Capitulo 9
Gabriel se acomodó en la silla de plástico, cruzando sus largas piernas con total naturalidad y finalmente librándome del contacto de su pierna sobre mi muslo, ajeno al escrutinio al que mis amigas lo estaban sometiendo.
Pidió una caña al camarero con una sonrisa encantadora y luego clavó sus ojos verdes en mí, divirtiéndose con el sutil pánico que emanaba de mis poros.
—Y bien —empezó Carlota, apoyando los codos en la mesa con esa mirada de fiscal lista para destruir a un testigo en el estrado—.
Supongo que ya que eres el "novio oficial" de Gabi ante la mitad de España, nosotras tenemos derecho a un pase privado de tu verdadera biografía.
¿De dónde sale Gabriel Salas cuando no está rescatando a herederas en apuros en los lavabos de Razzmatazz?
Gabriel soltó una carcajada, dándole un trago a la cerveza que el camarero acababa de dejarle.
—Vaya, directo a la yugular. Me gusta tu estilo, abogada —respondió él, acomodándose la chaqueta de cuero—. Nací aquí mismo, en Barcelona. En el barrio de Sants, para ser más exactos. No hay mucho misterio.
—¿Y tu familia? —intervino Marina, inclinándose hacia delante con curiosidad genuina—. Ayer Gabi nos dijo que mentías de miedo con lo de tus proyectos artísticos, pero ¿qué dicen tus padres de que te ganes la vida en una agencia de talentos?
La sonrisa de Gabriel flaqueó un milímetro. Fue casi imperceptible, pero yo, que no le quitaba el ojo de encima, noté cómo la mandíbula se le tensaba sutilmente antes de recuperar su máscara de desparpajo canalla. Miró de reojo hacia la calle antes de volver a mirarnos.
—De mis padres no hay mucho que contar, la verdad.
Digamos que las relaciones familiares no son mi fuerte —soltó, dando largas con una evasiva tan sutil que a Carlota se le encendieron las alarmas de inmediato—.
Actualmente vivo con mi abuela en un piso pequeño cerca de la Estación de Sants.
Ella es la única que me aguanta los guiones tirados por el salón y los horarios intempestivos.
Me quedé flotando en sus palabras. ¿Vivía con su abuela?
Miré a Gabriel con una mezcla de sorpresa y una extraña ternura que intenté camuflar de inmediato.
Detrás de ese físico imponente, de esa chulería y de sus besos salvajes, había parcelas de su vida que estaban completamente cerradas bajo llave.
Su misterio, lejos de ahuyentarme, empezó a parecerme jodidamente magnético.
—¿Entonces tus padres no aprueban lo que haces?
Gabriel se encogió de hombros con indiferencia.
—Mis padres tenían unos planes muy… diferentes para mí —continuó Gabriel, tamborileando los dedos sobre el cristal de su vaso de cerveza—.
Querían que estudiara ADE y pasara el resto de mis días vistiendo corbata y lidiando con asuntos que no son de mi agrado.
Cuando les dije que me matriculaba en el Instituto del Teatro y que lo mío era el cine, la cosa no sentó precisamente bien.
—¿Te dieron un ultimátum? —pregunté, sintiendo una punzada de empatía que me recorrió el pecho. Su historia sonaba terriblemente familiar.
—Algo así —admitió él, encogiéndose de hombros con una madurez que me descolocó—.
Digamos que decidí que era mejor pagar mi propio alquiler y buscarme la vida a mi manera que vivir bajo sus normas.
El cine es mi pasión, jefa. Contar historias, actuar, ponerme en la piel de otros...
Aunque sea para rescatar a herederas caprichosas.
—volvió a dedicarme su mejor sonrisa traviesa y yo sonreí poniendo los ojos en blanco—.
Eso vale más que cualquier oficina o empresa.
Me quedé mirándolo en silencio, conmovida a mi pesar.
Así que la decisión de ser actor lo había distanciado de su familia por completo.
Mientras yo usaba a Gabriel como un escudo de alquiler para protegerme de las exigencias de mis padres, él ya había librado esa misma batalla en su propia vida, y la había ganado a costa de su propia comodidad.
Vivía con su abuela, se rompía los cuernos en castings y trabajaba a destajo solo por defender su libertad.
Carlota y Marina se miraron de reojo, suavizando notablemente sus expresiones.
De pronto el interrogatorio no resultaba tan gratificante como habían esperado.
La chulería de Gabriel había dejado paso por unos instantes a un hombre real, con principios y una valentía que resultaba insultantemente atractiva.
—Bueno —dijo Gabriel, rompiendo el momento de seriedad con una sonrisa arrebatadora que volvió a iluminarle los ojos verdes—.
Ya basta de dramas, que para eso ya cobro por horas.
Mañana es martes, va a hacer un calor de justicia y creo que nos hemos ganado un descanso.
¿Qué os parece si mañana nos vamos todos a la playa? ¿Qué me decís?
—¿A la playa? —di un respingo en la silla, abriendo los ojos de par en par.
