Capitulo 7
El lunes por la tarde, el calor caía a plomo sobre el capó del descapotable azul de Gabriel.
Me había puesto un vestido camisero de lino verde oliva, muy fluido, y unas sandalias cómodas.
Cuando subí al coche frente al taller de Marina, el contraste entre el ambiente relajado de la fiesta de pijamas de la noche anterior y la realidad de tener a Gabriel a escasos centímetros me revolvió el estómago.
—Buenas tardes, jefa —saludó Gabriel, quitándose las gafas de sol para mirarme con fijamente. Sus ojos verdes brillaban con esa confianza descarada que tanto me descolocaba—. Te noto un poco tensa. ¿Ha pasado algo con las letradas esta noche?
—Ha pasado esto —le solté directamente, sacando el móvil de mi bolso y mostrándole la captura de pantalla de la revista de cotilleos de la zona alta.
Gabriel cogió el teléfono, sujetándolo con sus dedos largos mientras leía el titular sobre nuestro desliz en los baños de Razzmatazz. En lugar de preocuparse o ponerse nervioso, una sonrisa amplia y sumamente traviesa empezó a dibujarse en sus labios carnosos.
—Vaya, vaya... —murmuró, devolviéndome el móvil—. Salgo bastante favorecido para ser una foto robada. Mira qué perfil. Tu padre debe de estar al borde de una apoplejía.
—No te rías, Gabriel, esto es serio —le reproché, cruzándome de brazos—.
La farsa ya es pública. Mis amigas dicen que tenemos que aprovechar el tirón y darles una narrativa real a los fotógrafos.
Por eso vamos al Parque del Laberinto de Horta.
Hay que dejarse ver en plan pareja idílica, cómplices y enamorados de verdad, para que la prensa termine de enterrar la idea de mi compromiso con Borja.
Gabriel metió la primera marcha, haciendo rugir el motor del clásico mientras enfilábamos la Ronda de Dalt en dirección a Horta.
—O sea, que me estás pidiendo que vaya a un parque romántico a pasear de la mano contigo y a hacer ver que me muero por besarte delante de unas cámaras ocultas —dijo, lanzándome una mirada de reojo cargada de pura picardía—.
Jefa, insisto: te estás buscando la ruina.
Te recuerdo que lo del baño de Razzmatazz no fue precisamente una simulación.
Si nos metemos en los rincones oscuros de ese laberinto a "ensayar", puede que la prensa capte algo mucho más real de lo que habías planeado en tu contrato.
El pulso se me disparó en el acto. Miré por la ventanilla, tratando de ocultar la sonrisa nerviosa y el calor que me subía por el cuello.
Sabía que mis amigas me habían dicho que disfrutara del presente y que explorara, pero tener a Gabriel tan cerca, prometiendo fuego con la mirada, hacía que el trayecto hacia Horta se sintiera como el viaje en montaña rusa más peligroso de mi vida.
Llegamos poco después. El Parque del Laberinto de Horta estaba precioso a esa hora de la tarde.
La luz del sol se filtraba entre las copas de los árboles calmadamente, creando sombras alargadas sobre los caminos de tierra.
El olor a pino, a hiedra y a tierra mojada flotaba en el ambiente.
Era un rincón de Barcelona que parecía sacado de un cuento neoclásico, completamente aislado del ruido del tráfico de la ciudad.
En cuanto cruzamos la entrada de piedra, Gabriel entrelazó sus dedos con los míos con una firmeza que me hizo contener la respiración. Sus manos estaban cálidas y su tacto me devolvió de golpe la electricidad de las noches anteriores.
—A ver, jefa, despliega tus radares —me susurró al oído, inclinándose tanto que su barbilla rozó mi pamela—. ¿Dónde están esos supuestos fotógrafos que van a inmortalizar nuestro amor de verano?
—Por la zona de las terrazas superiores o cerca de los templetes de la entrada —respondí en un susurro, intentando mantener la compostura mientras caminábamos a paso lento—. Carlota dijo que suelen ponerse por ahí porque hay buena luz. Así que actúa con naturalidad. Hazme reír o algo.
—¿Que te haga reír? Eso es fácil —Gabriel se detuvo en mitad del camino, obligándome a girar hacia él.
