Un doctor para la novia inesperada Capítulo 20
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Capítulo 20

Mary despertó temprano a la mañana siguiente. Se sentó en el borde de la cama y contempló a Gideon un buen rato. La suave curva de su mandíbula, sus pestañas oscuras contra la piel bronceada.

Parecía tan tranquilo mientras dormía. Alargó la mano y le rozó la frente, apenas presionando los dedos contra su piel. La fiebre había desaparecido, pero aún lucía exhausto. Recordó lo débil que había estado el día anterior.

Necesitaba descansar todo lo posible.

Mary se sacudió el cansancio de encima mientras se levantaba y se preparaba rápidamente para el día.

Tenía que visitar a Tom y poner en marcha su plan para el rancho.

Él estaría esperando sus instrucciones sobre cómo proceder.

Había tanto potencial en las tierras de Beatrice, y tanto que quería lograr.

Respiró hondo, decidida, y dejó a Gideon durmiendo. Salió de la habitación y caminó en silencio hacia la cocina. Tenía mucho que hacer antes de llevar a Lila a la escuela. Su padre estaba en camino, y estaba decidida a lograr todo lo posible antes de tener que enfrentarse a esa parte de su vida.

«Verá de lo que soy capaz».

Se apresuró a preparar el desayuno procurando no hacer demasiado ruido. Cuando Lila apareció, el desayuno ya estaba servido en la mesa.

Gachas calientes, uno de los platos favoritos de Lila, junto con panecillos frescos, mantequilla y café caliente. Mary no quiso molestar a Gideon. En su lugar, apartó su porción y la dejó tapada para que comiera cuando despertara.

Fueron a la habitación de Lila, donde Mary escogió un vestido limpio. Lila se vistió casi sola y solo necesitó ayuda con algunos detalles. Cuando estuvo lista, se sentó en el suelo mientras Mary se acomodaba en la cama de la niña con un cepillo.

Fue desenredando el cabello rubio de Lila mientras recitaba versículos bíblicos y cantaba himnos. Lila tarareaba con los ojos brillantes de lo que parecía felicidad.

—¿Estás lista para un buen día en la escuela? —preguntó Mary.

Lila asintió con entusiasmo.

—Muy bien, ya casi termino con tu pelo —Mary cepilló y trenzó hasta que todo quedó en su sitio. Cuando terminó de hacerle dos trencitas idénticas, giró a Lila hacia sí.

—¿Te ha gustado pasar tiempo con tus amigas en la escuela?

Lila asintió. Se mordió el labio inferior con un poco de timidez.

—¿Ves? —preguntó Mary—. Te dije que mejoraría.

Lila volvió a asentir. Abrió la boca, y por un segundo Mary pensó que iba a hablar, pero la cerró enseguida. Mary intentó ocultar su decepción.

Las dos hicieron juntas la cama de la niña. Estiraron la colorida colcha y ahuecaron la almohada. Mary cogió una escoba y barrió rápidamente el suelo, luego recogió las suaves cortinas amarillas para dejar entrar la luz de la mañana.

—Vamos, tenemos que irnos —dijo en cuanto la habitación estuvo lista. Lila salió corriendo delante mientras Mary se detenía en la cocina para escribir una nota rápida.

«He llevado a Lila a la escuela e iré al rancho de mi tía después. Tu comida está en la mesa y volveré para preparar el almuerzo. Por favor, descansa.

Mary»

Dejó la nota doblada junto al plato de comida tapado en la mesa del comedor. Se tomó un momento para mirar alrededor. Había dejado los platos lavados y secos en sus estantes.

Las ollas de cobre volvían a estar en la pared, colgadas en fila. Había recogido las cortinas de la cocina y la suave luz dorada del sol se derramaba sobre las tablas del suelo.

Satisfecha, salió aprisa a reunirse con Lila.

El paseo matutino hasta el pueblo fue encantador. Mary disfrutó del canto de los pájaros en los árboles y de las gotas de rocío que aún brillaban en las hojas a su paso. A medio camino, un crujido en el bosque, a sus espaldas, hizo que Mary se detuviera. Lila abrió mucho los ojos y se tensó.

—Tranquila —le aseguró Mary. Miró alrededor pero no vio nada—. Seguramente ha sido el viento.

Continuaron hacia el pueblo. Al llegar a la escuela, Mary se alegró de ver a Margaret en la puerta, haciendo sonar una campanita de plata para llamar a los niños.

El rostro de Margaret se iluminó al ver a Lila.

—Buenos días —dijo—. Hoy pareces más contenta de lo normal de venir.

Lila asintió, y parecía casi impaciente por entrar.

Mary no pudo contener una sonrisa de alivio. Se alegraba de que Lila se estuviera acostumbrando a ir a la escuela y ya no pareciera temerla tanto. Entendía todo lo que Lila había pasado y, por supuesto, probablemente era difícil volver a aspectos de su vida que nunca volverían a ser iguales.

Pero poco a poco se iba abriendo a las posibilidades que la rodeaban, y eso era todo lo que Mary podía esperar.

—Buenos días —dijo Margaret con una sonrisa mientras se acercaba—. ¿Cómo está el Dr. Hayes? Me han dicho que ha estado enfermo estos días, desde el baile.

Mary asintió.

