Un, dos, tres, ¡amor!… digo ¡Acción! Capítulo 1
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Un, dos, tres, ¡amor!… digo ¡Acción!

Un, dos, tres, ¡amor!… digo ¡Acción!

Por Yolanda Serra

© inepub.com

Capítulo 1

—¿Cómo habéis dicho?

Si el dinero pudiera comprar la paciencia, mi cuenta bancaria estaría en números rojos por primera vez en mi vida.

—Gabriela, por favor, no pongas esa cara de que te estamos enviando a galeras —dijo mi madre, Victoria, mientras se recolocaba un mechón de su melena impecable, que jamás se atrevería a despeinarse ni ante un huracán de fuerza cinco—.

Es Borja de la Quadra. Su familia tiene viñedos en el Penedès, un apellido que abre puertas y una educación exquisita.

Lo conoces, sois amigos. ¿No es perfecto?

Perfecto mi culo.

Estábamos en el gran salón de nuestro ático en Paseo de Gracia.

Desde los enormes ventanales se alcanzaba a ver la silueta iluminada de la Casa Batlló, pero en ese momento, la maravilla modernista me importaba más bien poco.

Yo estaba hundida en un sofá de diseño que costaba más que el coche de cualquier mortal, cruzada de brazos y con los ojos clavados en el techo artesonado.

—Mamá, Borja de la Quadra es mezquino y su personalidad da asco —repliqué, conteniendo las ganas de gritar—.

Y además, tiene esa risa  que parece el relincho de un caballo asmático.

¿De verdad pretendes que me siente a cenar con él, finja que me interesa su colección de relojes antiguos y encima me enamore de él por arte de magia?

—El amor es algo muy subjetivo, Gabriela.

—Esto tiene que ser una broma.

Y una de muy mal gusto, por cierto.

—Gabriela —intervino mi padre, el todopoderoso magnate Arturo Uría, bajando el periódico con esa parsimonia que solo los hombres que controlan el cincuenta por ciento del tráfico marítimo del puerto de Barcelona poseen—.

No es una opción. Tienes veintiséis años.

Has gastado tres presupuestos anuales en proyectos artísticos que duran dos meses y es hora de que te asientes.

La cena de compromiso está organizada para este sábado.

Te pondrás el vestido que te ha traído tu madre de París, sonreirás y conocerás a tu futuro marido.

—¿Mi futuro qué? —Me puse en pie de un salto, el orgullo herido y los tacones resonando contra el suelo de parqué—. Estamos en el siglo veintiuno, papá. No podéis subastarme al mejor postor solo porque te gusta su apellido. ¡No me voy a casar con un tipo que tiene operada toda la cara!

—Cumplirás con tus obligaciones familiares, Gabriela, o empezaré a recortar los fondos de tus pequeños experimentos creativos —sentenció mi padre, sin levantar la voz, lo cual era mil veces más amenazante que un grito.

—¿Me estáis amenazando?

¡No podía creerme nada de esto!

—Si prefieres verlo de esa manera…

El aire en el salón se volvió denso, casi asfixiante.

Mi madre me miró con una mezcla de lástima y firmeza, mientras mi padre volvía a refugiarse tras las páginas del diario.

Sabía que insistir allí mismo era una batalla perdida.

Necesitaba aire, necesitaba espacio y, sobre todo, necesitaba a mis aliadas antes de cometer una locura.

Cruzar la puerta del piso de mis padres fue como salir de una cámara hiperbárica.

Bajé en el ascensor a toda velocidad, ignorando el saludo del conserje, y salí a la noche.

El aire me golpeó la cara, cargado de la humedad del verano que ya se podía sentir en el ambiente.

Caminé a zancadas, esquivando a los turistas que se hacían fotos frente a la Pedrera, y me metí directamente en el metro.

Sí, en el metro. Cuando Gabriela Uría está al borde de un colapso nervioso, necesita integrarse con la plebe para recordar que el mundo aún es lo suficientemente físico para poder tocarlo (o sostenerse en él) y no sentirse atrapada al borde de un agujero negro expandiéndose en todas direcciones.

Veinte minutos después, entraba como un torbellino en la cafetería donde siempre me refugiaba tras una discusión, un rincón con paredes de piedra vista y luces tenues donde mis dos mejores amigas ya me esperaban con una botella de vino blanco sobre la mesa.

—Por esa cara que traes, o se ha muerto tu diseñador favorito o tus padres han vuelto a sacar el catálogo de terratenientes —soltó Carlota nada más verme caer sobre la silla.

Carlota es abogada penalista, siempre lleva recogido en una coleta alta su cabello rubio oscuro que desde hace dos años lleva recortado por encima de los hombros (y llevo esos dos años preguntándome cómo consigue hacerse esa coleta en la coronilla sin que quede suelto un solo mechón de cabello) y tiene una mente tan afilada que podría rebanar un diamante.

A su lado, Marina, que se gana la vida restaurando muebles antiguos en un taller del Poblenou y lleva el pelo teñido de un rosa pastel de lo más rebelde, me empujó una copa llena de Priorat blanco.

Sus ojos castaños me miraban con una mezcla de resignación y lástima.

—Bebe, Gabi. Y luego escupe el veneno —dijo Marina con dulzura.

Le di un trago largo, sintiendo cómo el alcohol me templaba el estómago.

