Charlotte
N o podía creer que me hubiese tocado a mí aquella complicación diplomática y, no obstante, ahí estaba, cumpliendo con un trabajo que no era el mío y haciendo horas extras cuando ya podría estar felizmente de vuelta en mi apartamento, en París.
Pero, como solía ocurrir en Versalles, el embajador marroquí había solicitado una visita guiada para su hijo y un puñado de sus amigos adolescentes, fuera de las horas de apertura del palacio, y nos lo había comunicado con tan poca antelación que todos los guías del recinto ya habían fichado su salida.
Solo quedaba yo disponible —la eterna adicta al trabajo que hacía horas extras como una desquiciada— y con la capacidad y los conocimientos suficientes como para guiar aquella visita.
Por primera vez desde que había conseguido el puesto de consejera artística en Versalles, maldije mi trabajo, el tricentenario de Louis XIV y a toda la familia real.
Estaba cansada tras una intensa semana de trabajo; era viernes por la noche y quería volver a casa para ver películas antiguas con Suzette.
—Muy bien, vamos, vamos, chicos y chicas, no os perdáis —dije, guiándolos a través de los corredores y deteniéndolos justo en el Salón de la Guerra, antes de entrar en la Galería de los Espejos—.
En el último colegio para el que hicimos una visita guiada, un chico se perdió en los jardines y nos vimos obligados a llamarlo una y otra vez por los altavoces.
Supongo que no queréis que os avergoncemos así, ¿verdad?
Todos se rieron, e incluso algunos de ellos abandonaron sus móviles para escucharme. Un pequeño milagro.
—Muy bien. Estáis a punto de ver un lugar increíble, único en el mundo. Ya os voy avisando: las fotos que veis en Instagram no le hacen justicia y, además, ya sabréis que este año celebramos el tricentenario de Louis XIV. ¿Alguien sabe cuál era su apodo?
—¡ Le Roi Soleil ! —respondió una de las chicas.
—Exacto, eso es —dije, con una sonrisa—. El Rey Sol. Y vais a entender el motivo de ese nombre en cuanto crucéis esta puerta.
Me aparté ligeramente para dejarles pasar uno a uno al interior de la Galería de los Espejos, y como siempre, hubo un instante de silencio reverencial.
Incluso los más revoltosos bajaron la voz.
Frente a nosotros se desplegaba el reflejo infinito de la Galería, iluminada por candelabros eléctricos: mármoles, dorados, frescos que ascendían hasta el cielo y los majestuosos ventanales que daban a los jardines.
Era como entrar en el corazón de un sueño; incluso los más reacios se dejaban llevar por aquel esplendor sacado de un cuento de hadas.
—Aquí, Louis XIV recibía a embajadores para impresionarlos y celebraba bailes, óperas y ballets. Era, sin duda, su lugar favorito de todo el palacio.
La mayoría levantaron sus móviles y empezaron a grabar stories , pero una de las chicas, la misma que había sabido el apodo de Rey Sol, se me acercó, curiosa.
—¿Dónde está el cuadro, mademoiselle Charlotte?
Supe enseguida a cuál se refería. Era una de nuestras más preciadas joyas y uno de los lienzos más hermosos y singulares del siglo XVII.
Representaba al rey Louis y a la reina Jeanne, su segunda esposa, jóvenes y espléndidos, en un instante de intimidad y complicidad que parecía ajeno al peso de la historia.
Lo habían llamado “El corazón del Rey Sol” y en él, Louis, de porte regio y mirada ardiente, vestía terciopelos oscuros y bordados de oro y tomaba a su reina por la cinturs, quien se inclinaba hacia él con dulzura, envuelta en sedas claras que atrapaban la luz de una forma maravillosa.
Los rodeaba una atmósfera barroca de sombras cálidas, cortinajes pesados y querubines suspendidos en el aire, testigos mudos de un amor tan solemne como inmortal, que en su día rompió todos los protocolos reales.
Louis y Jeanne contaban con retratos oficiales mucho más formales, pero aquel cuadro, encargado por el Rey Sol para decorar la Galerie de la Reine , era un objeto casi único en todo el período de la historia de Francia, pues ningún monarca se había hecho pintar en aquel gesto tan íntimo, tan vulnerable y romántico.
Yo había estudiado Historia del Arte en la Sorbona por culpa del embrujo de aquel cuadro; el romance que transmitía lograba atravesar los siglos y recordarme que incluso los reyes habían amado con la misma fragilidad que nosotros.
—Está en la Biblioteca Real, en el ala norte. Enseguida llegaremos ahí —respondí, con una sonrisa cómplice. Podía reconocer a una amante del arte en aquella chica y, de alguna forma, me recordó a mí misma cuando aún iba al instituto.
Volví a llamar la atención del grupito de adolescentes con una suave palmada.
—Seguro que os suena el famoso Tratado de Versalles de 1919, ¿verdad?
Pues se firmó aquí —dije, alzando un poco la voz para que todos me oyeran bien—.
La Galería de los Espejos es el corazón de Versalles.
La familia real aún celebra en esta sala actos oficiales de todo tipo, como por ejemplo recepciones de Estado, conciertos benéficos, cenas diplomáticas, galas culturales y celebraciones muy especiales.
