Un, dos, tres, ¡amor!… digo ¡Acción! Capitulo 5
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Capitulo 5

—Si te pones ese corsé de cuero negro, te aseguro que el vocalista del grupo se va a olvidar de la letra de las canciones —sentenció Marina, mientras me lanzaba una bota militar de plataforma que por poco esquivé.

Estábamos en el salón de mi ático. El suelo parecía un mercadillo de ropa vintage de la calle Tallers.

Para contrarrestar la sobredosis de pijerío de Pedralbes, le había dicho a mi madre que Gabriel y yo íbamos a pasar la noche en un concierto de música indie en la mítica sala Razzmatazz.

Quería demostrarle que éramos una pareja moderna, urbana y totalmente alejada de sus cenas con vajilla de plata.

—No sé si el corsé es demasiado, chicas —dije, mirándome al espejo mientras me ajustaba unos pantalones vaqueros negros ajustadísimos—. El vestuario de Pedralbes ya fue bastante... Bueno eso. Todavía me da vergüenza recordar cómo salí de ese baño.

Carlota, que estaba sentada en la isla de la cocina abriendo una lata de cerveza, soltó una carcajada.

—A ver, Uría. Nos has confesado que os pegasteis un lote de campeonato contra las taquillas del Club de Tenis. A estas alturas, preocuparse por si el corsé es "demasiado" es de un cinismo precioso. Estás colgada del actor, asúmelo.

—¡Que no estoy colgada! —protesté, sintiendo que las mejillas se me encendían de golpe—. Es solo... tensión acumulada. El plan está funcionando. Mi madre llamó esta mañana a tres de sus amigas para quejarse de que su futuro yerno prefiere el streaming y el teatro a las acciones. ¡Estamos ganando!

—Sí, claro, ganando —Marina se acercó y empezó a delinearme los ojos con un lápiz negro, obligándome a quedarme quieta—.

Estás jugando con fuego, Gabi. Esta noche hay alcohol, música alta, cuerpos sudorosos y oscuridad.

Si en el vestuario de un club de tenis casi saltan chispas, en Razzmatazz vais a salir ardiendo.

Justo en ese momento, el telefonillo volvió a sonar. Mi corazón dio un vuelco salvaje, el mismo que daba cada vez que sabía que él estaba cerca.

—Ahí tienes a tu bombero —se burló Carlota, dándole un trago a su cerveza—. Anda, vete a abrir antes de que Marina te pinte la cara entera de negro.

Me eché un último vistazo en el espejo. Con los ojos ahumados, el corsé ceñido y las botas, no parecía en nada la heredera de los Uría. Parecía una mujer lista para cometer una locura. Y cuando abrí la puerta y vi a Gabriel apoyado en la pared del pasillo, supe que la locura estaba asegurada.

Gabriel estaba apoyado en la pared, jugando con un casco de moto entre las manos.

Cuando levantó la vista y me vio, se quedó completamente paralizado.

Sus ojos verdes recorrieron el corsé de cuero, los vaqueros ceñidos y los ojos ahumados, deteniéndose un segundo de más en el escote.

Llevaba una chaqueta de cuero negra desgastada sobre una camiseta gris con el logo de un grupo de rock, vaqueros oscuros y unas botas moteras. Estaba jodidamente irresistible.

—Madre mía, jefa... —murmuró con una voz que sonó más ronca de lo habitual—. Si me

hubieras dicho que el código de vestimenta de esta noche era "pecado mortal", me habría preparado psicológicamente. Estás... no tengo palabras.

—Tú tampoco te quedas atrás, Salas —repliqué, intentando que no se me notara el temblor en las piernas.

Marina y Carlota se asomaron por detrás de mí, despidiéndose con gestos exagerados y risitas tontas antes de cerrarnos la puerta del piso en las narices.

Nos quedamos solos en el rellano, bajo la luz parpadeante del pasillo.

La tensión del vestuario de Pedralbes seguía flotando entre nosotros, espesa y magnética.

—¿Nos vamos? He traído la moto —dijo Gabriel, ofreciéndome uno de los cascos—. Vamos a tener que pegarnos un poco para no caernos en las curvas de la Gran Vía, espero que no te importe romper otra de tus normas profesionales.

—Por una noche, haré una excepción —dije, cogiéndole el casco con una sonrisa desafiante.

Diez minutos después, cruzábamos Barcelona a toda velocidad.

Ir en moto por la ciudad de noche siempre tiene algo de mágico, pero ir abrazada a la espalda de Gabriel era otra categoría de experiencia.

