Capitulo 2
La sede de TalentBCN estaba escondida en uno de esos principales señoriales del Ensanche, con techos altos y molduras de yeso combinadas con un diseño industrial terriblemente moderno. Había paredes de cristal, sofás de cuero y carteles de películas independientes colgados por todas partes.
Caminé hacia la recepción pisando fuerte con mis tacones de aguja de doce centímetros, sintiéndome como una emperatriz romana a punto de comprar un gladiador. Llevaba unas gafas de sol de Chanel descomunales que no pensaba quitarme; el misterio siempre cotiza al alza.
Y la vergüenza también.
—Hola, buenos días. Tengo una cita con la directora de casting —le dije a la chica de la entrada, una veinteañera con demasiados pendientes en la oreja y un corte de pelo asimétrico.
—Sí, un segundo. Está terminando una reunión —respondió sin mirarme, tecleando a la velocidad de la luz.
Me di la vuelta dispuesta a esperar de pie, porque sentarse arruga los vestidos de lino, y fue justo en ese instante cuando el universo decidió demostrarme que tiene un sentido del humor bastante retorcido.
Un tipo salió disparado de uno de los pasillos laterales.
Iba leyendo unos folios, completamente concentrado, y no me vio.
Yo tampoco frené. El impacto fue inevitable.
Su hombro chocó contra el mío con la fuerza suficiente para hacerme perder el equilibrio.
Solté un grito ahogado mientras mis gafas salían volando y yo me precipitaba de espaldas hacia el suelo.
Esperé el golpe seco contra el parqué, pero nunca llegó. Una mano grande, cálida y de dedos largos me agarró firmemente por la cintura, deteniendo mi caída a escasos centímetros del suelo. El tirón fue tan brusco que me estampó directamente contra su pecho.
—Vaya, lo siento. Menudo aterrizaje —dijo una voz profunda, con una nota divertida y un acento catalán de lo más magnético.
Parpadeé, tratando de recuperar el aliento.
Lo primero que vi fue una camiseta blanca de algodón que se ajustaba a unos pectorales que parecían esculpidos en mármol.
Subí la mirada por un cuello fuerte, una barbilla cuadrada y unos labios carnosos curvados en una sonrisa medio burlona.
Pero lo peor fueron los ojos. Unos ojos verdes, intensos y descarados, que me miraban fijamente, cargados de una diversión absoluta.
—¿Estás bien, reina? ¿No te has roto nada? —preguntó, sin soltarme la cintura. Su cercanía desprendía un olor a menta que me nubló el juicio durante unos segundos.
—¿Reina? —Reaccioné de golpe, apartándolo de un empujón y recolocándome la chaqueta como si me acabara de atacar un orangután—. Primero, no me llames así. Segundo, fíjate por dónde caminas. Casi me destrozas los zapatos.
El tipo soltó una carcajada, cruzándose de brazos. Su postura relajada solo servía para marcar aún más sus hombros anchos. Vestía unos vaqueros desgastados y unas zapatillas blancas, pero se movía con la confianza de un rey.
—Mis disculpas, alteza —dijo, acentuando la ironía—. Estaba repasando un texto para un casting de una serie de época. Ya sabes, drama, espadas, caballeros que salvan a damiselas torpes... Aunque veo que tú prefieres el drama contemporáneo.
—No soy una damisela y mucho menos torpe —le espeté, fulminándolo con la mirada mientras me agachaba a recoger mis Chanel—. Eres un maleducado. Deberían enseñarte modales antes de dejarte salir a la calle.
—Y a ti deberían enseñarte a sonreír un poco más, que la vida son dos días y juraría que pasas la mitad enfadada —replicó él, guiñándome un ojo con una osadía que me encendió la sangre.
Antes de que pudiera soltarle el insulto que estaba cocinando en mi cabeza, la puerta del despacho principal se abrió. Una mujer de mediana edad, vestida de negro riguroso y con gafas de pasta, asomó la cabeza.
—¿Gabriela Uría? Pasa, por favor. Siento la espera —me llamó. Luego miró al tipo de los ojos verdes—. Gabriel, no te vayas todavía, que quiero revisar tus fotos nuevas.
Me quedé helada. Miré a la directora, luego al tipo insolente que seguía sonriéndome de medio lado, y la pieza del puzle encajó en mi mente.
Gabriel (que se llamara como yo en su versión masculina me crispaba un poco los nervios pero no me importaba demasiado).
