Capítulo 34
Unos golpes en la delgada puerta del hotel despertaron a Mary.
Mary permaneció inmóvil un momento, mirando el techo de la pequeña habitación mientras el sonido vibraba por las paredes. Le había sorprendido que Jasper le diera una habitación para ella sola al llegar al hotel.
Las cortinas eran claras y finas, y la luz de la mañana se colaba por ellas sin calidez. Apenas había dormido desde que dejó a Gideon, y durante un breve instante entre el despertar y el recordar, no supo dónde estaba.
El rostro apacible de Gideon acudió a su mente, con su sonrisa amable en aquel semblante curtido, y la intensidad con que sus ojos se clavaban en los de ella.
Entonces la realidad regresó de golpe.
—Mary —la voz de Jasper llegó a través de la puerta—. No te entretengas. El juez nos espera a y media. No me obligues a entrar y sacarte a rastras.
Cerró los ojos un instante antes de incorporarse. Ojalá pudiera volver a dormirse y que todo fuera una pesadilla de la que pudiera despertar. Que Jasper irrumpiera y la sacara a rastras parecía peor que hacerlo ella misma, así que al final se sentó y se pasó una mano por la cara y el pelo.
La luz del día inundaba su habitación. El primer día habían viajado en diligencia y luego durmieron en una parada a medio camino. Habían llegado al pueblo la noche anterior, y Jasper había pagado el hotel, prometiendo que conseguirían lo que habían venido a buscar esa misma mañana.
No tengo ninguna prisa.
La habitación era sencilla. Apenas tenía una cama, una silla y un lavabo.
Se acercó al lavabo, vertió agua en la palangana y se mojó la cara.
En el espejo de encima, se veía demacrada y cansada.
Tenía ojeras, y la tristeza le rezumaba por los poros.
Le entraron ganas de llorar con solo mirar a la joven atormentada del cristal.
Se vistió de espaldas a la ventana, abrochándose los botones despacio, de abajo arriba. Le temblaban las manos. Los fue abrochando uno a uno, con la misma lentitud con que se movía desde que aceptó irse con Jasper.
Si se permitía pensar en algo demasiado lejano, empezaba a entrar en pánico, a desmoronarse. Ir momento a momento era lo único que podía manejar.
Recogió el resto de sus cosas de la silla junto a la cama, dobló el chal y lo metió en el bolso. Sus dedos rozaron algo seco y delicado. Se detuvo y lo sacó con cuidado.
Una de las flores silvestres de Lila.
Pequeña y ligeramente aplastada, los pétalos amarillos se habían desteñido hasta parecer paja.
Mary no recordaba haberla guardado. Quizá había quedado envuelta en alguna prenda.
O quizá la propia Lila la había escondido allí.
Solía meter regalitos en bolsillos, bolsos y en la punta de las botas, y luego esperaba orgullosa a que alguien los descubriera.
Mary se sentó en el borde de la cama con la flor en la palma de la mano. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Lila se había convertido en una hija para ella. No de sangre, pero sí de algo igual de fuerte.
Mary agachó la cabeza un instante y cerró los dedos en torno al tallo. Una lágrima solitaria le rodó por la mejilla y se la enjugó. Sabía lo que estaba sacrificando al alejarse de Gideon para protegerlo a él y a Lila.
Guardó la flor con cuidado entre los pliegues del chal, donde no se aplastaría más. Era una tontería llevarla. Aun así, la llevó.
Le daría algo de consuelo, un recordatorio de por qué sufría. Aunque ella fuera a ser desgraciada, Lila no tendría que oír a todos sus conocidos decir cosas horribles de su tío. No tendría que ver cómo los chismes y las habladurías destrozaban a su nueva familia.
—Mary —el golpe sonó de nuevo, más seco esta vez.
—Ya voy —intentó sonar firme y serena, pero le tembló la voz.
