Capitulo 8
Cuando llegué al ático de Paseo de Gracia olía a un fuerte aroma de té de bergamota, algo que mi madre solo tomaba en una crisis de ansiedad extrema y presagiaba una tormenta familiar de proporciones bíblicas.
Llegué todavía con la respiración un poco alterada (mitad por la carrera, mitad por los setos de Horta) y me encontré a mis padres sentados en el salón como un tribunal de la Inquisición, con una copia impresa de la maldita foto de la prensa rosa sobre la mesa de centro.
—¿Se puede saber qué significa esta... esta vulgaridad, Gabriela?
—soltó mi madre nada más verme cruzar el umbral, señalando el papel con una uña impecablemente de color uva—.
¡Toda Barcelona está hablando de que mi hija se revuelca en los callejones del Poblenou con un donnadie que se viste en el rastrillo!
—No me estaba revolcando con nadie, mamá —repliqué, cruzándome de brazos y plantándome firme—. Estábamos saliendo de un concierto. Se llama tener una vida normal. Algo que a Borja de la Quadra le vendría muy bien para espabilar.
—¡Gabriela!
—Y esa ropa del rastrillo de la que hablas yo diría que le sienta de maravilla. Ni a Borja los…
—¡No metas a Borja en esto! —intervino mi padre, levantándose con esa pesadez imponente de los hombres de negocios, al menos aquellos que están acostumbrados a tener a miles de personas bajo su mando y está demasiado acostumbrado a mandar y esperar ciegamente a ser obedecido—.
Los De la Quadra están indignados. Esto es una humillación pública para su apellido.
Ese... Gabriel Salas, o como se llame, es una distracción intolerable.
No tiene estatus, no tiene patrimonio y, por lo que veo, no tiene el más mínimo respeto por la discreción.
Exijo que cortes con él hoy mismo. Le mandas un mensaje, le dices que ha sido un error y restablecemos las relaciones con Borja antes de que el escándalo vaya a más.
—¡Pues no pienso cortar con él! —le grité, sintiendo que el orgullo y la rabia me nublaban la vista—.
No podéis controlar mi vida como si fuera un contenedor de carga en el puerto.
Gabriel me quiere por quien soy, no por el dinero de la familia.
Y si os molesta ver su foto en la prensa, os vais a tener que aguantar, porque pienso seguir saliendo con él todo el verano.
—¡Gabriela! —mi madre se llevó una mano al pecho dramáticamente—.
Si insistes en este capricho con ese muchacho, tu padre va a cumplir su palabra.
Te congelaremos las cuentas y revocaremos el contrato de alquiler de tu piso de Sarrià esta misma semana.
¡A ver cuánto te dura el amor cuando tengas que pagar el metro con monedas sueltas!
—¡Pues hacedlo! —solté con una valentía ficticia que me dio vértigo—. Prefiero ser pobre al lado de alguien a quien quiero y me quiere que infeliz al lado de un mueble de Ikea engominado como Borja.
Me di la vuelta sobre mis talones, dando un portazo que hizo temblar las lámparas de cristal de Murano del recibidor, y salí disparada hacia el ascensor.
Me subí al primer taxi que pasó por el Paseo de Gracia con las lágrimas de rabia quemándome los ojos.
Necesitaba a mis amigas, necesitaba alcohol y necesitaba huir de toda esa mierda antes de cometer un asesinato.
Dentro del taxi, mis manos temblaban tanto que casi se me cae el teléfono entre los asientos. El corazón me iba a mil por hora, bombeando una mezcla furiosa de adrenalina y frustración retenida. Abrí el chat de grupo con las chicas a toda velocidad.
Gabi: S.O.S. Emergencia nacional. Mis padres acaban de mutar en monstruos de película de terror. Me han puesto a parir. Me congelan las cuentas. Quieren que deje a Gabriel YA.
Marina: ¿¿Qué?? Pero si la foto de Razzmatazz era genial. Qué antiguos son, por favor.
Carlota: A ver, calma. Jurídicamente no pueden quitarte el piso de Sarrià sin un preaviso, pero las cuentas sí las pueden bloquear si están a su nombre. ¿Dónde estás?
Gabi: En un taxi. Voy directa a la Plaza del Sol. Necesito alcohol, amigas y asfalto. Venid ya o me pongo a llorar en el capó de un coche.
Marina: Dejo la lija ahora mismo. En diez minutos estoy allí.
Carlota: Salgo del despacho. La primera en llegar pide una ronda doble de bravas y cerveza.
Veinte minutos después, bajé del taxi en pleno corazón del barrio de Gracia.
