Un, dos, tres, ¡amor!… digo ¡Acción! Capitulo 6
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Capitulo 6

El olor a café recién hecho y las tostadas quemadas inundaban el pequeño pero acogedor piso de Marina en el Poblenou.

Decidí no volver al ático de mis padres ni a mi propia casa; necesitaba un búnker libre de testosterona y, sobre todo, libre de Gabriel Salas.

Llevaba puesta una camiseta de propaganda tres tallas más grande que me había prestado Marina y arrastraba los pies por el pasillo directo al salón, donde mis dos salvavidas ya estaban instaladas en el sofá con cara de querer interrogarme hasta el amanecer.

—Buenos días, bella durmiente —saludó Carlota, que ya lucía unas mallas de deporte listas para su sesión de yoga dominical—. Tienes una cara de confusión existencial que se nota desde la Barceloneta. Venga, suéltalo todo de una vez.

Me dejé caer en medio de las dos, hundiendo la cara en un cojín con un gemido amortiguado. Luego me incorporé, cogiendo la taza de café que Marina me ofrecía como si fuera un elixir sagrado.

—Chicas, estoy perdiendo la cabeza por completo —admití, mirando fijamente la espuma de la leche—.

Lo del baño de Razzmatazz anoche... no fue normal.

Con Gabriel todo se vuelve jodidamente intenso en un segundo.

Es como si el aire cambiara de densidad cada vez que da un paso hacia mí.

Siento una química que me asusta, porque sé perfectamente que es un actor, sé que hay un contrato de por medio, pero cuando me toca...

me olvido hasta de mi propio apellido. No sé qué siento y qué es parte de la farsa.

Marina se cruzó de piernas en el sofá, dándole un mordisco a su tostada antes de hablar con esa sabiduría bohemia que tanto envidiaba.

—A ver, Gabi, estás obsesionada con ponerle etiquetas a algo que acaba de empezar.

Mírame a mí, que llevo tres meses enganchada a un escultor del taller de al lado que solo me habla cuando necesita que le preste una lijadora y tiene más traumas emocionales que una película de Almodóvar.

Mi vida amorosa es un desastre absoluto y aquí sigo, intentando aclararme.

Lo tuyo con Gabriel es intenso porque hay atracción real, no le des más vueltas.

—Marina tiene razón —añadió Carlota, dejando su taza en la mesa baja con firmeza—.

Como abogada te diría que estás rompiendo los términos del acuerdo, pero como tu amiga te digo: disfruta del maldito presente.

¿Qué más da si es el hombre de tu vida o un error de verano?

Tienes a un tío que parece esculpido por los dioses griegos haciéndose pasar por tu novio, que te defiende de los babosos y que te besa como si se fuera a acabar el mundo.

Explora, diviértete y deja que las cosas fluyan.

Nadie te está pidiendo que firmes unas capitulaciones matrimoniales con él.

Las palabras de mis amigas me cayeron como un bálsamo de agua fría. Tenían razón. Me pasaba la vida controlando cada detalle de mis proyectos y mis finanzas, y ahora que aparecía alguien capaz de descontrolarme, me entraba el pánico.

—Vale, de acuerdo —dije, esbozando una sonrisa real por primera vez en la mañana—. Voy a intentar relajarme y disfrutar del empleado.

—¡Esa es la actitud! —celebró Marina, chocando su taza con la mía—. Pero ahora, cambiando de tema y poniéndonos serias... Tenemos que empezar a trazar una estrategia de cara a la prensa y las redes sociales.

Carlota sacó su tableta digital y la puso sobre mis rodillas, mostrando una pantalla que me hizo perder el color de las mejillas de golpe.

Era una captura de una cuenta de cotilleos muy conocida de la zona alta de Barcelona.

En la pantalla aparecía una fotografía, algo borrosa pero indiscutible, de Gabriel y yo anoche, riendo pegados a la entrada de Razzmatazz mientras él me rodeaba la cintura con su chaqueta de cuero.

El titular rezaba: «¿Fin del acuerdo con los De la Quadra?

Gabriela Uría se olvida de la etiqueta con un misterioso y atractivo chico rebelde en el Poblenou».

—Los rumores ya han empezado, Gabi —advirtió Carlota con un brillo de pura diversión en los ojos—. Tu farsa acaba de volverse pública, y ahora hay que alimentar al monstruo antes de que tu padre intente silenciarlo.

Solté un gemido de frustración y Marina me dio unas palmaditas en la espalda.

—Tú puedes.

—¡Qué vergüenza!

Nos quedamos las tres mirando la pantalla de la tableta como si fuera un plano del asalto al Banco de España. El titular seguía allí, brillando con una luz de cotilleo de lo más jugosa.