—Sí, estuvo en cama un par de días, pero ayer empezó a encontrarse bastante mejor.

No pudo evitar que se le encendieran las mejillas al recordar una vez más lo que Gideon le había dicho mientras deliraba de fiebre.

—¿Estás bien? Pareces un poco acalorada —las cejas de Margaret se fruncieron con preocupación.

Sus ojos azules brillaban de curiosidad y sus rizos castaños, recogidos con un pasador, rebotaban con cada movimiento de su cabeza.

El vestido azul oscuro que llevaba Margaret le sentaba de maravilla.

Le recordaba a Mary a las maestras distinguidas de Chicago, con su ropa siempre impecable, sin una sola arruga a la vista.

—¿Mary? —insistió Margaret.

—Estoy bien —le aseguró Mary—. Solo han sido unos días largos. ¿No hay problema con que Lila venga a la escuela? No sé si se pondrá enferma o no. Gideon dijo que habría que esperar y ver.

Margaret negó con la cabeza.

—No pasa nada.

—Adelante, Lila. Tus amigas ya están sentadas dentro —dijo Margaret a la pequeña niña silenciosa que estaba junto a Mary.

Lila miró a Mary como pidiéndole permiso, y cuando esta asintió, soltó su mano y entró corriendo en la escuela. A Mary se le encogió el corazón al ver alejarse a la pequeña. El cariño que sentía por la niña crecía cada día que pasaba con ella.

—¿Está haciendo amigos? —preguntó Mary.

—Sí, de hecho ha hecho bastantes, y no parece importarles que no se sienta cómoda hablando. Les gusta tenerla cerca, sin más —Margaret juntó las manos frente a ella—. Hablando de amigos, ¿estás lista para la reunión de costura con la señora Dawson?

—Sí, por supuesto —respondió Mary.

Lo esperaba con ilusión desde que la invitaron.

—Es pasado mañana, ¿verdad?

—Sí —le aseguró Margaret.

—¿Hay algo que deba llevar? —preguntó Mary, nerviosa de pronto ante la idea de si la aceptarían en el grupo de costura de la señora Dawson.

—No, en absoluto. Basta con que vengas tú. Eso es lo que siempre dice la señora Dawson.

—Gracias —dijo Mary.

Vaciló un momento antes de marcharse.

—Puedes venir a casa cuando quieras a tomar el té. Disfruté mucho de nuestra última visita.

—Gracias —dijo Margaret—. Te tomo la palabra. Me encantaría volver.

—Muy bien, entonces —Mary no pudo ocultar su sonrisa—. Tengo que irme, voy al rancho de mi tía a poner algunas cosas en orden, pero volveré más tarde a por Lila.

—De acuerdo —Margaret se despidió con la mano desde los escalones de la escuela mientras Mary se alejaba.

Al girar la esquina, vio a alguien junto al mercado. Parecía un hombre, pero no estaba segura. Llevaba un sombrero de los que usaban los hombres en la ciudad, y retrocedió un paso bajo el toldo del mercado.

Mary notó cómo se metió dentro al acercarse ella lo suficiente para pasar. Era extraño, pero estaba decidida a no dejar que aquello la inquietara.

El rancho de su tía quedaba lejos, y tardó cerca de una hora en llegar. Atravesó bosques y luego tomó un sendero más pequeño que parecía un atajo. Este la llevó a cruzar un arroyo y a pasar junto a campos de flores silvestres.

En dos ocasiones creyó oír pasos y hojas crujiendo, pero no había nada.

Ni siquiera cuando se detuvo a observar con atención durante varios momentos.

Al volver al camino principal, siguió la curva hacia la izquierda, rodeando el grupo de árboles que ocultaba la entrada de la vista.

Sintió un nudo de tensión en el pecho. Estaba inquieta.

«No es nada, Mary. Es solo que hoy no te encuentras bien».

Pese a sus intentos de tranquilizarse, no lograba quitarse esa sensación de encima.

Acercarse al ajetreado rancho sabiendo que su tía ya no estaba allí seguía trayéndole la familiar punzada de tristeza, aunque ahora era algo menor. Poco a poco, esa tristeza se iba transformando en esperanza. Se tomó unos momentos para disfrutar de la calma antes de echar un vistazo alrededor.

Todo estaba igual que la primera vez que lo vieron: bien mantenido, como si alguien siguiera cuidándolo.

Había varios caballos pastando en las praderas. La puerta de la cabaña estaba cerrada, pero no parecía abandonada.

Alguien había cortado el césped recientemente, y en el extremo más alejado de la propiedad habían talado algunos árboles.

La mirada de Mary se detuvo en la entrada del establo.

Quizá Tom estuviera dentro, ocupándose de las faenas.

Lo encontró en el establo, justo donde la última vez, limpiando las cuadras.

—Señora Hayes —dijo con una sonrisa al verla.

Tenía el rostro manchado, al igual que la ropa, pero la expresión alegre de su cara hizo pensar a Mary que no habría preferido estar en ningún otro sitio.

—Me preguntaba cuándo volvería —se incorporó de donde había estado agachado trabajando y se apoyó en la horca mientras se secaba la frente con un pañuelo.

Señora Hayes. Aún le resultaba extraño oírlo.

—Lamento haber tardado tanto. El Dr. Hayes ha estado enfermo estos últimos días.