Capítulo 3
El vestidor de mi piso en Sarrià parecía una zona de guerra.
Había vestidos de seda por los suelos, tacones desparejados sobre las banquetas de terciopelo y un olor intenso a laca de pelo mezclado con los cruasanes que Marina había traído de la pastelería.
Faltaban solo tres horas para la fatídica cena en la Torre de Alta Mar y el pánico empezaba a abrirse camino en mi estómago.
—A ver, Gabi, quieta. Si sigues contoneándote así no te voy a poder abrochar la cremallera —protestó Carlota, que llevaba tres horquillas entre los labios mientras intentaba domar mi melena en un moño alto, sofisticado pero falsamente desenfadado.
—Es que estoy nerviosa, ¿vale? —admití, mirándome en el espejo de cuerpo entero—.
¿Y si Gabriel aparece vestido con unos vaqueros rotos?
¿Y si se equivoca de cubierto? ¿Y si le da por soltar uno de sus chistes ordinarios delante de Borja de la Quadra?
Dios mío, mi padre me va a desheredar antes del primer plato.
—¡Pues esa es la idea, genio! —gritó Marina desde el fondo del vestidor, emergiendo de una montaña de ropa con un vestido de satén rojo colgado de una percha—.
Al final hemos decidido que este es el ganador.
Con este escote, a Borja se le va a caer la mandíbula al suelo y tu padre va a necesitar un desfibrilador. Es perfecto.
Miré el diseño. El color rojo sangre contrastaba con mi piel y el corte se ceñía a mis curvas como una segunda piel. Era atrevido, elegante y gritaba «no me importa vuestra opinión» a los cuatro vientos.
—¿Y tú crees que el... empleado sabrá estar a la altura? —pregunté, mordiéndome el labio inferior mientras recordaba la intensidad de sus ojos verdes en la agencia.
—Por favor, Gabi —Carlota terminó de colocar la última horquilla y me dio un suave palmadita en los hombros—.
Ese chico es actor. Ayer estuve investigando su ficha en la agencia.
Ha hecho teatro clásico, anuncios de televisión y un par de cortos independientes.
Sabe modular la voz, sabe moverse. Además, seamos realistas: con esa percha, aunque solo se quede de pie callado, ya va a eclipsar a todos los estirados de la alta burguesía catalana.
¡Además se llama Gabriel, como tú, debe ser cosa del destino!
Marina se echó a reír, después soltó un suspiro.
—Exactamente igual que un cuento de hadas.
—Cortar el rollo ese, ¿vale? ¡Y yo no me llamo Gabriel, me llamo Gabriela! ¡Y es muy distinto!
Las dos se echaron a reír.
—Por supuesto, por supuesto.
Justo en ese momento, el telefonillo del piso sonó, rompiendo el ambiente con un zumbido estridente. Las tres nos quedamos congeladas, mirándonos de hito en hito como si acabara de sonar una alarma de evacuación.
—Es él —susurró Marina, con los ojos como platos de postre—. El novio de alquiler ha llegado a su destino.
Sentí un vuelco en el corazón. Me alisé el vestido con manos temblorosas, respiré hondo para recuperar el control de mis propias piernas y caminé hacia el pasillo dispuestaa a abrir la puerta principal, consciente de que la función de mi vida estaba a punto de comenzar.
Abrí la puerta dispuesta a soltarle una lista de advertencias de tres páginas, pero las palabras se me atascaron en la garganta.
Gabriel estaba apoyado en el marco de la puerta, con una mano metida en el bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo una rosa blanca.
El traje de chaqueta negro le quedaba de una forma casi pecaminosa.
Le entallaba los hombros anchos a la perfección y la camisa blanca, ligeramente abierta en el cuello y sin corbata, le daba un aire de modelo recién salido de una pasarela internacional.
Tenía el pelo castaño peinado hacia atrás, pero unos mechones rebeldes caían sobre su frente, dándole un toque peligrosamente atractivo.
—Buenas noches, jefa —dijo, recorriéndome con la mirada de arriba abajo sin ningún tipo de vergüenza—. Madre mía. Si el plan era matarme de un infarto antes de la cena con ese vestido rojo, felicidades, casi lo consigues. Estás espectacular.
—Gracias —atiné a decir, recomponiendo mi postura y actitud fría—. Veo que te has tomado en serio lo de vestirte bien. No está mal.
—Oye, que soy un profesional —replicó con una sonrisa traviesa, dándome la rosa—. Para ti, esta noche soy Gabriel, el hombre que daría la vida por un roce de tus dedos. Ah, y tus amigas nos están espiando desde el pasillo.
Giré la cabeza y, efectivamente, las cabezas de Marina y Carlota asomaban por el borde de la pared. Al verse descubiertas, salieron al recibidor. Marina miraba a Gabriel con la boca abierta, y Carlota asintió con aprobación.
