Un doctor para la novia inesperada Capítulo 11
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Capítulo 11

Cuando Gideon volviera de sus rondas, iría a ver a Mary y se aseguraría de que estuviera bien. Alzó la vista hacia el sol poniente, que desplegaba su red de naranjas, rojos y amarillos. Se hacía tarde, pero Mary estaba bien.

Debía saber que lo que decía la gente del pueblo eran simples rumores, de esos que viajan más rápido que una diligencia y perduran más de lo debido.

Cuando el tiro de caballos arrancó con una sacudida, Gideon pensó en lo que Mary podría estar haciendo en casa con Lila, probablemente ocupándose de pequeñas tareas domésticas o intentando adaptarse a su nuevo entorno.

Debería asegurarse de que Mary se estuviera adaptando bien. Al fin y al cabo, si quería que siguiera siendo su esposa y permaneciera en el pueblo, tenía que sentirse a gusto.

Pero eso no significaba que fuera a dedicar tiempo a largas conversaciones, ni a permitir que el más mínimo atisbo de tentación se colara en sus pensamientos.

Tenía un plan para su vida: seguir siendo el mejor médico que pudiera y mantenerse concentrado, nada más. Estar casado no iba a cambiar eso.

Cuando Gideon regresó a la casa tras terminar sus rondas, notó que las luces ya estaban tenues y el gallinero cerrado, señal inequívoca de que todos se habían recogido para pasar la noche.

Subió los escalones del porche y vio que habían dejado encendida una lámpara de aceite en la cocina, con la llama baja.

Le esperaba un plato de comida, cubierto con una tapa de hojalata para mantenerlo caliente. Levantó la tapa y encontró carne guisada, verduras asadas y rebanadas de pan. Justo lo que necesitaba después de un largo día.

Comprobó la hora con un vistazo al pequeño reloj de bolsillo que guardaba en el chaleco. Había una razón por la que todos estaban ya dormidos: era mucho después del anochecer. Se había quedado fuera mucho más tiempo del que pretendía. Un sentimiento de culpa lo invadió.

Recorrió el pasillo con sigilo para asomarse primero a la habitación de Lila.

Estaba arropada en la cama, con la colcha subida hasta los hombros. Parecía tan frágil y pequeña. Notó que alguien había dejado una lámpara encendida en su gancho de pared, que proyectaba un suave resplandor dorado por toda la habitación.

Supuso que habría sido Mary.

Gideon permaneció junto a la cama de Lila un buen rato antes de inclinarse para depositar un suave beso en su frente. La niña se removió ligeramente y esbozó una sonrisa somnolienta, pero no se despertó.

Se detuvo un instante en la puerta del dormitorio que compartía con Mary y luego continuó hacia la cocina, donde cenó solo.

Cuando terminó, lavó el plato en la palangana, lo colocó en su sitio y se secó las manos con un paño antes de dirigirse al dormitorio.

Mientras caminaba, notó pequeños cambios por toda la casa: la ropa doblada con más esmero, los suelos más limpios y las ventanas por fin libres de polvo, que dejaban pasar la tenue luz de la luna a través de los cristales.

Por lo visto, Mary había estado bastante atareada durante la tarde.

¿Habría tenido ocasión de pensar en la herencia de su tía? Las posibilidades de lo que podía hacerse con ella eran infinitas. Tendría que preguntarle cuando fuera a verla, aunque solo pensar en esa conversación lo incomodaba.

Entró en silencio en la habitación que compartía con Mary.

Le habían preparado la cama en el suelo, mientras ella yacía en su lado del colchón, con las mantas subidas hasta los hombros, su figura apenas visible a la tenue luz de la lámpara moribunda.

Se preparó para dormir sin prisas: se quitó las botas y las colocó junto a la pared, y luego se quitó el abrigo.

La luz de la luna se filtraba por la ventana y bañaba el espacio con un resplandor cálido, suficiente para ver. Durante todo ese tiempo, Mary no se movió. ¿Estaría dormida o solo lo fingía?

Rodeó la cama con cuidado y se dejó caer en su lecho improvisado. Le pareció oírla soltar un largo suspiro. Mary había colocado un par de colchas adicionales debajo para hacerlo más cómodo.

