Capitulo 21
Si el trayecto en taxi desde el piso de Gabriel hasta el hotel hubiera durado cinco minutos más, habría atravesado la mampara de plástico del conductor con mis propios dientes.
Iba encogida en el asiento trasero, con las manos apretadas contra las rodillas y el cerebro funcionando a mil revoluciones por segundo.
Las palabras de mi madre seguían retumbando en mis oídos como una descarga de artillería pesada: «¡Tu Gabriel es el heredero de la fortuna de los Salas y del título de los condes de Sants! ».
Recordé, con una mezcla de vergüenza y asombro, la conversación de la tarde anterior en el sofá de su piso.
Me había dicho con total naturalidad que su familia era asquerosamente rica y que venía de un linaje con títulos nobiliarios.
¡Y yo me había reído en su cara! Le había llamado mentiroso y le había ofrecido buscar un puesto de camarera en el Born para sacarnos adelante.
Dios mío, y yo dándole lecciones de supervivencia económica al único tipo capaz de comprar la mitad de los astilleros de mi padre con un chasquido de dedos.
Pero el asombro no tardó en transformarse en una punzada de pánico al recordar la conversación que había tenido Gabriel la madrugada anterior con su padre.
¿No significaba que aceptaba las condiciones que su padre le había impuesto?
¿No sé había distanciado de su familia para poder dedicarse a lo que le gustaba y prácticamente había sido repudiado como me había pasado a mí?
Él había aceptado las condiciones de su padre, había decidido asentar la cabeza y asumir un puesto de lo que fuera y que sin duda odiaba solo por mí.
Por asegurar un futuro. Por mí, el alma libre que tanto presumía y enorgullecía de haberse comprado un piso diminuto con su propio dinero, con el que él había ganado, no con el de su familia, estaba dispuesta a encerrarse en una oficina y a renunciar a su verdadera pasión por el cine.
Se me llenaron los ojos de lágrimas, no de rabia, sino de una emoción tan honda y dolorosa que me costaba respirar.
El taxi se detuvo con un frenazo seco frente a la imponente fachada iluminada del hotel de lujo de la zona alta. Bajé volando, ignorando al botones, y crucé el vestíbulo de mármol a zancadas, directa hacia el reservado principal del restaurante.
Al empujar las puertas dobles de madera, la estampa que me encontré superó cualquier comedia romántica que hubiera visto en mi vida.
En la cabecera de la enorme mesa imperial, presidida por copas de cristal y cubertería de plata, estaba sentado un hombre de unos sesenta años, con un traje oscuro impecable, el pelo canoso perfectamente peinado hacia atrás y un aura de poder absoluto que hacía que el salón entero pareciera suyo.
A su lado, con una postura rígida pero impecable, vestiendo un traje de diseño que le sentaba como a un auténtico príncipe y con una calma gélida en sus ojos verdes, estaba Gabriel.
Frente a ellos, mis padres parecían dos estatuas de sal.
Arturo Uría, el todopoderoso magnate que dos días antes amenazaba con dejarme en la indigencia, estaba blanco como el papel, sosteniendo un vaso de agua con una mano tan temblorosa que el cristal tintineaba contra sus anillos.
Mi madre mantenía la boca entreabierta, alternando la mirada entre Gabriel y el maletín de contratos de la alianza internacional de astilleros como si estuviera presenciando la misma virgen que se le apareció a Bernadette en Lourdes.
Me hubiera echado a reír en otras circunstancias.
—¡Gabriela! ¡Por fin llegas! —exclamó mi madre con un hilo de voz, levantándose a medias de la silla, completamente descompuesta.
Gabriel se puso en pie en el acto al verme entrar. Su mirada verde se suavizó, perdiendo esa frialdad y me sostuvo la mirada con una mezcla de disculpa y determinación absoluta.
—Buenas noches, jefa —dijo, con esa voz profunda y ronca que, a pesar del traje de miles de euros, seguía siendo mía—. Llegas justo a tiempo para la firma del acuerdo.
Mi padre tragó saliva con una dificultad espantosa, mirando a Gabriel con un respeto y un miedo que jamás le había visto procesar ante ningún ser vivo.
—Señor... Señor Salas... —balbuceó mi padre, con la voz completamente rota—.
Nosotros... no teníamos ni la más mínima idea de que el hijo del conde de Sants fuera...
el joven del que Gabriela nos presentó. Les ruego que disculpen las...
imprecisiones de la cena del Via Veneto.
Ha sido un lamentable error por nuestra parte.
El padre de Gabriel soltó una carcajada apoyando los brazos en la mesa.