Me rodeó la cintura con el brazo, pegando mi cuerpo al suyo de una manera tan fluida que pareció ensayado durante meses—.
Solo tengo que recordarte la cara que puso Borja cuando le sugerí que probara el teatro alternativo para desatascarle el carácter.
Estaba a un segundo de morder el mantel.
No pude evitarlo. Solté una carcajada limpia y sincera, mirándole a esos ojos verdes que brillaban con una luz divertida bajo el sol de la tarde.
Gabriel aprovechó el momento para levantar su mano libre y acariciarme la mejilla con el pulgar, recorriendo la línea de mi barbilla con una lentitud que me erizó la piel.
—Vaya, mira eso —murmuró con voz más baja, bajando la mirada hacia mis labios—. Tienes una sonrisa preciosa cuando no estás intentando recordarme que soy tu empleado, Gabriela. Deberías usarla más a menudo.
—Gabriel... las cámaras —titubeé, sintiendo que el corazón me martilleaba con fuerza contra las costillas. La cercanía de su cuerpo, el olor a tierra y su perfume a menta me estaban nublando el juicio por completo.
—Que miren todo lo que quieran —respondió, guiñándome un ojo antes de volver a tirar suavemente de mi mano—. Vamos a meternos de lleno en el laberinto de cipreses. Si de verdad queremos un buen reportaje, la prensa necesita vernos perdernos en el lugar más romántico del parque.
Nos adentramos en el pasillo de altos muros verdes de ciprés, donde los senderos se estrechaban y el mundo exterior desaparecía por completo. La farsa mediática seguía en marcha, pero mi temperatura estaba empezando a rozar el punto de ebullición.
Intenté pensar en otra cosa. En cualquier otra cosa, pero su mano aferrando la mía y su proximidad no ayudaban precisamente.
Levanté la mirada.
Un giro a la izquierda, dos a la derecha y los muros de ciprés de más de dos metros de alto nos aislaron por completo del resto del mundo.
El silencio en el corazón del laberinto era absoluto, interrumpido únicamente por el canto lejano de algunos pájaros y el sonido de nuestras respiraciones.
La luz del sol apenas lograba filtrarse entre las ramas tupidas, creando una penumbra verde, íntima y cargada de una electricidad insoportable.
Gabriel me soltó la mano, pero solo para rodearme la cintura por completo con ambos brazos y estamparme de espaldas contra el seto vegetal. Las hojas crujieron tras de mí, y el calor de su cuerpo robusto cayó encima como una losa de pura sensualidad.
Vale, sí, me encantaba ese cuerpo y sobre todo me volvía loca todas esas emociones que despertaba en mí.
—Creo que aquí ya no nos ve ningún fotógrafo, jefa —susurró con una voz ronca, densa, que me vibró directo en el vientre. Sus ojos verdes estaban oscuros, fijos en mi boca con un hambre que me hizo estremecer.
—Gabriel, vinimos a... a ensayar para la prensa —logré decir, aunque mis manos ya se habían adelantado solas, subiendo por su pecho, aferrándose al tejido de su camiseta para no caerme. Las piernas me flaqueaban.
—A la mierda la prensa —sentenció, rompiendo los últimos milímetros de distancia.
Su boca se adueñó de la mía con una urgencia salvaje.
No hubo preámbulos. Fue un beso profundo, húmedo y desesperado que me vació los pulmones en un segundo.
Le respondí con la misma ferocidad, abriendo los labios para dejarme devorar, mientras el deseo, contenido durante días, estallaba en mi interior.
Gabriel bajó una de sus manos hacia mis muslos, metiendo los dedos por debajo de la falda de mi vestido de lino, acariciando la piel desnuda con una firmeza que me hizo soltar un gemido ahogado contra su boca.
Me estrechó aún más contra él, rodeada por la inmensidad del laberinto y la intensidad de su presencia.
La cercanía era total, una marea de sensaciones que me recorría la espalda y me dejaba sin aliento.
Estaba completamente cautivada, olvidando por un momento el mundo exterior y las reglas que nos habíamos impuesto, perdida en la fuerza de un sentimiento que ya no podíamos ignorar.
Mis dedos se aferraron a sus hombros mientras él buscaba refugio en el hueco de mi cuello, haciéndome suspirar ante la vulnerabilidad del momento.