Tenía mis brazos envueltos con fuerza alrededor de su cintura, sintiendo la dureza de sus abdominales bajo la camiseta y el calor que desprendía su cuerpo a través de la cazadora de cuero.

Cada vez que frenaba en un semáforo, mi pecho se estampaba contra su espalda, enviando descargas eléctricas directas a mi estómago.

Llegamos a la zona industrial del Poblenou.

La calle Almogàvers ya estaba colapsada de gente joven haciendo botellón, luces de colores y el zumbido de los bajos de la sala Razzmatazz vibrando desde el interior del edificio.

Aparcamos la moto y nos mezclamos con la multitud que hacía cola para entrar.

El ambiente olía a cerveza, humo y ganas de quemar la noche.

Gabriel me tomó de la mano para que no me perdiera entre el gentío. Sus dedos se entrelazaron con los míos con una naturalidad pasmosa. Al llegar a la puerta, el portero nos miró el sello vip que yo había conseguido y nos dejó pasar directamente.

Al cruzar el umbral, la oscuridad de la sala principal nos envolvió junto con una ráfaga de aire caliente, música indie a todo volumen y focos de luces estroboscópicas que parpadeaban al ritmo de la batería.

Gabriel me atrajo hacia su cuerpo por la cintura para protegerme de un empujón de la multitud, pegando su boca a mi oído para que pudiera escucharle por encima del ruido.

—Bienvenida al mundo real, reina —susurró, con sus labios rozando el lóbulo de mi oreja—. Prepárate, porque esta noche nos toca bailar muy pegados.

—Eso ya lo veremos —grité para hacerme oír, aunque no estaba segura de haberlo conseguido.

La sala principal de Razzmatazz era un hervidero de cuerpos en movimiento, humo y destellos rojos y azules que cortaban la oscuridad.

El grupo indie en el escenario tocaba con una distorsión salvaje, y la vibración de los altavoces nos retumbaba directamente en el pecho.

Gabriel nos abrió paso hasta la barra del piso superior, donde el ambiente estaba un poco menos masificado, y pidió dos copas.

—Para ser una heredera de alta alcurnia, te mueves bastante bien entre la multitud —me gritó al oído para hacerse oír, mientras me entregaba un vaso con ginebra y tónica.

—¡Te sorprendería lo que sé hacer cuando mis padres no están mirando! —le respondí, dándole un trago largo a mi copa. El alcohol me bajó quemando por la garganta, encendiendo una chispa de audacia que el corsé de cuero ya sugería.

Empezamos a bailar al ritmo de la música.

Gabriel se movía con una soltura física que resultaba casi hipnótica; sus caderas seguían el compás de la batería sin ningún esfuerzo.

Yo me dejé llevar, dándole la espalda y pegando mis caderas a las suyas.

Sentir la dureza de su cuerpo justo detrás de mí, marcando el territorio a cada compás, me nubló el juicio por completo.

De repente, un tipo alto, con el pelo engominado y aspecto de haber salido de un reservado de la zona alta, se interpuso entre nosotros con una sonrisa babosa.

—Vaya, pero qué joya me acabo de encontrar en la pista —soltó el desconocido, ignorando por completo a Gabriel y dando un paso invasivo hacia mí—. ¿Dónde estaba metido una preciosidad como tú toda mi vida? Ven al reservado conmigo, invito yo.

Antes de que pudiera mandarlo a paseo —o directamente a la mierda, algo que mi rodilla ya estaba más que dispuesta a machacarle la entrepierna en cuanto tuviera la intención de ponerme un solo dedo encima sin ni autorización—, una mano grande y tatuada se posó con firmeza sobre el hombro del tipo.

Gabriel dio un paso al frente, interponiendo su cuerpo robusto entre el desconocido y yo.

Sus ojos verdes, que hasta hacía un momento brillaban con diversión, se habían vuelto oscuros, fríos y peligrosamente afilados.

La mandíbula se le tensó tanto que la barba de tres días pareció marcarse aún más.

—La chica está conmigo —dijo Gabriel. Su voz no fue un grito, sino un murmullo bajo, áspero y tan cargado de amenaza real que la música pareció quedar en segundo plano—. Y no le interesan tus reservados. Así que da la vuelta y piérdete antes de que tengamos un problema de verdad.

El tipo miró la envergadura de Gabriel, evaluó sus opciones en un segundo y dio dos pasos hacia atrás con las manos en alto, desapareciendo entre la multitud con el rabo entre las piernas.

Me quedé mirando a Gabriel, con el corazón dándome vuelcos salvajes. El subidón de adrenalina fue instantáneo. No era una actuación; la mirada de Gabriel había sido de puros celos reales, posesivos y viscerales.