—Quieren casarme —solté, furiosa—. Este sábado. Cena oficial de compromiso con Borja de la Quadra.

Carlota estuvo a punto de atragantarse con su propio vino.

—¿Qué? ¿Quién has dicho?

—¿Te refieres a Borja… a ese Borja?

Puse los ojos en blanco.

—Sí, el del caballo asmático. Mi padre ha amenazado con cerrarme el grifo y confiscar el piso si no paso por el aro.

Carlota esta vez casi se atraganta con una aceituna.

—¿Borja? Pero si ese hombre tiene menos sangre en las venas que una estatua de la Rambla. ¿Qué vas a hacer? No planearás aceptar el compromiso, ¿verdad?

Carlota parecía horrorizada y yo sacudí lentamente la cabeza.

—No puedo permitir que me corten los fondos ahora que voy a lanzar la línea de joyería —gemí, apoyando los codos en la mesa y hundiéndome el rostro entre las manos—.

Pero tampoco pienso dejar que ese estirado me toque un solo pelo.

Imagínate nuestra noche de bodas. Sería como intimar con un mueble de Ikea mal montado.

Marina soltó una carcajada que hizo que varios clientes se giraran a mirarnos.

—¿Y qué vas a hacer? —dijo, inclinando la cabeza para sonar confidencial aunque medio local seguía mirándonos.

—¿Y qué quieres que haga? —gemí—. Lo que llevo haciendo los dos últimos años.

—¿Llorar? —sugirió Carlota metiéndose otra aceituna en la boca.

Le lancé una agria mirada.

Bueno, vale, llorar había llorado mucho para camelarme a mi madre y eso me había hecho ganarme varios meses sin que intentaran encontrarme un nuevo pretendiente.

—Fingir que no tiene nada que ver conmigo —repliqué enseñándole los dientes a mi amiga.

—Esta última vez solo has ganado una semana de tiempo.

—Seis días —nos recordó Marina y las dos la miramos—. ¿Qué? Fue hace seis días que Gabriela nos llamó para quedar desesperadamente.

—Como sea.

—Ya no te va a servir esa solución —señaló Carlota desviando la mirada de Marina—. He oído hablar a mis padres y al parecer quieren consolidar algún tipo de acuerdo con los de la Quadra.

—¿Qué?

Carlota se encogió de hombros.

—Estás soltera, Gabi. Dudo que tus padres se casaran realmente por amor y también ven tu matrimonio como un posible intercambio o una posibilidad de beneficio.

—Ahora resulta que soy una maldita mercancía.

—No les des la oportunidad de seguir pensando así.

—¿Y qué quieres que haga?

—Explícales que no vas a entrar en sus planes, que ya tienes otros.

—¡Qué fácil suena cuando tú lo dices! —protesté, llevándome la copa de vino a los labios y bebiendo un trago largo—, ¿y cómo se supone que haga eso que dices?

—Bueno, la solución es fácil. Preséntate con un novio alternativo. Alguien tan escandalosamente guapo, carismático y... bueno, impresentable para los estándares de tu padre, que Borja huya despavorido y tus padres tengan que suspender la puja.

—¿Y de dónde saco yo un novio en menos de cuarenta y ocho horas, Marina?

—le reproché—. Mis círculos sociales están llenos de clones de Borja.

Si meto a cualquiera de mis ex en esa cena, mi padre le ofrece un puesto en el consejo de administración y terminamos firmando capitulaciones matrimoniales antes de los postres.

Carlota enarcó una ceja, sus ojos brillando con esa chispa peligrosa que utiliza cuando encuentra un vacío legal.

Siempre he dicho que ella da más miedo en un juicio que en una discoteca…

y eso que es bastante aterradora en una sala de fiestas.

Tamborileó las uñas perfectas contra el cristal de su copa.

—No necesitas un novio real, Gabi. Necesitas a un profesional. Alguien que sepa mentir, que aguante la mirada de tu padre sin pestañear y que, si es necesario, te bese como si le fuera la vida en ello para que la farsa sea indiscutible.

—¿Un profesional? —La miré, parpadeando—. ¿Estás sugiriendo que contrate a un gigoló? Carlota, por favor. Se notaría a leguas que es todo falso.

—No, tonta, habla de un actor —intervino Marina, captando la idea de inmediato y dando un golpe de entusiasmo a la mesa—.

Mi primo trabaja en producción de televisión y siempre habla de una agencia en el centro, TalentBCN.

Tienen listados de actores desesperados por pagar el alquiler, modelos que buscan una oportunidad...

Tipos con físicos de infarto y técnicas de improvisación brutales.

Contratas a uno, le pagas una buena tarifa, le das un guión y se convierte en el amor de tu vida hasta que tus padres se rindan.

—El amor de mi vida, ¿eh?

Me quedé flotando en la idea. El zumbido de las conversaciones del local y el tintineo de los vasos parecieron desvanecerse.

Un actor. Un hombre a sueldo que hiciera exactamente lo que yo le pidiera, que fingiera devoción absoluta y que destrozara los planes de mi padre con una sonrisa de portada de revista.

Miré a mis amigas. La propuesta era una locura absoluta, un billete directo al desastre. Y precisamente por eso, me pareció la mejor idea que había escuchado en todo el año.

—Buscad el teléfono de esa agencia —dije, sintiendo una sonrisa perversa dibujarse en mis labios—. Mañana por la mañana voy a ir a comprarme un novio.