Un, dos, tres, ¡amor!… digo ¡Acción! Capitulo 4
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Capitulo 4

—¡Que te besó! ¡Gabi, por el amor de Dios, que le estás pagando el alquiler de tres años y tú vas y te dejas comer la boca en un callejón! —el grito de Carlota a través del altavoz de mi móvil casi me revienta el tímpano izquierdo.

Estaba tirada boca abajo en mi cama, con la almohada tapándome la cabeza y un remordimiento del tamaño de la Sagrada Familia aplastándome el pecho.

El sol del domingo por la mañana entraba con una insistencia criminal por los ventanales de mi habitación en Sarrià, recordándome que el mundo seguía girando a pesar de que yo hubiera dinamitado mis propias normas profesionales.

—A ver, Carlota, calma —intervino la voz adormilada de Marina, que también estaba metida en la llamada a tres bandas—.

Tampoco dramatices. El chico es un bombón de pasarela, es verano y venían de una sobredosis de adrenalina con Borja.

Un resbalón lo tiene cualquiera. ¿Qué tal estuvo, Gabi?

Del uno al diez, danos detalles técnicos.

—¿Detalles técnicos? —Me di la vuelta, quedando de espaldas y mirando al techo con los ojos como platos—.

¡Estuvo que casi me tienen que recoger con una pala del suelo, Marina!

Besa como si... como si supiera exactamente lo que estás pensando y decidiera que vas a dejar de pensar por completo. Me temblaron las piernas. Literalmente.

—Mal, muy mal —sentenció Carlota con su tono de fiscal del Tribunal Supremo—.

Esto rompe la cláusula implícita de cordura del contrato.

Si te acuestas con el empleado, Gabi, pierdes el control de la farsa.

¿Y qué vas a hacer hoy? Recuerda que tu madre te mandó un mensaje anoche a las dos de la madrugada exigiendo que os presentéis los dos en el brunch del Club de Tenis de Pedralbes.

Un gemido de pura desesperación escapó de mi garganta.

Lo había olvidado por completo. El Club de Tenis de Pedralbes.

El epicentro del pijerío barcelonés, donde las señoras de la alta sociedad critican los estilismos ajenos mientras toman mimosas y los hombres cierran tratos millonarios con polos de Ralph Lauren sobre los hombros.

—Me va a dar un ataque de ansiedad —lloriqueé, tapándome los ojos—. ¿Cómo voy a mirarle a la cara hoy después de lo de anoche? Ayer era fácil fingir porque estábamos actuando, pero ahora sé a qué sabe. Sé cómo se siente su mano en mi nuca. Voy a sudar frío delante de mis padres.

—Pues te aguantas, Uría, que la idea fue tuya —me recordó Marina, soltando una risita cruel—.

Ponte un vestido ibicenco mono, unas gafas de sol que te tapen la culpa y reza para que Gabriel siga siendo el profesional que dice ser.

Porque si él también te mira hoy con cara de cordero degollado, tu padre os caza en el primer saque.

Colgué el teléfono con el estómago hecho un nudo.

Me levanté arrastrando los pies y fui directa al baño.

Al mirarme al espejo, vi que todavía tenía los labios ligeramente hinchados.

«Es solo un negocio, Gabriela», me repetí a mí misma mientras abría el grifo del agua fría. «Un maldito negocio muy bien pagado».

El problema era que el "negocio" acababa de mandarme un mensaje de WhatsApp que hizo que el corazón me diera un vuelco: «Buenos días, jefa.

Espero que tengas el protector solar listo, porque hoy en Pedralbes vamos a tener que sudar la camiseta.

Paso a buscarte en veinte minutos. No te olvides de sonreír».

Cuando bajé al portal, Gabriel me estaba esperando apoyado en la carrocería de un descapotable clásico de color azul oscuro.

Llevaba unas gafas de sol de aviador, unos pantalones chinos beige y un polo de punto blanco que le marcaba los hombros de una forma casi ofensiva para la salud.

Tenía el pelo ligeramente revuelto por el viento y sostenía dos cafés para llevar.

Al verme aparecer con mi vestido ibicenco blanco y mi pamela de paja, se quitó las gafas lentamente. Sus ojos verdes brillaron con una mezcla de diversión y algo mucho más profundo que me hizo tragar saliva.

—Buenos días, jefa —dijo, estirando el brazo para darme el café—. Vaya. Parece que te has escapado de un anuncio de alta gama. Estás preciosa.

—Gracias —respondí, intentando imitar la frialdad de un témpano de hielo ártico, aunque por dentro era un volcán en erupción—. ¿De dónde has sacado este coche? Espero que no lo hayas robado de la agencia.

—Es de un amigo que hace rodajes de publicidad —dijo, abriéndome la puerta del copiloto con una galantería exagerada—. Si vamos a ir a Pedralbes, tenemos que mantener el estatus. No podíamos presentarnos en un taxi normal y corriente. Hay que dar espectáculo desde la entrada.