La Plaza del Sol bullía con su ambiente habitual de última hora de la tarde: gente sentada en las terrazas, jóvenes tocando la guitarra en el suelo y ese aire bohemio tan alejado del esteticismo rígido de Paseo de Gracia.
Divisé a Marina y a Carlota en una mesa de la esquina de una de las terrazas.
Me desplomé sobre la silla de plástico, tirando el bolso sobre la mesa con tanta fuerza que los cubiertos de la mesa de al lado tintinearon. El camarero se acercó al instante, asustado por mi cara de querer prenderle fuego al local.
—Una jarra de cerveza doble. La más grande que tengas. Y ponme tres de bravas —le solté, sin respirar.
—Vaya... la heredera ha entrado en modo demolición —comentó Carlota, quitándose las gafas y mirándome con preocupación real—. Venga, escupe la bilis antes de que te dé un síncope.
Le di un trago largo a la jarra de cerveza que el camarero trajo volando, sintiendo cómo el amargor frío me calmaba un poco el incendio del pecho.
—¡Me han amenazado con dejarme en la indigencia!
—exclamé en un susurro furioso, inclinándome sobre la mesa—.
Mi madre se ha puesto histérica con la foto de Razzmatazz.
Dice que es una ordinariez y que he humillado el apellido Uría.
Y mi padre... mi padre me ha dado un ultimátum: o le mando un mensaje a Gabriel cortando la relación hoy mismo, o esta semana me congelan las tarjetas y me quitan las llaves del piso.
¡Están compinchados con los abogados de Borja!
—¿Y qué les has dicho? —preguntó Marina con los ojos como platos, fascinada por el drama.
—¡Pues que prefería ser pobre al lado de Gabriel que infeliz con el estirado de Borja!
—solté, dándole otro zarpazo a la cerveza—.
Pero chicas... la farsa se nos ha ido de las manos.
He defendido a Gabriel como si fuera el amor de mi vida, cuando en realidad solo es un actor al que le pago el alquiler.
Y lo peor... lo peor es lo que ha pasado una hora antes en el Laberinto de Horta.
Casi lo hacemos contra los cipreses, chicas.
Estoy jodidamente confundida, sin dinero, enfadada y muerta de ganas de acostarme con mi empleado. ¡Es un desastre absoluto!
Carlota me arrebató la jarra de cerveza de las manos antes de que me la terminara de un trago largo y me miró con fijeza.
—Gabi, respira profundamente tres veces, por favor —me ordenó con su tono más firme—.
A nivel financiero, mañana mismo revisamos tus cuentas personales.
Si el fondo de la línea de joyería está a tu nombre, tu padre no puede tocar un solo céntimo por mucho que patalee.
Así que quítate esa idea de la indigencia de la cabeza. Eres una tía dura.
—Es que no es solo el dinero, Carlota —gemí, apoyando los codos en la mesa y hundiéndome la cara entre las manos—.
Es la cabeza. En el laberinto de Horta...
la farsa desapareció por completo. Me tocaba y yo temblaba entera.
Estaba dispuesta a mandarlo todo a la mierda.
¿Y si me estoy enamorando de un tío que solo está memorizando un guión para cobrar a fin de mes?
—Ay, Gabi... —Marina me acarició el brazo con dulzura, apartándome un mechón de pelo—.
El amor y el deseo son cosas muy confusas, y más cuando juegas con fuego.
Disfruta de la química. Si él actúa tan bien, es porque algo real hay ahí dentro.
Ningún actor finge esa mirada de la foto de Razzmatazz por un cheque.
—¿En serio? —solté un bufido y bebí otro trago de la cerveza antes de dejarla sobre la mesa con fuerza—. Es actor, chicas, a-c-t-o-r. Eso lo dice todo. Está actuando y si me preguntas es muy bueno en su profesión. Merecería un premio, un goya… ¡No! ¡Un Óscar!
—Deja lo que estés esnifando, guapa —me interrumpió Marina lanzando una significativa mirada a Carlota—. Es actor, sin duda, pero también es un hombre y yo apostaría todo mi sueldo de un año que esa actuación no es solo teatro.
—Ni yo lo hubiera dicho mejor —asintió Carlota levantando su jarra hacia mí.
—No sé…
—Chica, solo disfruta. Sí al final te toca llorar ya estaremos aquí para consolarte, abrazarte y si es necesario, ya sabes que puedes contar con nosotras para darle una paliza y así te desahogas.
Me eché a reír y apreté la jarra con las dos manos.
Justo cuando empezaba a asimilar las palabras de Marina, tres chicos altos, rubios y con pinta de turistas nórdicos se detuvieron junto a nuestra mesa de la Plaza del Sol.
Llevaban bermudas, zapatillas de lona y unas sonrisas de oreja a oreja que delataban que llevaban unas cuantas jarras de sangría encima.
