Capítulo 1 #2
Apretó el puño bajo la mesa.
—Le gusta leer, aunque estoy seguro de que no tendrá tanto tiempo cuando estén casados. No tienes nada de qué preocuparte —dijo su padre, y Mary cerró la boca. Enfrentarse a Jasper delante de sus padres no ayudaría a nadie, y menos a ella. En lugar de eso, se concentró en sí misma.
Señor...
Muéstrame una salida, una forma de no casarme con este hombre. ¿Debería tomar cartas en el asunto?
Buscó serenidad para decidirse por su otro plan: las cartas en su habitación. En realidad, no había pensado llegar tan lejos con lo de convertirse en novia por correspondencia cuando respondió al anuncio del periódico, pero ahora parecía su mejor opción.
Si huía y aceptaba la propuesta del hombre en la frontera, podría elegir su propia prisión en lugar de resignarse a la que su padre le imponía.
Al otro lado de la mesa, su padre seguía hablando, su madre asentía con aprobación y Jasper les daba la razón a ambos. Mary intentó seguir el resto de la conversación, pero se sentía atrapada en una pesadilla, incapaz de despertar.
Incluso cuando acompañaron a Jasper a la puerta y ella se despidió con la mano, seguía sintiendo que nada de aquello era real.
—Tendrás que aprender a ser más respetuosa si pretendes que Jasper sea feliz como tu esposo —dijo su padre mientras veían alejarse el carruaje de Jasper.
—No quiero casarme —Mary se preparó para la tormenta que se avecinaba.
—¿No quieres casarte? ¿Prefieres vivir en la calle?
¿Qué piensas hacer para ganar dinero? Porque cualquier hija mía que se niegue a hacer lo mejor para ella y para esta familia no recibirá ni un centavo más de mi parte.
—La voz de su padre fue subiendo más y más con cada frase, hasta que Mary sintió que toda la habitación vibraba.
—¡Podría ganar mi propio dinero! —Mary alzó la voz, dejándose llevar por la emoción.
—¿Ganar tu propio dinero? ¿Qué cosa respetable podrías hacer tú para ganar dinero? —Su padre se acercó un paso, y Mary se obligó a mantenerse firme. Estaba segura de que no tendría otra oportunidad de hacerlo.
—Sí, ser maestra, o quizás costurera.
—No harás tal cosa. Necesitas un buen marido que cuide de ti, y yo te he encontrado uno.
—¿Un buen marido? Jasper es cruel y despectivo.
No me ve como una persona, sino como un objeto.
¿Quieres que sea miserable, atrapada en un matrimonio que odio, igual que tú y mamá?
—El escozor de la bofetada la pilló desprevenida.
Retrocedió tambaleándose y se llevó la mano a la mejilla.
Su padre la miraba fijamente, con una furia en los ojos que nunca antes había visto.
El corazón le latía desbocado. Su padre no era un hombre amable y dejaba claro que esperaba que sus hijas hicieran lo que él quería cuando él lo quería.
Controlaba cada aspecto de sus vidas y, sin embargo, rara vez les pegaba.
Solo cuando lo llevaban al límite, algo que todas habían aprendido a no hacer.
—Creo que todos deberíamos descansar un poco —intervino la madre de Mary, con la voz apenas un susurro.
—Buenas noches, hija. Quizás recobres el sentido común mientras duermes. —Su padre pasó junto a ella y subió las escaleras con pasos pesados. Cuando se hubo marchado, las lágrimas corrieron por las mejillas de Mary mientras se volvía hacia su madre.
Quería que su madre la consolara, que le dijera que encontrarían otra solución.
—No deberías presionarlo así, Mary. Necesitas casarte, necesitas a alguien que cuide de ti. No podrás mantenerte sola, no de manera respetable. —Su madre se acercó unos pasos e intentó alcanzarla, pero Mary retrocedió, invadida por una sensación de traición.
—Quiero ser feliz, mamá. Quiero amor, risas y un futuro. ¿Es esto lo que quieres para mí? —Mary señaló a su alrededor. Seguramente su madre veía que había algo más.
—No, Mary, pero parte de crecer es darse cuenta de que no siempre podemos conseguir lo que queremos. —Su madre sonrió con tristeza—. Buenas noches, Mary.