Gabriel me miró sin borrar la sonrisa.
—Sí, a la playa. ¿No te apetece?
—No —gemí.
—¿Por qué no? —intervino Carlota de pronto entusiasmada con la idea.
La miré incrédula.
—¿Que por qué no? —mascullé—. ¿Te has vuelto completamente loca?
¿Has escuchado lo que os acabo de contar sobre mis padres?
Mi casa es una zona de guerra. Mi madre está a punto de sufrir un ataque y seguramente se arrepienta de haberse quedado embarazada y darme a luz, mi padre quiere confiscarme las tarjetas y tú sugieres que nos vayamos a tomar el sol al Bogatell como si estuviéramos de vacaciones en las Bahamas. No es el momento.
—¿Qué es lo que ha ocurrido? —se interesó Gabriel—. ¿Para eso quería tú madre que volvieras a casa?
—Están furiosos por la foto —lloriqueé con las manos en la cara.
—Precisamente por eso es el mejor momento, jefa —replicó él, inclinándose hacia mí y apoyando los brazos en la mesa, acortando la distancia—.
Estás colapsada. Llevas dos días encerrada en una situación familiar que te está amargando el verano.
Necesitas desconectar, que te dé el aire del mar y dejar el móvil apagado en la mochila durante unas horas.
Además, a los actores nos viene muy bien tomar el sol para lucir sanos en las fotos de la prensa.
—¡A mí me parece una idea fantástica! —exclamó Marina, dando una palmada de entusiasmo que hizo que el camarero se girara de nuevo—.
Gabi, por favor, hazle caso al chico. Llevas semanas sin pisar la arena por culpa de los rollos de tu línea de joyería y las cenas de compromiso.
Mañana cerramos el taller, Carlota se pide el día libre en el bufete y nos vamos las tres con Gabriel a la playa.
Un día de chicas... con un infiltrado de lujo.
—Yo voto a favor de la moción —secundó Carlota, enarcando una ceja con una sonrisa pícara—.
Jurídicamente hablando, un día de playa no infringe ninguna norma en vuestro contrato de novio de alquiler.
Al contrario, si algún fotógrafo os ve en bañador por el Poblenou, la historia de amor de verano se vuelve todavía más jugosa y real para el entorno de tu padre.
Es una estrategia mediática perfecta, Uría. No tienes escapatoria.
Miré a mis dos amigas y luego a Gabriel. Él me sostenía la mirada con un brillo desafiante en sus ojos verdes y esa sonrisita traviesa que me decía que, por mucho que yo intentara ponerme digna e implacable, ya había perdido la batalla antes de empezar a discutir.
—No sé…
—Venga… —insistió Marina poniendo expresión de lástima muy al estilo del gato con botas.
—¡Oh! ¡Está bien! —cedí, soltando un suspiro cargado de falsa resignación mientras le daba el último trago a mi cerveza—. Nos vamos a la playa mañana. Pero como me llame mi padre enfadado a mitad de la tarde, Gabriel, te toca a ti hacer de escudo humano.
—Eso está incluido en la tarifa de novio protector, reina —respondió él con un guiño descarado—. Tú no te preocupes por nada.
—Bueno, organicemos las cosas —intervino Marina, sacando su vena de organizadora—. Quedamos a las once en la playa del Bogatell, que es la más amplia y donde mejor se está. Yo me encargo de traer las toallas grandes y las sombrillas del taller.
—Yo me pido el suministro de supervivencia —añadió Carlota, tecleando algo en su móvil—.
Prepararé una nevera portátil con hielo, mimosas caseras en termos para que no se calienten y unos picoteos finos.
Nada de patatas rancias, que somos pijas venidas a menos, pero mantenemos la dignidad culinaria.
Todos nos echamos a reír.
—¿Y a mí qué me queda? —preguntó Gabriel, cruzándose de brazos con diversión.
—Tú pones el coche, Tienes coche, ¿verdad?
—Lo tengo, sí.
—Perfecto. Trae protector solar de factor cincuenta para que la jefa no se queme, y esos abdominales que van a justificar todo el escándalo mediático —le soltó Marina sin ningún tipo de filtro, haciéndome carraspear de golpe.
Gabriel volvió a reír.
—Entendido. Todo bajo control —rio Gabriel, levantándose de la silla y dejándonos unos billetes sobre la mesa para pagar la ronda—.
Chicas, un placer, pero aún tengo que hacer algo y se me va a hacer tarde.
Mañana nos vemos en la arena —se giró hacía mí—.
Jefa, te recojo a las diez y media en tu portal.
No te dejes el bikini más pequeño que tengas.
Me guiñó un ojo y antes de que pudiera replicar (o insultar un poco), se dio la vuelta y se marchó caminando a paso lento por las calles de Gracia, con la chaqueta de cuero al hombro y esa seguridad que volvía locos a todos a su paso.
Me quedé mirándolo hasta que dobló la esquina, sintiendo que el estómago se me llenaba de mariposas nerviosas ante la perspectiva de verlo al día siguiente sin apenas ropa.