Un destino en la corte del Rey Sol (Versalles 3) Charlotte #2
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Charlotte #2

No lo estaba siendo.

Di un paso más hacia él, colocándome estratégicamente entre el príncipe y el grupo.

—Alteza, la Galería de los Espejos es un espacio ceremonial. Os ruego que…

—¿Que qué? —interrumpió, y su sonrisa se hizo más peligrosa—. ¿Que me comporte? Esta es mi casa.

—Es patrimonio nacional —repliqué, sin retroceder ni un milímetro—. Y ahora mismo está llena de menores.

Hubo un murmullo general de queja por parte de los adolescentes. Estaba claro que estaban disfrutando de la escena y no querían que esta terminase. Alexandre pareció divertirse aún más.

—¿Menores? —miró a los chicos—. ¿Cuántos años tenéis?

—Dieciséis —respondió uno, orgulloso.

—Diecisiete —añadió otra.

—Perfecto —dijo Alexandre—. Ya sois mayores para saber que los príncipes también se emborrachan.

—Alteza —insistí con más firmeza—. Os ruego que os retiréis.

Su sonrisa se volvió más afilada.

—¿Me estás echando, Charlotte?

—Os estoy protegiendo —respondí, en voz baja para que solo me escuchase él—. A vos, a la institución y a estos jóvenes.

Alexandre estaba lo bastante cerca como para distinguir el olor del alcohol en su boca, además de su propio perfume. Era más alto de lo que había imaginado, y tuve que alzar ligeramente la barbilla para sostenerle la mirada.

—¿Siempre eres así de seria?

—Siempre que es necesario.

—Qué tragedia.

—Alteza. —Estaba empezando a desesperarme—. Hay teléfonos grabando. Cada segundo que pasa es un titular potencial que disgustará a su majestad el rey.

Él miró alrededor, como si acabara de darse cuenta de que todos lo estaban grabando.

—Ah, sí, mi pobre y sufrido padre —dijo. Luego, alzó la mano y saludó exageradamente a una de las cámaras—. Bonsoir , Francia.

Sentí un latigazo de pánico en la boca del estómago, intuyendo el desastre que se avecinaba.

—Basta, alteza. Por favor.

Pero Alexandre no se detuvo. Todo lo contrario.

—¿Sabéis dónde estáis? —preguntó, alzando la voz para que todos lo oyeran, girando sobre sí mismo con los brazos abiertos.

La piel que enseñaba a través de su camisa abierta era suave, escandalosamente expuesta ante nuestros ojos—.

Estáis en la Galería de los Espejos. Aquí se firmaron tratados, se declararon guerras, se decidieron destinos —continuó—.

Y ahora estamos yo, ligeramente borracho, vosotros con vuestros teléfonos, y esta mujer tan seria y tan profesional —dijo, burlón, señalándome sin miramientos— intentando que todo esto no se convierta en un escándalo.

Aunque, admitámoslo: no sería el primero que protagonizo, ¿verdad?

Algunos adolescentes rieron. Otros continuaban grabando, sin pestañear siquiera.

—Alteza —advertí.

—No, no —me interrumpió—. Déjame terminar. Ya que estamos haciendo historia, hagámosla bien.

Se acercó a uno de los espejos, observando su reflejo con una mueca burlona.

—¿Veis todo esto? —declaró—. Es más que un palacio.

Es un escenario enorme para que la monarquía parezca eterna, intocable e impecable.

Pero la verdad —añadió, girándose hacia los chicos— es que los príncipes la lían: ya sea follándose a quien no toca o bebiendo un poquito más de lo que deberían. Y no pasa nada.

Perdí el color de mi rostro.

—Estáis comprometiendo a toda una institución y…

—Oh —sonrió él, inclinándose más hacia mí—. Me encanta cuando me riñes, Charlotte.

Las risas recorrieron el grupo y yo sentí cómo el control se me escapaba entre los dedos.

—Alteza, os ruego que abandonéis la Galería ahora mismo.

—¿O qué? —preguntó—. ¿Me vas a expulsar de mi propio palacio?

—Es mi deber proteger el palacio de Versalles —repliqué—. Incluso de un príncipe.

Alexandre soltó una carcajada breve, seca.

—Demasiado tarde para eso, chérie . Mañana estos vídeos estarán en todas partes y todos dirán que soy una vergüenza, un problema para la monarquía. —Se encogió de hombros, indiferente al escándalo que pronto caería sobre él—. Como si no lo supieran ya.

—Por favor —supliqué una última vez.

El príncipe Alexandre me guiñó un ojo y se enderezó, recuperando sin más ese aplomo indolente tan suyo, como si de pronto estuviera completamente sobrio.

—La señorita Scaligeri tiene razón. Me largo antes de convertirme oficialmente en un problema de Estado. Señores, nos vamos.

Se giró hacia los adolescentes e hizo una exagerada reverencia.

—Portaos mal, queridos —les dijo—. Y recordad que la historia siempre es más divertida cuando alguien rompe el protocolo.

Todas las chicas aplaudieron, entusiasmadas. El hijodel embajador marroquí hasta vitoreó su nombre.

Y así, sin más, el príncipe heredero se fue por donde había aparecido, arrastrando a sus dos amigos con él, dejando tras de sí un eco de risas y desastre inminente, roto solo por los susurros excitados de los adolescentes bajo mi cargo.

Durante unos segundos nadie habló.

Luego, como si alguien hubiera dado una señal invisible, los chicos empezaron a comentar a la vez, excitados, revisando vídeos, comparando tomas.

—¡Ha sido increíble!

—¿Lo has grabado cuando te miraba?

—Esto se va a hacer viral.

Cerré los ojos un instante.

—Bien —dije al fin—. Continuemos con la visita.

Cuando retomé las explicaciones, fui consciente de que aquel encuentro traería consecuencias. El príncipe Alexandre era, desde hacía años, un problema para Francia y para la corona. Y, de alguna manera que aún no alcanzaba a comprender del todo, ahora también para mí.

Pero, mientras hablaba de arte e historia a aquellos chicos, no pude evitar pensar en su sonrisa insolente, en la forma en que había pronunciado mi nombre, y tuve la extraña certeza de que acababa de abrirse una puerta que ya no podría cerrarse.

Supe, con un escalofrío muy poco profesional, que aquella noche en la Galería de los Espejos iba a traer consigo muchos más problemas de los que nadie estaba preparado para afrontar y que acababa de conocer al hombre que iba a complicarme definitivamente la vida.

No me equivoqué lo más mínimo.