Cheyenne por la mañana era mucho más ruidosa que Silver Creek.
Los carros abarrotaban la calle principal, los caballos levantaban oscuras cintas de barro, los hombres se gritaban de un lado a otro de la calle.
El estruendo llenaba las calles, los sonidos se superponían unos a otros hasta que era imposible distinguir quién decía o hacía qué.
El cielo se extendía pálido e inmenso sobre sus cabezas.
Mary echó un último vistazo a la sencilla habitación del hotel antes de salir. Jasper la esperaba en el pasillo y le agarró el brazo en cuanto apareció.
—¿Te crees que todo el mundo puede esperarte? La próxima vez, date más prisa. No queremos hacer esperar al juez.
Mary se mordió el interior de la mejilla.
Puedes hacerlo. Los estás protegiendo.
Los ojos azules de Lila. Las manos tiernas de Gideon al sostener las suyas. Esas imágenes le daban fuerza.
Mary caminó junto a Jasper y trató de seguirle el paso. Enfadarlo más no era buena idea. Llevaba los hombros cargados de tensión, y sus ojos saltaban de un lado a otro, buscando a cualquiera que le pareciera sospechoso.
—Ya casi llegamos. Ya he hablado con el juez y sabe qué esperar, aunque será mejor que me dejes llevar la conversación —dijo Jasper al doblar desde la calle principal—. Responde solo a lo que te pregunte directamente, nada más.
Mary mantuvo la mirada al frente.
—Después de que anulen mi matrimonio, aún podría negarme a casarme contigo en Chicago —soltó Mary antes de poder contenerse.
Jasper se detuvo en seco y arqueó las cejas. Estaban en medio de la calle, bloqueando el paso a todos los que los rodeaban, obligándolos a abrirse en dos corrientes como si partieran un mar de gente y movimiento.
—¿Me estás amenazando? —las palabras de Jasper fueron apenas un susurro.
—N... no —Mary apretó los dientes con tanta fuerza que le dolieron.
No se casaría con él. Eso haría. Conseguiría que anularan su matrimonio con Gideon y luego huiría, lejos de él y de su familia.
Entonces Jasper no tendría ninguna razón para hacerle nada a Gideon, y ella podría escapar de un futuro miserable con. ..
—¿Me estás escuchando? —espetó Jasper, y Mary volvió a prestarle atención—. Si intentas algo, lo que sea, antes de que los dos estemos felizmente casados ante todo Chicago, volveré a Silver Creek y me dedicaré a destruir a Gideon Hayes y todo lo que ama.
—No intentaré nada —el pavor la recorrió por dentro. Era una sensación horrible que le nublaba los pensamientos. No había salida.
Quizá Dios había querido que se casara con Jasper desde el principio, y ella lo había malinterpretado todo: todas las señales que la habían guiado hacia el oeste, hacia alguien que la cuidara, hacia una familia a la que llamar hogar.
—Recuerda, déjame hablar a mí —los dedos de Jasper se le clavaron en el brazo mientras se detenía frente a un pequeño edificio y la sujetaba contra sí—. Será más fácil así.
—Entiendo. —Las palabras le supieron a veneno en la boca.
Jasper la miró, abrió la puerta y la hizo entrar. La oficina del juez estaba encima de la tienda de un agrimensor, al final de una escalera estrecha. Dentro, el aire olía a papel, humo de pipa y a un calor viciado.
—Ahí están los dos, buenos días. —El juez se adelantó y su abrigo crujió al moverse. Estrechó la mano de Jasper, dedicó un breve asentimiento a Mary y se sentó.
—Igualmente, juez Emery. —Jasper lucía una sonrisa encantadora, todo lo contrario de la podredumbre que albergaba en su interior—. Mary desea anular su matrimonio con un hombre que fue su esposo durante un par de meses. Fue un matrimonio de conveniencia y nunca llegó a consumarse.