—Gabriel... por Dios, Gabriel... —murmuré, dejándome llevar por la emoción que nos envolvía, sintiendo cómo el tiempo parecía detenerse entre los muros de ciprés.
Su abrazo se volvió más firme y yo me aferré a él con una necesidad alarmante.
Estábamos a un milímetro del abismo. Gabriel me tenía completamente sujeta, su respiración agitada golpeaba mi cuello y yo tenía los ojos cerrados, entregada a una necesidad física que nunca antes había experimentado con tanta fuerza.
Quería que la ropa desapareciera, quería mandarlo todo al demonio allí mismo, entre las hiedras y los cipreses de Horta.
Quería que me follase.
Y quería que lo hiciera en ese momento sin importar donde estuviera.
Un zumbido estridente y prolongado empezó a vibrar con insistencia dentro de mi bolso de mano, colgado a duras penas de mi hombro. El tono de llamada exclusivo para los miembros de la familia Uría sonó con la fuerza de una alarma de evacuación nuclear.
Riiing. Riiing.
Gabriel se detuvo en seco, con los labios a un milímetro de mi piel. Soltó un juramento entre dientes, apoyando la frente contra mi hombro mientras intentaba recuperar el aire. Yo abrí los ojos, parpadeando, sintiendo que la realidad me golpeaba la cara como un cubo de agua helada.
—Dime que es un simulacro de incendio —gruñó Gabriel con la voz completamente rota por el deseo, sin retirar la mano que aún descansaba sobre mi muslo.
—Es... es mi madre —atiné a decir, tragando saliva con dificultad. Con las manos temblorosas, metí la mano en el bolso y saqué el maldito teléfono. En la pantalla brillaba el nombre de Victoria Uría.
Aparté suavemente a Gabriel, que dio un paso atrás frotándose la nuca, visiblemente frustrado.
Me arreglé la falda del vestido de lino con movimientos torpes, respiré hondo tres veces para intentar que mi voz no sonara como la de una mujer que acaba de ser devorada en un seto, y deslicé el dedo por la pantalla.
—¿Sí, mamá? —dije, intentando forzar mi mejor tono de aburrimiento.
—¡Gabriela! ¡Menos mal que respondes! —la voz de mi madre sonó aguda y cargada de una indignación que tantas veces había escuchado ya.
A mi madre había pocas cosas que no la indignasen—.
¿Se puede saber qué es esa ordinariez de fotografía que está circulando por los círculos de la Diagonal?
¡Salis riendo en un callejón del Poblenou como dos adolescentes sin educación!
Tu padre está reunido con los abogados de Borja para intentar calmar las cosas, y tú estás desaparecida.
Exijo que vengas inmediatamente al piso de Paseo de Gracia.
Tenemos que hablar de ese... muchacho tuyo ahora mismo.
Miré a Gabriel. Él me observaba apoyado contra el muro de ciprés, con los brazos cruzados, una ceja alzada y esa sonrisita traviesa que empezaba a regresar a sus labios, aunque sus ojos verdes seguían oscuros y fijos en mí.
—No puedo ir ahora, mamá. Estoy... en medio de una reunión de trabajo muy importante —mentí, sintiendo cómo el calor de la excitación contenida se transformaba en pura adrenalina.
—No me importan tus reuniones, Gabriela. Y mucho menos un trabajo absurdo como el tuyo. Te queremos aquí en una hora. No tenses más la cuerda —sentenció mi madre antes de colgar el teléfono sin despedirse.
Bajé el móvil lentamente. El hechizo del laberinto se había roto por completo, dejándome el cuerpo temblando de frustración y con unas ganas de sexo tan espantosas que me dolía el pecho.
Gabriel se acercó a mí lentamente. Me cogió la barbilla con delicadeza, obligándome a mirarle.
—Parece que la función ha terminado, jefa —murmuró, dándome un tierno pero exasperante beso de despedida en la comisura de los labios—. Anda, vamos a sacarte de este laberinto antes de que decida ignorar las llamadas de tu madre y te quede claro quién manda aquí dentro.
Solté un bufido irritado y puse la mano libre en la cadera.
—Yo, por supuesto.
Gabriel se echó a reír y se apresuró a seguirme en cuanto empecé a caminar.