—No se preocupe, señor Uría. Mi hijo siempre ha tenido una preocupante tendencia por hacer lo que le da la gana —enarqué una ceja al escuchar las palabras desenfadadas del padre de Gabriel aunque sin duda mi padre se puso aún más blanco de lo que ya estaba—.
Pero veo que su hija ha sido la única capaz de hacerle entrar en razón y asumir sus responsabilidades, centrarse y volver a la familia.
Por mi parte, el contrato de la alianza queda aprobado, siempre y cuando se garantice la total independencia y el bienestar del futuro hogar de los muchachos.
No aguanté más. La cabeza me iba a estallar. Caminé a zancadas hacia la mesa, agarré a Gabriel firmemente del brazo y clavé mis ojos en los suyos.
—Tú y yo nos vamos al baño ahora mismo —le espeté en un susurro furioso, arrastrándolo fuera de la mesa antes de que mi padre terminara de desmayarse sobre el carpaccio de buey.
Empujé la pesada puerta de mármol del baño del restaurante con una fuerza que casi la hace golpear contra la pared.
Metí a Gabriel hacia el interior de un tirón y me aseguré de girar el pestillo interior con un golpe seco.
El silencio de los lavabos privados nos envolvió de golpe, interrumpiendo las disculpas temblorosas que mi padre seguía balbuceando desde el reservado.
Me di la vuelta sobre mis talones, cruzándome de brazos y clavando mis ojos en los suyos.
Gabriel estaba apoyado contra la encimera de granito negro, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón.
La camisa blanca impecable le resaltaba el bronceado y esa sonrisita traviesa y misteriosa volvía a dibujarse lentamente en la comisura de sus labios carnosos.
—¿Se puede saber qué cojones significa todo este espectáculo, Gabriel?
—le espeté, con la voz temblando por una mezcla de adrenalina, alivio y desconcierto—.
¿El hijo del conde de Sants? ¿El heredero de la corporación que va a salvar los astilleros de mi padre?
¡Casi le da un síncope a mi familia ahí fuera!
¡Me has estado mintiendo desde el primer momento en que nos chocamos en la agencia!
Gabriel exhaló un suspiro hondo, sacando las manos de los bolsillos para dar un paso largo hacia mí. Sus ojos verdes brillaban con una seriedad inquietante bajo los focos del baño.
—Jefa, yo no te he mentido en nada —murmuró con esa voz profunda y ronca que me había hecho estremecer desde la primera vez—.
Te lo dije ayer por la tarde. Te confesé que mi familia era asquerosamente rica y que venía de un linaje con títulos nobiliarios.
Fuiste tú la que se partió de risa en mi cara, me llamó mentiroso y se ofreció a trabajar de camarera para sacarme adelante.
Me quedé muda un segundo, recordando la escena con una oleada de vergüenza. Tenía toda la razón. Me lo había dicho y yo me lo había tomado a broma pero, siendo realistas, ¿quién se lo hubiera tomado en serio?
—Eso... eso da igual ahora —titubeé, intentando recuperar mi coraza mientras sentía que el corazón me martilleaba con fuerza contra las costillas—.
Lo que me importa es lo que escuché la otra noche en el pasillo de tu piso.
Te escuché hablar con tu padre de madrugada.
Dijiste que aceptabas sus condiciones, que ibas a asentar la cabeza y asumir un puesto en su corporación.
Gabriel... tú odias ese mundo. Renunciaste a tu fortuna, te fuiste a vivir con tu abuela y te rompiste los cuernos metro a metro en la agencia solo por defender tu libertad y tu pasión por el cine.
¡No puedes tirar tu vida por la borda y encerrarte en una oficina por mi culpa!
¡No quiero que renuncies a tus sueños por mí!
Gabriel acortó los últimos centímetros que nos separaban. Me agarró suavemente por las muñecas, con un agarre firme pero increíblemente tierno que me hizo soltar un suspiro ahogado, obligándome a mirarle directamente a los ojos.
—Escúchame bien, Gabriela —susurró, inclinándose tanto que su aliento me acarició el rostro—.
No estoy renunciando a nada. Cuando me fui de casa, lo hice porque pensaba que el cine era lo único que le daba sentido a mi vida.
Pero estos días… me he dado cuenta de una verdad mucho más grande.
El cine era un sueño bonito y lo ha sido durante unos años pero tú...
tú eres mi realidad. No tengo que renunciar a mis sueños, jefa, porque mi único y verdadero sueño ahora mismo eres tú.
Y estoy dispuesto a vestir de traje todos los días de mi vida y a negociar con el tiburón de tu padre con tal de asegurar nuestro futuro y no dejarte ir jamás.
—Nos acabamos de conocer, Gabriel…
Gabriel sonrió y me agarró las manos.
