Un doctor para la novia inesperada Capítulo 29
73%

Capítulo 29

El problema con un hombre como Jasper Calloway era que no desaparecía sin más.

La amenaza persistía. Gideon pasó la mayor parte del día dándole vueltas al asunto, primero mientras hacía sus rondas, luego en el largo camino a casa, cuando el cielo se había teñido de rosa y el frío empezaba a calar de verdad.

El certificado falsificado de Jasper. La implicación de Lawson. Habían traído abogados de Chicago para darle apariencia de legitimidad. Todos los caminos conducían al mismo sitio.

Un callejón sin salida.

El sheriff Ford había sido directo al respecto el día anterior, recostado en su silla con los brazos cruzados y una expresión cargada del cansancio particular de un hombre que quería hacer más de lo que la ley le permitía.

—Podemos intentar demostrar que el certificado es falso —había dicho Ford—. Pero aunque lo consigamos, el daño a tu reputación, y a la de Mary, ya estará hecho. La gente no necesita pruebas para empezar a hablar.

Gideon había vuelto a casa a caballo con aquello pesándole como una losa.

Para cuando su propiedad apareció a la vista, le dolían los hombros de la jornada y de darle tantas vueltas a todo. Rodeó el perímetro antes de guardar el caballo, comprobando la línea de la cerca, el granero y los límites del patio.

Por los pocos tratos que había tenido con Jasper, lo creía capaz de cualquier cosa. Quería asegurarse de que estuvieran a salvo antes de que cayera la noche.

El humo se elevaba en espirales desde la chimenea mientras llevaba el caballo al granero.

Hogar.

El olor le llegó antes de terminar con los arreos. Algo cálido y sabroso flotaba en el aire, venado quizás, y por debajo, el dulzor tenue del pan de maíz. El estómago le respondió antes de que pudiera pensarlo. Se quedó un momento en la entrada del granero, simplemente respirándolo.

Volver a casa para cenar se había convertido en algo que esperaba con ganas. No lo había previsto. No había previsto muchas cosas.

Se lavó en la palangana de fuera, sacudiéndose el frío de las manos, y entró.

Lila bajó corriendo por el pasillo. Le embistió a la altura de las rodillas, le agarró la mano y empezó a tirar de él hacia la cocina, como siempre hacía, como si la cena pudiera desaparecer si no llegaban a tiempo. Él se dejó llevar, colgando el sombrero en el gancho de paso.

Mary estaba junto a los fogones. Miró por encima del hombro cuando entraron y le sonrió.

Algo en aquella sonrisa le llegó hondo.

Era una sonrisa sincera. Cálida. Pero había algo detrás que no estaba ayer, algo cauteloso y contenido.

La mesa ya estaba puesta. Mary trajo los cuencos de uno en uno: estofado de venado espeso con zanahorias y cebolla silvestre, el caldo oscuro y humeante.

El pan de maíz reposaba en la sartén de hierro fundido en el centro de la mesa, dorado por encima, con un platito de conservas al lado.

Lo había endulzado con melaza, como le gustaba a Lila.

Parecía una cena en familia.

El pensamiento se le asentó en el pecho en silencio, como venía ocurriendo últimamente, sin aspavientos.

Cogió la cuchara y se lanzó a contar una historia sobre uno de sus pacientes más pequeños, un niño de apenas un año que esa tarde había dado sus primeros pasos de verdad y acto seguido se había dejado caer de culo, con más ímpetu del esperado.

Lila escuchaba con toda su atención, como se la daba a todo, con aquellos ojos oscuros serios e interesados.

Mary también escuchaba. Pero estaba como ausente, ligeramente al margen de la conversación. Los dedos se le tensaron alrededor de la cuchara y luego se relajaron. Se tensaron de nuevo.

Gideon dejó la cuchara y alargó el brazo sobre la mesa. Le cubrió la mano con la suya, allí donde descansaba junto al cuenco.

Ella alzó la vista.

—¿Qué ocurre? —preguntó él. Con calma. Sin presión.

—Nada.

Una pequeña pausa.

—Solo estoy cansada, creo.

La mano de ella giró bajo la suya, los dedos apretándole brevemente los de él antes de soltarse y volver a coger la cuchara.

Él no insistió.

Lila llevaba un rato con su segundo trozo de pan de maíz, con la dedicación concentrada que ponía en casi todo. Levantó la vista de pronto, con la expresión grave de quien tiene algo importante que decir.

—Gracias por la cena, Mary —dijo.

A Mary se le cortó la respiración. Giró el rostro hacia un lado, se llevó una mano a la boca y los ojos se le llenaron de lágrimas antes de poder evitarlo. Apretó los labios con fuerza.

Gideon se quedó inmóvil.

Alcanzó la cafetera y rellenó la taza de Mary sin decir palabra, ofreciéndole el refugio de aquel pequeño gesto cotidiano. Lila observó con ojos inciertos; luego pareció decidir que aquello la superaba y preguntó en voz baja si podía repetir conservas.

Mary se recompuso en silencio. No hizo ningún comentario, y él tampoco.

Después de cenar, los siguió a él y a Lila por el pasillo sin que nadie se lo pidiera.

A él no le importó. Se había acostumbrado sin darse cuenta: los tres juntos al final del día, aquel ritmo particular.