Suspiró.

No sabía cuánto tiempo seguiría durmiendo en el suelo hasta que se sintieran lo bastante cómodos el uno con el otro como para compartir al menos la cama.

Ojalá no sea demasiado tiempo. Solo tengo que tener paciencia.

O tal vez nunca, teniendo en cuenta que no tenía intención de consumar su matrimonio en el sentido amoroso. Dormir en el suelo para siempre... eso no parecía nada agradable.

Se giró de lado e intentó conciliar el sueño, pero no lo consiguió del todo. Su mente se negaba a calmarse. Los pensamientos le bullían en la cabeza.

Poco a poco, su corazón comenzó a latir más despacio y su respiración se acompasó. Justo cuando estaba a punto de quedarse dormido, un leve crujido en la oscuridad lo despertó.

Mary se incorporó en la cama; su camisón blanco brillaba como un faro en la oscuridad.

Se quedó allí sentada un momento, mirando por la ventana.

Luego, en silencio, se puso de pie. El único ruido en el dormitorio era su respiración y el suave frufrú de su camisón.

Cruzó la habitación y salió al pasillo. La puerta se cerró tras ella con un suave clic.

Se oían sus pasos, muy levemente, mientras avanzaba por el pasillo.

Se quedó mirando el techo en la oscuridad. ¿Adónde habría ido? ¿A por agua? ¿O a otra cosa?

Ya volverá.

Pero no volvió. Pasaron diez minutos, luego veinte. La inquietud se instaló en su pecho.

Al final, se levantó del suelo para ir a buscarla.

Recordó las palabras del ayudante Ford sobre ir a verla. Cuando dobló la esquina hacia la sala de estar, deseó haberles prestado más atención.

Mary estaba allí, sentada en uno de los bancos junto a la chimenea.

Llevaba el chal envuelto firmemente alrededor de los hombros y sobre la cabeza, la lana gastada apretada contra el frío persistente de la noche de Wyoming, y se limpiaba las lágrimas de las mejillas mientras miraba las brasas moribundas del fuego. Parecía tan desdichada.

Puede que sea culpa tuya, pensó. El corazón se le encogió de responsabilidad y tristeza.

No debería estar allí. Estaba invadiendo el momento de soledad que ella había buscado al escabullirse. Se giró con intención de volver al dormitorio, pero su pie chocó con una cesta de ropa situada en la esquina de la habitación.

Mary se sobresaltó con el ruido y miró hacia él. El momento de intimidad se había roto, y la culpa lo invadió por la intrusión.

Tenía los ojos rojos de llorar y parecía tan vulnerable. Apartó la mirada y se puso de pie, casi tropezando por las prisas.

El cabello se le había soltado casi por completo de la trenza y le enmarcaba el rostro. Los dedos apretaron el chal con más fuerza, y aunque no lo miraba, él notó el rubor intenso que le subía por el cuello hasta las mejillas.

—Lo siento, no quería molestarte —dijo Gideon en voz baja—. Cuando te fuiste, pensé que volverías enseguida, así que... me preocupé al ver que no volvías.

Se trabó al hablar, deseando tener el sombrero en las manos para tener algo que hacer con ellas.

—Solo necesitaba un minuto...

A Mary se le quebró la voz. Tragó saliva con fuerza, intentando deshacerse del nudo que tenía en la garganta. No lo miraba, y le temblaban los hombros mientras sus dedos retorcían la tela del chal como si fuera lo único que la mantenía en pie.

—¿Qué ocurre? —preguntó Gideon—. ¿Ha pasado algo en el pueblo hoy?

Le salió la voz ronca de tanto esforzarse por sonar amable y comprensivo.

—No pasa nada. Estoy perfectamente bien.

Su tono era más duro, más resuelto.

Aun así, él percibía el titubeo bajo aquella fachada de entereza.

—Mary...

Respiró hondo.

—Sé que he hecho mal al evitarte y no estar en casa tanto como debería. Hoy estuve en el pueblo y me di cuenta de que la gente anda diciendo ciertas cosas. ¿Es eso lo que te preocupa? Sea lo que sea, preferiría que lo habláramos. Es la única forma de poder hacer algo al respecto.