Me subí al coche y el olor a cuero antiguo y el perfume de Gabriel me rodearon al instante. Él rodeó el capó, se sentó al volante y arrancó el motor, que rugió con fuerza antes de enfilar las calles de Sarrià hacia la zona alta.

El silencio dentro del habitáculo se volvió denso. Yo miraba de reojo sus manos grandes sobre el volante de madera, recordando con demasiada nitidez cómo se habían sentido esas mismas manos en mi nuca la noche anterior en el Gótico. Sentía las mejillas calientes y el corazón me iba a mil por hora.

Aprovechando un semáforo en rojo en la Avenida Pedralbes, Gabriel giró la cabeza hacia mí. Se quitó las gafas de sol y me sostuvo la mirada. Una pequeña sonrisilla traviesa se dibujó en sus labios carnosos.

—Estás muy callada hoy, Gabriela —murmuró, inclinándose un poco hacia mi lado—. ¿Qué pasa? ¿Te da miedo que hoy tengamos que repetir lo de anoche delante de tus padres?

—Lo de anoche fue... un error —espeté, cruzándome de brazos y mirando al frente—. Una consecuencia de la adrenalina de la cena. No se volverá a repetir. Así que te sugiero que hoy te limites estrictamente al guion. Nada de besos improvisados en los callejones, Gabriel. Eres un empleado.

Gabriel soltó una carcajada limpia, metiendo la primera marcha cuando el semáforo cambió a verde.

—Como mande, jefa —dijo, aunque el brillo de sus ojos verdes me decía todo lo contrario—.

Pero te recuerdo que en el Club de Tenis nos van a mirar con lupa.

Si tus padres ven que nos tratamos como desconocidos, la farsa se cae en cinco minutos.

Así que prepárate, porque hoy voy a ser el novio más cariñoso, atento y devoto de toda Cataluña.

Y tú vas a tener que aguantarme la mirada.

El descapotable enfiló la entrada del exclusivo Club de Tenis de Pedralbes. El desastre inminente estaba a punto de comenzar, y yo no estaba segura de si quería frenarlo o dejarme llevar por completo.

La terraza del club estaba a rebosar de sombrillas blancas, copas de champán y señores con jerséis de cachemir anudados al cuello.

En cuanto pusimos un pie sobre el césped impecable, sentí que todas las miradas de la burguesía catalana se clavaban en nosotros como dardos.

Gabriel, sin embargo, caminaba a mi lado con una soltura envidiable, como si fuera el dueño legítimo de todo aquello, uno más entre tanta gente snob que le salía dinero por las orejas.

—Ahí están tus padres. Mesa del fondo, bajo la pérgola de buganvillas —me susurró al oído, rozando mi mejilla con su aliento templado—. Sonríe, reina. Que parezca que venimos de pasar una noche de pasión salvaje, no de un funeral.

Le clavé el codo en las costillas con discreción, pero me colgué de su brazo musculoso justo cuando mi madre nos divisaba de lejos.

Arturo Uría, mi padre, levantó la mirada de su plato de ostras con una expresión que prometía un asesinato en cualquier momento.

Bueno, de contratar uno. Mi padre jamás se mancharía sus impecables manos en un asunto tan burdo.

—Gabriela, Gabriel. Qué puntuales —saludó mi madre, forzando una sonrisa que tensaba hasta el último milímetro de su bótox—. Sentaos, por favor. Estábamos comentando con los condes de Vilalta lo... sorprendente que fue vuestra aparición de ayer.

Nos sentamos en las sillas de mimbre. Gabriel, demostrando una osadía que casi me hace escupir el sorbo de mimosa que acababa de dar, estiró las piernas bajo la mesa y rozó mi tobillo con el suyo. No fue un accidente. Su mirada verde y descarada se clavó en la mía, desafiándome a apartarme.

—El señor Salas —retumbó la voz de mi padre, cortando el aire—.

Ayer nos quedamos con ganas de saber más sobre su...

solvencia. Mi hija tiene un nivel de vida muy específico, caballero.

Los barcos en el puerto no se mantienen con aplausos en el teatro.

¿Qué perspectivas de futuro tiene en su carrera?

—Papá, por favor... —empecé a protestar, con las mejillas ardiendo.

—No te preocupes, Gabi —me interrumpió Gabriel, cubriendo mi mano con la suya sobre el mantel blanco. Su piel cálida me envió un escalofrío que me obligó a enderezar la espalda—. El señor Uría tiene toda la razón. El amor es un motor maravilloso, pero no paga las facturas.

—Me alegra que pueda entenderlo.

Gabriel le dedicó una sonrisa tranquila pero su padre no se la devolvió.

—Actualmente estoy cerrando un contrato de representación para una coproducción internacional en Netflix, rodada aquí en Barcelona. Las cifras son... bastante reconfortantes, si es lo que le preocupa.