—Es verdad y el futuro es incierto. No te prometo que será siempre bonito o para toda la vida, pero ahora mismo siento que eres lo más valioso que me ha pasado en la vida y estoy dispuesto a cualquier cosa por ti.
Me quedé completamente desarmada. Las lágrimas que tanto había intentado contener volvieron a asomar a mis ojos, pero esta vez no eran de rabia ni de humillación.
Eran de pura alegría. Tener a este hombre imponente frente a mí, vestido con un traje que costaba una fortuna, confesándome que yo era su único sueño real, me vació la cabeza de cualquier duda que pudiera tener.
—Eres un idiota integral, Salas —susurré, con la voz rota, rodeándole el cuello con los brazos—. Un idiota maravilloso. Me da igual tu título de conde de Sants y las empresas de tu padre. Te quiero a ti.
—Lo sé, jefa. Por eso he montado todo este circo —murmuró con una sonrisa traviesa, acortando el último milímetro de distancia.
Su boca se estrelló contra la mía con una ferocidad salvaje que me borró el sentido común en un pestañeo.
El beso fue profundo, húmedo, cargado de la adrenalina de la cena de negocios y de una necesidad física asfixiante que no entendía de nada.
Gabriel me agarró firmemente por las caderas con sus manos grandes, empujándome de espaldas contra la pared de azulejos oscuros del baño.
Su cuerpo robusto cayó sobre el mío como una losa de calor, y el contraste entre la seda fina de mi vestido azul marino y la dureza de su traje de sastre me provocó un fuerte estremecimiento..
Le abrí los labios al instante, respondiendo a su voracidad con la misma desesperación, enredando mis dedos en su pelo hasta desordenárselo por completo. Gabriel soltó un gruñido ronco y bajó una de sus manos por mi muslo, tirando de la falda hacia arriba con urgencia.
—Da igual que lleve corbata o que firme contratos millonarios, Gabriela —susurró contra mi boca, jadeando, mientras sus labios descendían por mi mandíbula hasta morder suavemente mi cuello—.
En este baño, en el Raval o donde sea, sigo siendo el mismo idiota que te vuelve loca. Y pienso demostrártelo ahora mismo.
—¿En serio? —lo provoqué sin dejar de besarlo.
Gabriel solo respondió con algo parecido a un gruñido y yo reí sobre su boca, entre besos y beso; me subió sobre la fría encimera de granito negro, separando mis piernas con un movimiento suave pero firme que arrugó mi vestido de seda azul marino en mi cintura.
Yo estaba cegada, desesperada por sentirlo, y mis dedos se adelantaron a desabrocharle los botones del pantalón con una urgencia que me hacía temblar las manos.
—Gabriel... Dios, nuestros padres están a diez metros —gemí contra su boca, pero la advertencia murió en un suspiro cuando él se deshizo de mis braguitas, deslizándolas hábilmente hacia abajo y dejó que quedaran colgando de uno de mis tobillos.
—Que esperen, jefa. Hoy las normas las ponemos nosotros —susurró con una voz ronca, rota por la excitación, justo antes de clavarse dentro de mí de manera profunda, firme y salvaje.
Solté un grito ahogado que apagué mordiéndole el hombro, hundiéndole las uñas en la tela fina de su americana. Cada una de sus embestidas hacía retumbar mi espalda contra el gran espejo de los lavabos.
Intenté ahogar mis jadeos y gemidos, aferrándome a él con los dos brazos, moviéndonos en un ritmo frenético y asfixiante que nos llevó juntos a un clímax abrasador que nos dejó temblando, sudorosos y jadeando abrazados bajo las luces del cuarto de baño.
—¿Lo habías hecho alguna vez en un baño? —me interesé aún con la respiración acelerada sin apartar los brazos de su cuello.
—No… —murmuró con voz ronca, besándome el cuello y yo solté un pequeño quejido de placer—, pero siempre hay una primera vez.
Me reí.
—Nuestros padres están fuera.
Gabriel gruñó como protesta.
—Dejalos.
—Se estarán preguntando qué estamos haciendo…
—Seguro que se lo imaginan.
Volví a reír, negándome a imaginarme a mi madre pensando en lo que estaría haciendo su adorable hija.
Apenas dos minutos después, tras arreglarnos la ropa a toda velocidad con dedos torpes y risas nerviosas, salimos del baño. Gabriel se recolocó la chaqueta, me cogió de la mano con firmeza y regresamos a la mesa.
Nuestros padres nos miraron en absoluto silencio.
El padre de Gabriel sonreía con aprobación; el mío, todavía pálido, firmó los documentos de la alianza naviera con una sumisión que no le había visto en la vida, mientras mi madre asentía con la cabeza, dándose cuenta de que su caprichosa hija acababa de pescar, sin querer, al heredero más codiciado de toda España.