Mary se quedó sola en el salón, yendo y viniendo de un lado a otro, con la rabia, la tristeza y la traición atrapadas en el pecho.
***
Un golpe seco rompió el silencio y sobresaltó a Mary. Miró a su alrededor, esperando que su padre bajara o que apareciera alguna de las criadas.
No sabía cuánto tiempo llevaba en el salón, pero habían pasado al menos una o dos horas desde que sus padres subieron a acostarse. Nadie apareció. Quizás todos evitaban el salón después de lo ocurrido. Mary vaciló un momento antes de acercarse y abrir la puerta apenas una rendija.
Un joven aguardaba en el umbral, con aspecto nervioso.
—Buenas noches, ¿es esta la residencia Aldridge?
—Así es —respondió Mary en voz baja.
—¿Es usted...? —El joven consultó un papel que llevaba en la mano—. ¿La señorita Mary Aldridge?
—Soy yo. —Mary se sentía aturdida. No entendía por qué alguien llamaría a su puerta tan tarde, y menos aún preguntando por ella.
—Lamento muchísimo molestarla a estas horas, señorita, pero me han encargado que le entregue esto cuanto antes. —El hombre le tendió una carta.
—¿De qué se trata? —La inquietud de Mary aumentó al aceptar la carta.
—La carta se lo explicará. Lamento su pérdida. —El hombre retrocedió un paso, se dio la vuelta y se marchó tan deprisa como había llegado.
Mary cerró la puerta y se quedó mirando la carta que tenía en la mano. La abrió, la desdobló y comenzó a leer mientras nuevas lágrimas se le agolpaban en los ojos.
Señorita Mary Aldridge:
Con sincero pesar le escribo para comunicarle el fallecimiento de su tía, la señorita Beatrice Aldridge.
Según los términos de su última voluntad y testamento, la ha nombrado a usted única beneficiaria de su patrimonio. Como albacea testamentario, es mi deber velar por que sus asuntos queden debidamente liquidados y transferidos conforme a sus deseos.
Actualmente me encuentro ocupado en la gestión de varios asuntos relacionados; no obstante, será necesario que se persone en mi despacho a la mayor brevedad posible para revisar y firmar la documentación pertinente relativa a su herencia.
Le ruego acepte mis más sinceras condolencias por su pérdida. Si tuviera alguna pregunta antes de su visita, puede dirigir su correspondencia a mi despacho, y procuraré responder con la mayor prontitud que las circunstancias permitan.
Quedo de usted,
Su seguro servidor,
Benjamin West
Albacea testamentario del patrimonio de la señorita Beatrice Aldridge
Mary se tapó la boca para no gritar y subió corriendo las escaleras hacia su habitación.
Al llegar, entró, cerró la puerta y se dejó caer al suelo.
Se cubrió el rostro con las manos mientras apretaba la carta contra el pecho.
Las lágrimas le resbalaron por las mejillas cuando cerró los ojos y rezó a Dios.
Su tía se había ido. La única persona a la que consideraba una mentora, alguien a quien amaba, que la había guiado durante tanto tiempo. Su padre le había prohibido escribirse con la tía Beatrice años atrás, temiendo que le llenara la cabeza de ideas equivocadas, pero eso no había frenado a Mary.
Se habían carteado en secreto durante años, todas las semanas sin falta.
Esa conexión había desaparecido, así, sin más.
Había sido idea de la tía Beatrice lo de convertirse en novia por correspondencia. Había elegido al hombre con el que se carteaba porque vivía en la misma ciudad que su tía.
Durante largos minutos, Mary dejó que las emociones la invadieran hasta quedarse sin fuerzas. Cerró los ojos y suplicó al único recurso que le quedaba: Dios.
«Señor, por favor, ayúdame. Debes ver lo herida que estoy, lo perdida que me siento. Por favor, muéstrame el camino que debo seguir, porque ahora solo veo desesperanza».
Cuando terminó de rezar, aún se sentía débil y sola, pero, de algún modo, algo más en paz. Logró ponerse de pie y llegar hasta su cama antes de dejarse caer en ella y abandonarse a un sueño agitado.