Capitulo 11
Bajo la superficie templada del mar del Bogatell, el agua parecía haber entrado en ebullición.
Tenía las piernas firmemente enredadas alrededor de la cintura de Gabriel, y el roce continuo de nuestras pieles desnudas, apenas separadas por las finas tiras de mi bikini negro, me estaba provocando una auténtica ceguera de deseo.
Gabriel no tenía piedad; sus manos grandes y ásperas me sujetaban por las caderas con una fuerza brutal, hundiéndose en mi carne mientras me pegaba con violencia contra su pecho robusto.
Sus labios se movían contra los míos con una voracidad salvaje, devorándome entre el vaivén de las olas, mientras su lengua reclamaba la mía con una urgencia que no tenía absolutamente nada que ver con el contrato de la agencia.
—Gabriel... Dios, Gabriel... —gemí directamente contra su boca cuando nos separamos apenas un milímetro para tomar aire. Tenía el vientre encendido, una pulsación ardiente que me exigía mandar la farsa y la decencia al fondo del Mediterráneo.
—A la mierda con todo, Gabriela —susurró él con una voz ronca, rota por la excitación, mientras bajaba los labios para morder suavemente la línea de mi cuello, haciéndome arquear la espalda bajo el agua.
Sus dedos se deslizaron peligrosamente por debajo de la braguita de mi bikini, buscando un contacto aún más directo que me hizo soltar un grito ahogado.
Estábamos completamente perdidos en una marea de hormonas y roces clandestinos, ajenos al riesgo de estar a plena luz del día en una playa pública de Barcelona, cuando una sombra conocida se interpuso entre nosotros y el sol de la tarde.
Un carraspeo exagerado y sumamente incómodo rompió el hechizo como un jarro de agua congelada.
—A ver, pareja del año... lamento ser la aguafiestas y cortar el rollo —soltó la voz de Carlota, que nos miraba desde pocos metros con el agua por las rodillas y los brazos cruzados—.
Pero os aconsejo que os cortéis un poco.
Estamos en la playa del Bogatell a las dos de la tarde, la zona está plagada de familias y hay niños pequeños haciendo castillos de arena a tres metros de vosotros que no necesitan una clase de anatomía humana en directo.
Salid del agua antes de que os pongan una multa por escándalo público.
Desenredé mis piernas de la cintura de Gabriel a toda velocidad, casi tropezando con una ola traicionera mientras sentía que las mejillas me ardían más que si me hubiera expuesto al sol del Sahara sin protección.
Gabriel, por el contrario, se tomó su tiempo.
Soltó una risita ronca, se pasó las manos por la cara para quitarse el agua salada y me lanzó una mirada de reojo cargada de una complicidad tan pecaminosa que me hizo temblar el vientre de nuevo.
—Gracias por el aviso, abogada —le gritó Gabriel a Carlota, saliendo del agua con esa percha de modelo que hacía que un par de chicas de las toallas vecinas se giraran descaradamente a mirarlo.
Caminé hacia la arena intentando mantener la cabeza alta, aunque la vergüenza y el sofocón me pesaban en cada paso. Me envolví de inmediato en la toalla grande que Marina me tendió con una sonrisa de oreja a oreja que amenazaba con partirle la cara.
—Bueno, bueno, bueno —comentó Marina en un susurro mientras nos sentábamos en las tumbonas—. Veo que el agua del Mediterráneo está especialmente terapéutica hoy. Casi os fundís en una sola persona, Gabi. Creo que el concepto de "explorar el presente" te lo has tomado al pie de la letra.
—Cállate, Marina, por favor —supliqué, escondiéndome detrás de mis gafas de sol gigantescas y dándole un trago desesperado a lo que quedaba de mi mimosa helada—. Ha sido... un momento de debilidad. El calor, el mar...
—Sí, claro, el cambio climático tiene la culpa —se burló Carlota, acomodándose bajo la sombrilla—. En fin, el caso es que vuestra farsa está alcanzando unos niveles de realismo que ya quisieran en Hollywood. Al menos os habéis desquitado del mal rollo de tu casa.
A pesar del sofocón inicial, el resto de la tarde transcurrió de maravilla.
El sol empezó a caer lentamente, tiñendo el cielo del Bogatell de unos tonos rosados y dorados preciosos.
Compartimos risas, devoramos las bravas y el picoteo que había traído Carlota, y jugamos a las cartas en la arena.
Gabriel se integró de una manera tan limpia con mis amigas que por unas horas olvidé las tarjetas de crédito bloqueadas, las llamadas amenazantes de mi madre y las imposiciones de mi entorno.
Éramos simplemente cuatro jóvenes apurando las últimas horas de un día de verano en Barcelona.
Pero cada vez que los ojos verdes de Gabriel cruzaban la distancia de la toalla y se clavaban en los míos, la corriente seguía allí, intacta, esperando el menor descuido para volver a estallar.
El viaje de vuelta en el descapotable fue un ejercicio de contención insoportable.
