Louis XIV
L o que nunca le confesé a Jeanne es que guardé muy cerca de mí todas las palabras que me escribió durante su convalecencia en el Palais Royal .
Mandé a un orfebre diseñarme un cofre de oro y esmeraldas, que mantuve siempre en la cámara real, y allí dejé todos y cada uno de los papeles escritos de su puño y letra.
Los conservé años y años, y conforme me fui haciendo mayor y el mundo a mi alrededor cambiaba, aquel puñado de papeles permanecía intacto.
Volvía a ellos siempre que necesitaba recordar lo que había estado a punto de perder en París durante la terrible Noche de la Fronda.
Ahí, en ese mismo cofre, guardé el panfleto que me entregaron esos muchachos, y también lo leí muchas veces a lo largo de mi vida.
Las obras del palacio del Trianón terminaron, pero pocas veces pisé ese lugar que me había mandado construir cuando Versalles comenzó a convertirse en una prisión dorada en vez de en el palacio de mis sueños.
Pero, con Jeanne a mi lado, mi palacio recuperó su atractivo, y volví a disfrutar del verde de sus jardines, del agua cristalina de las fuentes, del mármol de sus pasillos y las lámparas de araña.
Gracias a ella, volví a enamorarme de Versalles.
Y, en especial, de este lugar.
La Galería de los Espejos .
Aquí estoy ahora, solo, mientras la luz del ocaso entra en fragmentos desde los altos ventanales y rebota en los espejos, y luego en las molduras doradas y en el suelo de mármol, como si el astro no quisiera despedirse nunca de mí.
Siempre he sentido que hay algo sagrado en esta estancia.
Algo que nadie comprende del todo, ni siquiera los operarios que la construyeron o los embajadores que han cruzado su largo pasillo con el corazón temblando ante la visión de mi ambición desmedida.
Es un espacio que respira con el corazón de Francia. Y también con el mío.
Aquí he caminado en la gloria y en la derrota. He recibido aplausos y noticias que partieron mi alma. Aquí han resonado ecos de traiciones, pero también la sonrisa de Aurore buscándome a través de toda la corte y los escándalos de Philippe apareciendo vestido como una cortesana.
Siempre sonrío cuando pienso en él. Me ha enseñado a reír cuando no podía permitírmelo.
Me salvó más veces de las que él mismo sabe.
Y me ha perdonado cosas que yo jamás le habría perdonado a nadie.
En cierto modo, también le debo a él mi matrimonio con Jeanne.
Porque fue él quien, al final, sin saberlo, me dio permiso para amar sin miedo.
A veces lo echo de menos con una punzada tan aguda que me corta la respiración, pero sé que es feliz junto a Aurore en su Saint-Cloud, en su Palais Royal y en su París, que siempre fue más su reino que el mío.
A esta hora tardía, en este día de un nuevo siglo, puedo caminar por la Galería sin escuchar otra cosa que mis propios pasos.
Jeanne escribió la palabra “expiación” en una simple nota de papel, y con eso, ganó el reino entero.
Una sola palabra bastó para que yo dejara de resistirme, para que recordara que no todas las heridas se ven, y que algunas solo se curan cuando uno se arrodilla y acepta el dolor, en vez de rehuir de él.
Aquel fue el principio de nuestra salvación.
Aun así, lo que vino después no fue sencillo. Europa entera ardió en rumores indignados e incrédulos.
«¿Una mujer sin título, sin dote, sin familia, casada con Louis XIV?»
Lo que nadie entendía era que Jeanne lo era todo. No necesitaba más título que su nombre. No pidió jamás ser reina, y por eso mereció serlo más que ninguna otra.
Pero sí, el escándalo fue mayúsculo. Incluso entre los que callaron y aplaudieron por miedo o conveniencia. Yo no me arrepentí de haberme casado con ella. Ni entonces, ni ahora.
Versalles está lleno de sombras y de luces. Siempre ha sido así.
Hoy la Galería de los Espejos está en silencio, como siempre que la mando cerrar para mí, porque necesito estar solo y pensar. La luz baja se cuela por los ventanales como un último soplo de verano. Puedo oír el leve eco del mármol bajo mis zapatos, los latidos tranquilos de mi corazón.
Quizá este sea el lugar donde, al final, quiero morir.