—¿Eso también entraba en el guion de la agencia, Salas? —le pregunté, dando un paso hacia él y clavando mis ojos en los suyos.

Gabriel no respondió con palabras. Me agarró de la muñeca, con un agarre firme pero delicado que me hizo soltar un suspiro, y me arrastró fuera de la pista, directo hacia la zona de los baños del piso superior.

Tenía la respiración acelerada y me dejé arrastrar sin protestar, apartando los cuerpos que seguían moviéndose de un lado para otro y rara vez al compás de la música hasta los servicios.

Gabriel empujó la puerta metálica del baño del piso superior, que afortunadamente estaba vacío y me metió dentro antes de cerrarla con un golpe seco.

El ruido ensordecedor de la discoteca se redujo a un zumbido sordo tras las paredes, dejando espacio únicamente al sonido de nuestras respiraciones aceleradas.

—¿Te has vuelto loco? —le solté, dándome la vuelta para encararlo, aunque la rabia era pura fachada para ocultar que el corazón me iba a mil por hora—. Casi le rompes el hombro a ese tipo. ¿Se puede saber qué te pasa? ¡Eres un actor, Gabriel! Las escenas de celos no entraban en la tarifa diaria.

Gabriel dio dos pasos largos hacia mí, obligándome a retroceder hasta que mis caderas chocaron contra el borde de mármol frío de la fila de lavabos.

Apoyó las manos a ambos lados de mi cuerpo, acorralandome por completo bajo la parpadeante luz blanca del baño.

Su cazadora de cuero rozaba los hombros de mi corsé y sus ojos verdes despedían destellos de puro deseo.

—A la mierda la tarifa diaria, Gabriela —soltó con voz áspera, la mandíbula aún tensa—. Ese imbécil te estaba mirando como si fueras un trozo de carne. Y no, no fue una actuación. No soporto ver que otro tío te ponga las manos encima.

—¿Y por qué te importa tanto? —le desafié, clavando mis dedos en el cuero de su chaqueta, inclinándome hacia él con una osadía alimentada por la ginebra y el deseo—. Esto es un negocio. Tú finges que me quieres y yo te pago. No tienes derecho a sentir celos reales.

—¿Ah, no? ¿Preferías subir a follar con ese tío en el reservado? —murmuró con un siseo, rompiendo los últimos centímetros de distancia.

Interpuse una mano entre nuestros cuerpos pero no ejercí verdadera resistencia para apartarlo. No quería hacerlo. Su calor me abrasaba y realmente es lo que llevaba queriendo desde que lo había visto aparecer en las oficinas de la agencia.

¿Sentido común?

A la mierda con todo eso.

Alcé la barbilla arrogantemente.

—¿Y qué si me hubiera apetecido subir a follar con él?

—¿En serio?

Hice una mueca desafiante con las cejas.

—¿Es que te crees tanto hombre como para ser capaz de complacerme, Salas?

Su sonrisa se volvió felina.

—Deja de provocarme —me advirtió.

Despegué los labios para replicar pero su boca se estrelló contra la mía con una ferocidad contenida que me hizo soltar un gemido ahogado.

No fue un beso dulce; fue un choque de lenguas salvaje, urgente y cargado de reproches mudos por las reglas que ambos intentábamos mantener en vano.

Gabriel deslizó sus manos por mi cintura, subiendo por los costados de mi corsé de cuero, apretándome contra su pecho con tanta fuerza que apenas cabía el aire entre nosotros.

El calor que desprendía me quemaba la piel a través de la ropa.

Le rodeé el cuello con los brazos, tirando de él hacia abajo, respondiendo a su voracidad con la misma desesperación.

Me subió un poco sobre el mármol del lavabo, acomodando su cuerpo entre mis piernas abiertas, y el contacto directo me produjo un fuerte estremecimiento que me recorrió toda la columna vertebral.

Sus labios bajaron por mi barbilla hasta morder suavemente mi cuello, haciéndome arquear la espalda y clavar las uñas en sus hombros musculosos.

—Eres una caprichosa insoportable, Uría —susurró contra mi piel, jadeando, mientras sus dedos se enredaban con fuerza en mi pelo—. Pero me tienes completamente jodido.

—Cállate y bésame otra vez, Salas —le ordené, tirando de su pelo hacia atrás para buscar de nuevo su boca.

El segundo beso fue aún más profundo, devorándonos en un rincón oscuro de Poblenou, borrando para siempre cualquier rastro de profesionalidad.

Sabíamos que estábamos cruzando una línea sin retorno, pero en ese baño de Razzmatazz, el resto del mundo y mi familia nos importaban una absoluta soberana mierda.