Su súplica fue recibida con silencio.

—Hay ciertos comentarios en el pueblo —dijo Mary al fin, alzando la vista para mirarlo a los ojos—. Y supongo que echo de menos mi hogar. Todo junto... me ha afectado más de lo normal.

Notó lo serena que se había vuelto su expresión, como si se hubiera recompuesto y hubiera ocultado sus emociones tras una máscara ensayada.

Se acercó unos pasos y se quedó allí un momento, incómodo, antes de sentarse en el banco. El asiento de madera crujió suavemente bajo su peso.

Apoyó una mano en el respaldo y deslizó las yemas de los dedos por la madera áspera. Habría que lijarla cuando tuviera tiempo.

Mary vaciló un instante y luego se sentó en el banco frente a él. Un silencio incómodo se instaló entre ellos, roto solo por el débil crepitar de las últimas brasas.

Gideon se frotó los muslos con las palmas de las manos. Las conversaciones no eran lo suyo.

«¿Qué puedo decir para ayudarla?»

Se aclaró la garganta.

—Un amigo me ha contado que en el pueblo andan diciendo cosas desagradables sobre cómo llegamos a casarnos —dijo con suavidad—.

Pero te pido que no te preocupes. La gente se casa por todo tipo de razones aquí.

Si al principio pensabas venir como novia por correspondencia, no veo que esto sea tan diferente.

—No lo es —convino ella, frunciendo el ceño.

Así que sí le había afectado, después de todo.

—Entonces, ¿por qué te afecta tanto lo que diga la gente?

—No estoy segura —dijo en voz baja—. Quizás lo que más me pasa es que echo de menos mi hogar.

—No me has contado mucho sobre tu familia —dijo Gideon.

En realidad, nunca se lo había preguntado, pero quizás no estaría de más escucharla, si eso la hacía sentirse un poco menos sola.

—A quienes más echo de menos es a mis hermanas —dijo Mary—. Tengo dos, las dos menores que yo: una tiene diecinueve años y la otra dieciséis. Por ellas no me había casado. Quería quedarme en casa... estar con ellas.

—Ya veo.

Gideon la observó con atención y notó cómo se le suavizaba la voz al mencionarlas.

—¿Por qué te fuiste de casa si querías quedarte con ellas?

Ella guardó silencio un buen rato y volvió a evitar su mirada.

—Las cosas cambian —dijo al fin—. Y no siempre podemos hacer lo que queremos, ¿verdad?

Mary frunció el ceño, y había algo más profundo en su expresión, algo que no decía y que despertó la curiosidad de Gideon. Quería insistir, entender, pero no se atrevió a volver a preguntar.

—Seguro que estaré bien —añadió Mary, y esta vez casi parecía creérselo.

Gideon se puso de pie y, al hacerlo, un dolor agudo le recorrió la espalda hasta el hombro: la tensión acumulada de largos días a caballo y demasiadas noches durmiendo en superficies duras. Intentó disimularlo, pero no fue lo bastante rápido.

Mary se quedó inmóvil y palideció ligeramente.

—Sabes —dijo—, la cama es bastante grande para los dos. Estamos casados, así que no veo que sea impropio. No podría permitir que siguieras con dolor por dormir en el suelo.

Vaciló antes de continuar.

—Quizás podríamos encontrar la manera de compartirla. O... si te resulta incómodo, puedo dormir yo en el suelo.

—No voy a permitir que duermas en el suelo —dijo Gideon, con una firmeza que lo sorprendió incluso a él—. Pero no me opondría a compartirla, si a ti te parece bien.

Mary esbozó una leve sonrisa que no le llegó a los ojos.

—Estoy segura de que este matrimonio requerirá algunos ajustes en cuanto a comodidad —dijo—. Pero estoy dispuesta a intentarlo.

—Yo también.

Gideon dio un paso adelante.

—Los dos deberíamos descansar. Estas próximas semanas van a ser de adaptación para ambos.

Mary asintió.

Mientras se dirigía de vuelta al dormitorio, con el débil resplandor de la lámpara guiándole los pasos por el estrecho pasillo, no pudo evitar preguntarse qué estaría pensando ella realmente mientras lo seguía en silencio.