Uno de ellos, el que tenía unos ojos azules idénticos a los de un husky, se inclinó hacia nosotras apoyando una mano en el respaldo de la silla vacía.
—Excuse me, girls... —dijo con un acento inglés marcadísimo y una voz arrastrada—.
Nos hemos perdido un poco buscando un sitio con buena música.
Pero viéndoos a vosotras, creo que ya hemos encontrado el mejor sitio de toda Barcelona.
¿Os importa si nos sentamos un rato a compartir unas cervezas con vosotras?
Carlota enarcó una ceja, divertida por el descaro, y Marina soltó una risita cómplice por lo bajo.
Yo, sin embargo, los miré con una cara de pocos amigos que habría espantado a un batallón de marines.
Lo último que necesitaba en mitad de mi colapso existencial y mi frustración sexual era aguantar el coqueteo de tres guiris en Gracia.
El chico de los ojos azules captó mi mirada de hielo, pero en lugar de retirarse, se inclinó un poco más hacia mí, sonriendo con una osadía que me encendió la sangre.
Varios de los chicos se sentaron alrededor de sus amigas, que si bien divertidas por el coqueteo, alzaron las cejas, visiblemente contrariadas por las confianzas que se estaban tomando.
El nórdico de los ojos de husky no se daba por aludido con mi mirada de pocos amigos. Al contrario, arrastró una silla de la mesa contigua y se sentó sin pedir permiso, acortando la distancia conmigo de una forma descarada.
—Vamos, morena, no pongas esa cara —dijo en un español bastante masticado, intentando pasarme un brazo por encima del respaldo de mi silla—. El verano en Barcelona es para disfrutar. Invito yo a la siguiente ronda de margaritas y nos cuentas por qué estás tan seria.
Carlota cruzó los brazos, adoptando su típica postura de «No, si después de todo hoy celebramos un funeral», mientras Marina contenía la risa. Yo estaba a punto de mandarlo de vuelta a su país de un grito cuando, de repente, una sombra imponente se proyectó sobre nuestra mesa.
Una mano grande, de dedos largos y nudillos firmes, se posó con una fuerza indiscutible sobre el hombro del rubio, obligándolo a enderezar la espalda de golpe.
—Creo que la señorita ya te ha dicho todo lo que necesitabas saber con la mirada, amigo —soltó una voz profunda, áspera y peligrosamente calmada.
Di un respingo en la silla. Gabriel estaba de pie justo detrás del turista.
Llevaba unos vaqueros oscuros, una camiseta negra que le marcaba los músculos a la perfección y la cazadora de cuero colgada de un solo brazo.
Tenía la mandíbula tan apretada que se le marcaba cada músculo de la cara, y sus ojos verdes despedían unos destellos fríos que habrían congelado el mismísimo mar del Norte.
El guiri parpadeó, intimidado al instante por la envergadura de Gabriel y por el aura de sutil violencia que desprendía.
—Eh... no problem, man. Solo estábamos hablando —balbuceó el chico, levantándose de la silla con las manos en alto. Sus dos amigos, que habían visto el panorama, tiraron de él hacia los pasillos de la plaza antes de que la cosa fuera a mayores.
Gabriel los vio marcharse con la mirada fija y, solo cuando desaparecieron entre la multitud de la Plaza del Sol, se volvió hacia nosotras. Su expresión se relajó un milímetro, transformándose en esa sonrisita traviesa que me ponía enferma y me encantaba a partes iguales.
—Buenas noches, preciosas —saludó a Marina y Carlota, guiñándoles un ojo—. Siento interrumpir la reunión de amigas, pero me ha parecido que a la jefa le hacía falta un guardaespaldas a tiempo completo.
Bufé sin poder evitar la sonrisa que ya asomaba en mis labios.
—No necesito un guardaespaldas.
—Lo que tú necesitas es otra cosa —canturreó Carlota.
Le lancé una mirada de advertencia y Marina se echó a reír.
—Vete a la mierda —murmuré—. Y tú —me giré hacia Gabriel—. ¿Qué haces aquí? ¿Me estás siguiendo?
—Por supuesto que no —se echó a reír con indiferencia—. No estoy tan libre. Tenía algo que hacer por los alrededores y te he visto.
Se sentó en la silla vacía a mi lado, pegando tanto su cuerpo al mío que su muslo rozó el mío bajo la mesa de la terraza.
Miré a mis amigas: Marina tenía los ojos como platos de postre y Carlota sonreía con una satisfacción absoluta.
Miré a Gabriel, con el pulso totalmente desbocado, dándome cuenta de que mi búnker libre de testosterona acababa de ser invadido por el único hombre capaz de hacerme perder el control.