Actor. Un físico que derretiría los glaciares y una boca tan rápida que podría desesperar a mi padre en cinco minutos.
—No te preocupes, no me voy —dijo Gabriel, clavando sus ojos verdes en los míos con una intensidad que me produjo escalofríos—. Creo que este casting se acaba de poner muy interesante.
El despacho de la directora de la agencia estaba lleno de archivadores, focos de luz y pantallas de ordenador.
Me senté en una de las sillas de cuero, intentando recuperar la compostura y el aire de superioridad que el tal Gabriel me había robado en el pasillo.
Él entró justo detrás de mí, arrastrando los pies con una parsimonia desesperante, y se apoyó contra el marco de la puerta de madera, cruzando esos brazos esculpidos que tanto me habían molestado (y llamado la atención) hacía un momento.
—A ver, Gabriela —comenzó Montserrat, la directora, ajustándose las gafas de pasta—. Me ha llamado tu amiga Carlota. Dice que necesitas un actor de manera urgente para un papel de larga duración. Algo muy específico. Una especie de... ¿actuación inmersiva?
Miré de reojo a Gabriel. Él me sostenía la mirada, con una ceja alzada y una sonrisita que me daban ganas de estamparle el bolso en la cara.
—Así es —dije, enderezando la espalda y adoptando mi tono de negociadora implacable—.
Necesito un novio. Bueno, un actor que interprete el papel de mi novio ante mi familia y mi entorno social.
El trabajo consiste en asistir a cenas, eventos benéficos y soportar a mis padres.
Duración: todo el verano. Requisitos: ser extremadamente convincente, saber comportarse y, sobre todo, no dejar que nadie descubra la farsa.
Gabriel soltó un bufido que pretendía ser una risa, pero se lo guardó cuando Montserrat le lanzó una mirada de advertencia.
—¿Un novio a sueldo? —preguntó él, dando un paso hacia el frente—. Vaya, qué moderno. ¿Y cuál es el perfil del personaje, jefa? ¿Tengo que ser un duque, un broker de la Bolsa o el heredero de una fortuna? Porque el traje de chaqueta me queda de miedo, no es por presumir.
—Quiero que seas tú —le solté directamente, clavando mis ojos en los suyos—.
Bueno, una versión mejorada de ti. Alguien con carisma, un poco canalla, rebelde, que trabaje en el mundo del arte o del espectáculo.
Quiero que mi padre vea que eres todo lo contrario a lo que él desea para mí.
Quiero que se tire de los pelos cada vez que te vea entrar por la puerta.
Gabriel se quedó serio por primera vez desde que lo había visto. Se acercó a la mesa, apoyando ambas manos sobre la madera, quedando a escasos centímetros de mí. Su perfume volvió a invadir mis fosas nasales, alterándome el pulso.
—¿Quieres usarme para fastidiar a papá? —murmuró, con una voz más baja, casi íntima.
—Sí —dije sosteniéndole la mirada.
Él asintió con la cabeza.
—Eso suena divertido. Pero actuar veinticuatro siete es agotador, reina.
Exige mucha improvisación. Y si tus padres sospechan, tendremos que ser muy físicos.
Abrazos, caricias, besos... de esos que dejan sin respiración...
¿Estás segura de que vas a poder aguantar el ritmo sin enamorarte de la mercancía?
El descaro de sus palabras me encendió las mejillas, pero no iba a dar mi brazo a torcer. Me incliné hacia él, desafiando la distancia que nos separaba.
—Soy una Uría, Gabriel. No me enamoro de los empleados —le espeté, con una frialdad ficticia—.
Además, te voy a pagar una tarifa que te permitirá no volver a preocuparte por el alquiler en los próximos tres años.
Tú pones el talento y el físico, y yo pongo las reglas.
¿Tenemos un trato o tengo que buscar a otro actor que sea menos hablador?
Gabriel me miró fijamente durante unos segundos que parecieron eternos. Sus ojos verdes escanearon mi rostro, deteniéndose un instante en mis labios antes de volver a mis ojos. Una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en su rostro. Extendió su mano derecha hacia mí.
—Tenemos un trato, jefa. Prepárate, porque a partir de hoy, soy el amor de tu vida.
El amor de mi vida… ¡Sería imbécil!
Le estreché la mano. El contacto de su piel cálida contra la mía me provocó un chispazo eléctrico que me recorrió toda la columna vertebral. El plan maestro estaba en marcha, y yo acababa de firmar un contrato con el diablo más guapo de toda Barcelona.