por el pasillo corto hasta el dormitorio, guiado únicamente por la luz de la luna que entraba por el balcón.

Nos caímos juntos sobre la cama. El colchón era firme y el contacto físico directo nos encendió la piel de inmediato.

Gabriel se deshizo de su cazadora de cuero y de su camiseta negra en dos movimientos rápidos, dejando al descubierto su torso musculoso y caliente que brillaba en la penumbra.

Yo me deslicé los botones del vestido de lino con dedos torpes, ansiosa por sentir el peso de su cuerpo desnudo sobre el mío.

Sus manos recorrieron cada rincón de mi piel con una posesión absoluta, haciéndome jadear a cada roce mientras sus labios descendían por mi mandíbula hasta morder suavemente mi cuello.

Sus dedos bajaron por mis hombros, apartando las tiras del bikini y sus manos grandes y ásperas alcanzaron mis pechos, arrancándome un gemido cuando la yema de sus dedos presionaron los pezones duros y sensibles.

No estoy segura cómo terminamos de desnudarnos, posiblemente arrancandonos torpemente el resto de la ropa. El cuerpo desnudo de Gabriel era una obra de arte y su miembro largo y duro se presentó frente a mí.

Me mordí los labios con fuerza y me incliné hacia Gabriel, deslizando una mano a lo largo de su pene, masajeandolo suavemente.

—Joder, Gabi —murmuró él en mi oído, mordisqueando el lóbulo de mi oreja mientras que con una mano me apretaba una de mis nalgas, atrayéndome más a su cuerpo y con la otra jugueteaba con mis pechos.

Seguí moviendo mi mano alrededor de su erección, acariciando el glande y llenando los dedos de su presemen al mismo tiempo que los fuertes dedos de él se hundían entre mis piernas, buscando la humedad de mi sexo y las yemas de sus dedos empezaron a frotar hábilmente mi clítoris.

Ahogué un jadeo de placer cuando sus labios buscaron mi boca, volviendo a fundirse en un apasionado beso antes de que me penetrara con sus dedos, hundiendolos en mi interior.

—No… —musité abogada echando con esfuerzo la cabeza hacia atrás.

—¿No?

Los labios de Gabriel se curvaron en una sonrisilla y puse los ojos en blanco.

—Follame ya —gruñí.

Él dejó escapar una risita.

—Pensé que ya lo estaba haciendo.

—Que te…

No terminé la frase. Gabriel me empujó con suavidad, obligándome a tumbarme sobre la cama y me abrió las piernas con las dos manos, arrodillándose entre ellas. Agarró algo que había en una mesa al lado de la cama y pude ver cómo se deslizaba un condón antes de inclinarse sobre mí.

—¿Segura?

—Callate.

Gabriel volvió a reír antes de presionar con el extremo de su pene la abertura de mi sexo y se hundió en mi interior, arrancándome un grito de placer.

Me aferré con fuerza a su cuello con las dos manos y permití que de mis labios se escaparan constantes gemidos con cada una de las embestidas, penetrándome una y otra vez hasta que sentí como todo el placer estallaba en mi vientre con un fuerte orgasmo a la misma vez que él se ponía rígido, entrando en mi interior con fuerza antes de alcanzar su propio placer.