Con la piel todavía tirante por la sal del mar, el pelo revuelto y el sol escondiéndose tras los edificios, la atmósfera dentro del coche era casi sólida.
Gabriel dejó primero a Marina en su portal del Poblenou con un abrazo cariñoso, y luego enfiló hacia el bufete de Carlota en la zona alta para dejarla cerca de su coche.
Ambas se despidieron de mí con miradas cargadas de dobles sentidos y sonrisas cómplices.
Finalmente, nos quedamos solos. El descapotable avanzó por las calles de Sarrià hasta detenerse frente a mi portal. Apagó el motor y un silencio denso, cargado de expectativas, nos envolvió al instante.
—Ya he llegado —dije con una risa tonta.
—Ya lo veo.
El silencio volvió a apoderarse a nuestro alrededor pero no me moví. Cerré los ojos angustiada, preguntándome si tendría que ser yo quien diera el primer paso e invitarlo a subir.
A ver, que no me importaba. No era una santa precisamente y mucho menos virgen pero sí que era el primero con el que tenía un contrato para hacerse pasar por novio falso y aunque sin duda él me deseaba tanto como yo a él, ni siquiera tenía claras sus intenciones.
Y ya de paso ni siquiera tenía claras las mías propias.
—Bueno, jefa —murmuró Gabriel, quitándose las gafas de sol y haciendo que casi pegara un bote en el asiento. Sus ojos verdes brillaban con una intensidad peligrosa en la penumbra del coche—. ¿Qué tal la salida? ¿Sobreviviste al día de playa?
—A duras penas, Salas —respondí, intentando mantener mi voz firme, aunque por dentro el corazón me martilleaba las costillas.
Me giré hacia él para coger mi capazo de paja, pero Gabriel se adelantó.
Me tomó suavemente de la nuca con su mano grande, atrayéndome hacia su cuerpo.
Su boca buscó la mía en un beso de despedida que no tuvo nada de inocente.
Fue un beso húmedo, lento, profundo, que me devolvió de golpe todo el calor que habíamos acumulado bajo el agua del Bogatell.
Su lengua acarició la mía con una sensualidad que me dejó sin respiración, mientras sus dedos se enredaban en mi pelo.
Cuando se separó apenas unos milímetros, nuestras respiraciones estaban completamente agitadas.
—Gabriel…
—No sé tú, Gabriela —sonrió ampliamente al decir mi nombre.
Aún resultaba raro que nuestros nombres fueran tan similares y tal vez eso mismo me producía un revoltijo en el estómago—, pero yo me he quedado a medias en ese mar —susurró con una voz ronca que me bajó directo al vientre, rozando mi labio inferior con el pulgar—.
¿Me vas a invitar a subir a tu piso para terminar de revisar las cláusulas de este contrato, o tengo que volverme a Sants con las ganas?
Miré sus labios carnosos, su pecho entreabierto bajo la camisa de lino y mandé el orgullo a paseo.
—Sube, Gabriel —dije en un susurro cargado de deseo—. Sube y cállate de una vez.
Subimos en el ascensor en un silencio absoluto que resultaba casi ensordecedor.
Gabriel no me quitaba los ojos de encima y yo sentía que el aire dentro del cubículo de madera se agotaba a cada piso que subíamos.
Tenía las llaves del piso apretadas en el puño con tanta fuerza que me dolían los dedos.
Las hormonas iban a mil por hora. Solo pensaba en tirar el bolso al suelo, empotrar a mi empleado contra la pared del recibidor y arrancarle esa camisa de lino gris que tanto me había estado tentando durante todo el camino.
Llegamos al ático de Sarrià. Introduje la llave en la cerradura, giré el pomo con el corazón desbocado y empujé la puerta.
—Pasa —susurré, dándome la vuelta de inmediato para encararlo.
Gabriel entró, cerró la puerta a sus espaldas con el pie y, antes de que pudiera dar un solo paso, me agarró de la cintura, pegándome contra el recibidor.
Su boca buscó la mía con una ferocidad salvaje, húmeda y desesperada.
Le rodeé el cuello con los brazos, gimiendo entre sus labios, sabiendo que por fin íbamos a cruzar la línea definitiva.
Sus manos grandes bajaron por mis caderas con posesión absoluta.
—Vaya… pero qué interesante.
Una voz fría, pausada y terriblemente familiar retumbó desde el fondo del pasillo, cortando el aire como un hacha de hielo.
Nos separamos de golpe, jadeando, con los ojos como platos. Gabriel se interpuso instintivamente delante de mí, cubriéndome con su cuerpo, mientras yo miraba por encima de su hombro musculoso hacia la penumbra del salón.
Sentado en uno de mis sillones de diseño, cruzado de piernas, con un vaso de whisky en la mano y una copia del contrato de alquiler de mi piso sobre las rodillas, estaba mi padre. Arturo Uría nos miraba con una expresión de hielo absoluto. Los dos nos tensamos en el acto.