Se apoyó en el marco de la puerta mientras Mary se sentaba en el borde del colchón de Lila.

La lámpara de la mesilla bañaba la habitación de luz cálida, suave contra la colcha, suave contra las paredes.

Mary se ocupó de los pequeños botones de nácar del cuello de Lila, esos que siempre le daban problemas a la niña, sin que nadie se lo pidiera y sin aspavientos. Tenía los dedos ágiles y pacientes.

Cuando terminó con los botones, le apartó el pelo de la frente a Lila con la palma de la mano. Lila juntó las manos.

Mary inclinó la cabeza junto a ella.

—Señor, gracias por Gideon y por Lila —dijo Mary en voz baja—. Gracias por ayudar a Lila a encontrar su voz y por la sanación que has obrado en nuestra pequeña familia. Protégenos y guíanos, por favor. En el nombre de Jesús, amén.

Gideon bajó la mirada al suelo.

Algo se le apretó en el pecho, doloroso y cálido a la vez.

Había tenido cuidado de no pensar demasiado en lo que Mary se había convertido en aquella casa.

Era más fácil así. Pero allí de pie en el umbral, viéndola arropar a Lila con ambas manos, igual que su propia madre había hecho una vez, resultaba difícil verlo y llamarlo de otra manera.

Se había convertido en parte de ellos.

—Yo termino en la cocina —dijo ella en voz baja—. Quédate con ella.

Era tarde cuando se acostaron. La lámpara estaba casi apagada. La casa se había sumido en el silencio a su alrededor; solo se oía el crujido de las paredes al contraerse con el frío y el sonido lejano del viento entre los pinos.

Gideon dejó las botas a un lado. Alargó la mano para bajar más la lámpara.

A su espalda, el colchón se hundió levemente. Entonces los brazos de Mary lo rodearon por detrás. Él se quedó inmóvil. Las cosas habían cambiado entre ellos, pero todavía no se mostraban cariño de esa forma. Ella apoyó la mejilla con cuidado contra su espalda.

Gideon cubrió las manos de ella con las suyas antes de volverse hacia ella. La atrajo contra su pecho y se recostaron sobre las almohadas. La sostuvo así, con una mano posada en su nuca.

Ella apretó la mejilla contra su pecho y se aferró a él como si necesitara sentir su cercanía.

¿Cómo podía hacerla sentir mejor? ¿Cómo aliviar su preocupación?

—Pase lo que pase —dijo en voz baja—, lo superaremos juntos. No estás sola en esto.

Mary no dijo nada. Pero sus dedos se aferraron a la tela de su camisa, y él sintió cómo contenía un suspiro tembloroso contra su pecho. Así que la estrechó con más fuerza.

¿Le tenía miedo?

Tuvo que contenerse con todas sus fuerzas para no ir al pueblo en ese mismo instante y exigirle a Jasper que le diera la cara como un hombre.

La lámpara se apagó y la habitación quedó en penumbra, bañada por la pálida luz de luna que se colaba entre las cortinas.

Gideon se recostó sobre la almohada con un brazo detrás de la cabeza.

A su lado, Mary permanecía en silencio. Su respiración aún no había adquirido el ritmo del sueño.

—He estado pensando en Jasper —dijo Gideon en voz baja, en la oscuridad—. En todo.

Mary se removió ligeramente bajo las mantas.

—No voy a dejar que gane —su voz se mantuvo serena y firme—. Todavía no sé cómo vamos a detenerlo, pero lo haremos. El sheriff Ford sigue investigando el certificado de matrimonio —añadió en voz baja—, pero Jasper no es invencible.

Todavía no sabía todo lo que Jasper le había dicho a Mary.

La luz de la luna se extendía sobre los pies de la cama.

—Y aunque difunda mentiras sobre nosotros —continuó Gideon en voz baja—, puedo vivir con eso. Este pueblo sabe quién soy... Aunque supongo que siempre podríamos marcharnos si llegara a eso. Empezar de nuevo en algún lugar donde nadie nos conozca.

Volvió ligeramente la cabeza hacia ella.

—Pero nada de eso importa tanto como que por fin estés libre de él. Y de tu padre también —su voz se suavizó aún más—. Has cargado con todo esto demasiado tiempo, Mary.

No podía verle el rostro. Deseaba poder comprobar que le creía. Anhelaba ver en sus ojos que se sentía a salvo, protegida.

—Gracias, Gideon —las palabras salieron tan quedas que casi se perdieron en la oscuridad.

Algo en la forma en que las pronunció le oprimió el pecho con inquietud. Los últimos días los habían agotado a ambos.

Por la mañana todo se vería de otra manera.

—Buenas noches —susurró Mary.

—Buenas noches.

Ella se giró de lado, de espaldas a él. Al cabo de un rato, su respiración se fue acompasando hasta volverse regular. Gideon se quedó mirando el techo oscuro sobre él.

Con Mary dentro, la cabaña ya no parecía vacía. Ahora había calidez en ella. Vida.

Pensó en cómo sería el futuro una vez que Jasper hubiera desaparecido para siempre. Mary junto a los fogones. Lila riendo en algún rincón de la casa. Tardes tranquilas tras largos días de trabajo. La imagen se le instaló en lo más hondo del pecho.

Por primera vez en días, el sueño llegó sin hacerse esperar.