—Ya veo. —El juez enarcó las cejas y garabateó algo en una hoja—. ¿Ha traído el pago del que hablamos?
A Mary se le cayó el alma a los pies cuando vio la expresión del juez Emery. Sabía lo que estaba pasando. Era evidente que ella no quería estar allí, pero le daba igual. Solo quería su dinero, y lo que pudiera provocar con aquel documento y aquellas palabras le traía sin cuidado.
—Por supuesto. —Jasper sacó una pequeña bolsa de monedas y la dejó sobre la mesa.
—Muy bien. Diga su nombre completo, señorita Mary.
Mary parpadeó con fuerza para contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse. De pronto tenía la garganta seca y le ardían los ojos.
—Mary Louise Hayes —pronunció el apellido con orgullo. Llevaba el apellido de Gideon. Aunque no fuera a durar mucho más, aún lo atesoraba: la sensación de ser su esposa, de formar parte de una familia llena de amor y risas.
—Muy bien. ¿Y su apellido de soltera? —El juez hablaba sin emoción alguna, con la pluma en alto.
—Aldridge. —Mary logró articular la palabra, aquel nombre que le había causado tanto dolor y tristeza. El mismo que había condenado a sus hermanas a sufrir otro tanto.
—Tendrá que contarme sobre este matrimonio. ¿No fue un matrimonio legítimo? ¿Cómo puede anularse? —El juez los miró alternativamente. ¿Cambiarían las cosas si ella fuera sincera? ¿Si le dijera que la estaban coaccionando para abandonar al hombre que le había robado el corazón?
Le bastó una mirada al rostro de Jasper para acallar cualquier protesta.
—Nos casamos muy deprisa y… —luchó por restar importancia a lo mucho que había crecido el vínculo entre ella y Gideon—.
Nunca… llegamos a consumar el matrimonio —logró decir, con un pequeño sollozo al final—.
No hubo un matrimonio real entre nosotros.
Fue puramente transaccional: él me ayudaba con unos trámites y yo cuidaba de su sobrina.
—Cada palabra que pronunciaba le dolía más que un golpe.
—¿Entiende que al anular su matrimonio está rompiendo todos los lazos con Gideon Hayes, cualquier relación entre ustedes, y borrando el matrimonio que tuvo con él en todos los sentidos salvo en los registros?
—Sí —susurró.
¿Qué estoy haciendo?
—Un poco más alto, señorita Aldridge. Necesito asegurarme de que entiende lo que pretende hacer.
—Sí —dijo—. Entiendo.
No era capaz de mirar a Jasper. No le daría la satisfacción de ver sus lágrimas.
Afuera, las risas ascendían desde la calle. Tanta gente seguía con su vida, ajena a la tristeza y el dolor que se gestaban en aquella habitación.
—Muy bien. —El juez Emery revolvió unos papeles—. Tengo todo lo que necesito. Tardaré unos minutos en redactar los documentos. Pueden esperar aquí si lo desean.
Mary lo vio levantarse y salir de la habitación arrastrando los pies, y se quedó a solas con Jasper. Este no se sentó a su lado, sino que se puso a dar vueltas por la estancia.
—¿Por qué no pudiste casarte con otra? —soltó Mary—.
Había mujeres en el pueblo que no creían los rumores sobre ti, que se habrían casado contigo si se lo hubieras pedido.
Si estabas tan desesperado por encontrar esposa, ¿por qué yo?
—Apretó los puños mientras Jasper se volvía hacia ella con un brillo intenso en los ojos.
—No se trataba del matrimonio, Mary. Me humillaste delante de todo el pueblo. Mi padre llevaba meses hablando de nuestro compromiso antes de que el tuyo te lo contara. Y además, tenía una promesa que cumplir.
A Mary se le secó la garganta.
—¿Recuerdas cuando te dije que si te quería, te tendría? Parece que al final tenía razón. —Jasper esbozó una sonrisa de suficiencia y retrocedió un paso más, mientras Mary intentaba con todas sus fuerzas no desmoronarse.