Miré a Gabriel, parpadeando. Mentía con una naturalidad tan pasmosa, con una seguridad tan aplastante, que por un segundo yo misma me creí que estaba saliendo con una futura estrella de Hollywood y no con un actor desesperado por pagar el alquiler que había conocido hacía veintiséis horas en un principal del Ensanche.

—¿Netflix? —mi madre enarcó las cejas, visiblemente impresionada a su pesar—. Vaya. Eso suena... Aunque Borja de la Quadra nos comentaba esta mañana que el sector audiovisual es muy volátil. Por cierto, Borja no ha podido venir porque le ha surgido algo importante.

—Qué lástima —dijo Gabriel, lanzándome una mirada cargada de doble sentido, con una sonrisa perversa que fingí que no veía—. La verdad es que la noche de ayer tuvo momentos de mucha... intensidad. A veces, las emociones fuertes afectan a los estómagos más delicados. ¿Verdad, mi amor?

Bajo la mesa, la mano de Gabriel se deslizó por mi muslo desnudo, aprovechando que el vestido ibicenco se había recogido ligeramente al sentarme.

El tacto de sus dedos largos y firmes contra mi piel me dejó sin respiración.

Me quedé congelada en la silla, con el pulso disparado a mil por hora, incapaz de articular palabra mientras él seguía sonriendo a mis padres como si fuera el yerno perfecto.

—Si me disculpan un segundo, necesito ir al tocador —dije, poniéndome en pie de un salto antes de que la mano de Gabriel en mi muslo me hiciera soltar un gemido inapropiado delante de mis padres.

—Te acompaño, mi amor. Así aprovecho para refrescarme —dijo Gabriel de inmediato, levantándose con esa parsimonia suya tan desesperante y perfecta.

Caminé a zancadas por los pasillos señoriales del club, esquivando trofeos de plata y socios en ropa de tenis, hasta que me metí en la zona de los vestuarios privados.

El pasillo que llevaba a las taquillas de invitados estaba completamente desierto a esa hora del brunch.

Me di la vuelta dispuesta a cantarle las cuarenta, pero Gabriel entró justo detrás de mí, cerrando la pesada puerta de madera a sus espaldas con un sutil click.

—¿Pero tú te has vuelto completamente loco? —le espeté en un susurro furioso, dándole un empujón en el pecho que apenas le hizo moverse un milímetro—. ¿Qué ha sido eso de ahí fuera? ¿Acariciarme el muslo debajo de la mesa delante de mi padre? ¡Casi me da un ataque al corazón!

Gabriel dio un paso al frente, acorralandome contra la hilera de taquillas de madera barnizada. Apoyó ambas manos a los lados de mi cabeza, dejándome atrapada en el espacio de su cuerpo. Su polo blanco estaba tan cerca que podía sentir los latidos rápidos de su corazón.

—Se llama improvisación, jefa —murmuró con esa voz ronca que me derretía las neuronas—. Tu padre nos estaba examinando como si fuéramos mercancía. Si no muestro posesión, si no muestro que me vuelves loco, no se lo cree. Además... ¿vas a decirme que no te ha gustado?

—Es... es una falta de profesionalidad —titubeé, perdiendo toda la firmeza mientras mis ojos se clavaban en sus labios carnosos. La tensión en ese vestuario cerrado y fresco era tan densa que el aire parecía quemar—. Hay unas normas en el contrato, Gabriel.

—A la mierda el contrato, Gabriela —susurró, rompiendo la distancia.

Su boca buscó la mía con una urgencia que no tenía nada de ficticia.

Me pegó contra las taquillas y yo solté un suspiro que él atrapó con sus labios, devorándome.

Mis manos subieron directas a su cuello, enredando mis dedos en su pelo rebelde mientras nos besábamos con una pasión salvaje, ajenos al riesgo de que cualquiera de los socios pudiera entrar en ese instante.

Gabriel bajó una de sus manos a mi cintura, apretándome contra su cuerpo con tanta fuerza que pude sentir cada línea de sus músculos tensos.

Sus labios descendieron por mi mandíbula hasta mi cuello, dejándome la piel de gallina y el pulso completamente desbocado.

—Nos van a pillar... —logré articular, jadeando, mientras él volvía a subir para morder suavemente mi labio inferior.

—Que nos pillen —respondió con una sonrisa peligrosa, mirándome con los ojos oscurecidos por el deseo—. Pero de aquí salimos habiendo dejado claro quién manda en este juego.

Nos separamos a duras penas cuando escuchamos unos pasos lejanos en el pasillo exterior.

Me recolocó el vestido ibicenco con una caricia lenta y me guiñó un ojo mientras se ajustaba el polo, dejándome temblorosa, con las mejillas encendidas y la absoluta certeza de que la farsa ya no tenía nada de farsa.