Aquí, en este santuario de oro y cristal, donde todas las versiones de mí convergen.
El niño que jugaba en Saint-Germain con su hermano pequeño y Henriette de Inglaterra, el joven que soñaba con imperios imposibles, el hombre que casi pierde el alma por conservar el poder.
Y el esposo. El esposo de Jeanne.
A veces me pregunto si sabré vivir sin ella, si sabría envejecer sin su risa, sin su obstinación, sin sus palabras afiladas. No me hace falta ninguna otra mujer. Solo ella. Siempre ella.
No sé cuánto tiempo llevo aquí, paseando, cuando escucho unos suaves pasos detrás de mí .
Me vuelvo, sabiendo quién es antes de verla.
Camina hacia mí, luciendo un elegante vestido azul celeste, con el trigueño cabello recogido y decorado con cintas, mostrando su bonito rostro.
—Siempre sé dónde encontrarte —dice, feliz de verme, aunque hemos estado juntos esta misma mañana—. En tu lugar favorito del mundo.
—Me conoces demasiado bien.
—Te amo demasiado para no hacerlo.
Me tiende la mano, como si estuviéramos en un baile. La tomo y la beso en el dorso.
—¿Vienes a buscarme para cenar?
—Vengo a buscarte porque tu hermano está en plena fiesta privada y tengo a un puñado de damas quejándose y pidiendo las sales, a punto de desmayarse por las depravaciones que al parecer tienen lugar en los Apartamentos del Príncipe.
Nos reímos al imaginarnos lo que está ocurriendo por culpa de mi díscolo hermano. Jeanne apoya la cabeza en mi hombro y yo cierro los ojos.
—Estaba pensando en ti —confieso.
—Eso espero.
—Y en Philippe y en Aurore. Y también en Versalles. En lo que será de este lugar, cuando ya no estemos aquí.
Ella solo respira junto a mí, en perfecta calma. Luego susurra:
—Versalles seguirá vivo cuando ya ninguno de nosotros exista. Porque tú lo hiciste eterno, Louis.
Nos quedamos así, callados. Afuera, el sol ya se oculta por completo, y la Galería se llena de sombras suaves y doradas. Una brisa fresca entra por uno de los ventanales abiertos.
—Un día, este palacio será del pueblo —digo, contemplando la belleza que me rodea.
—¿Del pueblo?
—Sí. Se convertirá en su orgullo y en su historia.
—¿Y qué harán cuando este palacio sea suyo?
—Creo que vendrán —afirmo con certeza—. A ver los salones, las fuentes, los jardines infinitos, a buscar su reflejo en estos espejos.
—¿Y tú?
—Yo ya no estaré. Quizá vean una pintura, una estatua, una firma mía en un decreto.
Para ellos solo seré Louis XIV, el Rey Sol, y jamás verán al hombre que vivió bajo ese nombre, pero no me importa, si a cambio Versalles perdura.
—La miro—. Y tú, mon cœur , estarás en cada rincón.
Porque sin ti, Versalles no habría tenido alma.
Me acaricia la mejilla tiernamente y sonríe, tirándome de mí hacia el Salón de la Paz.
—Vamos a meter en vereda a Monsieur , antes de que la corte más puritana presente una queja formal y tú tengas otro dolor de cabeza por culpa de tu hermano.
—Controlar a Philippe es imposible; es un libertino incorregible, ya lo sabes.
—Bien lo sé. Forma parte de su escandaloso encanto, pero eso hace que me pregunte una y otra vez… ¿En qué familia me metí al casarme, Louis de Francia?
—En la familia en la que mereces estar, Jeanne de Lormagne.
Se pone de puntillas y me besa en los labios.
—Dices que este palacio será del mundo, pero para mí, siempre será nuestro.
—Nuestro Versalles.
—Nuestro amor.
Salimos a uno de los balcones que dan a los jardines, donde los sirvientes ya están encendiendo las luces que los iluminarán hasta que nazca un nuevo día. Las fuentes rebosan de vida y el cielo se cubre de estrellas.
Aquí, en el silencio de la noche, en el corazón de un palacio que algún día pertenecerá al pueblo, al arte, a la historia, yo sé que he amado. De verdad, cntra todo y contra todos.
Y que eso, más que un trono, me ha hecho eterno.
FIN