Un, dos, tres, ¡amor!… digo ¡Acción! Capitulo 10
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Capitulo 10

El espejo de mi vestidor me devolvía la imagen de una mujer que estaba perdiendo por completo el control de su propia farsa.

Tenía la cama inundada de bikinis de todos los colores y cortes imaginables: desde los más discretos y elegantes de alta costura hasta los más diminutos que guardaba para escapadas secretas.

Terminé poniéndome uno de color negro, de cordones finos, que dejaba muy poco a la imaginación y realzaba cada una de mis curvas.

Al mirarme, sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación.

Estaba caliente. Jodidamente caliente. No había otra forma de describirlo.

Me pasé las manos por el abdomen, sintiendo la piel de gallina mientras recordaba la firmeza de las manos de Gabriel en mis muslos dentro del laberinto de Horta.

Cada vez que cerraba los ojos, revivía el olor a menta de su piel, el roce áspero de su barba contra mi cuello y esa urgencia salvaje con la que me devoraba la boca en el baño de Razzmatazz.

El contrato me importaba cada vez menos; lo único que ocupaba mi mente de manera obsesiva eran unas ganas espantosas de acostarme con él, de arrancarle la camiseta gris, de sentir el peso de su cuerpo musculoso sobre el mío y descubrir si en la cama era tan implacable y pasional como lo era actuando.

—Concéntrate, Gabriela —me reñí en voz alta, intentando aplacar el incendio que me bajaba directo al vientre—. Es tu empleado. Solo estás alimentando una estrategia. Nada más.

Pero era una mentira insostenible. Me puse por encima un vestido de playa de ganchillo blanco, completamente calado, que dejaba ver a la perfección el bikini negro debajo. Me calcé unas sandalias, cogí unas gafas de sol gigantes y metí el protector solar en el capazo de paja.

Justo cuando terminaba de ajustarme el sombrero, el claxon del descapotable azul de Gabriel resonó en la calle.

El corazón me dio un vuelco tan violento que tuve que apoyarme en la cómoda para no perder el equilibrio.

Bajé las escaleras a toda velocidad, con la absoluta certeza de que mantener las distancias con él en bañador, bajo el sol abrasador del Bogatell, iba a ser la prueba de fuego más difícil de todo mi verano.

Crucé el portal de mi edificio y me topé de frente con la estampa más peligrosa que hubiera visto en mi vida.

El descapotable azul de Gabriel estaba aparcado en doble fila, reluciendo bajo el implacable sol de la mañana.

Él estaba apoyado en la puerta del conductor, con unas gafas de sol de espejo, unas bermudas de lino gris y una camisa de manga corta del mismo tejido, completamente abierta, que dejaba a la vista su pecho bronceado y perfectamente definido.

Cuando me vio salir, se quitó las gafas con una lentitud exasperante. Sus ojos verdes escanearon mi vestido de ganchillo blanco, deteniéndose de manera muy poco profesional en el bikini negro que se transparentaba debajo. Se quedó mudo unos segundos, tragando saliva.

—Buenos días, jefa —dijo al fin, con una voz que sonó rasgada, casi áspera.

Me abrió la puerta del copiloto y se inclinó hacia mí para rozar mi mejilla con un beso de cortesía que me supo a poco—.

Madre mía. Si tu intención era hacer que me estampara contra la primera farola de la Gran Vía, felicidades. Estás... espectacular no, lo siguiente.

—Gracias, Salas —respondí, subiéndome al asiento de cuero caliente y cruzando las piernas para intentar disimular el temblor de mis rodillas—.

Tú tampoco te has esforzado poco en lucir como un figurante de anuncio de perfume.

Veo que te tomas en serio lo de mantener los estándares estéticos de la farsa.

Gabriel rodeó el coche con una sonrisa traviesa dibujada en la comisura de los labios, se sentó al volante y arrancó el motor clásico.

Enfílanos las calles del Ensanche en dirección al Poblenou con la música de la radio mezclándose con el viento veraniego.

El trayecto fue un ejercicio de contención insoportable.

Cada vez que Gabriel metía la marcha, su antebrazo rozaba accidentalmente mi rodilla desnuda, enviando una corriente eléctrica directa a mi vientre que me obligaba a clavar las uñas en el bolso de paja.

—¿Has hablado con el cuartel general esta mañana? —preguntó de reojo, rompiendo el silencio mientras cruzábamos la calle Marina—. ¿Tus padres siguen enfadados?

Me encogí de hombros. Había decidido que disfrutaría del día y eso implicaba no pensar demasiado en mis padres.

—Tengo el móvil en modo avión en el bolso, Gabriel —admití, echando la cabeza hacia atrás sobre el respaldo—. No pienso dejar que me amarguen el día. Hoy solo quiero arena, sol, mimosas con las chicas y... bueno, ya sabes —me volví a encoger de hombros, mordiéndome el labio—. Pasarlo bien.

Gabriel soltó una carcajada, girando el volante para enfilar el paseo marítimo del Bogatell. Las palmeras recortaban un cielo azul impecable y el olor a salitre ya inundaba el habitáculo.

—Te vas a sorprender, reina —murmuró, lanzándome una mirada cargada de una complicidad tan densa que me hizo removerme en el asiento—. Prepárate.

La playa del Bogatell estaba en su máximo esplendor.

El murmullo de las olas, la música de los chiringuitos y el olor a salitre nos envolvieron en cuanto aparcamos el descapotable.

Marina y Carlota ya nos esperaban instaladas bajo una sombrilla de rayas, con una nevera portátil y una sonrisa cómplice que se divisaba desde el paseo marítimo.