—Vale, que no cunda el pánico —dijo Marina, dando una palmada en el aire—.

Esto no es un desastre, ¡esto es oro puro para nuestra causa!

Mírale los hombros a Gabriel en esa foto de perfil.

Si yo fuera tu madre, estaría cancelando las invitaciones de boda con el del caballo asmático solo por el qué dirán.

—Marina, por favor —la frenó Carlota con su tono de abogada estricta, aunque no podía ocultar una sonrisa—.

Hay que enfocar esto con cabeza. Gabi, el entorno de tu padre se mueve por las apariencias.

Si sale esta foto en Razzmatazz, pensarán que es un desliz de una noche.

Si queremos que se tomen en serio que has mandado a Borja a paseo por Gabriel, tenemos que darles una narrativa.

Hay que alimentar a la prensa con buen material.

—¿Buen material? ¿A qué te refieres? —pregunté, dándole un mordisco a una tostada para calmar los nervios—. ¿Quieres que convoquemos una rueda de prensa en el Paseo de Gracia?

—No, tonta —Carlota se inclinó hacia delante, tecleando en la tableta—.

Hablo de dejar pistas. Mañana tenéis que dejaros ver en un sitio donde los fotógrafos de las revistas de sociedad suelen cazar a los famosos.

Nada de encerraros en el baño de una discoteca oscura.

Necesitamos luz de día, complicidad, risas y...

bueno, algún roce sugerente que deje claro que hay fuego entre vosotros.

El Parque del Laberinto de Horta es perfecto para eso.

Es romántico, es precioso y siempre hay algún fotógrafo haciendo reportajes de bodas o moda que puede "filtrar" una foto robada.

—¿Y qué se supone que tenemos que hacer? ¿Posar como si estuviéramos en un catálogo de novios? —protesté, aunque la idea de volver a estar cerca de Gabriel bajo cualquier excusa me hacía dar un vuelco al corazón.

—No tienes que posar, Gabi. Ya hemos quedado en que la química os sale sola —me pinchó Marina, guiñándome un ojo—.

Solo tenéis que dar un paseo. Tú te pones un vestido veraniego, él te coge de la mano, jugáis a perderos por el laberinto, os reís...

y si él decide arrinconarte contra un seto para darte uno de esos besos de película, dejas que pase. Todo sea por la farsa, ¿no?

Dejé la taza sobre la mesa y me eché hacia atrás en el sofá, suspirando. Estaba atrapada entre los consejos de mis amigas para que disfrutara del presente y la realidad de un plan de comunicación que nos iba a obligar a estar aún más pegados.

—Está bien, organizaremos el "ensayo" en Horta —cedí, tapándome la cara con las manos—.

Pero antes de que mi mente colapse con más estrategias, Marina, cuéntanos qué pasa con ese escultor de tu taller.

Nos has soltado la bomba antes y has cambiado de tema.

¿Qué pasa con esos traumas emocionales suyos?

Marina soltó un bufido y se tapó la cara con un cojín, mientras Carlota se reía.

—Venga, no te hagas la tímida que no cuela.

—No estoy siendo tímida. No es eso…

—¿Qué es lo que ocurre?

Marina se quitó el cojín de la cara. El tono divertido de su voz se había desvanecido, dejando paso a una expresión de auténtica preocupación.

Miró fijamente la taza de café vacía entre sus manos y soltó un suspiro tembloroso que nos puso a Carlota y a mí en alerta máxima.

El ambiente en el salón cambió por completo.

—A ver, chicas... Es que la cosa con Liam, el escultor, se ha vuelto bastante turbia esta semana —empezó Marina, bajando la voz—.

Sabéis que comparte el local del Poblenou con otros artistas.

Pues el martes por la noche me quedé tarde en mi taller terminando de decapar una cómoda.

Escuché ruidos raros en su zona. Gritos ahogados, golpes contra las mesas de trabajo y cristales rompiéndose.

—¿Se estaba peleando con alguien? —pregunté, inclinándome hacia ella con el corazón encogido.

—Eso pensé al principio. Fui a mirar por la rendija de la puerta metálica.

Liam estaba solo, destrozando a martillazos una de sus esculturas de mármol más caras, la que iba a exponer en la galería de arte de Gracia.

Tenía las manos ensangrentadas, lloraba con una rabia tremenda y no paraba de repetir el nombre de una mujer... y unas fechas.

Carlota frunció el ceño, activando su chip de abogada en un segundo.

—¿Qué tipo de fechas, Marina? ¿Y qué nombre?

—No lo entendí bien —Marina sacudió la cabeza efusivamente—.