—Hola, Gabriel. Soy Carlota, la abogada. Recuerda: ni una palabra de dinero, ni del contrato, y si el padre de Gabi te presiona, tú sonríes y cambias de tema.
—Entendido, letrada. Control absoluto —respondió él, guiñándole un ojo a Marina, que soltó un suspiro poco disimulado.
—Bueno, basta de charlas —interrumpí, cogiendo mi bolso de mano y sintiendo que los nervios me carcomían por dentro—. El taxi nos espera abajo. La cena es en la Torre de Alta Mar. Prepárate, Gabriel, porque mi familia no tiene piedad.
—Yo nací listo, jefa.
—Más te vale.
Treinta minutos más tarde, el ascensor acristalado nos subía a lo alto de la torre del teleférico, en el puerto de Barcelona.
El restaurante ofrecía unas vistas de 360 grados de la ciudad iluminada y del mar Negro, pero yo solo podía mirar cómo Gabriel se ajustaba la chaqueta.
Al abrirse las puertas, la música de piano y el tintineo de las copas de cristal nos recibieron.
A lo lejos, en una mesa principal junto al ventanal, vi a mis padres. Y sentado a su lado, con su postura rígida y su traje gris, estaba Borja de la Quadra.
—Es el momento —le susurré a Gabriel, sintiendo que me temblaban las manos.
Gabriel no dijo nada. Simplemente me tomó de la cintura con firmeza, atrayéndome hacia su cuerpo. El calor de su mano atravesó la tela fina de mi vestido rojo, enviando un chispazo directo a mi espina dorsal. Se inclinó hacia mi oído, rozando mi mejilla con sus labios al hablar.
—Respira, reina. Déjamelo a mí —susurró con voz ronca—. Vamos a darles el mejor espectáculo de sus vidas.
Caminamos hacia la mesa con paso firme. Mi padre levantó la vista, sonriendo al verme llegar, pero su sonrisa se congeló por completo en el segundo exacto en que sus ojos se clavaron en el hombre que me sujetaba por la cintura.
La función había comenzado.
El silencio que se apoderó de la mesa fue tan denso que casi se podía cortar con el cuchillo del pescado.
Mi padre se enderezó en la silla, fulminando a Gabriel con la mirada, mientras mi madre parpadeaba repetidamente como si intentara despertar de una pesadilla.
Borja de la Quadra, por su parte, se quedó a mitad de un trago de vino, con los ojos fijos en la mano de Gabriel, que seguía posesivamente asentada sobre mi cadera.
—Gabriela... —pronunció mi padre con una voz que pretendía ser calmada, pero que vibraba con una furia contenida—. Veo que llegas tarde. Y veo que vienes... acompañada.
—Mamá, papá, Borja —dije, esbozando la sonrisa más radiante y cínica de mi repertorio—. Siento el retraso. Es que no podía venir a una cena tan importante sin la persona más especial de mi vida. Os presento a Gabriel Salas. Mi novio.
A Borja casi se le escapa el relincho de caballo asmático del que le había hablado a mis amigas, pero lo camufló con una tos forzada.
—¿Tu... novio? —repitió mi madre, agarrando su copa de champán como si fuera un salvavidas—. Gabriela, cariño, no nos habías comentado nada de ningún... Gabriel.
—Encantado, señores —intervino Gabriel. Su voz sonó profunda, segura y asombrosamente educada, aunque arrastraba ese deje burlón que a mí me ponía de los nervios y a mi padre parecía provocarle una úlcera instantánea—.
Sé que ha sido un poco imprevisto, pero cuando el amor te golpea de esta manera, las formalidades quedan en un segundo plano. Gabi me habla muchísimo de vosotros.
Gabriel alargó la mano para estrechar la de mi padre. Arturo Uría la miró durante dos segundos interminables antes de aceptarla, apretando con fuerza en un claro intento de marcar territorio. Gabriel ni pestañeó; sostuvo el pulso con una sonrisa impecable y un brillo desafiante en sus ojos verdes.
—Siéntense —ordenó mi padre, señalando las dos sillas vacías frente a Borja—. Supongo que el señor... Salas, ¿verdad? Nos explicará a qué se dedica. Porque no recuerdo haber visto su apellido en ninguna de las listas del Real Club de Polo.
Nos sentamos, y Gabriel, en un movimiento perfectamente estudiado, acercó su silla a la mía tanto que nuestras piernas se rozaron bajo el mantel. El calor de su muslo contra el mío me envió otra descarga eléctrica que me obligó a tensar la espalda.
—No, señor Uría, en mi familia lo nuestro nunca han sido los caballos de carreras precisamente.
Lo mío, siendo especifico, es el arte —respondió Gabriel, mirándolo con total desparpajo—.
Trabajo en el sector audiovisual y teatral.
Proyectos independientes, ya sabe. Capturando la esencia de la vida, sin ataduras.