—¡Por fin llega la pareja del año! —exclamó Marina, pasándome un termo plateado que olía a gloria—. Tomad, mimosas heladas para celebrar la libertad provisional de Gabi.

—Gracias, de verdad —dije, dejándome caer sobre la toalla grande y dándole un trago largo al cóctel. El frescor del champán con naranja me bajó por la garganta, dándome el valor que tanto necesitaba.

Gabriel dejó el capazo de paja en la arena y, sin pensárselo dos veces, se desabrochó la camisa de lino gris y la tiró sobre su toalla.

Me quedé a mitad de un sorbo, con la copa temblándome en la mano.

Verlo sin camisa bajo la luz cegadora del sol de las doce de la mañana, su cuerpo era una provocación directa.

Tenía los abdominales perfectamente marcados, el pecho ancho y bronceado cubierto por una ligera capa de vello que bajaba hacia el bañador oscuro, y unos hombros que delataban horas de gimnasio o de genética insultantemente buena.

Marina soltó un suspiro poco disimulado y Carlota enarcó las cejas, lanzándome una mirada de «disfruta del contrato, amiga».

—Bueno, jefa —dijo Gabriel, plantándose frente a mí con las manos en las caderas y esa sonrisa traviesa que me ponía enferma—. ¿Te vas a quedar ahí mirándome toda la mañana o vas a quitarte ese vestido de ganchillo? El calor aprieta y el agua tiene una pinta increíble.

Sentí que todos los ojos de la playa (y especialmente los suyos) se clavaban en mí. Me puse en pie despacio, sintiendo la arena caliente bajo las plantas de los pies. Con movimientos lentos, me deslicé el vestido blanco hacia arriba, dejándolo caer sobre la toalla.

Cuando me quedé en el bikini negro de cordones finos, Gabriel enmudeció por completo.

Sus ojos verdes recorrieron la línea de mi cuello, bajaron por mi escote, mi cintura y se detuvieron en mis caderas con una intensidad tan física, tan posesiva y hambrienta, que sentí un vuelco salvaje directo en el vientre.

La farsa se había disuelto en la arena caliente; lo que quedaba entre nosotros bajo el sol era pura y dura tensión sexual a punto de estallar.

Y yo quería que estallara.

Necesitaba que estallara.

—Bueno, antes de meternos al agua, alguien va a tener que hacerme el favor de ponerme protección en la espalda —dijo Gabriel, rompiendo el hechizo con una voz que sonó más ronca de lo habitual—. No quiero que mi representante me eche la bronca por quemarme el físico.

—Yo lo hago —me adelanté de golpe, antes de que Marina o Carlota tuvieran la brillante idea de ofrecerse. Cogí el bote de crema solar con manos temblorosas.

Gabriel se dio la vuelta, dándome la espalda.

Me arrodillé en la arena detrás de él. Vertí una cantidad generosa de crema fría en mis palmas y, tras respirar hondo, apoyé las manos sobre sus hombros.

El contacto directo de mi piel contra la suya me provocó una descarga eléctrica brutal.

Tenía los músculos firmes, calientes por el sol y sumamente duros.

Comencé a extender la loción con movimientos lentos, bajando por sus omóplatos, siguiendo la línea de su columna vertebral hasta rozar el borde de su bañador.

Gabriel soltó un suspiro hondo, tensando la espalda bajo mis dedos.

—Jefa... —murmuró, girando ligeramente la cabeza, mirándome de reojo con esos ojos verdes oscurecidos por el deseo—. Si sigues dándome el masaje con esa lentitud, vamos a tener un problema de orden público en mitad del Bogatell.

—Cállate y camina —le espeté, con las mejillas ardiendo y el vientre encendido.

Me puse en pie de un salto, le agarré de la mano con firmeza y lo arrastré corriendo hacia la orilla, huyendo de las miradas divertidas de Marina y Carlota.

Nos metimos de cabeza en el agua del Mediterráneo.

El impacto del agua fría contra mi piel hirviendo fue un alivio momentáneo, pero la tregua duró poco.

En cuanto el agua nos llegó por la cintura, una ola más grande nos golpeó.

Perdí el equilibrio, pero Gabriel fue más rápido: me agarró por las caderas con sus manos grandes y me atrajo hacia su cuerpo.

El choque bajo el agua fue total. Mis piernas se enredaron de forma casi involuntaria alrededor de su cintura para no caer, y me quedé completamente flotando, pegada a su pecho desnudo.

Bajo la superficie marina, el contacto de nuestros cuerpos sin apenas ropa era una provocación insoportable.

Sentía la dureza de sus muslos, el roce sutil de los cordones de mi bikini contra su piel y el calor salvaje que emanaba de él a pesar del agua fría.

Gabriel me sujetó con más fuerza, hundiéndome los dedos en los glúteos, elevándome un poco para clavar sus ojos verdes en los míos.

Su respiración agitada me acariciaba la boca.

—Me estás volviendo loco, Gabriela —susurró contra mis labios, mientras las olas nos acunaban—. Esto ya no tiene nada que ver con ese maldito contrato.

Le respondí pegando mis labios a los suyos en un beso húmedo, salado y desesperado.

Bajo el agua, nuestras manos recorrían la piel del otro con una urgencia que rozaba lo delictivo.

La excitación era tan alta, tan asfixiante y caliente, que el mar entero parecía estar a punto de hervir a nuestro alrededor.

Nos devorábamos con la certeza de que el autocontrol se había quedado enterrado en la arena, dejándonos el cuerpo vibrando de deseo justo cuando la tarde empezaba a caer.