Y es que Versalles no es solo un palacio y un museo; también es un lugar vivo, cargado de simbolismo y…
No llegué a terminar la frase.
Las puertas monumentales que comunicaban el Salón de Hércules con la Galería de los Espejos se abrieron de golpe, con un estruendo que rebotó en el mármol y en el cristal.
El ruido de la música pop —Lady Gaga, pude reconocer— se propagó por la Galería como una onda, rompiendo por completo el clima de solemnidad que siempre reinaba en ese lugar.
Todas las cabezas se giraron a la vez. Algunos adolescentes ahogaron risitas. Otros, más rápidos, alzaron ya el móvil.
Y entonces lo vi.
El príncipe Alexandre irrumpió en la Galería junto a sus dos mejores amigos, como si aquel no fuera uno de los espacios más simbólicos del país, sino el vestíbulo de un club privado a las tres de la madrugada.
Llevaba la camisa blanca desabrochada hasta el esternón, la corbata floja colgándole del cuello y el pelo castaño oscuro —demasiado largo para los cánones estrictos de la corte— revuelto, como si hubiera conducido una moto a toda velocidad sin casco de protección.
Lo que, conociendo al príncipe, podría haber hecho perfectamente.
Rodeaba el cuello de uno de sus amigos con un brazo, acercándolo hacia sí con una familiaridad despreocupada. Lo besó en la boca, sin parar de reír. Era la risa grave y algo rota del alcohol, y avanzó un par de pasos más dentro de la Galería.
Era la primera vez que lo veía en persona.
Y era escandalosamente guapo.
Tenía un atractivo de esos que resulta casi ofensivo por lo poco que parece importarle a su dueño.
Pómulos marcados, nariz recta, labios suaves, siempre a medio camino entre la sonrisa y el altercado.
Los ojos claros —azules, muy azules— tenían una expresión insolente, viva, peligrosa.
Era el tipo de hombre que sabía exactamente el efecto que causaba y no hacía el menor esfuerzo por disimularlo.
Y, por supuesto, no parecía en absoluto preocupado por el hecho de que al menos quince adolescentes lo estuvieran grabando para subirlo inmediatamente a TikTok.
—Joder —dijo uno de los chicos—. Es él.
—El príncipe —soltó una chica, sin molestarse en bajar el volumen.
—Mira cómo va de pedo…
Sentí cómo se me helaba la sangre con aquellos comentarios.
Por un instante fugaz pensé en fingir que no había ocurrido nada.
En seguir hablando del Tratado de Versalles, de Louis XIV, de los frescos del techo.
Pero aquello era imposible de ignorar. Alexandre avanzaba hacia nosotros, riendo, tambaleándose en su embriaguez, y sus dos amigos lo seguían como fieles satélites.
Conté hasta diez, respiré hondo y activé el modo protocolo, que tan bien conocía.
—Señoritas y caballeros —dije con voz firme, adelantándome un paso—, os ruego que guardéis los teléfonos.
Por supuesto, nadie me hizo el menor caso.
En ese momento, Alexandre reparó en mi presencia.
Sus ojos se clavaron en mí, recorriéndome de arriba abajo sin el menor disimulo, hasta que me reconoció como una trabajadora de la casa real.
Eso no lo inquietó lo más mínimo; todo lo contrario.
Pareció absolutamente divertido por el hecho de haber sido cazado en una falta que, sin duda, al día siguiente sería la comidilla del mundo entero.
Sonrió.
—Vaya —murmuró, soltando al fin el cuello de su amigo—. ¿Tenemos visita guiada privada?
Nadie dijo nada. Las pantallas de los móviles brillaban por todas partes, grabándolo todo.
—Buenas noches, alteza —dije, inclinando ligeramente la cabeza. No había nada en mi tono que delatara sorpresa o incomodidad, aunque por dentro estaba maldiciendo cada decisión vital que me había llevado hasta ese momento.
Alexandre ladeó la cabeza, divertido por mi formalidad.
—Buenas noches, mademoiselle —saludó, burlón—. ¿Se puede saber quién eres y qué haces en mi palacio a estas horas de la noche con un puñado de críos?
—Mi nombre es Charlotte —respondí, intentando mantener la compostura—. Charlotte Scaligeri. Consejera artística del Palacio de Versalles.
No era un cargo que soliera impresionar a nadie, pero era el mío y estaba orgullosa de él. Aunque, por descontado, eso no hizo más que provocar la hilaridad en el príncipe y en sus amigos.
—¿Qué narices de cargo es ese?
—El que ostento yo, alteza —dije, sin variar la expresión—. Si me permitís, estábamos en mitad de una visita cultural.
—¿Cultural? —repitió, mirando a los adolescentes—. ¿A estas horas?
—A petición del embajador de Marruecos —respondí—. Su hijo y sus amigos.
Alexandre alzó las cejas, fingiendo comprensión.
—Claro, sí, la diplomacia. Siempre la diplomacia.
Uno de sus amigos se inclinó hacia él y le susurró algo al oído. Alexandre rio otra vez y lo apartó con un empujón cariñoso.
—Tranquilo, Grígor —le dijo—. Estoy siendo encantador.