—Un actor —soltó Borja, con una sonrisita condescendiente y estúpida—. Vaya. Un mundo muy... inestable, ¿no crees, Gabriela? Mi familia prefiere inversiones más sólidas, como las tierras y el sector inmobiliario.
—A mí me encantan los hombres que asumen riesgos, Borja —le espeté, clavándole una mirada letal—. La estabilidad me parece soberanamente aburrida. Y Gabriel es... todo menos aburrido.
Bajo el mantel, la mano de Gabriel subió por mi pierna, acariciando suavemente la tela de satén de mi vestido rojo hasta posarse en mi rodilla.
El gesto, sutil pero cargado de una audacia insoportable, me dejó sin respiración.
Le lancé una mirada de advertencia de reojo, pero él simplemente me devolvió una sonrisa idílica, fingiendo devoción absoluta ante el tribunal de mis padres.
—Es verdad —añadió Gabriel, inclinándose hacia mí para rozar mi mejilla con sus labios en un beso casto pero exasperantemente sensual frente a todos—. Con Gabi, cada día es una aventura. Y no pienso dejar que nada, ni nadie, se interponga entre nosotros.
Mi padre se puso rojo como un tomate. Borja miró el plato de entrada como si deseara que la tierra se lo tragara, y yo sentí que el corazón me iba a mil por hora, atrapada en una farsa que se estaba volviendo peligrosamente adictiva.
Sobrevivir a los postres fue un milagro.
En cuanto mi padre pidió la cuenta con la cara de quien acaba de tragarse un limón, arrastré a Gabriel fuera del restaurante antes de que la farsa terminara en una tragedia.
Bajamos en el ascensor acristalado en absoluto silencio y, nada más pisar el suelo del puerto, echamos a correr entre las risas contenidas hasta que nos metimos de lleno en los callejones del barrio Gótico.
La noche nos envolvió de inmediato. Nos detuvimos en una pequeña plaza escondida, iluminada apenas por un par de farolas de hierro forjado.
—¡Madre mía! —solté, apoyando la espalda contra la pared de piedra de una iglesia, tratando de recuperar el aliento—. ¿Has visto la cara de Borja cuando le has dicho que el dinero no compra el talento? ¡Pensaba que le iba a dar un síncope!
Gabriel se plantó frente a mí, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón del traje y esa sonrisa traviesa que empezaba a desarmarme por completo.
—Te dije que lo tenía bajo control, reina —dijo, dando un paso hacia mí, acortando peligrosamente la distancia—. Aunque tengo que admitir que tu padre impone. Es como mirar fijamente a un tiburón blanco con corbata.
—Has estado increíble —admití en un susurro, mirando sus labios carnosos. El subidón de adrenalina de la cena se estaba transformando en algo mucho más denso y peligroso—. De verdad. Mis amigas tenían razón, eres un actorazo.
—¿Ah, sí? ¿Solo te ha gustado mi actuación? —preguntó con voz ronca, dando otro paso al frente.
Ahora estaba tan cerca que podía sentir el calor que desprendía su cuerpo.
Su perfume a menta me inundó los sentidos.
Me quedé atrapada bajo la intensidad de sus ojos verdes, que brillaban en la penumbra de la plaza.
Levantó una mano y, con una lentitud exasperante, apartó un mechón rebelde de mi pelo que se había escapado del moño, rozando mi mejilla con las yemas de sus dedos.
El contacto físico me provocó un escalofrío tan intenso que tuve que contener el aliento.
—Gabriel... —murmuré, intentando recordar que esto era solo un contrato, que yo era su jefa—. Ya no hay cámaras. No hay padres. No tienes que seguir actuando.
—¿Y quién te ha dicho que estoy actuando ahora, Gabriela? —respondió, inclinando la cabeza hacia abajo.
Su respiración, un poco acelerada, acarició mi boca.
Mis manos, de forma casi involuntaria, buscaron apoyo en las solapas de su chaqueta negra, arrugando la tela fina.
El juego de roles se había esfumado; lo que quedaba entre nosotros en ese callejón oscuro de Barcelona era una atracción real, salvaje y absolutamente prohibida.
Gabriel acortó los últimos milímetros y me besó.
No fue un beso fingido para impresionar a unos padres ricos; fue un beso lento, profundo, cargado de una urgencia contenida que me hizo temblar las rodillas.
Sus labios se movieron contra los míos con una maestría que me vació la mente, mientras su mano libre se posaba firmemente en mi nuca para pegarme más a él.
Sentí el frío de la piedra a mi espalda y el fuego de su cuerpo quemándome el pecho a través del vestido rojo.
Cuando nos separamos, apenas unos centímetros, ambos estábamos jadeando. Me miró fijamente, con los ojos oscurecidos por el deseo, y una sonrisa pícara volvió a dibujarse en su rostro.
—Primera función superada, jefa —susurró, rozando mi labio inferior con el pulgar—. Pero me temo que este verano se nos va a hacer extrañamente largo.