Decía "Lucía, fue mi culpa". O algo así.

Creo que también dijo algo de dos mil veinticuatro —volvió a sacudir la cabeza—.

Estaba completamente fuera de sí. Al día siguiente fui a llevarle un café para ver cómo estaba, actuando como si yo no hubiera visto nada.

Tenía los nudillos vendados. Intenté sacarle el tema de la exposición y se puso como una fiera, me agarró del brazo...

no con violencia para hacerme daño, pero sí con una desesperación que me asustó.

Me suplicó que no me metiera en su vida, que había cosas de su pasado en Berlín que era mejor no remover si quería estar a salvo.

—¿A salvo? ¿De qué o de quién? —Carlota se enderezó en el sofá, cruzándose de brazos—. Marina, eso no suena normal o a un desamor. Eso suena a que tu escultor bohemio arrastra algo delictivo o muy peligroso del extranjero. ¿Has investigado algo sobre su pasado antes de que llegara a Barcelona?

—He buscado su nombre real en internet y no hay nada anterior a su llegada al taller hace un año.

Es como si hubiera borrado su rastro —confesó Marina, con los ojos empañados—.

Y lo peor es que me gusta de verdad, chicas.

Cuando está tranquilo es el hombre más sensible del mundo, pero esa actitud del otro día me está carcomiendo por dentro.

Tengo miedo de estar metiéndome en la boca del lobo.

Miré a Marina y luego a Carlota. Mi drama con un actor contratado para engañar a mis padres de repente parecía una niñería al lado del secreto que escondía el vecino de taller de mi amiga. Le puse una mano en el hombro a Marina, apretándola con fuerza.

—No vas a volver a quedarte sola por las noches en ese taller, ¿me oyes?

—le dije con firmeza—. Si ese tío tiene fantasmas oscuros, los va a tener lejos de ti hasta que descubramos qué trama.

Mañana mismo, después de mi ensayo con Gabriel en el laberinto, Carlota y yo vamos a ayudarte a investigar quién es verdaderamente ese Liam.

—No sé… —murmuró Marina apretando el cojín con fuerza.

—No te estamos pidiendo tu opinión —insistí mirando significativamente a Carlota que asintió despacio con la cabeza.

—Hecho. Mañana mismo le pido un informe de antecedentes a un contacto que tengo en los juzgados —asintió Carlota con determinación, apuntando el nombre de Liam en su tableta—. Nadie toca a una de las nuestras, y menos un tío.

El resto de la tarde se nos pasó entre confidencias, teorías sobre el pasado del escultor y, sobre todo, una desconexión total que me hacía mucha falta.

Pedimos unas pizzas a un local italiano del Poblenou, abrimos otra botella de vino y decidimos que aquella noche haríamos una fiesta de pijamas improvisada en el salón de Marina, como cuando teníamos quince años y el mayor de nuestros problemas era aprobar el examen de matemáticas en el instituto.

Nos tumbamos en el gran colchón que Marina utilizaba para las visitas, rodeadas de cojines y con la luz de una lámpara de pie iluminando tenuemente la estancia.

—Oye, Gabi —murmuró Marina, mirando al techo con los brazos cruzados detrás de la cabeza—. Volviendo a tu plan mediático para mañana en el Laberinto de Horta... ¿Le vas a contar a Gabriel lo de la foto que ha salido hoy en la prensa de cotilleos?

—Tendré que hacerlo —suspiré, sintiendo un cosquilleo nervioso en el estómago al imaginar su reacción—.

Si vamos a ir allí a dejarnos cazar por los fotógrafos, él tiene que saber que la farsa ya está en el radar de todo el mundo.

Cuanto más real parezca nuestro paseo, más creíble será para mis padres.

—Pues prepárate, amiga —se burló Carlota desde el otro lado del colchón, tapándose con la manta hasta la barbilla—.

Porque me da la impresión de que a Gabriel no le va a costar absolutamente ningún trabajo fingir que está loco por ti frente a las cámaras.

Asegúrate de mantener la respiración controlada, que los setos del laberinto son altos pero no tapan los infartos.

Nos reímos las tres, lanzándonos algunos cojines hasta que el cansancio del fin de semana y el efecto del vino nos fue ganando terreno.

Antes de cerrar los ojos, miré la pantalla de mi móvil por última vez. Tenía un mensaje de Gabriel enviado hacía apenas una hora: «Descansa, jefa. Mañana a las cuatro te recojo. Tengo algunas ideas nuevas para el guión que creo que te van a encantar».

Sentí un vuelco salvaje en el corazón. Apagué la pantalla, me acurruqué contra la almohada y me quedé dormida con una sonrisa involuntaria en los labios.