El juez Emery volvió a entrar, dejó los papeles sobre la mesa y los deslizó hacia ella. Mary dio un paso vacilante y contempló las palabras, que se desdibujaban tras el velo de sus lágrimas.
Su nombre estaba escrito allí con letra limpia y formal, Mary Hayes, y por un momento no pudo moverse.
Había pasado la mañana actuando mecánicamente, respondiendo preguntas, dejándose guiar por Jasper, manteniéndose cuidadosamente al margen de todo.
Pero ver aquel nombre escrito le oprimió el pecho.
Todavía era Mary Hayes. Por unos minutos más, aún lo era.
Jasper dejó la pluma junto a los papeles y retrocedió para darle espacio, el gesto más cortés que había tenido en toda la mañana. El juez se ajustó los anteojos y esperó con una paciencia visiblemente irritada.
Mary cogió la pluma.
Miró su nombre en la página y de pronto recordó la primera vez que Gideon la había llamado señora Hayes. En aquel momento no había sabido qué sentir al oírlo. Se le nubló la vista. Parpadeó con fuerza y acercó la pluma a la línea.
Justo cuando la punta de la pluma rozaba el papel, unos gritos estallaron en la planta baja. Mary se detuvo a mitad de la M de su nombre.
Los sonidos llegaban amortiguados al principio, luego más fuertes. El estruendo de las botas contra los escalones mientras la gente subía las escaleras a toda prisa hizo que Mary se levantara.
—¿Qué está pasando? —gritó Jasper volviéndose hacia la puerta. El juez alzó la vista de sus papeles con leve irritación.
La puerta se abrió de golpe y tembló sobre sus bisagras.
Gideon estaba en el umbral, jadeante. El polvo le manchaba el abrigo y se le pegaba al rostro. Llevaba el pelo revuelto y el agotamiento se le notaba en cada gesto. Una barba de varios días le ensombrecía la barbilla y el labio superior. Sus ojos recorrieron la habitación con frenesí.
Cuando se posaron en ella, le robaron el aliento.
Mary se apartó de la silla tan deprisa que la hizo chirriar contra las tablas del suelo. Se cubrió la boca con una mano temblorosa y se lanzó hacia delante todo lo rápido que le permitía aquel espacio reducido. El alivio la invadió, la desbordó. Se arrojó a los brazos de Gideon.
Mary hundió el rostro en el hombro de Gideon mientras los sollozos le sacudían el cuerpo. Apretó la cara contra su pecho. Él la estrechó con tanta fuerza que le dejó sin aliento.
—Tranquila, te tengo —susurró Gideon.
—Viniste. Viniste a por mí. —Mary no reconoció su propia voz, cargada de desesperación y alivio a partes iguales. Todo su peso se desplomó sobre Gideon. Aferró los puños a la pechera del abrigo polvoriento de él, y por primera vez en dos días, las cosas tenían sentido.
Gideon la estrechó con más fuerza.
Entonces el momento se hizo añicos. La mano de Jasper se cerró en torno al brazo de Mary y tiró de ella hacia atrás.
Cayó al suelo con fuerza; la palma de la mano le raspó contra las tablas y se quedó sin aire. La habitación le dio vueltas. Oyó al juez gritar algo, el estruendo de la silla al volcarse, y entonces Gideon se abalanzó hacia delante.
—¡No te atrevas a volver a tocarla! —La voz de Gideon retumbó entre las paredes. Jasper le metió la mano bajo la barbilla y empujó; la cabeza de Gideon se echó hacia atrás, pero no cayó.
El juez se apartó de la silla a trompicones.
—Caballeros, caballeros, esto es un tribunal de...
Nadie le hacía caso. Mary se esforzó por levantarse, por hacer algo. Gideon iba a salir herido por su culpa.